lunes, 29 de abril de 2019
miércoles, 24 de abril de 2019
UNA DE ROMANOS
DE
LA PRIMERA CARTA DE ANDRES RESTREPO A LOS ROMANOS
En la vía Aurelia 366 a
pocas cuadras de la estación Baldo Degli Ubaldi sentí hambre, busqué
alrededor y el viento me trajo un aroma que seguí olfateando como lo
hacen los dibujos animados, encontré un pequeño lugar de comidas caseras
llamado Osteria Antichi Sapori da Leo, un diminuto cubo en el que cabe el sabor
de Roma; el lugar a pesar de sus dimensiones está bien distribuido, las mesas
se pegan unas a otras haciendo que los comensales deban abrir espacio a los que
llegan poniéndose de pie y permitiendo el paso, pues las mesas puestas en
fila no permiten otra manera de acceso.
En aquel cubículo en el que comensales
de toda la vida suelen almorzar, me encuentro pidiendo una copa de vino tinto
con una bruschetta mientras ojeo el menú para decidir por el primer plato,
entre un pannette all’arrabbiata o un Risotto al Radicchio, elijo el pannette,
doy sorbos al vino de casa que me sabe a nostalgia de domingo en la tarde, la
decoración del lugar es estrafalaria, aunque austero el espacio no le falta el
aire acondicionado, fijados a la pared cuadros
de infantas en poses greco-romanas, una pintura de un hombre con sombrero de
paja comiendo frijoles, fotografías de futbolistas y varios recortes de
periódico enmarcados de manera insulsa en los que aparecen crónicas hechas al
dueño del lugar que es el mismo que sirve y va de mesa en mesa tras el llamado
de “Leooo”, cantado como solo los italianos saben entonar.
El lugar es tradicional, famoso en la
ciudad, pero no es un sitio para turistas, es un comedor de barrio.
Leo olvida mi orden o la ignora, tengo
la sospecha de que su esmero prima sobre su clientela de toda la vida, me
distraigo leyendo un aviso que hay en la pared que dice: “No tenemos wifi, solo
vino y navegue qué es un placer”. Al no llegar mi plato decido entonarme y
canto el nombre del dueño - Leooo -, y al instante viene atento hacia mí
y en un italiano improvisado pero con la sagacidad de un muerto de hambre, le
reclamo mi plato y acto seguido, le anuncio mi decisión de morir allí sobre el
mantel de cuadros blancos y rojos, deja salir una risotada y dice - que
divertido nuestro visitante, sale un pannette all’arrabbiata para el colombiano
que está rrabbiato -, todos miran sonríen y siguen en lo suyo. La comida llega y de una vez le ordeno el
segundo plato que elijo sin pensar, un pollo a la cazadora; me llamó la
atención el plato porque ese menú lo ofrecen cada tanto en el salón Versalles
en Medellín, y pues había que ver para comparar y en efecto, fue todo un
acierto y debo decir que muy similar al que ofrece el otro Leo en la capital de
Antioquia.
Un hombre de notable presencia
atraviesa la puerta del lugar, al verle sospecho que es un romano, un romano
que obedece a la idea que desde niño había tenido de un romano, idéntico a
Ernest Borgnine en el papel del centurión en la miniserie anglo italiana Jesús
de Nazaret, de Franco Zeffirelli que vi año tras año todas las semanas santas
cuando en mi país había televisión pública; con asombro veo que el centurión se
sienta a mi lado, recuerdo que el señor Borgnine era americano, pero su
caracterización le quedó excelente pues el personaje que tengo justo
ahora enfrente tiene la misma edad, el mismo porte e idéntica mirada, no del
actor, sino del personaje que encarnó y que yo de niño jamás imaginé que un día
se sentaría a mi lado en un modesto restaurante de un barrio popular en Roma.
Me pongo de pie, abro paso, yo no se si
decirle Don Ernest, su excelencia centurión o como le va romano, le sonrío y le
enseño la silla, él toma asiento, lo
atienden como a todo un centurión, no ordena, es como si el mesero ya supiera
qué quiere su cliente, le traen vino, pan, un poco de queso y al instante un
plato de “Bombolotti alla Matriciana”, al mismo tiempo yo estoy terminando mi
segundo plato, reparo de nuevo en el menú por si hay un postre de mi apetencia
o si me decido por un expreso con grapa, dosis que ha hecho la vida más hermosa
en mi recorrido por Italia. Estaba en esas cuando el personaje se me queda
mirando y me dice que de que parte de España soy y le digo que de la parte de
Colombia y se sorprende, - ¿un colombiano?, nunca había estado con un
colombiano en la misma mesa -, dijo con una voz que no se parecía en nada a la
de los romanos que yo conocía en las famosas cartas de San Pablo, así que con
mucho esfuerzo de mi parte e introduciendo por momentos frases al traductor del
celular, pude tener mi primera conversación profunda con un romano de verdad.
Habló de la guerra, pidió mas vino, me
enseñó su alma en la conversación, agradeció mi visita, dijo que Italia era un
país de gente humilde, que en la mesa se resuelve la vida, nos quedó del pasado
su peso, el portento de una ilustración que terminó cegándonos, la escasez
reina aún en los grandes castillos; sin dejar de hablar va trenzando en su
tenedor de manera magistral unos hilos de su pasta y me ofrece diciendo, -
Quiero que pruebe, esta es comida de pobre, pero es la que nos ha permitido a
los Italianos no desfallecer de hambre pues la pasta nunca falta si se
comparte, pruebe usted este sabor para que no olvide que los pobres cuando
comemos acompañados, la comida sabe mejor. -. Con lágrimas en los ojos recibí
el tenedor y comí de su plato, aquel inmenso gesto me conmovió y esclareció la
gracia de las palabras: “Tomad y comed todos de este pan”.
En aquel estado de agnición comprendí
que aquel había sido el motivo de mi viaje, ni San Pedro con su mercado de
indulgencias, ni Florencia en su esplendor, ni Venecia con sus manías
acuáticas, superaron el acto de aquel hombre nada común, los hechos que cambian
nuestra vida suelen venir de las personas que nos ofrecen la posibilidad de
acercarnos un poco a eso que nos queremos parecer.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa
jueves, 8 de noviembre de 2018
LA CHICA DEL CABLE
-Listo Medellín cabina 8 -, dice
Consuelo del otro lado del vidrio sentada en una silla de rodachinas, con una
diadema que le hace lucir como si fuera la piloto ante la consola de mandos de
una nave que no lleva a otro planeta, pero si acerca a tierras lejanas con las
más próximas.
Su oficio es de los más importantes,
cualquiera puede ser chófer, o nombrado alcalde por decreto o secretario, pero
no cualquiera puede operar la consola de la central telefónica, para eso se
requiere ser inteligente.
La telefonista de esta historia inició
su labor en un cuartucho ubicado en la planta baja del palacio municipal, donde
a duras penas entraban ella y un usuario, a los demás les correspondía hacer
fila a la intemperie o aguardar hasta que el citador les indicara la hora en
que debían llegar a recibir llamada, o el turno en que podían hacerla.
Del oficio siempre estuvieron a cargo
mujeres, así como en la serie de televisión española, con el intríngulis que
implicaba para la sociedad una mujer con empleo y autonomía, tuvimos nuestras
propias chicas del cable: Alicia Paredes y Ángela Gómez, Flor Ángela Zapata,
Lola Bohórquez, Griselda Celis y Berta Henao, quien le entregó la consola de clavijas
a Consuelo Meza en 1960 junto a Magnolia Zapata.
El personero expidió un permiso para
iniciar la capacitación que consistía en sentarse en una silla al lado de la
operadora oficial, quien no se prestó mucho para la enseñanza, así que Consuelo
tuvo que aprender observando y tomando nota en una libreta.
La comunicación se lograba, recuerda,
utilizando una magneto, al que le daba manivela y este hacia conexión con la
central que estaba en Puente Iglesias y de allí se establecía la comunicación
con el destino final que podría tardar horas o días.
La central
telefónica era manual, por eso requería de la intervención de una telefonista
quien se encargaba de la conexión física del cableado que venia tanto de la red
exterior como de la red local, y facilitaba las llamadas entrantes y las salientes;
las conexiones se realizan por medio de cordones, clavijas jacks y llaves de
conmutación. Cuando se descolgaba el teléfono en una de las pocas casas que
podían darse el lujo de tener semejante artilugio, al instante se identificaba
en la central con la iluminación de unos botones que en hilera parpadeaban
ansiosos.
La central telefónica pertenecía al
municipio y en el año de 1966 el departamento después de ejercer una
diplomática presión la compró para unirla a su naciente monopolio, se instala
la nueva consola de disco y llegan al oficio Marion Restrepo, Nury Velásquez,
Consuelo Parra y Aurora Legro, Dora Agudelo y Consuelo Gonzáles y otras más que
la memoria no recuerda o la vista no alcanza.
Consuelo atendió varias situaciones de
emergencia que le prolongaba la estadía en la central más allá de las nueve de
la noche que era su horario de cierre, las tragedias de ahogados del cauca que
por aquel entonces eran mas habituales, incendios, la avalancha de las nubes;
en la inauguración de la catedral fue la encargada de facilitar las
comunicaciones para todos los visitantes que llegaron de distintas partes del
país.
Recuerda con orgullo la primera vez que
consiguió una comunicación con Bogotá, la primera en la historia de
Jericó, pues las comunicaciones sólo eran locales o departamentales.
El primer repique que atendía en la
mañana era el de monseñor Augusto Trujillo Arango, obispo de Jericó quien tenía
el ritual de llamar a su mamá todos los días antes de iniciar sus labores pastorales, Consuelo
era la encargada de facilitar esa conversación.
Durante veintitrés años trabajó como
telefonista y en 1983, sus labores fueron truncadas por los azotes de un
politiquero de turno quien la sacó del cargo antes del tiempo de jubilación,
para colmo la persona que llegó a reemplazarla le negaba las llamadas a Medellín,
impidiéndole la comunicación para buscar asesoría en su situación que le llevó
a la depresión después de haberse quedado insubsistente sin causa justa.
Al cumplir la edad consiguió la
jubilación y con los ahorros logró hacerse a una casa propia, otras chicas del
cable no lograron tal suerte.
Su actividad no terminó allí, desde
entonces ha estado al servicio de la comunidad vinculada a instituciones
cívicas, religiosas y culturales trabajando con ahínco, siendo una líder
reconocida y respetada, una voz tenida en cuenta y consultada por sus vecinos
quienes acuden a ella en busca de ayuda y consejo, una mujer intachable que
junto a su esposo hicieron una ejemplar familia, de valores humanos profundos y
de quienes la cercanía desde niño me ha llevado a sentirlos como parte de mi
familia.
Ahora que la comunicación se logra de
manera instantánea, y que se puede portar una central telefónica en el
bolsillo, es inquietante pensar como dejamos al otro en visto, no atendemos las
llamadas, incumplimos las citas, ignorando que hubo un tiempo no muy lejano, en
que para tener una comunicación urgente habría que esperar días o semanas; por
fortuna allí estaba Consuelo la chica del cable dispuesta a hacer todo lo
posible para conseguirla en unas cuentas horas.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa
martes, 30 de octubre de 2018
A GABRIELA LE GUSTA DORMIR EN EL BUS
En las vacaciones de mitad de año fui a Europa, un amigo que vive en
Alemania me había hecho extensiva la invitación un par de años atrás, no le
presté mucha atención ya que pensé era un asunto protocolario, propio de un
saludo retorico que se tiene en un encuentro casual, pero insistió lo
suficiente para que me animara y cruzara el charco, así que me embarque al
viejo mundo con mi mirada nueva, una maleta pequeña con dos mudas de ropa, un
kilo de café y un paquete de bombones de coco.
El vuelo tenía escala de ocho horas en Madrid y luego continuaría hasta
Düsseldorf Alemania por dos horas y media más, que se sumarían a las diez del
primer tramo, para no querer estar sentado por un buen tiempo después del
arribo. Nunca he podido dormir mientras
viajo, la sensación es similar a la de leer y escuchar música, no se pueden
hacer las dos al mismo tiempo; durante el viaje me entrego a los pensamientos,
imagino como viene mi maleta, si se hizo amiga de otras maletas en la bodega,
imagino su posición, busco a la azafata mas linda y fantaseo cualquier cosa de
hombre grande, incluyo entre los pensamientos una eventual imagen del avión
cayendo en picada y yo recitando un poema de Amado Nervo, estos devaneos pasan
mientras veo dormir plenamente a la persona que llevo al lado, duerme con una
entrega tal que su cuerpo parece levitar, mientras su cabeza se apoya en mi
hombro, respiro profundo, intento cambiar de posición para mover el hombro y despertarla, pero en su
lugar se recarga más sobre mi y lo que consigo es que entreabra su boca
mientras espantado advierto un hilo de saliva que corre rumbo a mi camisa
nueva, el espanto me paraliza, con horror y nausea empiezo a sentir en mi brazo
la cálida humedad de su baba acumulada, el desparpajo de su sueño vuelto una
marea gelatinosa que va formando el mapa de un continente nuevo en la manga de
mi de repente envejecida y devaluada camisa.
Para colmo me ubicaron en una silla de la mitad, por el flanco derecho
franqueado por la dama de la baba siniestra y por el izquierdo por un gentil
caballero de panza irreductible que sobresale sobre el apoya brazos, asunto que
hizo de mi vida un acto de mortificación, todo un viaje a la purificación, por
momentos cerraba los ojos y vislumbraba con entusiasmo al avión caer en
beatifica picada.
Las ocho horas de escala me permitieron recuperar la fe en el prójimo y
recuperar la horma de mi espalda, faltaba poco para llegar, durante la espera
tuve tiempo de enamorarme a distancia de una joven mujer, el rostro mas hermoso
que había visto antes, el velo que cubría su cabello, resaltaba sus ojos, sus
pómulos perfectos tenían un color parecido a los duraznos de sangre del huerto
de mi casa natal, su aspecto era frágil y al mismo tiempo seguro, advertí que
no solo yo era incapaz de dejar de mirarla, todos en la sala lo hacían
abismados, hasta las mujeres no podían dejar de hacerlo, poseía una belleza
embriagadora, te atrapaba como una flor carnívora a la mosca. ¿Cual sería mi
sorpresa cuando al abordar el avión me encontré que esta mujer sería mi
compañera de viaje? Al llegar estaba hablando en una lengua extraña con otra
mujer, yo le sonreí en español y ella correspondió, mi puesto era el de la
ventana, encogió sus pies, pasé tan cerca de su rostro como lo hace el cometa
Halley cada tanto de la tierra, su mirada me encegueció, sus labios carnosos
parecían la pulpa de una fruta exótica, mi mano pasó rozando su delicado velo
de terciopelo, solo un instante después de aquella vislumbre, despertó el
sentido del olfato y emanó de aquella criatura el olor mas pestilente que mi
profana nariz había percibido en su vida, con rapidez logré sentarme en mi
puesto, sin saber si ponerme el cinturón de seguridad o romper la ventanilla y
arrojarme desde allí, no podía creer que la belleza tuviera semejante olor, eso
no es normal, me decía mientras aguantaba la respiración y trataba de
direccionar el tubito del aire que sobre mi cabeza en lugar de refrescar lo que
hacia era esparcir aquel olor innombrable por toda la nave, al parecer el único
alarmado era yo, así que enderecé mi cuello, asumí la compostura de un hombre
de mundo, giré la cabeza, ella me estaba mirando, me dijo Hola en perfecto
español, le dije hola, y no paró de hablar hasta que llegamos al destino, yo
con delicados movimientos tomé la bolsita de papel encerado que ponen en el asiento
delantero en caso de mareo, la apretaba cada tanto, le advertí discreto que
desde niño me mareaba con facilidad, ella asintió con la cabeza, cada
movimiento suyo venia acompañado de una emanación de aquel hedor cada vez mas
nauseabundo, creo que me desmaye por un buen rato, no estoy seguro, lo cierto
es que al final dejé de percibir su peculiar aroma, entre en otro nivel de
conciencia.
Ya en tierra entendí que lo del aroma es normal, el Europeo huele a las
tres ultimas letras de la palabra, no todos, creo, pero la mayoría sí, quizás
es el verano o la alimentación o la escasa higiene, que se yo, allá ellos, lo
cierto es que en el tren, en el metro, en el tranvía en el bus, en el avión, en
la acera, en el museo, en el teatro, huele a Europeo, por momentos se hacia tan
insoportable que sentía que era yo mismo el que olía así, tal vez por un
momento llegué a ser un ciudadano del primer mundo.
El remate del periplo fue en bus, un recorrido de Berlín a Duisburg en
Renania del Norte, salí a las diez y cuarenta y cinco de la noche, viajaba
con mi amigo, nos toco separados, yo en la ventanilla y el en el pasillo,
sillas distintas pero en la misma hilera, al iniciar el recorrido, los dos
veníamos con le puesto del lado libre, yo me quedé dormido, el también, en la
siguiente parada entreabro el ojo izquierdo,
veo a una mujer de tez morena, inmensa, hecha de un solo bloque, que se
empieza a acomodar con dificultad a mi lado, luego de un gran esfuerzo lo consigue,
su magnifico cuerpo se expande varios centímetros mas allá de su puesto e
invade mi espacio, yo cierro el ojo, respiro profundo me contraigo. Del otro lado mi compañero de viaje se
despierta mira en dirección donde me vio por última vez y se alarma al ver en
mi lugar a la mujer que ya describí, pero que la llamará en elegante italiano:
Donna Grassa, se levanta, y no me ve, sale del bus para verificar que no me
haya bajado por error, revisa el baño, preocupado vuelve al puesto, se sube en
un escalón, se empina y en medio de una carcajada que despierta a los otros
pasajeros descubre mi cuerpo recogido contra la ventanilla, encorvado haciendo
uso del poco espacio que la mujer deja para mi, regresa al puesto y cada tanto
mira a la mujer y sonríe, el puesto a su lado nunca es ocupado.
El viaje durará nueve horas, vienen a mi mente los compañeros del vuelo
inicial, la joven del velo, las situaciones de viaje por las que he pasado y
decido no seguir encogido, así que tomo
aire, me expando, salgo de mi rincón y saco provecho del tamaño y lo mullida de
mi compañera de viaje y dejándome caer con grácil levedad, la convierto en mi
colchón y allí me quedo hasta llegar a mi destino en el viaje mas confortable
que hago en toda mi gira. ¿Ella que dijo
cuando usted se le echó encima? me preguntó mi amigo y le dije que ella se
comportó como toda una dama, había guardado un complaciente silencio en un
perfecto español.
martes, 23 de octubre de 2018
DE CAMINADAS LARGAS, HELADO Y AVEMARIAS
En Moers la
ciudad más grande en el distrito de Wesel, en Renania del
Norte-Westfalia, Alemania, trabaja un amigo mío
en una misión Italiana. Cuando yo era niño le escuchaba su prédica, al momento
del sermón salía del altar y descendía las escalas y se ubicaba cerca a la
feligresía, su discurso era cercano como su presencia, luego dejé de verlo,
supe al cabo del tiempo que andaba en
Italia, veintidós años después volvimos a encontrarnos y me invitó a visitarlo
en Alemania, su nuevo lugar de labores, así es que tomé un avión y allá me le
aparecí. Me esperó en el Aeropuerto de Düsseldorf con dos amigos más, los tres
hablando italiano aunque uno de ellos es colombiano y los otros dos Alemanes,
hijos de inmigrantes de Italia; yo, ni italiano, ni alemán, pero animado por el
deseo de aprender me dejé llevar por la idea de que les entendía perfectamente,
cancelé el español y me dediqué a balbucir una particular forma de parlar la
lengua de los papas.
Por obstinación o exceso de confianza me dejé llevar
por esta idea y entablé complejas e interesantes conversaciones en las que mi
única intervención era: molto bene, grazie, y oh lalá. Muchas palabras del
italiano se parecen a las del español, pero no todas significan lo mismo, falsos amigos rondan
por ahí, lo que me llevó a tener
dos interesantes situaciones que se me
antoja narrar, la primera divertida, la segunda no tanto, diría que me
arrimó a los instantes mas caóticos de mi vida como músico, pero no me adelanto
mas y sigo en el orden prometido.
Mi anfitrión me presentó con su comunidad, y en una
misa muy familiar me pidieron cantar algo a la virgen, lo primero que me vino a
la mente fue Santa María del Camino,
me entregaron una guitarra y me entoné, que sorpresa me llevé cuando todos se
unieron a mi voz, ellos en su respectiva lengua y yo en la mía, al terminar
aplausos, besos y felicitaciones. Alessandra una médica que apoya la misión, se
acercó y me sugirió acompañarlos al día siguiente a Holanda y si era de mi
gusto cantar en otra misa para que repitiera mi presentación, así es que acepté
gustoso y al día siguiente me madrugué, mi interés en conocer y aprovechar el
viaje no me impedía escuchar una misa más. Participé del acto religioso con más
curiosidad que fervor y al final saqué a relucir de nuevo Santa María del Camino, el último éxito de los cañonazos religiosos
que conocía.
Terminada la ceremonia, se hizo una reunión donde todos
los participantes ofrecieron algo de comida y al final en un acto deferente
hacia mí, me dijeron que si quería gelato o paseggiata, gelato es el helado
italiano y ya lo había probado en varias oportunidades, mi apetito se
incrementa cuando estoy en un lugar
nuevo, así que elegí lo segundo pensando que era un postre más grande o más
elaborado. Mis anfitriones asintieron, nos levantamos y empezamos a caminar,
supuse que nos dirigiríamos al lugar donde vendían la paseggiata, ya me la
imaginaba yo como una especie de torta de helado con muchos chips de chocolate.
El grupo avanzaba y cada que pasábamos por un lugar de dulces mi corazón se
abría y decía - Aquí es, ¡llegamos! -, pero no, el grupo continuaba el
recorrido sin detenerse, yo no entendía porque habían elegido un lugar tan
lejano para el postre, después de una hora de camino y de pasar de largo por
varias pasticcerie (pastelerías),
pregunté a uno de los acompañantes el porque de tan larga caminata, y con
fatiga y mal humor me respondió que estábamos haciendo lo que ya había pedido,
que yo había sido el gracioso que había pedido una caminada en lugar de helado.
Durante la paseggiata que se hizo casi de dos horas, en
un recorrido en el que al final cuando todos entendieron el chiste decidieron
invitarme a un tiramisú como premio de consolación, uno de mis nuevos amigos me
invitó a una fiesta que haría veinte días después para celebrar los cincuenta
años de casados de sus padres y que si cantaba para ellos la canción de la
virgen María, yo acepté, y el tema quedó allí.
Veinte días después me estaban recordando la invitación
pero yo me desentendí por completo de su segunda parte, toda la vida he sido
invitado a reuniones, comidas y fiestas con la condición de que lleve la
guitarra, en Alemania pensé que me salvaría del sino que me ha acompañado toda
la vida, pero no fue así. El lugar donde se celebró la ceremonia fue la
catedral de St Peter en Duisburg Rheinhausen, un templo menor pero con una arquitectura
gótica digna de una catedral de capital. Llegué con ropa prestada para la
ocasión, generalmente cuando viajo no cargo el esmoquin ni mi colección de
zapatos de charol por cuestiones de espacio en la maleta, entré muy tieso y muy
majo arrastrando la bota del pantalón y con las mangas de la camisa dobladas
para que no me cubrieran hasta la segunda falange de mis dedos. Estaba buscando
asiento en un lugar discreto en las bancas de atrás junto a una pila de agua
bendita, cuando me agarra una señora y llevándome a rastras me ubica al lado
del altar junto a un órgano tubular que parecía un dragón sonriendo, y me da
una instrucción en puro alemán, en el alemán mas puro, contúndete y breve que
había escuchado en mi vida, levanté la mirada para buscar a mi traductora que
se encontraba en la primera hilera, en un segundo estaba a mi lado repitiendo
en italiano lo que yo no había entendido en alemán; debo recordar que esto que
ahora escribo en español me estaba ocurriendo en estas dos lenguas, no me
explico como sobreviví, me ayudaron mucho los gestos y las palabras que me
inventaba mezclar de pavor, ingles francés e italiano, de todas no armaba ni
media.
Al final logré
entender la instrucción, debía pararme allí y cuando el sacerdote lo indicara
entonaría el Ave María de Schubert. Se
me enfrió todo, el único Ave María que me sabia era el de Leonardo Fabio, les
dije que no me la sabia que les cantaba con mucho gusto Santa María del Camino
y de nuevo tronó una voz en alemán, - cante el Ave María y no es una opción -;
insistí en zafarme de aquella situación diciendo que no era organista y que
tampoco tenia guitarra, no había terminado de decirlo cuando un joven estaba
subiendo al altar con una guitarra blanca que parecía un bizcocho de novia,
respiré profundo, de lo alto del templo una luz lánguida atravesó un rosetón e
iluminó el rostro de un ángel de piedra que juro me guiñó el ojo, lo ignoré y
continué con mis lamentos: - pero es que no se me la letra, ni recuerdo bien la
melodía-, y al segundo me habían instalado una tableta en su respectivo atril y
con conexión a internet, no tenia escapatoria, la ceremonia empezó y yo solo
tenia temblor en las manos y un templo repleto de italianos calabreses que
miraban fijamente, por el susto olvidé la melodía de la canción y solo pensaba
en la de Leonardo Fabio y en esa otra de los chicos: …ayúdame, ave María, ave
María…
El sermón avanzaba, me tape un oído y mentalmente
trataba de recordar la melodía, al final logré superponer la voz imaginada de
Andrea Bocheli sobre mi confusa mente, a pocos minutos antes de que el cura me
diera la entrada tengo la idea de que perdí el conocimiento, cuando reaccioné
toda la feligresía en silencio me miraba con expectativa. Cerré los ojos, mi
mano izquierda hizo la posición de sol mayor y la derecha empezó a hacer un
arpegio de seis notas, de repente mi voz se abrió paso en aquel templo
entonando el Ave María, no lo podía creer estaba cantando en Europa, en una
catedral gótica mi voz reverberaba de forma celestial, me habitaba una extraña
fuerza, no era yo quien cantaba, alguien mas poderoso lo hacia a través de mi,
era aquello toda una experiencia mística, no supe cuando terminé para ese
momento estaba en otro plano, lo terrestre ya no era lo mío. Volví en si con el
estruendoso aplauso que cundió en el templo como aleteos de aves ante la
supremacía del vuelo de la mayor de todas.
Esa misma tarde me compartieron el registro de video
hecho en varios ángulos y se alcanzaba a ver como me habían salido alas
mientras cantaba, eso pasa cuando el diablo hace ostias.
CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA
jueves, 27 de septiembre de 2018
MEMENTO
Cuando Mauricio mi tío cayó al suelo, yo
estaba contemplando con ojos de asombro la catedral de Colonia, el templo
gótico más importante de Alemania, justo en el momento en que levanto la mirada
para entrar en consonancia con la luz que atraviesa los vitrales tan altos que
se hace imposible advertir sus complejas formas, en ese mismo momento Mauricio
clavaba su mirada en el anden de concreto, escalonado, desigual, tan bajo y
oscuro que no alcanzó a ver las complejas deformaciones que le abrirían paso a
su muerte.
El día es azul en Jericó, con dos nubes
furtivas que el sol mira con desprecio, al mismo tiempo el día en Colonia es
una tarde naranja, con un sol adormilado incapaz de llegar a su cenit.
En la esquina dónde cae Mauricio huele a
pandequeso, café y pollo asado, el cemento húmedo desprende un tufillo de orín
de perro y una señora barre la calle con rítmico acento, mientras las hojas
juguetonas vuelven a caer dónde ya está barrido.
En el atrio, se aglomeran turistas para
ver las fotos de la catedral cuando fue bombardeada durante la guerra, la
concurrencia se extiende hasta la fila de ingreso donde hombres y mujeres con
cámaras al pecho y coronados con gorras de béisbol, se aprestan a ingresar al
epicentro del arte gótico, el calor espeso despierta un hedor a orín de perro
en el atrio de este monumento europeo.
Dos mujeres que toman café cerca
auxilian al hombre que tendido en el suelo esboza una sonrisa tímida, sin
angustia, no alardea de su agónico estado, se deja llevar, es un hombre
solitario que inicia su viaje de regreso a la nada.
Dejando atrás la catedral y su místico
resplandor ojival, a pocos metros se alza el puente sobre el río Rin. Allí, los
amantes dejan candados entrelazados con sus iniciales, es una forma de enlazar
la relación, eso me espanta, una relación no puede tener ni candados ni
cadenas, todo lo que se ata se asfixia. Camino hasta el otro extremo del
puente, al regresar el Rin no es el mismo río, en urgencias del hospital Mauricio deja caer una
lágrima leve sobre la funda de la almohada en la que su cabeza no encuentra
reposo.
Al lado de la catedral está el museo
Ludwig, y otro de arte romano germánico, me nutro de arte, experimento una
exquisita emoción estética, de repente viene
a mi mente la imagen de mi padre - ¿cómo disfrutaría si estuviera aquí? me digo,
y cómo una epifanía viene una respuesta: - Aquí está, yo soy el, soy la forma
que se inventó para ir más allá, soy sus ojos, su consciencia, su asombro, a
través de mis ojos miran él, mi abuelo, mis tíos, porque nada de lo que soy es
ajeno, es propio, es mi sangre, es mi piel la depositaria del estremecimiento
de mi clan familiar -.
Al lado del hospital, donde preparan la
ambulancia que llevará a Mauricio a la ciudad dónde esperan darle una esperanza
de sanación, también hay un templo gótico, pero su belleza no es apreciada, sus
dos torres de aguja se resisten al notable abandono y deterioro, y se hunden en
el cielo azul como buscando un poco de dignidad en las alturas.
Días después mientras es mañana en Europa,
ocurre la noche más larga de Mauricio, la definitiva, se va silente como
fue su vida, discreto, impenetrable, murió sin detalles de lujo, ni rimbombante
protocolo, al día siguiente muere el alcalde del pueblo, los habitantes lloran
la pérdida del único hombre que en su magín cumplió con las expectativas que
los vivos no cumplieron.
Siendo las diez y media de la noche en
Düsseldorf, todavía con luz de día mi hermana envía un mensaje de texto breve,
contundente. Mauricio se murió, al leerlo una sonrisa tímida y nerviosa se asoma
en mi rostro, una lágrima me asiste al tiempo en que se desploma dentro de mi
él templo que me soporta la existencia, una de sus columnas se acababa de
vencer; el sol aquella noche, caprichoso, estuvo en lo más alto pretendiendo
brillar una vez más de manera inútil.
CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA
martes, 25 de septiembre de 2018
UN RECUERDO ÍNTIMO DESDE LA CUEVA PRIMITIVA HASTA LA “1 RUE DE LA LÉGION D’HONNEUR EN PARIS”
EDAD
DE PIEDRA
No recuerdo muy bien cuando
viví en el paleolítico, a mi edad muchas cosas se han borrado, no tengo mucha
precisión en las imágenes, aunque me he esmerado en ejercitar la memoria,
constantemente me falla, eso sí, tengo una fugaz imagen que me acude a veces en
sueños, estoy recostado en un toldo construido con pieles, le estoy dando
golpes a una piedra y me hiero las manos, la piedra queda manchada con mi
sangre, justo esa sensación la tuve de pequeño no en sueños, despierto, estoy
con mi padre acampando a orillas del rio piedras, la carpa de lona nos abriga
del sol, mi padre tiene a un lado un montón de piedras que sacó del rio y con
un cincel las transforma, unas en aguacates, otras en peras, las mas alargadas
serán bananos y aquellas que resultan difíciles las lanza de nuevo al rio y
estas se van saltando de felicidad sobre la corriente, yo me intereso en
aprender esta alquimia asombrado de ver semejante transformación de la piedra,
tomo el cincel sin permiso, lo apoyo en el aire para atravesar el pedrusco que
tengo entre la mano y termino atravesándome el dedo pulgar; la piedra queda
manchada con mi sangre.
Digo que no recuerdo muy
bien los tiempos en que nuestra horda familiar se especializó en la búsqueda de
alimento, lo que si tengo muy claro es que mi familia (la actual) sigue
especializada en el tema de la piedra y en el de la comida, los unos se
dedicaron a la albañilería y los otros al comercio de ganado.
En atención a mi memoria
próxima voy a ocuparme de hacer una descripción un tanto imprecisa entre otras
cosas de la funcionalidad de los espacios habitados, nuestras casas y los
pueblos que fuimos construyendo.
APILAR
Apilar piedras, el oficio en esencia parece de poco ingenio, pero
es toda una ciencia; se requiere de cálculos matemáticos si el que apila es un
ingeniero, si se trata de un apilador empírico, solo se requiere de buen ojo,
saber poner una piedra sobre otra piedra y que estas se sostengan es un asunto
para sabedores, la mayoría de casas de los pueblos del suroeste que ayudaron a
fundar mis ancestros de inversos apellidos Restrepo Puerta y Puerta Restrepo
estaban soportadas sus bases en piedras apiladas, no había necesidad de
pegamentos, ni argamasa alguna, los cimientos así quedaban y soportaban las
casas hasta que había que tumbarlas para dar paso a unas más sofisticadas, con
bases en hormigón e hierros retorcidos, clavos con moho y alambres en sazón a
fin de amarrar los cimientos; curiosamente estas casas se venían abajo con un
leve moviendo de tierra, o con el paso de los años las grietas y la humedad
hacían lo propio.
El secreto estaba en el acople, sobre las piedras se levantaban
las paredes en tapia o en bahareque, de la tapia no podría precisar su
adecuación, lo que si sé es que eran paredes echas de tierra, ni el tiempo, ni
la ruina a propósito lograban desvencijar una pared de tapia, que también era
usada para cercar, o amurallar predios, es común cuando se pasea por el campo
encontrar en medio de la nada una pared de tapia, enhiesta, emergiendo solemne
de entre los matorrales, dividiendo la nada con la nada.
De las casas en bahareque si puedo dar cuenta ya que me tocó
ayudar a levantarlas, cuando eso yo era mi bisabuelo y tenía catorce años, era
el encargado de cargar los bultos de cagajón de caballo, hacer el montón y
luego mezclarlo sabiamente con agua, luego pisarlo con los pies descalzos hasta
darle al material la consistencia justa para que pudiera fijarse bien, mientras
me ocupaba de este menester, los otros levantaban con caña brava el marco sobre
el que se extendía una esterilla, hecha con guaduas abiertas, luego una maya de
alambre que era puntualizada con tapas de gaseosa atravesadas por un clavo,
sobre esta armazón se empañetaba con el cagajón que debido al buen contenido de
material vegetal no había necesidad de echarle alambres u otros objetos para su
amarre.
Luego venia la blanqueada, un oficio que hacían señores que solían
llevar un pañuelo blanco ceñido a su cabeza para proteger del la cal el cuero
cabelludo, poco sirvió esta precaución, casi todos los blanqueadores terminaron
calvos y ciegos, o por lo menos, haciéndose los de la vista gorda.
Mis parientes levantaron pueblos enteros, desde los templos
doctrineros hasta los palacios municipales, de paso algún rico del poblado les
encargaba su casa que habría de quedar en el marco de la plaza, de dos plantas
con balcones de corredores con macanas, entablados de nazareno y puertas
de comino crespo, también se encargaban
en ocasiones y bajo pedidos especiales de la decoración interna, elaborando
escaparates, chifonier, bifet, cómodas, aguamaniles, salas, comedores y juegos
de alcoba en caoba y pisos de parquet.
Olvidadas las mañas del paleolítico, hemos dado pasos agigantados,
los pueblos son casi ciudades y otras necesidades hicieron que la familia
tomara otros destinos, pero en la memoria quedaron ciertas prácticas, entorno
al uso de útiles para transformar la piedra que todavía y quizás por
entretenimiento o atavismo primos y tíos siguen tallando, haciendo bodegones,
bateas, monigotes decorativos que nunca valen su peso en oro; otros levantando
paredes en adobe y cemento, los otros, dedicados a pintar las paredes levantadas,
con colores ofensivos para los ojos costumbristas del tiempo colonial y sus
verdes y café sin leche.
Si la naturaleza es caprichosa y en ocasiones hasta de mal gusto,
la mixtura de colores que los familiares empezaron a proponer para resaltar los
contra portones, los calados de los comedores, los postigos de los ventanales,
propios de las llamadas casas
republicanas, no estaban muy alejados de las mezclas propias de la
naturaleza, junto a las casas republicanas había otras que fueron llamadas nueva colonización antioqueña y que
mezclaba elementos como el hierro forjado sobre ventanas arrodilladas y
vitrales morados, rojos y tornasolados en las claraboyas iluminando zaguanes y
descansos de piso.
También en estas el prisma hizo de las suyas, las casas de ricos y
de pobres se tornaron de colores subidos, molestos, enfermizos, colores que
hasta algún alcalde de marras llegó a usar con fines políticos, colores que
provocaban suicidios o por lo menos la amenaza de algún parraquiano indignado,
colores “amontañerados”, colores sin gusto, colores eméticos, colores para el
alma, colores distinguidos, colores insumisos, colores sobrios, finalmente
colores felices persuadiendo lo invivible de los lugares por efímeras
pinceladas de belleza en tarritos de cuarto de pintura que se descascaraban en
cuestión de meses.
FUNCIONALIDAD
No se sabe que tan funcionales terminaban siendo estas construcciones,
pero lo que sí es claro es, que habitarlas era toda una dicha, al punto que las
personas no salían de sus hogares, se cuenta que muchos pasaron años sin salir
a la calle, encerrados en vida en aquellos caserones, que siendo honestos eran
tan inmensos que salir a la calle era como encerrarse afuera, para hacernos a
una idea de cómo eran estas construcciones haré una breve descripción de la
casa donde empecé a existir como nieto, a esa altura de la saga, venido a menos
en casi todos los aspectos, podría detenerme a contar en que he dejado mis
últimos vestigios de sangre, pero me ocuparé por ahora en hablar de otras
ruinas.
La casa tenía dos puertas de acceso, la principal en todo el
centro de la fachada con dos ventanales a lado y lado, la otra quedaba por un
costado, esta conducía a un zaguán por donde se entraban las bestias hasta el
patio de atrás donde estaban los abrevaderos, la puerta principal daba paso a
un pasillo que conducía a un contra portón con calados de margaritas que al ser
atravesado nos conducía al patio central donde había una fuente en el centro y
jardineras en forma de triangulo haciendo esquina con cada uno de los ángulos
del cuadrado del patio, al fondo el comedor con un torno por el que despachaban
la comida de la cocina, al lado izquierdo del patio estaba la sala con unas
poltronas inmensas en las que se recibía
a las visitas y se les atendía con chocolate y bizcochuelos.
Esta misma sala comunicaba a un espacio más reducido que era el
oratorio donde estaba un cuadro del Corazón de Jesús entronizado y sobre una
mesita un florero bien ocupado con begonias del jardín de la abuela y una
veladora amarilla con una llama impávida que parecía nunca consumirse, del otro
lado estaban las cinco habitaciones en galería, la última y la que estaba cerca
a la cocina era la de los abuelos que también tenía acceso al solar, o el patio
de atrás como le decíamos, donde habían sembrados dos guayabos, un manzano y un
mandarino.
En la casa vivíamos diez personas entre primos, tías, abuelos y
mis padres y en vacaciones llegábamos a ser más de treinta, si se cuenta que por
el lado de mi mamá eran veinte hermanos, había ocasiones en que teníamos que
pedir prestada una habitación de la casa vecina o decirle a la romería de
parientes que dejaran para visitarnos en otra oportunidad.
Sin salir de la casa se podía jugar, bailar, reír, comer, hacer
trabajos manuales, sembrar, cosechar, cambiar de ambientes y todo aquello que
los múltiples espacios permitían.
De repente todo esto desapareció de manera tan progresiva que ni
nos dimos cuenta cuando abandonamos la casa, cuándo la tumbaron y en qué
momento el terreno quedó convertido en un parqueadero para carros, sin paredes,
con un simple cerco de alambre de púas y un piso cubierto por gravilla menuda,
piedrecillas minúsculas sin ínfulas de llegar a ser algo en la vida.
LAS
MURALLAS
(Anotaciones
finales)
Mis primas viven en Paris, ellas dicen que los campos Elíseos no
son la gran cosa, que si los franceses hubieran conocido el jardín de la abuela
sentirían vergüenza o por lo menos, mandarían una carta ofreciendo disculpas
por llamar jardineras a esas pesetas que tienen estorbando en la avenida,
cuando dicen eso, todos nos reímos y brindamos con el vino que suelen traer
cuando vienen de visita, ellas gozan de admiración y respeto porque ahora son
como europeas, aunque son amables uno no deja de sentirse apabullado cuando
comparte con ellas, por ejemplo, no recuerdan mucho a la familia, ya olvidaron
el nombre de las tías, el de los primos; ellas han levantado sus respectivas
paredes de tapia que franquean las practicas del campo con sus nuevas posturas
de citadinas, ellas viven en una pensión de un solo ambiente, comparten el baño
y la cocina con otras personas, en ocasiones no se bañan por que el servicio de
agua es muy costoso y comen una baguete con jamón y beben un vino barato para
acostarse a dormir sobre un colchón de piedra.
Una casa se estaba rodando por la loma de “cien escalas” ya se
había descolgado parte del corredor y el baño que quedaba por fuera,
desalojaron y el dueño se fue a vivir a la ciudad a un tanque con ventanas,
luego vino otro señor y cuñó con palos y piedras la parte que seguía en pie, le
sembró siemprevivas y geranios y la casa nunca se cayó.
Wiener y Sert no eran pareja,
pero hicieron pareja, cuando el pueblo se volvió ciudad ellos que no tenían
nada que ver con nadie de aquí, terminaron decidiendo como debíamos habitar,
cada uno empezó a hacer su montoncito de piedras por doquier, por supuesto de
manera muy ordenada y moderna.
La ciudad de ahora no se
parece en nada a la de la antigüedad, pero se le quiere parecer, la ciudad de
la antigüedad ya desbordó la idea de lo que podría ser una ciudad, ahora lo que
hay es un remanente del auge que ya tuvo su punto más alto, las ciudades de
ahora son un declive, un intento por sustentar a como dé lugar su inexistencia,
como en la de la antigüedad sigue respondiendo a una concepción simbólica del
espacio.
Cuando se sale de la ciudad
por una carretera se puede ver que cuando un carro se accidenta o alguien
muere, se acostumbra poner un monumento que llaman calvario, generalmente una
cruz con una foto del occiso, los más pudientes levantan todo un mausoleo con
verjas de hierro, techo triangulado a la usanza de algunos templos, bombillas
de color o espacio para cerillas que los caminantes encenderán a la animas del
purgatorio; cuando el calvario es austero y solo cuenta con una cruz, los
transeúntes van haciendo una pila de piedras que simbolizan los padrenuestros
que le han rezado al alma en pena, realmente esas piedras son la cuota inicial
para los cimientos del paraíso eterno.
En la ciudad actual no hay
espantos, no hay dioses, no hay estrellas, la luna no baña sus calles de luz,
son funcionales para los carros, pero lo recomendable es no tener carro, son
buenas para la vida, pero te enferman, la ciudad cuenta con hermosos parques
donde no es conveniente estar solo.
Las
murallas me gustan, las de la ciudad medieval con sus torreones,
las de roma, las murallas de los castillos y algunas comarcas europeas, la
muralla de los chinos, la muralla de la ciudad antigua de Cartagena, la muralla
de tapia de mis primas, la muralla de alambres de púas de un parqueadero que
conozco, las murallas de Cavafis; las murallas tienen una gran ventaja y es que
mantienen a buen recaudo a la ciudad, así los que estamos
afuera sabernos que estaremos a salvo.
CARLOS ANDRÉS RESTREPO
ESPINOSA
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