miércoles, 24 de abril de 2019

UNA DE ROMANOS


DE LA PRIMERA CARTA DE ANDRES RESTREPO A LOS ROMANOS

En la vía Aurelia 366 a pocas cuadras de la estación Baldo Degli Ubaldi sentí hambre, busqué  alrededor y el viento me trajo un aroma que seguí olfateando como lo hacen los dibujos animados, encontré un pequeño lugar de comidas caseras llamado Osteria Antichi Sapori da Leo, un diminuto cubo en el que cabe el sabor de Roma; el lugar a pesar de sus dimensiones está bien distribuido, las mesas se pegan unas a otras haciendo que los comensales deban abrir espacio a los que  llegan poniéndose de pie y permitiendo el paso, pues las mesas puestas en fila no permiten otra manera de acceso.

En aquel cubículo en el que comensales de toda la vida suelen almorzar, me encuentro pidiendo una copa de vino tinto con una bruschetta mientras ojeo el menú para decidir por el primer plato, entre un pannette all’arrabbiata o un Risotto al Radicchio, elijo el pannette, doy sorbos al vino de casa que me sabe a nostalgia de domingo en la tarde, la decoración del lugar es estrafalaria, aunque austero el espacio no le falta el aire acondicionado,  fijados a la pared cuadros de infantas en poses greco-romanas, una pintura de un hombre con sombrero de paja comiendo frijoles, fotografías de futbolistas y varios recortes de periódico enmarcados de manera insulsa en los que aparecen crónicas hechas al dueño del lugar que es el mismo que sirve y va de mesa en mesa tras el llamado de “Leooo”, cantado como solo los italianos saben entonar.
El lugar es tradicional, famoso en la ciudad, pero no es un sitio para turistas, es un comedor de barrio.

Leo olvida mi orden o la ignora, tengo la sospecha de que su esmero prima sobre su clientela de toda la vida, me distraigo leyendo un aviso que hay en la pared que dice: “No tenemos wifi, solo vino y navegue qué es un placer”. Al no llegar mi plato decido entonarme y  canto el nombre del dueño - Leooo -, y al instante viene atento hacia mí y en un italiano improvisado pero con la sagacidad de un muerto de hambre, le reclamo mi plato y acto seguido, le anuncio mi decisión de morir allí sobre el mantel de cuadros blancos y rojos, deja salir una risotada y dice - que divertido nuestro visitante, sale un pannette all’arrabbiata para el colombiano que está rrabbiato -, todos miran sonríen y siguen en lo suyo.  La comida llega y de una vez le ordeno el segundo plato que elijo sin pensar, un pollo a la cazadora; me llamó la atención el plato porque ese menú lo ofrecen cada tanto en el salón Versalles en Medellín, y pues había que ver para comparar y en efecto, fue todo un acierto y debo decir que muy similar al que ofrece el otro Leo en la capital de Antioquia.

Un hombre de notable presencia atraviesa la puerta del lugar, al verle sospecho que es un romano, un romano que obedece a la idea que desde niño había tenido de un romano, idéntico a Ernest Borgnine en el papel del centurión en la miniserie anglo italiana Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli que vi año tras año todas las semanas santas cuando en mi país había televisión pública; con asombro veo que el centurión se sienta a mi lado, recuerdo que el señor Borgnine era americano, pero su caracterización le quedó  excelente pues el personaje que tengo justo ahora enfrente tiene la misma edad, el mismo porte e idéntica mirada, no del actor, sino del personaje que encarnó y que yo de niño jamás imaginé que un día se sentaría a mi lado en un modesto restaurante de un barrio popular en Roma.

Me pongo de pie, abro paso, yo no se si decirle Don Ernest, su excelencia centurión o como le va romano, le sonrío y le enseño la silla, él toma asiento,  lo atienden como a todo un centurión, no ordena, es como si el mesero ya supiera qué quiere su cliente, le traen vino, pan, un poco de queso y al instante un plato de “Bombolotti alla Matriciana”, al mismo tiempo yo estoy terminando mi segundo plato, reparo de nuevo en el menú por si hay un postre de mi apetencia o si me decido por un expreso con grapa, dosis que ha hecho la vida más hermosa en mi recorrido por Italia. Estaba en esas cuando el personaje se me queda mirando y me dice que de que parte de España soy y le digo que de la parte de Colombia y se sorprende, - ¿un colombiano?, nunca había estado con un colombiano en la misma mesa -, dijo con una voz que no se parecía en nada a la de los romanos que yo conocía en las famosas cartas de San Pablo, así que con mucho esfuerzo de mi parte e introduciendo por momentos frases al traductor del celular, pude tener mi primera conversación profunda con un romano de verdad.

Habló de la guerra, pidió mas vino, me enseñó su alma en la conversación, agradeció mi visita, dijo que Italia era un país de gente humilde, que en la mesa se resuelve la vida, nos quedó del pasado su peso, el portento de una ilustración que terminó cegándonos, la escasez reina aún en los grandes castillos; sin dejar de hablar va trenzando en su tenedor de manera magistral unos hilos de su pasta y me ofrece diciendo, - Quiero que pruebe, esta es comida de pobre, pero es la que nos ha permitido a los Italianos no desfallecer de hambre pues la pasta nunca falta si se comparte, pruebe usted este sabor para que no olvide que los pobres cuando comemos acompañados, la comida sabe mejor. -. Con lágrimas en los ojos recibí el tenedor y comí de su plato, aquel inmenso gesto me conmovió y esclareció la gracia de las palabras: “Tomad y comed todos de este pan”.
En aquel estado de agnición comprendí que aquel había sido el motivo de mi viaje, ni San Pedro con su mercado de indulgencias, ni Florencia en su esplendor, ni Venecia con sus manías acuáticas, superaron el acto de aquel hombre nada común, los hechos que cambian nuestra vida suelen venir de las personas que nos ofrecen la posibilidad de acercarnos un poco a eso que nos queremos parecer.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


jueves, 8 de noviembre de 2018

LA CHICA DEL CABLE

 -Listo Medellín cabina 8 -, dice Consuelo del otro lado del vidrio sentada en una silla de rodachinas, con una diadema que le hace lucir como si fuera la piloto ante la consola de mandos de una nave que no lleva a otro planeta, pero si acerca a tierras lejanas con las más próximas.

Su oficio es de los más importantes, cualquiera puede ser chófer, o nombrado alcalde por decreto o secretario, pero no cualquiera puede operar la consola de la central telefónica, para eso se requiere ser inteligente.

La telefonista de esta historia inició su labor en un cuartucho ubicado en la planta baja del palacio municipal, donde a duras penas entraban ella y un usuario, a los demás les correspondía hacer fila a la intemperie o aguardar hasta que el citador les indicara la hora en que debían llegar a recibir llamada, o el turno en que podían hacerla.

Del oficio siempre estuvieron a cargo mujeres, así como en la serie de televisión española, con el intríngulis que implicaba para la sociedad una mujer con empleo y autonomía, tuvimos nuestras propias chicas del cable: Alicia Paredes y Ángela Gómez, Flor Ángela Zapata, Lola Bohórquez, Griselda Celis y Berta Henao, quien le entregó la consola de clavijas a Consuelo Meza en 1960 junto a Magnolia Zapata.

El personero expidió un permiso para iniciar la capacitación que consistía en sentarse en una silla al lado de la operadora oficial, quien no se prestó mucho para la enseñanza, así que Consuelo tuvo que aprender observando y tomando nota en una libreta. 

La comunicación se lograba, recuerda, utilizando una magneto, al que le daba manivela y este hacia conexión con la central que estaba en Puente Iglesias y de allí se establecía la comunicación con el destino final que podría tardar horas o días.

La central telefónica era manual, por eso requería de la intervención de una telefonista quien se encargaba de la conexión física del cableado que venia tanto de la red exterior como de la red local, y facilitaba las llamadas entrantes y las salientes; las conexiones se realizan por medio de cordones, clavijas jacks y llaves de conmutación. Cuando se descolgaba el teléfono en una de las pocas casas que podían darse el lujo de tener semejante artilugio, al instante se identificaba en la central con la iluminación de unos botones que en hilera parpadeaban ansiosos.

La central telefónica pertenecía al municipio y en el año de 1966 el departamento después de ejercer una diplomática presión la compró para unirla a su naciente monopolio, se instala la nueva consola de disco y llegan al oficio Marion Restrepo, Nury Velásquez, Consuelo Parra y Aurora Legro, Dora Agudelo y Consuelo Gonzáles y otras más que la memoria no recuerda o la vista no alcanza.

Consuelo atendió varias situaciones de emergencia que le prolongaba la estadía en la central más allá de las nueve de la noche que era su horario de cierre, las tragedias de ahogados del cauca que por aquel entonces eran mas habituales, incendios, la avalancha de las nubes; en la inauguración de la catedral fue la encargada de facilitar las comunicaciones para todos los visitantes que llegaron de distintas partes del país. 
 
Recuerda con orgullo la primera vez que consiguió una  comunicación con Bogotá, la primera en la historia de Jericó, pues las comunicaciones sólo eran locales o departamentales.

El primer repique que atendía en la mañana era el de monseñor Augusto Trujillo Arango, obispo de Jericó quien tenía el ritual de llamar a su mamá todos los días antes  de iniciar sus labores pastorales, Consuelo era la encargada de facilitar esa conversación. 

Durante veintitrés años trabajó como telefonista y en 1983, sus labores fueron truncadas por los azotes de un politiquero de turno quien la sacó del cargo antes del tiempo de jubilación, para colmo la persona que llegó a reemplazarla le negaba las llamadas a Medellín, impidiéndole la comunicación para buscar asesoría en su situación que le llevó a la depresión después de haberse quedado insubsistente sin causa justa. 

Al cumplir la edad consiguió la jubilación y con los ahorros logró hacerse a una casa propia, otras chicas del cable no lograron tal suerte.

Su actividad no terminó allí, desde entonces ha estado al servicio de la comunidad vinculada a instituciones cívicas, religiosas y culturales trabajando con ahínco, siendo una líder reconocida y respetada, una voz tenida en cuenta y consultada por sus vecinos quienes acuden a ella en busca de ayuda y consejo, una mujer intachable que junto a su esposo hicieron una ejemplar familia, de valores humanos profundos y de quienes la cercanía desde niño me ha llevado a sentirlos como parte de mi familia.

Ahora que la comunicación se logra de manera instantánea, y que se puede portar una central telefónica en el bolsillo, es inquietante pensar como dejamos al otro en visto, no atendemos las llamadas, incumplimos las citas, ignorando que hubo un tiempo no muy lejano, en que para tener una comunicación urgente habría que esperar días o semanas; por fortuna allí estaba Consuelo la chica del cable dispuesta a hacer todo lo posible para conseguirla en unas cuentas horas.



Carlos Andrés Restrepo Espinosa

martes, 30 de octubre de 2018

A GABRIELA LE GUSTA DORMIR EN EL BUS


En las vacaciones de mitad de año fui a Europa, un amigo que vive en Alemania me había hecho extensiva la invitación un par de años atrás, no le presté mucha atención ya que pensé era un asunto protocolario, propio de un saludo retorico que se tiene en un encuentro casual, pero insistió lo suficiente para que me animara y cruzara el charco, así que me embarque al viejo mundo con mi mirada nueva, una maleta pequeña con dos mudas de ropa, un kilo de café y un paquete de bombones de coco.

El vuelo tenía escala de ocho horas en Madrid y luego continuaría hasta Düsseldorf Alemania por dos horas y media más, que se sumarían a las diez del primer tramo, para no querer estar sentado por un buen tiempo después del arribo.  Nunca he podido dormir mientras viajo, la sensación es similar a la de leer y escuchar música, no se pueden hacer las dos al mismo tiempo; durante el viaje me entrego a los pensamientos, imagino como viene mi maleta, si se hizo amiga de otras maletas en la bodega, imagino su posición, busco a la azafata mas linda y fantaseo cualquier cosa de hombre grande, incluyo entre los pensamientos una eventual imagen del avión cayendo en picada y yo recitando un poema de Amado Nervo, estos devaneos pasan mientras veo dormir plenamente a la persona que llevo al lado, duerme con una entrega tal que su cuerpo parece levitar, mientras su cabeza se apoya en mi hombro, respiro profundo, intento cambiar de posición para  mover el hombro y despertarla, pero en su lugar se recarga más sobre mi y lo que consigo es que entreabra su boca mientras espantado advierto un hilo de saliva que corre rumbo a mi camisa nueva, el espanto me paraliza, con horror y nausea empiezo a sentir en mi brazo la cálida humedad de su baba acumulada, el desparpajo de su sueño vuelto una marea gelatinosa que va formando el mapa de un continente nuevo en la manga de mi de repente envejecida y devaluada camisa.

Para colmo me ubicaron en una silla de la mitad, por el flanco derecho franqueado por la dama de la baba siniestra y por el izquierdo por un gentil caballero de panza irreductible que sobresale sobre el apoya brazos, asunto que hizo de mi vida un acto de mortificación, todo un viaje a la purificación, por momentos cerraba los ojos y vislumbraba con entusiasmo al avión caer en beatifica picada.

Las ocho horas de escala me permitieron recuperar la fe en el prójimo y recuperar la horma de mi espalda, faltaba poco para llegar, durante la espera tuve tiempo de enamorarme a distancia de una joven mujer, el rostro mas hermoso que había visto antes, el velo que cubría su cabello, resaltaba sus ojos, sus pómulos perfectos tenían un color parecido a los duraznos de sangre del huerto de mi casa natal, su aspecto era frágil y al mismo tiempo seguro, advertí que no solo yo era incapaz de dejar de mirarla, todos en la sala lo hacían abismados, hasta las mujeres no podían dejar de hacerlo, poseía una belleza embriagadora, te atrapaba como una flor carnívora a la mosca. ¿Cual sería mi sorpresa cuando al abordar el avión me encontré que esta mujer sería mi compañera de viaje? Al llegar estaba hablando en una lengua extraña con otra mujer, yo le sonreí en español y ella correspondió, mi puesto era el de la ventana, encogió sus pies, pasé tan cerca de su rostro como lo hace el cometa Halley cada tanto de la tierra, su mirada me encegueció, sus labios carnosos parecían la pulpa de una fruta exótica, mi mano pasó rozando su delicado velo de terciopelo, solo un instante después de aquella vislumbre, despertó el sentido del olfato y emanó de aquella criatura el olor mas pestilente que mi profana nariz había percibido en su vida, con rapidez logré sentarme en mi puesto, sin saber si ponerme el cinturón de seguridad o romper la ventanilla y arrojarme desde allí, no podía creer que la belleza tuviera semejante olor, eso no es normal, me decía mientras aguantaba la respiración y trataba de direccionar el tubito del aire que sobre mi cabeza en lugar de refrescar lo que hacia era esparcir aquel olor innombrable por toda la nave, al parecer el único alarmado era yo, así que enderecé mi cuello, asumí la compostura de un hombre de mundo, giré la cabeza, ella me estaba mirando, me dijo Hola en perfecto español, le dije hola, y no paró de hablar hasta que llegamos al destino, yo con delicados movimientos tomé la bolsita de papel encerado que ponen en el asiento delantero en caso de mareo, la apretaba cada tanto, le advertí discreto que desde niño me mareaba con facilidad, ella asintió con la cabeza, cada movimiento suyo venia acompañado de una emanación de aquel hedor cada vez mas nauseabundo, creo que me desmaye por un buen rato, no estoy seguro, lo cierto es que al final dejé de percibir su peculiar aroma, entre en otro nivel de conciencia.

Ya en tierra entendí que lo del aroma es normal, el Europeo huele a las tres ultimas letras de la palabra, no todos, creo, pero la mayoría sí, quizás es el verano o la alimentación o la escasa higiene, que se yo, allá ellos, lo cierto es que en el tren, en el metro, en el tranvía en el bus, en el avión, en la acera, en el museo, en el teatro, huele a Europeo, por momentos se hacia tan insoportable que sentía que era yo mismo el que olía así, tal vez por un momento llegué a ser un ciudadano del primer mundo.

El remate del periplo fue en bus, un recorrido de Berlín a Duisburg en Renania del Norte, salí a las diez y cuarenta y cinco de la noche, viajaba con mi amigo, nos toco separados, yo en la ventanilla y el en el pasillo, sillas distintas pero en la misma hilera, al iniciar el recorrido, los dos veníamos con le puesto del lado libre, yo me quedé dormido, el también, en la siguiente parada entreabro el ojo izquierdo,  veo a una mujer de tez morena, inmensa, hecha de un solo bloque, que se empieza a acomodar con dificultad a mi lado, luego de un gran esfuerzo lo consigue, su magnifico cuerpo se expande varios centímetros mas allá de su puesto e invade mi espacio, yo cierro el ojo, respiro profundo me contraigo.  Del otro lado mi compañero de viaje se despierta mira en dirección donde me vio por última vez y se alarma al ver en mi lugar a la mujer que ya describí, pero que la llamará en elegante italiano: Donna Grassa, se levanta, y no me ve, sale del bus para verificar que no me haya bajado por error, revisa el baño, preocupado vuelve al puesto, se sube en un escalón, se empina y en medio de una carcajada que despierta a los otros pasajeros descubre mi cuerpo recogido contra la ventanilla, encorvado haciendo uso del poco espacio que la mujer deja para mi, regresa al puesto y cada tanto mira a la mujer y sonríe, el puesto a su lado nunca es ocupado.

El viaje durará nueve horas, vienen a mi mente los compañeros del vuelo inicial, la joven del velo, las situaciones de viaje por las que he pasado y decido  no seguir encogido, así que tomo aire, me expando, salgo de mi rincón y saco provecho del tamaño y lo mullida de mi compañera de viaje y dejándome caer con grácil levedad, la convierto en mi colchón y allí me quedo hasta llegar a mi destino en el viaje mas confortable que hago en toda mi gira.  ¿Ella que dijo cuando usted se le echó encima? me preguntó mi amigo y le dije que ella se comportó como toda una dama, había guardado un complaciente silencio en un perfecto español.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

martes, 23 de octubre de 2018

DE CAMINADAS LARGAS, HELADO Y AVEMARIAS


En Moers la ciudad más grande en el distrito de Wesel, en Renania del Norte-Westfalia, Alemania, trabaja un amigo mío en una misión Italiana. Cuando yo era niño le escuchaba su prédica, al momento del sermón salía del altar y descendía las escalas y se ubicaba cerca a la feligresía, su discurso era cercano como su presencia, luego dejé de verlo, supe al cabo del  tiempo que andaba en Italia, veintidós años después volvimos a encontrarnos y me invitó a visitarlo en Alemania, su nuevo lugar de labores, así es que tomé un avión y allá me le aparecí. Me esperó en el Aeropuerto de Düsseldorf con dos amigos más, los tres hablando italiano aunque uno de ellos es colombiano y los otros dos Alemanes, hijos de inmigrantes de Italia; yo, ni italiano, ni alemán, pero animado por el deseo de aprender me dejé llevar por la idea de que les entendía perfectamente, cancelé el español y me dediqué a balbucir una particular forma de parlar la lengua de los papas.
Por obstinación o exceso de confianza me dejé llevar por esta idea y entablé complejas e interesantes conversaciones en las que mi única intervención era: molto bene, grazie, y oh lalá. Muchas palabras del italiano se parecen a las del español, pero no todas significan lo mismo, falsos amigos rondan por ahí, lo que me llevó a tener dos interesantes situaciones que se me  antoja narrar, la primera divertida, la segunda no tanto, diría que me arrimó a los instantes mas caóticos de mi vida como músico, pero no me adelanto mas y sigo en el orden prometido.
Mi anfitrión me presentó con su comunidad, y en una misa muy familiar me pidieron cantar algo a la virgen, lo primero que me vino a la mente fue Santa María del Camino, me entregaron una guitarra y me entoné, que sorpresa me llevé cuando todos se unieron a mi voz, ellos en su respectiva lengua y yo en la mía, al terminar aplausos, besos y felicitaciones. Alessandra una médica que apoya la misión, se acercó y me sugirió acompañarlos al día siguiente a Holanda y si era de mi gusto cantar en otra misa para que repitiera mi presentación, así es que acepté gustoso y al día siguiente me madrugué, mi interés en conocer y aprovechar el viaje no me impedía escuchar una misa más. Participé del acto religioso con más curiosidad que fervor y al final saqué a relucir de nuevo Santa María del Camino, el último éxito de los cañonazos religiosos que conocía.
Terminada la ceremonia, se hizo una reunión donde todos los participantes ofrecieron algo de comida y al final en un acto deferente hacia mí, me dijeron que si quería gelato o paseggiata, gelato es el helado italiano y ya lo había probado en varias oportunidades, mi apetito se incrementa  cuando estoy en un lugar nuevo, así que elegí lo segundo pensando que era un postre más grande o más elaborado. Mis anfitriones asintieron, nos levantamos y empezamos a caminar, supuse que nos dirigiríamos al lugar donde vendían la paseggiata, ya me la imaginaba yo como una especie de torta de helado con muchos chips de chocolate. El grupo avanzaba y cada que pasábamos por un lugar de dulces mi corazón se abría y decía - Aquí es, ¡llegamos! -, pero no, el grupo continuaba el recorrido sin detenerse, yo no entendía porque habían elegido un lugar tan lejano para el postre, después de una hora de camino y de pasar de largo por varias pasticcerie  (pastelerías), pregunté a uno de los acompañantes el porque de tan larga caminata, y con fatiga y mal humor me respondió que estábamos haciendo lo que ya había pedido, que yo había sido el gracioso que había pedido una caminada en lugar de helado.
Durante la paseggiata que se hizo casi de dos horas, en un recorrido en el que al final cuando todos entendieron el chiste decidieron invitarme a un tiramisú como premio de consolación, uno de mis nuevos amigos me invitó a una fiesta que haría veinte días después para celebrar los cincuenta años de casados de sus padres y que si cantaba para ellos la canción de la virgen María, yo acepté, y el tema quedó allí.
Veinte días después me estaban recordando la invitación pero yo me desentendí por completo de su segunda parte, toda la vida he sido invitado a reuniones, comidas y fiestas con la condición de que lleve la guitarra, en Alemania pensé que me salvaría del sino que me ha acompañado toda la vida, pero no fue así. El lugar donde se celebró la ceremonia fue la catedral de St Peter en Duisburg Rheinhausen, un templo menor pero con una arquitectura gótica digna de una catedral de capital. Llegué con ropa prestada para la ocasión, generalmente cuando viajo no cargo el esmoquin ni mi colección de zapatos de charol por cuestiones de espacio en la maleta, entré muy tieso y muy majo arrastrando la bota del pantalón y con las mangas de la camisa dobladas para que no me cubrieran hasta la segunda falange de mis dedos. Estaba buscando asiento en un lugar discreto en las bancas de atrás junto a una pila de agua bendita, cuando me agarra una señora y llevándome a rastras me ubica al lado del altar junto a un órgano tubular que parecía un dragón sonriendo, y me da una instrucción en puro alemán, en el alemán mas puro, contúndete y breve que había escuchado en mi vida, levanté la mirada para buscar a mi traductora que se encontraba en la primera hilera, en un segundo estaba a mi lado repitiendo en italiano lo que yo no había entendido en alemán; debo recordar que esto que ahora escribo en español me estaba ocurriendo en estas dos lenguas, no me explico como sobreviví, me ayudaron mucho los gestos y las palabras que me inventaba mezclar de pavor, ingles francés e italiano, de todas no armaba ni media.
 Al final logré entender la instrucción, debía pararme allí y cuando el sacerdote lo indicara entonaría el Ave María de Schubert.  Se me enfrió todo, el único Ave María que me sabia era el de Leonardo Fabio, les dije que no me la sabia que les cantaba con mucho gusto Santa María del Camino y de nuevo tronó una voz en alemán, - cante el Ave María y no es una opción -; insistí en zafarme de aquella situación diciendo que no era organista y que tampoco tenia guitarra, no había terminado de decirlo cuando un joven estaba subiendo al altar con una guitarra blanca que parecía un bizcocho de novia, respiré profundo, de lo alto del templo una luz lánguida atravesó un rosetón e iluminó el rostro de un ángel de piedra que juro me guiñó el ojo, lo ignoré y continué con mis lamentos: - pero es que no se me la letra, ni recuerdo bien la melodía-, y al segundo me habían instalado una tableta en su respectivo atril y con conexión a internet, no tenia escapatoria, la ceremonia empezó y yo solo tenia temblor en las manos y un templo repleto de italianos calabreses que miraban fijamente, por el susto olvidé la melodía de la canción y solo pensaba en la de Leonardo Fabio y en esa otra de los chicos: …ayúdame, ave María, ave María…
El sermón avanzaba, me tape un oído y mentalmente trataba de recordar la melodía, al final logré superponer la voz imaginada de Andrea Bocheli sobre mi confusa mente, a pocos minutos antes de que el cura me diera la entrada tengo la idea de que perdí el conocimiento, cuando reaccioné toda la feligresía en silencio me miraba con expectativa. Cerré los ojos, mi mano izquierda hizo la posición de sol mayor y la derecha empezó a hacer un arpegio de seis notas, de repente mi voz se abrió paso en aquel templo entonando el Ave María, no lo podía creer estaba cantando en Europa, en una catedral gótica mi voz reverberaba de forma celestial, me habitaba una extraña fuerza, no era yo quien cantaba, alguien mas poderoso lo hacia a través de mi, era aquello toda una experiencia mística, no supe cuando terminé para ese momento estaba en otro plano, lo terrestre ya no era lo mío. Volví en si con el estruendoso aplauso que cundió en el templo como aleteos de aves ante la supremacía del vuelo de la mayor de todas.
Esa misma tarde me compartieron el registro de video hecho en varios ángulos y se alcanzaba a ver como me habían salido alas mientras cantaba, eso pasa cuando el diablo hace ostias.

CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA

jueves, 27 de septiembre de 2018

MEMENTO



Cuando Mauricio mi tío cayó al suelo, yo estaba contemplando con ojos de asombro la catedral de Colonia, el templo gótico más importante de Alemania, justo en el momento en que levanto la mirada para entrar en consonancia con la luz que atraviesa los vitrales tan altos que se hace imposible advertir sus complejas formas, en ese mismo momento Mauricio clavaba su mirada en el anden de concreto, escalonado, desigual, tan bajo y oscuro que no alcanzó a ver las complejas deformaciones que le abrirían paso a su muerte.

El día es azul en Jericó, con dos nubes furtivas que el sol mira con desprecio, al mismo tiempo el día en Colonia es una tarde naranja, con un sol adormilado incapaz de llegar a su cenit.

En la esquina dónde cae Mauricio huele a pandequeso, café y pollo asado, el cemento húmedo desprende un tufillo de orín de perro y una señora barre la calle con rítmico acento, mientras las hojas juguetonas vuelven a caer dónde ya está barrido.

En el atrio, se aglomeran turistas para ver las fotos de la catedral cuando fue bombardeada durante la guerra, la concurrencia se extiende hasta la fila de ingreso donde hombres y mujeres con cámaras al pecho y coronados con gorras de béisbol, se aprestan a ingresar al epicentro del arte gótico, el calor espeso despierta un hedor a orín de perro en el atrio de este monumento europeo.

Dos mujeres que toman café cerca auxilian al hombre que tendido en el suelo esboza una sonrisa tímida, sin angustia, no alardea de su agónico estado, se deja llevar, es un hombre solitario que inicia su viaje de regreso a la nada.

Dejando atrás la catedral y su místico resplandor ojival, a pocos metros se alza el puente sobre el río Rin. Allí, los amantes dejan candados entrelazados con sus iniciales, es una forma de enlazar la relación, eso me espanta, una relación no puede tener ni candados ni cadenas, todo lo que se ata se asfixia. Camino hasta el otro extremo del puente, al regresar el Rin no es el mismo río, en  urgencias del hospital Mauricio deja caer una lágrima leve sobre la funda de la almohada en la que su cabeza no encuentra reposo.

Al lado de la catedral está el museo Ludwig, y otro de arte romano germánico, me nutro de arte, experimento una exquisita emoción estética,  de repente viene a mi mente la imagen de mi padre - ¿cómo disfrutaría si estuviera aquí? me digo, y cómo una epifanía viene una respuesta: - Aquí está, yo soy el, soy la forma que se inventó para ir más allá, soy sus ojos, su consciencia, su asombro, a través de mis ojos miran él, mi abuelo, mis tíos, porque nada de lo que soy es ajeno, es propio, es mi sangre, es mi piel la depositaria del estremecimiento de mi clan familiar -.

Al lado del hospital, donde preparan la ambulancia que llevará a Mauricio a la ciudad dónde esperan darle una esperanza de sanación, también hay un templo gótico, pero su belleza no es apreciada, sus dos torres de aguja se resisten al notable abandono y deterioro, y se hunden en el cielo azul como buscando un poco de dignidad en las alturas.

Días después mientras es mañana en Europa, ocurre la noche más larga de Mauricio, la definitiva, se va silente como fue su vida, discreto, impenetrable, murió sin detalles de lujo, ni rimbombante protocolo, al día siguiente muere el alcalde del pueblo, los habitantes lloran la pérdida del único hombre que en su magín cumplió con las expectativas que los vivos no cumplieron.

Siendo las diez y media de la noche en Düsseldorf, todavía con luz de día mi hermana envía un mensaje de texto breve, contundente. Mauricio se murió, al leerlo una sonrisa tímida y nerviosa se asoma en mi rostro, una lágrima me asiste al tiempo en que se desploma dentro de mi él templo que me soporta la existencia, una de sus columnas se acababa de vencer; el sol aquella noche, caprichoso, estuvo en lo más alto pretendiendo brillar una vez más de manera inútil.



CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA


martes, 25 de septiembre de 2018

UN RECUERDO ÍNTIMO DESDE LA CUEVA PRIMITIVA HASTA LA “1 RUE DE LA LÉGION D’HONNEUR EN PARIS”


EDAD DE PIEDRA
No recuerdo muy bien cuando viví en el paleolítico, a mi edad muchas cosas se han borrado, no tengo mucha precisión en las imágenes, aunque me he esmerado en ejercitar la memoria, constantemente me falla, eso sí, tengo una fugaz imagen que me acude a veces en sueños, estoy recostado en un toldo construido con pieles, le estoy dando golpes a una piedra y me hiero las manos, la piedra queda manchada con mi sangre, justo esa sensación la tuve de pequeño no en sueños, despierto, estoy con mi padre acampando a orillas del rio piedras, la carpa de lona nos abriga del sol, mi padre tiene a un lado un montón de piedras que sacó del rio y con un cincel las transforma, unas en aguacates, otras en peras, las mas alargadas serán bananos y aquellas que resultan difíciles las lanza de nuevo al rio y estas se van saltando de felicidad sobre la corriente, yo me intereso en aprender esta alquimia asombrado de ver semejante transformación de la piedra, tomo el cincel sin permiso, lo apoyo en el aire para atravesar el pedrusco que tengo entre la mano y termino atravesándome el dedo pulgar; la piedra queda manchada con mi sangre.
Digo que no recuerdo muy bien los tiempos en que nuestra horda familiar se especializó en la búsqueda de alimento, lo que si tengo muy claro es que mi familia (la actual) sigue especializada en el tema de la piedra y en el de la comida, los unos se dedicaron a la albañilería y los otros al comercio de ganado.
En atención a mi memoria próxima voy a ocuparme de hacer una descripción un tanto imprecisa entre otras cosas de la funcionalidad de los espacios habitados, nuestras casas y los pueblos que fuimos construyendo.

APILAR
Apilar piedras, el oficio en esencia parece de poco ingenio, pero es toda una ciencia; se requiere de cálculos matemáticos si el que apila es un ingeniero, si se trata de un apilador empírico, solo se requiere de buen ojo, saber poner una piedra sobre otra piedra y que estas se sostengan es un asunto para sabedores, la mayoría de casas de los pueblos del suroeste que ayudaron a fundar mis ancestros de inversos apellidos Restrepo Puerta y Puerta Restrepo estaban soportadas sus bases en piedras apiladas, no había necesidad de pegamentos, ni argamasa alguna, los cimientos así quedaban y soportaban las casas hasta que había que tumbarlas para dar paso a unas más sofisticadas, con bases en hormigón e hierros retorcidos, clavos con moho y alambres en sazón a fin de amarrar los cimientos; curiosamente estas casas se venían abajo con un leve moviendo de tierra, o con el paso de los años las grietas y la humedad hacían lo propio.

El secreto estaba en el acople, sobre las piedras se levantaban las paredes en tapia o en bahareque, de la tapia no podría precisar su adecuación, lo que si sé es que eran paredes echas de tierra, ni el tiempo, ni la ruina a propósito lograban desvencijar una pared de tapia, que también era usada para cercar, o amurallar predios, es común cuando se pasea por el campo encontrar en medio de la nada una pared de tapia, enhiesta, emergiendo solemne de entre los matorrales, dividiendo la nada con la nada.  

De las casas en bahareque si puedo dar cuenta ya que me tocó ayudar a levantarlas, cuando eso yo era mi bisabuelo y tenía catorce años, era el encargado de cargar los bultos de cagajón de caballo, hacer el montón y luego mezclarlo sabiamente con agua, luego pisarlo con los pies descalzos hasta darle al material la consistencia justa para que pudiera fijarse bien, mientras me ocupaba de este menester, los otros levantaban con caña brava el marco sobre el que se extendía una esterilla, hecha con guaduas abiertas, luego una maya de alambre que era puntualizada con tapas de gaseosa atravesadas por un clavo, sobre esta armazón se empañetaba con el cagajón que debido al buen contenido de material vegetal no había necesidad de echarle alambres u otros objetos para su amarre.

Luego venia la blanqueada, un oficio que hacían señores que solían llevar un pañuelo blanco ceñido a su cabeza para proteger del la cal el cuero cabelludo, poco sirvió esta precaución, casi todos los blanqueadores terminaron calvos y ciegos, o por lo menos, haciéndose los de la vista gorda.

Mis parientes levantaron pueblos enteros, desde los templos doctrineros hasta los palacios municipales, de paso algún rico del poblado les encargaba su casa que habría de quedar en el marco de la plaza, de dos plantas con balcones de corredores con macanas, entablados de nazareno y puertas de  comino crespo, también se encargaban en ocasiones y bajo pedidos especiales de la decoración interna, elaborando escaparates, chifonier, bifet, cómodas, aguamaniles, salas, comedores y juegos de alcoba en caoba  y pisos de parquet.

Olvidadas las mañas del paleolítico, hemos dado pasos agigantados, los pueblos son casi ciudades y otras necesidades hicieron que la familia tomara otros destinos, pero en la memoria quedaron ciertas prácticas, entorno al uso de útiles para transformar la piedra que todavía y quizás por entretenimiento o atavismo primos y tíos siguen tallando, haciendo bodegones, bateas, monigotes decorativos que nunca valen su peso en oro; otros levantando paredes en adobe y cemento, los otros, dedicados a pintar las paredes levantadas, con colores ofensivos para los ojos costumbristas del tiempo colonial y sus verdes y café sin leche.


Si la naturaleza es caprichosa y en ocasiones hasta de mal gusto, la mixtura de colores que los familiares empezaron a proponer para resaltar los contra portones, los calados de los comedores, los postigos de los ventanales, propios de las llamadas casas republicanas, no estaban muy alejados de las mezclas propias de la naturaleza, junto a las casas republicanas había otras que fueron llamadas nueva colonización antioqueña y que mezclaba elementos como el hierro forjado sobre ventanas arrodilladas y vitrales morados, rojos y tornasolados en las claraboyas iluminando zaguanes y descansos de piso.

También en estas el prisma hizo de las suyas, las casas de ricos y de pobres se tornaron de colores subidos, molestos, enfermizos, colores que hasta algún alcalde de marras llegó a usar con fines políticos, colores que provocaban suicidios o por lo menos la amenaza de algún parraquiano indignado, colores “amontañerados”, colores sin gusto, colores eméticos, colores para el alma, colores distinguidos, colores insumisos, colores sobrios, finalmente colores felices persuadiendo lo invivible de los lugares por efímeras pinceladas de belleza en tarritos de cuarto de pintura que se descascaraban en cuestión de meses.



FUNCIONALIDAD

No se sabe que tan funcionales terminaban siendo estas construcciones, pero lo que sí es claro es, que habitarlas era toda una dicha, al punto que las personas no salían de sus hogares, se cuenta que muchos pasaron años sin salir a la calle, encerrados en vida en aquellos caserones, que siendo honestos eran tan inmensos que salir a la calle era como encerrarse afuera, para hacernos a una idea de cómo eran estas construcciones haré una breve descripción de la casa donde empecé a existir como nieto, a esa altura de la saga, venido a menos en casi todos los aspectos, podría detenerme a contar en que he dejado mis últimos vestigios de sangre, pero me ocuparé por ahora en hablar de otras ruinas.

La casa tenía dos puertas de acceso, la principal en todo el centro de la fachada con dos ventanales a lado y lado, la otra quedaba por un costado, esta conducía a un zaguán por donde se entraban las bestias hasta el patio de atrás donde estaban los abrevaderos, la puerta principal daba paso a un pasillo que conducía a un contra portón con calados de margaritas que al ser atravesado nos conducía al patio central donde había una fuente en el centro y jardineras en forma de triangulo haciendo esquina con cada uno de los ángulos del cuadrado del patio, al fondo el comedor con un torno por el que despachaban la comida de la cocina, al lado izquierdo del patio estaba la sala con unas poltronas inmensas en las que se recibía  a las visitas y se les atendía con chocolate y bizcochuelos.


Esta misma sala comunicaba a un espacio más reducido que era el oratorio donde estaba un cuadro del Corazón de Jesús entronizado y sobre una mesita un florero bien ocupado con begonias del jardín de la abuela y una veladora amarilla con una llama impávida que parecía nunca consumirse, del otro lado estaban las cinco habitaciones en galería, la última y la que estaba cerca a la cocina era la de los abuelos que también tenía acceso al solar, o el patio de atrás como le decíamos, donde habían sembrados dos guayabos, un manzano y un mandarino.


En la casa vivíamos diez personas entre primos, tías, abuelos y mis padres y en vacaciones llegábamos a ser más de treinta, si se cuenta que por el lado de mi mamá eran veinte hermanos, había ocasiones en que teníamos que pedir prestada una habitación de la casa vecina o decirle a la romería de parientes que dejaran para visitarnos en otra oportunidad.

Sin salir de la casa se podía jugar, bailar, reír, comer, hacer trabajos manuales, sembrar, cosechar, cambiar de ambientes y todo aquello que los múltiples espacios permitían.

De repente todo esto desapareció de manera tan progresiva que ni nos dimos cuenta cuando abandonamos la casa, cuándo la tumbaron y en qué momento el terreno quedó convertido en un parqueadero para carros, sin paredes, con un simple cerco de alambre de púas y un piso cubierto por gravilla menuda, piedrecillas minúsculas sin ínfulas de llegar a ser algo en la vida.


LAS MURALLAS
(Anotaciones finales)

Mis primas viven en Paris, ellas dicen que los campos Elíseos no son la gran cosa, que si los franceses hubieran conocido el jardín de la abuela sentirían vergüenza o por lo menos, mandarían una carta ofreciendo disculpas por llamar jardineras a esas pesetas que tienen estorbando en la avenida, cuando dicen eso, todos nos reímos y brindamos con el vino que suelen traer cuando vienen de visita, ellas gozan de admiración y respeto porque ahora son como europeas, aunque son amables uno no deja de sentirse apabullado cuando comparte con ellas, por ejemplo, no recuerdan mucho a la familia, ya olvidaron el nombre de las tías, el de los primos; ellas han levantado sus respectivas paredes de tapia que franquean las practicas del campo con sus nuevas posturas de citadinas, ellas viven en una pensión de un solo ambiente, comparten el baño y la cocina con otras personas, en ocasiones no se bañan por que el servicio de agua es muy costoso y comen una baguete con jamón y beben un vino barato para acostarse a dormir sobre un colchón de piedra.

Una casa se estaba rodando por la loma de “cien escalas” ya se había descolgado parte del corredor y el baño que quedaba por fuera, desalojaron y el dueño se fue a vivir a la ciudad a un tanque con ventanas, luego vino otro señor y cuñó con palos y piedras la parte que seguía en pie, le sembró siemprevivas y geranios y la casa nunca se cayó.


Wiener y Sert no eran pareja, pero hicieron pareja, cuando el pueblo se volvió ciudad ellos que no tenían nada que ver con nadie de aquí, terminaron decidiendo como debíamos habitar, cada uno empezó a hacer su montoncito de piedras por doquier, por supuesto de manera muy ordenada y moderna.
La ciudad de ahora no se parece en nada a la de la antigüedad, pero se le quiere parecer, la ciudad de la antigüedad ya desbordó la idea de lo que podría ser una ciudad, ahora lo que hay es un remanente del auge que ya tuvo su punto más alto, las ciudades de ahora son un declive, un intento por sustentar a como dé lugar su inexistencia, como en la de la antigüedad sigue respondiendo a una concepción simbólica del espacio.
Cuando se sale de la ciudad por una carretera se puede ver que cuando un carro se accidenta o alguien muere, se acostumbra poner un monumento que llaman calvario, generalmente una cruz con una foto del occiso, los más pudientes levantan todo un mausoleo con verjas de hierro, techo triangulado a la usanza de algunos templos, bombillas de color o espacio para cerillas que los caminantes encenderán a la animas del purgatorio; cuando el calvario es austero y solo cuenta con una cruz, los transeúntes van haciendo una pila de piedras que simbolizan los padrenuestros que le han rezado al alma en pena, realmente esas piedras son la cuota inicial para los cimientos del paraíso eterno.
En la ciudad actual no hay espantos, no hay dioses, no hay estrellas, la luna no baña sus calles de luz, son funcionales para los carros, pero lo recomendable es no tener carro, son buenas para la vida, pero te enferman, la ciudad cuenta con hermosos parques donde no es conveniente estar solo.

Las murallas me gustan, las de la ciudad medieval con sus torreones, las de roma, las murallas de los castillos y algunas comarcas europeas, la muralla de los chinos, la muralla de la ciudad antigua de Cartagena, la muralla de tapia de mis primas, la muralla de alambres de púas de un parqueadero que conozco, las murallas de Cavafis; las murallas tienen una gran ventaja y es que mantienen a buen recaudo a la ciudad, así los que estamos afuera sabernos que estaremos a salvo.


CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA

DESENCANTO

  Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía...