miércoles, 22 de abril de 2026

TABAQUITO Y MEDIO


En la quilla de una carabela — quizás pudo ser la niña—, el tabaco cruzó el charco como un demonio disfrazado de hoja, llegó a Europa colgado al cuello de Rodrigo de Jerez, el primer evangelizador incauto. Ayamonte, su pueblo natal, lo vio exhalar nubes primordiales de magia pura, el humo astuto que serpenteaba por sinapsis neuronales, liberando dopamina en un éxtasis químico; muy rápido Rodrigo fue encarcelado porque un hombre que sacaba humo por la boca tenía que haber hecho un pacto con el diablo.

Los inquisidores en 1559, lo juzgaron por brujería salvaje - “¡Práctica diabólica de indios paganos!" -, tronaron los sacerdotes, encadenando seis años en una mazmorra donde el humo se volvía profecía prohibida, pero su semilla de 69 millones de años en su linaje fósil desafió los dogmas eclesiásticos, para cuando Jerez salió de la cárcel ya la costumbre de fumar se había extendido hasta nuestros días.

Tiempo después, en 1585, el cardenal Prospero Santacroce, sabio en yerbas, lo cultivó y logró colarse en claustros benedictinos como "Antídoto contra la carne tentadora". Fray Giuseppe da Copertino, junto con otros religiosos de la época fueron fieles seguidores de esta idea, el tabaco sacaba la humedad natural del cuerpo, por tanto ayudaba a calmar los deseos carnales, los monjes flotaban en éxtasis en volutas que ahuyentaban demonios lúbricos.

Los entendidos sabrán que el tabaco es vasoconstrictor, así que apaga los impulsos. Yo creo que los frailes hicieron un pacto vegetal para eliminar sus ideales pecaminosos, ilusión pura.

Mi bisabuela, tejedora de auroras y ocasos, lo midió todo en brazadas de tabaco: desde el alba al crepúsculo de su vida campesina, curaba fiebres con cataplasmas de hojas secas — antiséptico natural, eugenol y solanina fueron los guardianes de su piel —, además protegía sembrados de plagas y potenciaba rituales que no palidecían ante hechiceras europeas. Su mundo era un mapa de humos curativos, donde el tabaco reinaba como elixir y escudo.

Don Gilberto, hombre cerrero, todas las tardes recuesta su taburete ante el zaguán por donde entran las bestias y los hombres iletrados, chupa y sopla bajo el alero de su sombrero de fieltro, el humo asciende vertical, en una columna dórica de partículas finas que filtran la luz vespertina y va proyectando sombras sabias, las  bestias calman su trote difuso, y  los  hombres hallan paz en esa niebla cargada de memoria indígena.

A mi tía, le decían la negra, fue una mujer de lecturas profundas, la tildaban de bruja porque leía el tabaco en espirales proféticas — patrones caóticos que anticipaban divorcios y muertes—, leía el futuro en las venas de las hojas, el fondo del chocolate en pozos adivinatorios, los vientos en susurros de plataneras y cafetos. Sus parientes la miraban con desdén, ciegos a su videncia, herencia de chamanes con mezcla de sangre hidalga y montañera, para mí la tía, no era más que una lectora consumada.

En los tiempos que corren, le llaman "abuelito" al tabaco, pero no es un anciano decrépito, fueron los hombres antiguos quienes lo humanizaron, lo volvieron aliado desde tiempos en que solo era alimento para hormigas arquitectas de reinos subterráneos, revelando ciudades mágicas en túneles de quitina. El tabaco antes de ser cigarrillo fue medicina mágica.

Lo nocivo no es su esencia, millones de años de coevolución con humanos en rituales mesoamericanos lo evidencia, sino el hombre torpe que no dialoga: fuma en exceso, ignora su medida y ha pervertido el pacto.

En mi pueblito existe un lugar en la montaña al que llaman el “Alto del Tabaco”, se encuentra a unos dedos de distancia del sol, y a tabaquito y medio de la tierra, allí está velando su secreto geológico: un promontorio donde hojas volaron en caravanas prehispánicas, olvidadas por el tiempo.

En mi última visita al sol, descendí al alto donde su luz besa promontorios prehispánicos, y pude observar a Rodrigo de Jerez exhalar sus nubes primordiales junto al cardenal Santacroce y su franciscano flotante, mientras mi bisabuela tejía cataplasmas crepusculares; vi a don Gilberto filtrar los destellos vespertinos con columnas dóricas de humo, y a la tía leyendo espirales proféticas en sus volutas, descifrando venas de hojas y pozos de chocolate.

Juntos danzaban reencontrándose con el pacto vegetal, bifurcados en partículas cuánticas en un portal eterno, sin juicios inquisitoriales, entendidos en que el tabaco no es un vicio torpe del hombre, sino un río de historias que susurran curas genéticas, eco de rituales mesoamericanos y futuros no fumados. Y allí ante mi asombro, el tabaco hermano de hombres y mujeres sabias y nieto de brasas, ascendiendo como remedio colectivo hacia lo indecible.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa.



TABAQUITO Y MEDIO

En la quilla de una carabela — quizás pudo ser la niña—, el tabaco cruzó el charco como un demonio disfrazado de hoja, llegó a Europa colgad...