lunes, 27 de abril de 2026

LA COLOMBIA QUE NO ES OTRA, SINO LA MISMA INFINITA


                                                  Panorámica del municipio de Jericó. Foto Andrés Restrepo

En mis andares he escuchado en varias oportunidades a la gente decir "Eso es otra Colombia". Para mi ser inquieto que intenta no tragar entero, esa afirmación suele provocar una reflexión inminente, o varias debó aclarar, así es que en esta columna que se mueve por variopintos temas, voy a intentar dar cuenta de mis pensares al respecto.

¿Cuál es esa Colombia "principal", esa desde la que juzgamos todo? ¿La de los rascacielos relucientes de Medellín, con sus cafés de exportación y feria de flores? ¿O la de nuestras veredas antioqueñas, donde el café se cultiva con manos callosas bajo el sol de las montañas?

He recorrido este país como un artista errante, mochila al hombro, libreta en mano, y me arriesgo a decir que no existe "otra" Colombia. Es la misma, solo que inmensa, un tapiz tejido con hilos que se desbordan de cualquier mapa. Es como esa mujer que ves en una foto publicitaria (seductora, pero incompleta) hasta que la abrazas y sientes su pulso entero.

Propongo un recorrido breve iniciando por la Guajira, ese extremo norte donde el viento salado te azota la cara como la voz de un Wayuu que te cuenta historias de rancherías eternas. Allá, las cabras pastan en dunas que parecen infinitas, y las mujeres tejen mochilas que llevan el peso de siglos. No es exótico, es Colombia cruda, la misma que nos recuerda que el agua es vida, como en nuestras fincas cafeteras cuando la sequía aprieta o acechan otros intereses.

Bajé al Chocó selvático, donde el río Atrato late como un tambor vivo, en un velorio chocoano, bajo la lluvia que no deja de repicar sobre las techumbres, el porro une a la familia en duelo y fiesta.  Lo pagano y lo religioso se expresan en un “revulú” donde se rompen inhibiciones sin distingos de clase, en marchas multitudinarias con libertad de movimientos que pueblan las calles de desenfreno y misticismo. 

Sudé rallando yuca en una maloca, compartiendo el sol que no distingue razas, sudor que es el mismo que chorrea en las frentes de los campesinos que aran la tierra, en las trochas de Jericó o Támesis.

En el Amazonas, en un trueque con una Ticuna, cambié mi mochila viajera por un collar de semillas que huele a río y misterio. Sus ojos me hablaron de un mundo sin prisas, donde el tiempo es el pez que nada lento, y el Yacuruna un espíritu que cuida los ríos y al mismo tiempo un hombre que seduce mujeres para llevarlas a su reino subacuático.

Crucé los Llanos Orientales, ese mar de hierba donde el joropo te hace bailar hasta el amanecer, con el llano infinito como techo. Allí, un vaquero me invita a un chimú, y sentí mi alma de montañero fundirse con la Orinoquia; entendí que soy parte de un mismo espíritu indomable, en una tierra que da café, ganado y sueños.

En Tumaco, Pacífico profundo, las marimbas te envuelven en arrullos, berejú y jugas, ritmos tradicionales que mantienen vivo el dialogo con el territorio y los ancestros, generaciones se juntan en el mar, cantando lo que duele y lo que goza. 

Pero ¿Qué es "esto" y qué es "aquello"? Si uno es "otro" ¿Cuál es la hermana gemela, cual la original? La dicotomía se deshace en el absurdo borgiano: No hay Colombia principal ni secundaria, sino un continuo hiperreal que se desborda. Esa "otra Colombia" (el Chocó selvático, la Guajira desértica, el Amazonas indígena o los Llanos infinitos) no es una desviación exótica, sino el territorio que el mapa oficial ignora o reduce a signo turístico. Es la simulación de una nación que se cree compacta, cuando en verdad es un archipiélago de realidades yuxtapuestas, donde el referente central es solo un desierto de lo real, un eco vacío de diversidad aplastada por el relato nacional.

Como caminante de esta Colombia única, invito a rasgar el mapa y vayamos a los bordes difusos: a las malocas, los velorios, los trueques, y a todo aquello que el asombro nos permita. Es menester fusionar nuestro horizonte citadino con el de las comunidades indígenas, los grupos afro y llaneros, los campesinos que custodian esta patria. Dejemos que lo "otro" sea hogar común.

Reconozcamos esa Colombia infinita caminándola. El recorrido inicia en el portal de nuestra casa, hasta donde la curiosidad de nuestros pasos nos lleve, cada pulso (indígena, afro, mestizo, campesino o citadino) late como uno solo. 

Y tú, querido lector ¿Dónde termina tu tierra y empieza tu propio sueño de ella? Te invito a salir, caminar, y escuchar. Esta Colombia es tuya, entera y real.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

carloscantante@gmail.com


miércoles, 22 de abril de 2026

TABAQUITO Y MEDIO


En la quilla de una carabela — quizás pudo ser la niña—, el tabaco cruzó el charco como un demonio disfrazado de hoja, llegó a Europa colgado al cuello de Rodrigo de Jerez, el primer evangelizador incauto. Ayamonte, su pueblo natal, lo vio exhalar nubes primordiales de magia pura, el humo astuto que serpenteaba por sinapsis neuronales, liberando dopamina en un éxtasis químico; muy rápido Rodrigo fue encarcelado porque un hombre que sacaba humo por la boca tenía que haber hecho un pacto con el diablo.

Los inquisidores en 1559, lo juzgaron por brujería salvaje - “¡Práctica diabólica de indios paganos!" -, tronaron los sacerdotes, encadenando seis años en una mazmorra donde el humo se volvía profecía prohibida, pero su semilla de 69 millones de años en su linaje fósil desafió los dogmas eclesiásticos, para cuando Jerez salió de la cárcel ya la costumbre de fumar se había extendido hasta nuestros días.

Tiempo después, en 1585, el cardenal Prospero Santacroce, sabio en yerbas, lo cultivó y logró colarse en claustros benedictinos como "Antídoto contra la carne tentadora". Fray Giuseppe da Copertino, junto con otros religiosos de la época fueron fieles seguidores de esta idea, el tabaco sacaba la humedad natural del cuerpo, por tanto ayudaba a calmar los deseos carnales, los monjes flotaban en éxtasis en volutas que ahuyentaban demonios lúbricos.

Los entendidos sabrán que el tabaco es vasoconstrictor, así que apaga los impulsos. Yo creo que los frailes hicieron un pacto vegetal para eliminar sus ideales pecaminosos, ilusión pura.

Mi bisabuela, tejedora de auroras y ocasos, lo midió todo en brazadas de tabaco: desde el alba al crepúsculo de su vida campesina, curaba fiebres con cataplasmas de hojas secas — antiséptico natural, eugenol y solanina fueron los guardianes de su piel —, además protegía sembrados de plagas y potenciaba rituales que no palidecían ante hechiceras europeas. Su mundo era un mapa de humos curativos, donde el tabaco reinaba como elixir y escudo.

Don Gilberto, hombre cerrero, todas las tardes recuesta su taburete ante el zaguán por donde entran las bestias y los hombres iletrados, chupa y sopla bajo el alero de su sombrero de fieltro, el humo asciende vertical, en una columna dórica de partículas finas que filtran la luz vespertina y va proyectando sombras sabias, las  bestias calman su trote difuso, y  los  hombres hallan paz en esa niebla cargada de memoria indígena.

A mi tía, le decían la negra, fue una mujer de lecturas profundas, la tildaban de bruja porque leía el tabaco en espirales proféticas — patrones caóticos que anticipaban divorcios y muertes—, leía el futuro en las venas de las hojas, el fondo del chocolate en posos adivinatorios, los vientos en susurros de plataneras y cafetos. Sus parientes la miraban con desdén, ciegos a su videncia, herencia de chamanes con mezcla de sangre hidalga y montañera, para mí la tía, no era más que una lectora consumada.

En los tiempos que corren, le llaman "abuelito" al tabaco, pero no es un anciano decrépito, fueron los hombres antiguos quienes lo humanizaron, lo volvieron aliado desde tiempos en que solo era alimento para hormigas arquitectas de reinos subterráneos, revelando ciudades mágicas en túneles de quitina. El tabaco antes de ser cigarrillo fue medicina mágica.

Lo nocivo no es su esencia, millones de años de coevolución con humanos en rituales mesoamericanos lo evidencia, sino el hombre torpe que no dialoga: fuma en exceso, ignora su medida y ha pervertido el pacto.

En mi pueblito existe un lugar en la montaña al que llaman el “Alto del Tabaco”, se encuentra a unos dedos de distancia del sol, y a tabaquito y medio de la tierra, allí está velando su secreto geológico: un promontorio donde hojas volaron en caravanas prehispánicas, olvidadas por el tiempo.

En mi última visita al sol, descendí al alto donde su luz besa promontorios prehispánicos, y pude observar a Rodrigo de Jerez exhalar sus nubes primordiales junto al cardenal Santacroce y su franciscano flotante, mientras mi bisabuela tejía cataplasmas crepusculares; vi a don Gilberto filtrar los destellos vespertinos con columnas dóricas de humo, y a la tía leyendo espirales proféticas en sus volutas, descifrando venas de hojas y posos de chocolate.

Juntos danzaban reencontrándose con el pacto vegetal, bifurcados en partículas cuánticas en un portal eterno, sin juicios inquisitoriales, entendidos en que el tabaco no es un vicio torpe del hombre, sino un río de historias que susurran curas genéticas, eco de rituales mesoamericanos y futuros no fumados. Y allí ante mi asombro, el tabaco hermano de hombres y mujeres sabias y nieto de brasas, ascendiendo como remedio colectivo hacia lo indecible.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa.



miércoles, 25 de febrero de 2026

De bodegones, el Divino Rostro, Juanes y otros enseres

 

Enseres de familia y gusto heredado

Este texto nace de una charla de café en Medellín, donde el humo del tinto se mezcla con debates sobre arte y consumo, y un recuerdo familiar irrumpe como un bodegón mal colgado. Inspirado en las paredes de mi casa —esos altares laicos de buen gusto impuesto—, explora cómo la sociedad de consumo democratiza no solo el placer, sino también el desacuerdo estético. Con ecos de Pardo, Benjamin y Canclini, y el mantra paisa de fondo, defendiendo que en el derecho al mal gusto late la verdadera singularidad cultural: la nuestra, vulgar y vital.

 
De bodegones, el Divino Rostro, Juanes y otros enseres

En mi casa, el que pinta y ordena es mi papá, que sabe de pinturas y moldes. Desde pequeño se preciaba de tener buen gusto, una herencia maldita de sus hermanos mayores. Por eso, en casa las cosas están siempre en su lugar correcto, cumpliendo su función vital: desde las tazas en el locero, pasando por los botones de colores en el frasco bocón, hasta el mantel bordado con encajes en su respectivo domingo, y el Señor Crucificado, sostenido en el aire sin clavos porque ya bastan los de la cruz.

En una ocasión, frente a un bodegón que mi mamá compró a un vendedor callejero, soltó: «Definitivamente, la modernidad puso el mal gusto al alcance de todos». Supongo que parafraseaba a alguien. Lo cierto es que mi mamá, buena esposa por más de cincuenta años, retiró el cuadro y lo mandó al sótano, junto a la Virgen María, el Sagrado Corazón de Jesús y un retrato de Gardel. Allí, en su destino absoluto, se aseguró de que no dañará más la salud estética de la casa.

El argumento de mi padre era tajante: esas cosas no eran arte ni lo representaban. Se reconoce el gusto de una persona por el tipo de cuadros que cuelga en las paredes. Para dar valor a lo absurdo estaban los museos y las anticuarias. Para él es imposible pensar que una lámina reproducida en serie, solo porque le pareciera a alguien, fuera una obra de arte. Una pared no merece ser hendida por un clavo si el colgajo es una baratija.

Cuento estas intimidades familiares porque fue lo primero que me vino a la mente en una charla de café con un amigo. Pasamos de chismes cotidianos a lecturas en curso o al último capítulo de Los Simpson, y surgió la pregunta por los efectos de la sociedad de consumo en las dimensiones éticas y estéticas del arte. Salí al paso aclarando que la única dimensión de la que tengo referencia es La dimensión desconocida, esa serie de TV que vi de niño entre asombro y espanto. Mi contertulio me invitó a la gravedad del tema, y ​​no me quedó más remedio que arriesgarme. Así llegó lo de la familia.

Arriesgando una conjetura, diré que uno de esos efectos es haber convertido la obra de arte en artículo de consumo y la emoción en representación teatral. Ya no importa qué tan bueno sea quien canta, sino con quién se acuesta la cantante; la banalización de lo uno, convertida en diversa y justificada por la inclusión, el derecho, la libertad de pensar... y de obligar a otros a pensar igual.

Para darle un punto académico a esta disertación, se me antoja citar a José Luis Pardo en su ensayo:  Sobre los espacios pintar, escribir, pensar. Allí explora esos territorios oscuros donde ya no pasa nada: una lámpara nocturna que no se apaga para que el lector eventual halle la página donde su personaje preferido le siga llenando de emociones. Ahora, tanta luz eléctrica nos priva de ese feliz encuentro. Me pregunto si no es tan terrible ser un producto: el cine nos regaló a Chaplin, Cantinflas, Laurel y Hardy, y hasta El cuarto verde de Truffaut, con todos sus cameos posibles. Después de todo, no son solo productos —y sé que me contradigo—. Que podamos consumir arte en sus variadas manifestaciones contemporáneas no es tan malo; es solo un efecto. Si Shakespeare estuviera vivo, seguro trabajaría para Netflix, y Yago posaría para Christian Dior.

El asunto es que terminamos pensando en efectos como si fueran daños, en transgresiones. Eso reformula la idea: la sociedad de consumo permite la democracia de las posibilidades, un abanico que se abre hasta para el derecho al mal gusto. Llenar la casa de cuadros comprados en un andén —copias del original o bosquejos de aficionados—, tomar licor barato, escuchar a Juanes y llorar a pulmón «Ama la tierra en que naciste», y exaltar el «parce» como mantra paisa que nos singulariza.

Incluso en eso ordinario, que revela las fisuras del mundo posmoderno, asoman destellos de optimismo. Probablemente una emoción naciente atraviese La dimensión desconocida, y un niño cante ante el caos. Supongo que parafraseo a alguien: también heredé otros enseres de mi papá.

 En el umbral de lo cotidiano


Al final, el bodegón exiliado en el sótano y el «parce» entonado a grito pelado no son sino ecos de una misma herencia: la nuestra, mestiza y rebelde, donde el buen gusto de mi padre choca con la libertad vulgar del consumo. Como dice García Canclini, en América Latina el arte híbrido prospera en esas tensiones, entre lo sacro y lo callejero, lo original y la copia masiva. No hay dimensión desconocida que no sea, al cabo, la de nuestro propio hogar —un lugar donde el mal gusto, paradójicamente, nos hace humanos.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

LA COLOMBIA QUE NO ES OTRA, SINO LA MISMA INFINITA

                                                  Panorámica del municipio de Jericó. Foto Andrés Restrepo En mis andares he escuchado en va...