Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía encantador ha muerto. Antes había en mí una chispa —casi divina— que volvía el mundo bello y me hacía generoso con los demás. Era un deseo sencillo y profundo: ser buena persona.
Recuerdo
a mi madre usar la expresión “don de gentes”, como si nombrara una vocación
amorosa que orientaba el trato hacia el otro. En mi infancia y juventud recibí
pequeñas pruebas de ese brillo: elogios, tarjetas, palabras que decían “no
cambies, eres genial”. Esa afirmación me sostenía, y yo me sentía llamado a
conservar esa luminosidad.
Con el
tiempo, sin embargo, algo cambió. Esa sensación de excepcionalidad —de ser un
instrumento para la ternura— fue apagándose. Ya no necesito considerarme
extraordinario ni estar siempre disponible para amar al mundo con los brazos
abiertos. No se trata de un salto al nihilismo: no es que haya perdido todo
sentido. Al contrario, la música, la poesía y la literatura han seguido siendo
faros en mi formación estética y ética. Lo que ha cambiado es el contacto con
el otro: las relaciones que antes creí sólidas hoy se revelan vacías. Amigos
que fueron cómplices de vida ahora ofrecen conversaciones que se agotan en
saludos mecánicos y preguntas repetidas, un bucle en el que nadie aporta nada
sustantivo.
Es
como si el tiempo compartido se volviera una pérdida: respirar y estar solo se
vuelve más auténtico que insistir en un diálogo despojado de profundidad. Este
desencanto no es exclusivo de mi experiencia. He visto acercarse a mí personas
que nunca fueron íntimas, y en ellas encuentro el mismo abatimiento: el mundo
se desmorona. No es mera nostalgia; es la constatación de una erosión general.
Las
figuras que nos formaron —la vecina que regaba las matas mientras cantaba, el
señor de la leche, el cartero— envejecen o desaparecen. Los amigos que
compartieron el sentido de una época se dispersan en fervores distintos o se
consumen. Incluso los actores de nuestras historias televisivas, los rostros
que encarnaron deseos y modelos, envejecen y rehúyen reconocer el paso del
tiempo ante la cámara.
Cada
nuevo día siento la resistencia a enfrentar algo más profundo: no solo se está
acabando el mundo que vivimos quienes ya tuvimos una época, sino que ese
declive parece alcanzar también a quienes apenas comienzan su vida.
La
escena tiene algo trágico: los jóvenes de hoy, con su belleza y su energía, no
parecen inmunes. Caen, desengañados, desde la ventana de sus propios sueños.
Viven en la precariedad de expectativas rotas, sin fe, alojados en una soledad
que despoja su existencia de sentido. Frente a esto, la pregunta surge con
urgencia: ¿qué nos queda? ¿Cansancio, agotamiento, resignación? ¿O acaso
todavía hay resquicios donde asome la luz?
Para
abordar esta pérdida desde una perspectiva filosófica, propongo recordar a
Nietzsche y su diagnóstico cultural: la muerte de los ídolos y de los absolutos
deja un vacío que puede convertirse tanto en decadencia como en oportunidad
para la revaluación y la creación de nuevos valores. En lugar de aceptarlo como
ruina definitiva, la experiencia del desencanto puede entenderse como el crisol
donde se forjan nuevas orientaciones existenciales.
La
desilusión, dice la tradición estoica, es una ocasión para practicar el
discernimiento; lo que perece puede liberar a la persona de expectativas
externas y permitir la emergencia de una ética más auténtica. Desde el arte,
esa transición aparece con claridad: los grandes movimientos estéticos han
nacido muchas veces de la fractura y del desencanto.
El
barroco surgió ante un mundo convulso; la modernidad misma se alimenta del
extrañamiento y de la pérdida de certezas. La creación artística transforma la
ausencia en presencia: el artista no solo registra la decadencia, sino que la
resignifica, ofreciendo formas nuevas de mirada y de sentido. Pensar en la
literatura y la poesía que nos han acompañado es recordar que el lenguaje
artístico es un antídoto frente al empobrecimiento relacional: nombra aquello
que se resquebraja, lo hace visible y lo convierte en materia de reflexión y, a
veces, de consuelo. Hay, además, una dimensión política y comunitaria en este
desencanto: la erosión de las redes cotidianas —los comerciantes de barrio, los
vecinos, los puntos de reconocimiento— es evidencia de una transformación
social que produce soledad.
Es
inevitable en mi forma de escribir acudir a alusiones o referentes que me han
acompañado en mi formación personal, tanto en la literatura como en mis
recorridos por la cultura popular y sus manifestaciones. Pido excusas al lector
si a veces me desvío del hilo principal; es mi manera, un tanto rampante, de
narrar.
El
filósofo Emmanuel Levinas recordaría que la ética nace en el rostro del otro;
cuando esos rostros se disuelven en el anonimato, la responsabilidad hacia el
otro se nubla. Recuperar la trama interpersonal exige políticas culturales y
prácticas educativas que restituyan pequeños espacios de reconocimiento mutuo:
la conversación profunda, el cuidado cotidiano, la escucha como gesto político.
Entonces,
¿qué hacer? No ofrezco un consuelo simplista, pero sí propongo vías prácticas y
simbólicas:
- Cultivar prácticas estéticas y lectoras
que restituyan el sentido; la poesía y la música sostienen la capacidad de
asombro.
- Practicar la atención ética en lo
cotidiano: saludar con interés real, preguntar y escuchar sin prisa,
valorar la presencia mínima.
- Reimaginar comunidades locales: actos
culturales, tertulias y espacios intergeneracionales que rehagan el tejido
social.
- Aceptar la transformación interior:
permitir que la antigua luz se transforme, sin obligarla a permanecer
igual, y reconocer que la propia vocación puede mutar hacia formas más
humildes y sostenibles.
En
definitiva, lo que nombro desencanto puede ser tanto pérdida como posibilidad.
La tarea estética y filosófica consiste en nombrar esa pérdida, sostenerla con
lenguaje y obra, y desde allí abrir vías para nuevos modos de estar en el
mundo.
Tal
vez no recuperemos la misma ingenua luminosidad de antes; quizá lo que podamos
recuperar sea una luz distinta, más madura, forjada en el contacto con la
ausencia y en la decisión de seguir ofreciendo atención y cuidado, aunque ya no
todo sea hermoso. ¿Eso alcanza? No lo sé. Pero en el trabajo de transformar el
desencanto en cuidado y creación habita una suerte de esperanza práctica: la de
quienes, aun cansados, seguimos sosteniendo la posibilidad de entender y
acompañar al otro.
Carlos
Andrés Restrepo Espinosa
Medellín
3 de julio de 2026

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