viernes, 3 de julio de 2026

DESENCANTO

 


Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía encantador ha muerto. Antes había en mí una chispa —casi divina— que volvía el mundo bello y me hacía generoso con los demás. Era un deseo sencillo y profundo: ser buena persona.

Recuerdo a mi madre usar la expresión “don de gentes”, como si nombrara una vocación amorosa que orientaba el trato hacia el otro. En mi infancia y juventud recibí pequeñas pruebas de ese brillo: elogios, tarjetas, palabras que decían “no cambies, eres genial”. Esa afirmación me sostenía, y yo me sentía llamado a conservar esa luminosidad.

Con el tiempo, sin embargo, algo cambió. Esa sensación de excepcionalidad —de ser un instrumento para la ternura— fue apagándose. Ya no necesito considerarme extraordinario ni estar siempre disponible para amar al mundo con los brazos abiertos. No se trata de un salto al nihilismo: no es que haya perdido todo sentido. Al contrario, la música, la poesía y la literatura han seguido siendo faros en mi formación estética y ética. Lo que ha cambiado es el contacto con el otro: las relaciones que antes creí sólidas hoy se revelan vacías. Amigos que fueron cómplices de vida ahora ofrecen conversaciones que se agotan en saludos mecánicos y preguntas repetidas, un bucle en el que nadie aporta nada sustantivo.

Es como si el tiempo compartido se volviera una pérdida: respirar y estar solo se vuelve más auténtico que insistir en un diálogo despojado de profundidad. Este desencanto no es exclusivo de mi experiencia. He visto acercarse a mí personas que nunca fueron íntimas, y en ellas encuentro el mismo abatimiento: el mundo se desmorona. No es mera nostalgia; es la constatación de una erosión general.

Las figuras que nos formaron —la vecina que regaba las matas mientras cantaba, el señor de la leche, el cartero— envejecen o desaparecen. Los amigos que compartieron el sentido de una época se dispersan en fervores distintos o se consumen. Incluso los actores de nuestras historias televisivas, los rostros que encarnaron deseos y modelos, envejecen y rehúyen reconocer el paso del tiempo ante la cámara.

Cada nuevo día siento la resistencia a enfrentar algo más profundo: no solo se está acabando el mundo que vivimos quienes ya tuvimos una época, sino que ese declive parece alcanzar también a quienes apenas comienzan su vida.

La escena tiene algo trágico: los jóvenes de hoy, con su belleza y su energía, no parecen inmunes. Caen, desengañados, desde la ventana de sus propios sueños. Viven en la precariedad de expectativas rotas, sin fe, alojados en una soledad que despoja su existencia de sentido. Frente a esto, la pregunta surge con urgencia: ¿qué nos queda? ¿Cansancio, agotamiento, resignación? ¿O acaso todavía hay resquicios donde asome la luz?

Para abordar esta pérdida desde una perspectiva filosófica, propongo recordar a Nietzsche y su diagnóstico cultural: la muerte de los ídolos y de los absolutos deja un vacío que puede convertirse tanto en decadencia como en oportunidad para la revaluación y la creación de nuevos valores. En lugar de aceptarlo como ruina definitiva, la experiencia del desencanto puede entenderse como el crisol donde se forjan nuevas orientaciones existenciales.

La desilusión, dice la tradición estoica, es una ocasión para practicar el discernimiento; lo que perece puede liberar a la persona de expectativas externas y permitir la emergencia de una ética más auténtica. Desde el arte, esa transición aparece con claridad: los grandes movimientos estéticos han nacido muchas veces de la fractura y del desencanto.

El barroco surgió ante un mundo convulso; la modernidad misma se alimenta del extrañamiento y de la pérdida de certezas. La creación artística transforma la ausencia en presencia: el artista no solo registra la decadencia, sino que la resignifica, ofreciendo formas nuevas de mirada y de sentido. Pensar en la literatura y la poesía que nos han acompañado es recordar que el lenguaje artístico es un antídoto frente al empobrecimiento relacional: nombra aquello que se resquebraja, lo hace visible y lo convierte en materia de reflexión y, a veces, de consuelo. Hay, además, una dimensión política y comunitaria en este desencanto: la erosión de las redes cotidianas —los comerciantes de barrio, los vecinos, los puntos de reconocimiento— es evidencia de una transformación social que produce soledad.

Es inevitable en mi forma de escribir acudir a alusiones o referentes que me han acompañado en mi formación personal, tanto en la literatura como en mis recorridos por la cultura popular y sus manifestaciones. Pido excusas al lector si a veces me desvío del hilo principal; es mi manera, un tanto rampante, de narrar.

El filósofo Emmanuel Levinas recordaría que la ética nace en el rostro del otro; cuando esos rostros se disuelven en el anonimato, la responsabilidad hacia el otro se nubla. Recuperar la trama interpersonal exige políticas culturales y prácticas educativas que restituyan pequeños espacios de reconocimiento mutuo: la conversación profunda, el cuidado cotidiano, la escucha como gesto político.

Entonces, ¿qué hacer? No ofrezco un consuelo simplista, pero sí propongo vías prácticas y simbólicas:

  • Cultivar prácticas estéticas y lectoras que restituyan el sentido; la poesía y la música sostienen la capacidad de asombro.
  • Practicar la atención ética en lo cotidiano: saludar con interés real, preguntar y escuchar sin prisa, valorar la presencia mínima.
  • Reimaginar comunidades locales: actos culturales, tertulias y espacios intergeneracionales que rehagan el tejido social.
  • Aceptar la transformación interior: permitir que la antigua luz se transforme, sin obligarla a permanecer igual, y reconocer que la propia vocación puede mutar hacia formas más humildes y sostenibles.

En definitiva, lo que nombro desencanto puede ser tanto pérdida como posibilidad. La tarea estética y filosófica consiste en nombrar esa pérdida, sostenerla con lenguaje y obra, y desde allí abrir vías para nuevos modos de estar en el mundo.

Tal vez no recuperemos la misma ingenua luminosidad de antes; quizá lo que podamos recuperar sea una luz distinta, más madura, forjada en el contacto con la ausencia y en la decisión de seguir ofreciendo atención y cuidado, aunque ya no todo sea hermoso. ¿Eso alcanza? No lo sé. Pero en el trabajo de transformar el desencanto en cuidado y creación habita una suerte de esperanza práctica: la de quienes, aun cansados, seguimos sosteniendo la posibilidad de entender y acompañar al otro.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Medellín 3 de julio de 2026

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