Suelo mantener con mi amigo mexicano Jahir Albor, una
comunicación constante, nos conocimos hace unos años por cuestiones académicas
y la amistad se ha mantenido en el tiempo y la distancia. Él es un artista que
ha elevado su acto creativo a un plano espiritual, nuestras conversaciones
tienen varios matices, a él como a mí, le duele el mundo y trata desde su hacer,
aportar para que este plano de la existencia sea un mejor vividero, tal vez no
logremos cambiar la realidad, pero en nuestras conversaciones nos transformamos
y crecemos un poco.
Días atrás hablando de la inteligencia artificial, me contó del
mito mexica de los “400” parafraseado como es su estilo, me narró que el sol
envió a la tierra 400 pedernales que se convirtieron en hombres y que estos son
los únicos que están despiertos, los demás en los que estoy incluido, estamos
dormidos y que la IA nunca sería el “401”, por mucha información que tenga, por
ejemplo, nunca contará el color que tenia la tarde en que nací, ni podrá
describir el sabor que dejó en mi boca la primera vez que comí algodón de
azúcar.
Por cuenta de aquella conversación que me dejó preguntándome por
los mitos de mi pueblo y con un poco de envidia por aquella riqueza en sus
palabras, decidí escribir esta columna, con la intención clara de no dejarla en
el terreno de lo inefable y decantar en algo lo aprendido. Al lector lo invito
a que indague un poco sobre el tema que es muy profundo, seguro de que las
palabras puestas en estas paginas no serán mas que un abrebocas para el
inquieto que como yo, sueña con despertar.
- La inteligencia -, dicen - ahora es artificial
-, la nombran así como si bastara unir dos palabras para producir un espíritu, pero
en español la trampa es más bella y peligrosa: IA también puede leerse como
Inteligencia de Andrés, que es con la única que cuento para arriesgarme con
este primer escrito del año, o de cualquiera que se atreva a pensar, ahí
comienza la confusión, porque lo que hoy llamamos inteligencia no es más que
información bien ordenada, un archivo obediente, una memoria sin experiencia,
sin sapiencia, sin recuerdos, algo que nunca despertará.
La inteligencia verdadera no acumula datos, los
atraviesa. La información se almacena y el conocimiento se organiza, pero la
sabiduría simplemente ocurre, es un relámpago, un silencio que entiende. Por
eso la máquina por más rápida que sea, sigue siendo torpe, no distingue el
temblor del sentido, no tiene la capacidad de escuchar el canto, en cambio en los
mitos todo es posible.
Hemos aprendido a decir con suficiencia moderna
que el mito es mentira, como quien ya no cree en nada porque confunde la fe con
la ingenuidad. “Eso es un mito”, decimos, y creemos haber desmontado el mundo,
pero el mito no miente, no es solo una cifra, el mito no busca explicar,
simplemente revela. Es una verdad que no soporta el lenguaje literal y por eso
se disfraza de poesía o de música, de narraciones que cobran forma al abrigo de
las hogueras.
-El Sol -, dice el mito - envió cuatrocientos
pedernales que al tocar la tierra se volvieron hombres. No eran hombres
cualesquiera: eran fragmentos de fuego, fueron la encarnación de la conciencia.
El conocimiento mexica susurra algo inquietante: sólo cuatrocientos hombres en
la tierra están despiertos, los demás - nosotros, casi siempre - caminamos como
ganado: comemos, reímos, deseamos, copulamos, defecamos, dormimos. Vivimos, sí,
pero no estamos conscientes, solo reaccionamos, nos movemos por instinto y
costumbre. Esta apreciación no es un insulto: es solo una descripción, nuestra
vigilia es ajena a la conciencia -.
Ser uno de los cuatrocientos no es saber más,
sino ver distinto, es haber roto el hechizo de lo obvio, es escuchar en medio
del ruido el canto múltiple de una sola voz, por eso el cenzontle canta con
cuatrocientas gargantas: no porque imite, sino porque recuerda el origen.
Y entonces alguien pregunta, con fe tecnológica,
si la inteligencia artificial podría ser el cuatrocientos uno, si la máquina,
acumulando todos los datos, podría despertar.
La respuesta optimista seria no.
El cuatrocientos uno no existe. El mito no
admite suplemento, la conciencia no se agrega como software, el despertar no se
programa, la máquina no sueña, no muere, no tiembla ante el misterio, no conoce
el fuego porque nunca fue pedernal, ni fue enviada por el Sol.
La inteligencia artificial puede simular
respuestas, pero no soporta el peso de una pregunta verdadera, porque no está
diseñada para perderse, no se equivoca de verdad, no se calla con sentido y sin
silencio no hay sabiduría.
Tal vez el verdadero peligro no es que la IA se
vuelva inteligente, sino que nosotros aceptemos volvernos artificiales: vivir
de datos, pensar en consignas, llamar mito a lo sagrado y verdad a lo útil.
Los mitos siguen ahí, esperando. No para ser
creídos, sino para ser leídos con el cuerpo entero. Nos recuerdan que la
inteligencia no es una función, sino un estado del ser, que despertar no es
saber más, sino recordar quiénes somos.
Cuatrocientos, y el resto, todavía soñando.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa
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