Me parece muy curioso que en las series y películas cualquiera tome un taxi como si fuera el medio de transporte más popular y asequible del mundo. Cualquier transeúnte levanta la mano y, como por arte de magia, un taxi aparece en el instante preciso. Pero la experiencia me ha enseñado que tomar un taxi, por ejemplo, en Nueva York, puede costar lo mismo que una finca en tierra caliente en mi pueblo; quizá haga falta añadir una pequeña parcela en tierra fría para terminar de pagar la carrera. No exagero. Si alguien planea visitar Nueva York y piensa movilizarse en taxi, conviene saber que el presupuesto de las vacaciones puede dispararse solo en transporte.
Lo verdaderamente popular es
el metro: ese sistema masivo que atraviesa ríos, túneles, barrios y geografías
humanas. También están los buses, aunque, si uno no presta atención a las
acostumbradas nomenclaturas de uptown y downtown, termina
perdido, gastando más dinero en regresar al lugar al que llegó sin querer
queriendo y que, a veces, resulta ser precisamente el lugar que no quería
encontrar.
Pensé en esta frivolidad hace
poco, viendo una serie de televisión en la que, curiosamente, todos tomaban un
taxi. Bastaba un corte de cámara y ya había uno esperando en la esquina, como
si el conductor hubiera recibido el guion con anticipación.
Algo semejante ocurre en The
Truman Show: el mundo entero parece conspirar para que nada se salga del
libreto, sin que el personaje principal lo advierta, hasta el momento de su
iluminación, ya adulto. No es gratuita esta alusión. Mi discurso está hecho,
para bien y para mal, de cultura pop. Suelo mezclar emociones personales con
evocaciones de películas, series y comedias de situación que terminan aportando
referentes históricos, sentimentales o, por qué no decirlo, imprescindibles en
mi conversación.
No quiero extenderme
demasiado, aunque sospecho que ninguna anécdota es verdaderamente inútil.
Recuerdo que, en un año que ya no consigo precisar, paseaba por Nueva York
cuando me sorprendió el huracán Sally. Tal vez el lector, más diligente que yo,
busque en internet el año; yo aporto el nombre y el mes, septiembre, y así me
ahorro la tarea de nombrar un año que, por alguna razón del corazón, no quiero
recordar.
Una noche decretaron alerta
general y, de manera casi apocalíptica, la ciudad se paralizó. Cerraron el
metro justo cuando llegué a la estación de la calle 33 sobre Park Avenue para
dirigirme a Queens, donde me hospedaba. Un policía me impidió el ingreso: el
servicio había terminado.
Sin otra alternativa, caminé.
No era como ir del Faro a la plaza de mi pueblo. El Faro es el sector donde me
crié —o donde sigo viviendo, que para ciertas nostalgias es lo mismo—, y la
plaza queda aproximadamente a ochocientos metros. Yo mido el mundo con esa
escala doméstica: la distancia entre mi casa y el parque del pueblo. Así que
pensé: «No puede ser tan lejos». Y eché a andar.
Pronto la noche, el viento y
la lluvia —ya no gotas, sino baldados del cielo— comenzaron a corregir mi
optimismo. No tuve más remedio que detener un taxi.
Después de varios intentos
fallidos —porque, en la vida real, los taxistas no tienen un guion con nuestra
historia—, un taxi se detuvo. Al subirme noté, con asombro, que el conductor
era el mismísimo Kalimán, pero con barba. Mi imaginación, educada por la
cultura popular y por ese extraño mecanismo que un poeta de Jericó alguna vez
despreció llamándolo «onirismo hilarante», me hizo creer por un instante que
vería a Solín sentado a su lado. No fue así: iba solo Kalimán y me saludó en un
idioma que no alcancé a identificar.
Le extendí un papel con la
dirección. Él lo miró, murmuró algo y siguió conduciendo mientras discutía por
teléfono con alguien al otro lado de la línea. ¿Pueden creer que esa
conversación duró casi toda la hora que tomó el trayecto? Fuimos esquivando calles
cerradas, atravesando túneles y desviándonos una y otra vez hasta llegar,
finalmente, a mi destino.
Con el paso de los minutos
dejé de prestar atención al camino. Había algo hipnótico en aquella
conversación que, sin entender por qué, terminó por desplazar el ruido de la
lluvia y del motor. Las tormentas tienen esa costumbre de desordenar las
proporciones del tiempo. Una hora puede parecer una noche entera, y una
conversación cualquiera terminar pareciéndose a una revelación.
Durante casi una hora escuché
aquella conversación como quien oye llover: sin prestar demasiada atención y,
al mismo tiempo, sin poder dejar de escuchar. Solo mucho después comprendí que
lo raro no era que el hombre no dejara de hablar por teléfono. Lo raro era que
yo entendía cada palabra.
Es posible que no me haga
entender. Pero así fue: aquel idioma extraño se traducía simultáneamente en mi
cabeza. Escuché una historia doméstica de amor, de hijos desobedientes, de
desengaños, de dinero que no alcanza; las mismas quejas humanas que no distinguen
idioma ni apariencia.
Al terminar la carrera pagué
doscientos dólares. Aquello equivalía, más o menos, a la mitad de los recursos
que había destinado para mi estadía en la ciudad. Aun así, me quedó la historia
del Kalimán neoyorquino.
Las historias, como ciertas
deudas, acumulan intereses con los años. La recordé hoy viendo la serie Bones:
una mujer tomaba un taxi con absoluta tranquilidad; le entregaba un papel con
una dirección a un conductor que llevaba turbante y una barba esponjosa como un
pudín de chocolate. Creí reconocerlo. Se parecía ligeramente al hombre que
aquella noche me llevó desde la calle 33 hasta Queens, en medio del huracán
Sally, del frío y de esa ciudad que, como toda gran ciudad, a veces parece
inventada por un guionista con onirismo hilarante.
Carlos Andrés Restrepo
Espinosa
Medellín, 16 de junio de 2026