jueves, 2 de julio de 2026

La indigencia de la sensibilidad: arte, distracción y la crisis de la experiencia humana

 

 


Existe una forma de pobreza que no puede medirse en términos económicos. Es una pobreza silenciosa que se instala en la capacidad de conmoverse, en la disposición para detenerse ante la belleza y en la posibilidad de reconocer en el arte una vía privilegiada para comprender la condición humana. Tal vez una de las señales más inquietantes de nuestro tiempo no sea el avance de la tecnología ni la velocidad de la información, sino la progresiva incapacidad para habitar la profundidad.

Mientras recorría una red social, apareció un fragmento de La vida es bella, la extraordinaria película de Roberto Benigni. El reel recordaba el inmenso esfuerzo del padre por preservar la inocencia de su hijo en medio del horror de la guerra. La vida es bella no es únicamente una historia sobre el amor filial; es una meditación cinematográfica acerca de la dignidad humana frente al exterminio, una demostración de que la imaginación puede convertirse en el último refugio de la esperanza cuando la historia parece haber renunciado a toda compasión.

Entre los comentarios, apareció uno que decía: «Yo vine a ver memes, no a llorar». Mi reacción inmediata fue de indignación: es imposible que una obra capaz de condensar la tragedia del siglo XX pudiera reducirse a un obstáculo para el entretenimiento. Sin embargo, tras el malestar inicial, surgió una pregunta más inquietante: ¿y si ese comentario no fuera simplemente una muestra de estupidez, sino el síntoma de una profunda indigencia espiritual?

El sujeto contemporáneo parece habitar aquello que Guy Debord denominó «la sociedad del espectáculo»: un mundo donde las imágenes ya no remiten a la realidad, sino que la sustituyen. La experiencia deja de vivirse para consumirse; la emoción deja de elaborarse para ser reemplazada inmediatamente por otra más intensa, más breve y olvidable. En ese escenario, el meme no constituye únicamente una forma de humor; representa el triunfo de la distracción permanente sobre la contemplación.

No intento condenar el humor en sí mismo. Reír ha sido, desde Henri Bergson hasta Mijaíl Bajtín, una de las expresiones más complejas de la inteligencia humana. Lo preocupante es cuando la risa deja de ser una interrupción de la tragedia para convertirse en el mecanismo que impide reconocerla. El entretenimiento deja entonces de ser descanso para transformarse en anestesia.

Quizá por ello resulte pertinente recordar a Theodor W. Adorno, quien advertía que la industria cultural no solo fabrica productos de consumo, sino también formas de percepción. El peligro no consiste únicamente en consumir contenidos triviales, sino en acostumbrar al espíritu a una sensibilidad incapaz de sostener la atención sobre aquello que exige tiempo, silencio y elaboración. Una humanidad incapaz de demorarse frente a una sinfonía, una novela o una pintura termina perdiendo también la capacidad de demorarse frente al sufrimiento ajeno.

En este contexto adquieren una vigencia inesperada las reflexiones de Milan Kundera cuando afirmaba que la novela constituye una exploración de la existencia. Cada gran obra literaria amplía el territorio de lo humano porque permite experimentar vidas que no son la propia. De manera semejante, Martha Nussbaum ha defendido que la literatura y las artes cultivan la imaginación moral, haciendo posible comprender el dolor, la vulnerabilidad y la complejidad de los otros. Sin esa educación sentimental, la democracia misma se empobrece, pues desaparece la capacidad de empatizar con quienes habitan experiencias diferentes.

La cultura digital parece haber invertido esta lógica. El algoritmo privilegia aquello que produce una reacción inmediata y cuantificable: un clic, una carcajada, un gesto fugaz. La lentitud ha dejado de ser una virtud intelectual para convertirse en un defecto del mercado de la atención. Como advierte Byung-Chul Han, vivimos bajo una economía de la positividad donde el exceso de estímulos termina erosionando la capacidad contemplativa. No es que falten imágenes; sobran. Lo que escasea es el tiempo interior necesario para que alguna de ellas se transforme en experiencia.

El comentario «vine a ver memes, no a llorar» revela, entonces, algo más profundo que una preferencia estética: expresa la renuncia a dejarse afectar por el mundo. Llorar frente a una obra de arte implica aceptar que todavía existe algo capaz de quebrar la indiferencia; significa reconocer que seguimos siendo vulnerables y que esa vulnerabilidad constituye, precisamente, el fundamento de nuestra humanidad.

Esta pérdida de profundidad considero que tiene, además, consecuencias políticas. Un ciudadano que desconoce la tragedia difícilmente comprenderá el valor de la paz; quien nunca ha sentido el peso del sufrimiento histórico difícilmente advertirá la responsabilidad ética que implica impedir su repetición. Olvidar las guerras, las resistencias de figuras como Mahatma Gandhi, las preguntas de Franz Kafka o las incertidumbres de Jorge Luis Borges no significa únicamente perder referentes culturales; significa empobrecer los horizontes desde los cuales una sociedad imagina su futuro.

Resulta aún más inquietante observar cómo la superficialidad comienza a organizar nuevas formas de comunidad. Ya no se construyen vínculos mediante la deliberación o el intercambio argumentativo, sino a través de la repetición automática. Frente al comentario simplificador aparecen otros que responden «por dos», «por tres», «por cuatro», como si la multiplicación de una opinión vacía bastara para conferirle verdad. La comunidad deja entonces de edificarse sobre el pensamiento compartido y pasa a fundarse sobre la amplificación del reflejo. La adhesión sustituye al juicio y la viralidad reemplaza a la verdad.

No obstante, la historia del arte enseña que, incluso en los momentos más oscuros, la belleza ha sobrevivido como una forma de resistencia. Desde las tragedias griegas hasta la música compuesta en medio de las guerras, desde la poesía escrita en el exilio hasta el cine que narra el horror sin renunciar a la esperanza, el arte ha recordado constantemente que el ser humano es mucho más que su capacidad para consumir entretenimiento. Quizá la pregunta decisiva no sea qué ocurrirá cuando desaparezcan los grandes novelistas, los filósofos o los poetas, sino qué clase de humanidad emergerá si dejamos de necesitarlos. Porque una civilización no comienza a morir cuando deja de producir obras maestras; comienza a extinguirse cuando deja de sentir que esas obras son necesarias.

En este horizonte adquiere un significado profundamente ético mi experiencia de la paternidad. Considero que tener un hijo no consiste únicamente en prolongar la vida biológica, sino en asumir la responsabilidad de transformar el mundo que habrá de recibirlo. Pienso que educar significa impedir que el legado transmitido sea únicamente la acumulación de nuestras miserias. Cada generación hereda una historia, pero también la posibilidad de transformarla.

Tal vez por eso el verdadero acto revolucionario de nuestro tiempo no consista en producir más contenidos, sino en formar seres humanos capaces de conmoverse todavía frente a una película, una sinfonía, un poema o un rostro herido. Porque mientras exista alguien dispuesto a conmoverse ante la belleza, la humanidad conservará intacta la posibilidad de reconstruirse.

En una época que premia la prisa y castiga la emoción, defender la sensibilidad no es un gesto ingenuo, sino una forma de resistencia. Tal vez la tarea más urgente de nuestra época consista en reaprender a mirar, a escuchar y a conmovernos, porque solo una humanidad capaz de detenerse ante la belleza podrá también detenerse ante el dolor ajeno.

Y quizá allí resida, todavía, nuestra más firme esperanza.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

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