lunes, 14 de septiembre de 2026

EL COCOLISO COLECTIVO

 


Una teoría para una época que perdió sus relieves

Últimamente tengo la sospecha de que nos está pasando algo en la cabeza. No sé si es grave, tampoco sé si tiene cura. Y, para ser sincero, ni siquiera sé si alguien lo haya diagnosticado. Pero miro alrededor, escucho conversaciones, leo algunas cosas, observo las redes, me escucho a mí mismo y cada vez tengo más la impresión de que estamos perdiendo los relieves del pensamiento.

Las ideas llegan, hacen ruido y se van. Una noticia produce indignación por la mañana; al mediodía ya estamos indignados por otra cosa. Una frase se vuelve verdad porque la repiten muchas personas. Una opinión adquiere autoridad porque aparece acompañada de miles de “me gusta”. Y palabras como libertad, paz, democracia, vida o humanidad pueden ser utilizadas cientos de veces sin que nadie se detenga a preguntar qué quieren decir realmente.

En medio de estas cavilaciones me llegó la palabra cocoliso, casi como una broma: cocoliso, como una manera divertida de decir que algo se estaba quedando sin pensamiento. Pero después la palabra empezó a molestarme. Y cuando una palabra comienza a molestar, quizá es porque está diciendo algo. El Cocoliso sería una cabeza que todavía funciona, pero cuya superficie se ha vuelto lisa. No es una cabeza vacía. Es peor —o quizá más interesante—: es una cabeza llena de cosas que no alcanzan a convertirse en pensamiento. Información, opiniones, imágenes, noticias, frases, indignaciones, deseos, recomendaciones, diagnósticos, tendencias. Todo entra y simplemente circula. Todo parece estar disponible, pero poco permanece el tiempo suficiente para dejar una marca.

Ahí empezó mi sospecha. ¿Qué había antes debajo de nosotros? Hace mucho tiempo, Carl Jung propuso una idea fascinante: que además de nuestra conciencia individual existiría algo más profundo, una especie de fondo común de la experiencia humana. Lo llamó inconsciente colectivo. No necesito entrar aquí en toda la psicología de Jung. Me interesa solamente una intuición: la posibilidad de que los seres humanos estemos conectados por cosas que no sabemos que compartimos: mitos, símbolos, miedos, historias, deseos, imágenes antiguas, preguntas que vuelven una y otra vez aunque cambien los siglos. Eso me resulta hermoso, porque puede significar que, debajo de cada individuo, puede existir una profundidad común.

El Cocoliso Colectivo aparece justamente cuando empiezo a preguntarme qué ocurre si esa profundidad se va perdiendo. No sería entonces el inconsciente colectivo, sería su caricatura contemporánea: el Cocoliso Colectivo. Ya no tenemos algo profundo que compartimos sin saberlo; tenemos una superficie que compartimos sin encontrarnos. Y aquí es donde mi chiste comienza a adquirir cierta seriedad.

Somos poseedores de una cabeza que no alcanza a hacer memoria. Quizá uno de los problemas sea que vivimos demasiado rápido, no porque antes la gente caminara lentamente —aunque probablemente también—, sino porque hoy casi todo está diseñado para que nada permanezca demasiado tiempo. Una cosa reemplaza a otra. Una noticia reemplaza a otra. Una preocupación reemplaza a otra. Una persona reemplaza a otra. Una aplicación reemplaza a otra. Hasta nosotros mismos parecemos obligados a reemplazarnos permanentemente. Zygmunt Bauman llamó a buena parte de esto modernidad líquida.

Este concepto es fascinante, pero no me interesa que Bauman termine explicando el Cocoliso Colectivo por mí, como si yo fuera un estudiante de la UPB; prefiero tomar prestada su intuición y llevarla a otro lugar. Si todo se vuelve líquido, quizá llegue un momento en que nada alcance a sedimentarse. Y el pensamiento necesita sedimentación. Una experiencia necesita tiempo para convertirse en memoria; una lectura necesita reposo para convertirse en comprensión; una conversación necesita silencio para convertirse en reflexión; y hasta una herida necesita ser mirada para convertirse en aprendizaje.

Pero si inmediatamente después de una experiencia ya estamos corriendo hacia la siguiente, ¿cuándo ocurre todo aquello? Quizá el Cocoliso Colectivo sea eso: la imposibilidad contemporánea de dejar que algo nos pase realmente.

Nos ocurren muchas cosas, pero pocas nos atraviesan. En el extraño negocio de ser nosotros mismos, no solamente vivimos deprisa; también parece que tenemos que estar permanentemente demostrando que estamos haciendo algo con nuestra vida: trabajar, producir, aprender, mejorar, publicar, responder, viajar, emprender, cuidarnos y ser felices. Ser nuestra mejor versión. Hasta descansar parece haberse convertido en una actividad que debemos hacer correctamente.

En este punto acudo a Byung-Chul Han, como si solo su mención ya le diera estatus a este chiste, pero igual que con Bauman no voy a descargar el soporte de mi tesis en su nombre. Basta con mirar alrededor para entender lo que el autor señala. Ya no hace falta que alguien nos diga: “Trabaja más”. Muchas veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos. “Debería estar haciendo algo”. “Debería aprovechar mejor el tiempo”. “Debería producir”. “Debería avanzar”. Y entonces sucede algo curioso: tenemos tanto que hacer que terminamos sin tiempo para preguntarnos para qué lo hacemos.

Ese puede ser uno de los lugares donde nace el Cocoliso Colectivo, porque pensar no siempre produce; en ocasiones, pensar solamente sirve para detenerse, y en una época obsesionada con producir, detenerse puede parecer una pérdida de tiempo.

El pensamiento necesita un poco de oscuridad. Nos hemos acostumbrado a quererlo todo inmediatamente claro. Queremos saber qué pasó, quién tuvo la culpa, qué debemos pensar, quién es bueno, quién es malo, qué significa esto, qué significa aquello. Pero hay cosas que necesitan permanecer un rato sin respuesta. Una duda no es necesariamente un fracaso. Una contradicción tampoco. Incluso no saber puede ser una forma de inteligencia. Quizá por eso el Cocoliso Colectivo tiene problemas con la profundidad: la profundidad necesita oscuridad, necesita zonas que todavía no comprendemos. Necesita silencio y misterio, y nosotros, en cambio, vivimos rodeados de iluminación permanente. Pantallas encendidas. Opiniones encendidas. Alertas encendidas. Conversaciones encendidas. Todo tiene que ser visible, explicable, compartible. Pero cuando todo está iluminado, quizá dejamos de distinguir las sombras, y sin sombras, paradójicamente, también resulta difícil reconocer los relieves.

El Cocoliso Colectivo, ahora decantado y sustentado, abandona la premisa inicial de chiste. En este punto creo que vale la pena tomarlo un poco en serio: hay ocurrencias que, de lo disparatadas que parecen, pueden irse tornando en tesis que contienen algo de profundidad. Así que es pertinente aclarar que no tengo la intención de presentar esta idea como algo que se debe evitar. No quiero convertir el Cocoliso Colectivo en una manera elegante de decir que los demás son idiotas. Eso sería bastante cómodo. Y, probablemente, bastante cocoliso.

El Cocoliso Colectivo no está en los otros; está en nosotros. Está en ese momento en que repetimos una opinión porque no tuvimos tiempo de construir la nuestra; reside cuando usamos una palabra cuyo significado nunca nos hemos preguntado; está cuando confundimos información con conocimiento. Cuando creemos que cambiar de opinión es una derrota, cuando preferimos tener razón antes que comprender. Cuando convertimos nuestra identidad en una barricada y cualquier pregunta nos parece una amenaza. El Cocoliso Colectivo es una posibilidad humana. Y por eso resulta más inquietante la paradoja de estar conectados. Tal vez esta sea la mayor ironía: nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrarnos.

Tenemos conexiones, pero no necesariamente vínculos; tenemos seguidores, pero no necesariamente compañeros. Tenemos conversaciones, pero no necesariamente encuentros. Tenemos acceso casi ilimitado a la memoria del mundo, pero cada vez parece más difícil construir una memoria propia. Estamos conectados a todo y vinculados con muy poco. Quizá esa sea la diferencia fundamental: una conexión une dos puntos; un vínculo transforma aquello que une.

El Cocoliso Colectivo está perfectamente conectado. Ese es precisamente el problema. ¿Quién gobierna al Cocoliso Colectivo? Y aquí aparece la pregunta que más me interesa. Si el Cocoliso no es simplemente una cabeza vacía, sino una cabeza incapaz de sedimentar aquello que recibe, ¿quién decide qué entra y qué sale? Tal vez ahí aparezca el verdadero poder contemporáneo. No necesariamente el poder que nos prohíbe pensar, sino aquel que consigue que no tengamos tiempo para hacerlo. No necesita censurarnos; puede entretenernos. No necesita callarnos; puede saturarnos de voces. No necesita destruir nuestros conceptos; puede convertirlos en consignas. No necesita quitarnos la libertad; puede ofrecernos tantas opciones que terminemos eligiendo sin saber por qué.

El Cocoliso no necesita una conspiración. Necesita solamente velocidad, distracción y un poco de cansancio. Y entonces aparece la vida. Pero hay algo todavía más extraño. Quizá esta pérdida de profundidad también sea profundamente humana. Porque nosotros hemos hecho cosas terribles cada vez que hemos querido simplificar demasiado la vida. Hemos utilizado la palabra humanidad para justificar la deshumanización. Hemos hablado de paz mientras preparábamos guerras. Hemos defendido la libertad mientras decidíamos quién podía ejercerla.

Hemos hablado de la vida desde lugares donde la vida de los otros parecía tener muy poco valor. Tal vez el problema no sea que hayamos dejado de conocer el significado de las palabras. Tal vez el problema sea que hemos aprendido a utilizarlas sin tener que creer en ellas. Y ahí el Cocoliso Colectivo deja de ser una simple metáfora de la superficialidad. Se convierte en algo más incómodo: la capacidad de una sociedad para continuar pronunciando palabras profundamente humanas después de haber vaciado su significado.

Volver a hacer relieves

No sé si el Cocoliso Colectivo pueda curarse. Tampoco sé si debamos curarlo. Quizá baste con reconocerlo. Tal vez resistirlo sea algo mucho menos espectacular de lo que imaginamos. Leer despacio. Conversar sin mirar el teléfono. Cambiar de opinión. Preguntar antes de responder. Aceptar que no sabemos. Dejar que una experiencia nos duela un poco antes de convertirla en una frase inspiradora. Volver a preguntarnos de dónde vienen las palabras que utilizamos. Recordar. Relacionar. Escuchar. Pensar. No para convertirnos en filósofos, sino para volver a ser un poco más humanos. Porque quizá eso era lo que había debajo del inconsciente colectivo: la sospecha de que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una profundidad. Y quizá lo que el Cocoliso Colectivo viene a decirnos es que podemos perderla. Que podemos estar juntos sin encontrarnos. Hablar sin comunicarnos. Saber sin comprender. Vivir sin detenernos a mirar qué estamos haciendo con la vida.

Lo que surgió con dos palabras que parecían un chiste me llevó a esta reflexión, que voy a dejar en este punto para que tenga tiempo de sedimentarse en sus cabezas. Tal vez esa pueda ser una apuesta para estos tiempos veloces. Quizá necesitemos que algunas ideas entren primero como chiste para poder salir después como pregunta. El Cocoliso Colectivo no es una cabeza sin cerebro; es una cabeza a la que el mundo le ha ido quitando los relieves. Y quizá pensar sea, justamente, volver a hacérselos.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


sábado, 22 de agosto de 2026

LOS LUGARES PROPIOS




«...No hay lugares naturales o naciones sustentadas en bases genéticas o raciales; lo que hay son lugares del espíritu, lugares culturales custodiados por las obras de arte, ya que solo los lugares poetizados son habitables y los verdaderos lugares los fundan los poetas y los artistas...»

José Luis Pardo (La falta de lugar, 1998)


I. La nostalgia del espacio habitado

Inicio con esta reflexiva premisa del filósofo español José Luis Pardo a propósito del pensamiento de Martin Heidegger sobre el origen de nuestros lugares y la manera en que nos emplazamos en el mundo (Dasein). Recurro a ello porque, más allá de una especulación intelectual, he ido descubriendo que es precisamente la pérdida de esos lugares en los que se configuraban nuestras prácticas cotidianas lo que nos ha desordenado el corazón y, con él, la vida misma, sustituyendo por nostalgia el regocijo que antes habitaba en la memoria.

En los años de mi primera juventud, uno de mis rincones predilectos eran las barandas de cemento de la rampa de acceso vehicular en el atrio de la catedral de mi pueblo, Jericó. Aquel era mi punto de encuentro con los compañeros del colegio, la escena de mis primeras citas amorosas y el mirador privilegiado para contemplar a las muchachas a la salida de clases. Constituía un espacio satélite primordial para el tránsito de confidencias, rumores y descubrimientos. Para no desmerecer la nobleza de tan burdas estructuras de hormigón, diré también que era habitual ver allí a solitarios quienes, abandonados a la intemperie, extraviaban la mirada hasta mimetizarse con el entorno y volverse invisibles.

Los lugares se moldean, se acomodan y transforman sus estructuras a partir de la manera en que son habitados; adquieren la sustancia que los sustenta en el flujo de la acción diaria. Sin embargo, hoy ese lugar ya no existe, al menos en su dimensión física. Fue reemplazado y, en su sitio, tan solo queda un amplio vacío proyectado para la entrada masiva de fieles: bandadas de peregrinos que arriban en busca de un milagro que los libre de «el límite primero inmóvil del cuerpo continente» (Duque, 2006). Buscan sanación ante esa miseria que implica no comprender que la enfermedad es también la frontera entre lo inmortal y lo efímero: el aviso de un espacio que limita lo limitado. Hoy, aquellos personajes poetizados por la cotidianidad —quienes se daban el lujo de ser invisibles mientras marcaban el paisaje con el estruendo de su cotidianidad— han sido desplazados junto con sus hábitos hacia los márgenes de la geografía urbana.

II. La ruina del origen y los no-lugares

Esta añoranza no es un fenómeno aislado. Acude también a otros coterráneos que vieron cómo sus propios rincones desaparecieron o fueron demolidos para dar paso a construcciones que borran de tajo la memoria colectiva, reduciendo a polvo el significado original del territorio. «La casa del abuelo la tumbaron para poner un parqueadero», se lamenta un parroquiano frente a otro a quien el ensanche urbano le arrebató el frutal donde todavía su infancia se balancea.

Vendedores ambulantes de medallas milagrosas, escapularios mercedarios y laurinos, réplicas en miniatura de la santa de moda, brebajes, pócimas y ungüentos pululan por las calles y acampan en las esquinas principales. Aturden con sus ficciones y recrean un escenario tan deslumbrante que incita a la fe.

No obstante, el desplazamiento no ocurre solo en el espacio físico. Experimentamos una progresiva pérdida del espacio mental, ocupado gradualmente por artificios e ideas advenedizas de confort. El bienestar ya no se mide por la tranquilidad del espíritu, la pureza del aire o el agua, ni por el derecho a un territorio común donde converger desde la diferencia. Nada de eso parece importar frente al poder adquisitivo. Se ignoran las aflicciones del prójimo, su angustia y ese miedo sordo que carcome la esperanza día tras día. Lo trascendente ha cedido su sitio: los nuevos espacios se configuran para no ser habitados —convertidos en lo que Marc Augé denominaría no-lugares—, donde lo estéril se erige sobre lo que antes era fecundo, gestando una noción fragmentaria del origen.

La vecindad ha dejado de ser ese territorio certero donde, pese a nuestras particularidades, nos reconocemos entre iguales. Antes, la vecindad echaba raíces en el barrio, el parque, el salón de billar o la mesa familiar. Hoy, como señala Michel Foucault, el emplazamiento ha sustituido a la localización, redefiniendo las relaciones entre los elementos que integran el tejido social.

III. El territorio imaginado y la resistencia poética

Parte del malestar que expongo —y que bebe del rumor generalizado entre los habitantes de este pueblo donde transcurre mi segunda juventud— es la constante incertidumbre: ¿nos quedará espacio donde habitar?, ¿nos privará la minería del agua?, ¿dejarán las empresas reforestadoras tierra suficiente para que el campesino cultive el pan de cada día? Asimismo, nos preguntamos cómo circularán los bienes y de qué manera se habrá de reconfigurar el territorio ante tales amenazas. Para muchos, este espacio encuentra sus límites en el marco de la plaza principal; para otros, se extiende hasta los dominios de la imaginación, allí donde la memoria y la identidad dictan las formas de relacionarse con la vida.

Si soy honesto, mi lugar propio es un espacio poetizado: un pueblo idílico heredado de los relatos que compartían los mayores. Habito una ficción de la memoria y, por tanto, resido en lo intangible. Para entablar esta conversación y respaldar la idea que me ronda, recurrí al ejemplo de las barandas del atrio, pero estoy convencido de que cada habitante de Jericó conserva, tuvo o está por configurar su propio lugar interior.

Soy el producto de un relato; mi narrativa sufrió una ruptura en su línea temporal, pero logró adaptarse al entorno derruido para seguir soñando con otro tiempo. Soy un sujeto idílico que insiste en sentarse en las barandas de hormigón a la entrada de la catedral: no a la espera de un milagro ni pretendiendo formar parte del paisaje, sino aguardando la llegada de las cinco de la tarde, hora en que desfilan las colegialas. Entre ellas, la más bella: aquella que desacraliza para siempre mi tiempo y me aquietara con su mirada indiferente en este rincón propio de la espera, refugio incondicional de los solitarios.

Lúcido y gozoso en medio de la crisis —ese estado privilegiado desde el cual reconozco mi existencia—, me entrego a la certeza de no estar tan solo. Encuentro morada en las canciones compuestas por otros, navego en los ideales de los sabios y naufrago en lo inefable de la poesía: verdadero lugar del espíritu, mi lugar propio.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


Referencias bibliográficas

  • Augé, M. (1992). Los no lugares. Espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.

  • Bachelard, G. (1957). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.

  • Duque, F. (2006). Esculpir el lugar. En A. Ortiz-Osés & F. Duque (Eds.), La interpretación del mundo: Cuestiones para el tercer milenio (pp. 95-131). Anthropos.

  • Foucault, M. (1984). De los espacios otros (Des espaces autres). Conferencias dictadas en el Cercle d'Études Architecturales.

  • Pardo, J. L. (1998). La falta de lugar. Editora Nacional / Pre-Textos.


lunes, 10 de agosto de 2026

El TEMBLOR QUE LLEVO DENTRO

 



Por momentos, la vida nos conduce hasta una pregunta que no admite respuestas inmediatas: ¿por qué seguimos en pie? Muchos se han marchado antes que nosotros: algunos más jóvenes, otros más viejos; algunos sin haber alcanzado siquiera a conocer plenamente la experiencia de existir. Y, sin embargo, nosotros continuamos aquí, atravesando los días como si cada uno contuviera una eternidad.

Seguimos aquí mientras la tierra tiembla, los derrumbes descienden por las montañas y el agua, convertida en una fuerza incontenible, arrastra casas, nombres y cuerpos. La naturaleza no siempre anuncia su llegada con el tiempo suficiente para que el ser humano pueda escribir una crónica de la muerte que se aproxima. A veces irrumpe de manera intempestiva, y solo después comprendemos que la vida pendía de un hilo invisible.

Es extraña la sensación de volver a sentir el aire cálido atravesando las vías respiratorias, el impulso eléctrico en el sistema nervioso, el repiqueteo del corazón. El cuerpo, en su silencio prodigioso, nos recuerda que la danza de la vida continúa. Las arterias siguen llevando por su cauce esa sustancia vital que guarda códigos todavía misteriosos; la ciencia nombra muchos de sus procesos, pero el misterio permanece. Entre la precisión de la materia y lo inefable, todavía ignoramos qué significa exactamente estar vivos.

Hoy tembló y la réplica quedó dentro de mí llenando de interrogantes la mañana: ¿seguimos aquí porque hemos sido elegidos o porque hemos sido condenados a continuar? Algunos sabios han dicho que, para quien carece de bondad en el corazón, vivir puede ser un castigo más severo que morir. Otros han pensado que la vida crea la muerte para conservar su equilibrio. Pero quizá, por un momento, convenga apartar ambas palabras y mirar solamente el suceder: este instante consciente e inconstante, o inconsciente y repetido, en el que respiramos sin saber si verdaderamente estamos despiertos.

¿Estamos vivos? ¿Estamos muertos? ¿Qué es eso que llamamos realidad? ¿Soy una presencia o una proyección? ¿Soy un sueño sostenido por alguien que aún no despierta? Tal vez habito el sueño chamánico de un viajero invisible, una forma arquetípica nacida de un soplo de tabaco que se disuelve en el aire. Y, sin embargo, hoy me siento gloriosamente vivo. 

Asumí el temblor abrazando a mi hija y a mi compañera, intentando protegerlas de esa fuerza imposible de contener, como si mi abrazo fuera superior, y lo fue, aquella cercanía hizo ajena a la situación, pero el acontecimiento sacudió mi orgullo, abrió una grieta en mis certezas y dejó entrar el miedo.

Otros no lograron permanecer. Yo sí. Nosotros sí. Pero permanecer no constituye por sí mismo una respuesta. La pregunta verdadera podría ser otra: ¿podemos convertir esta permanencia en presencia? Gurdjieff diría que no basta con existir mecánicamente; es necesario recordarse, observarse y despertar. Tal vez el propósito no sea descubrir una misión escrita en algún lugar del universo, sino comenzar a vivir de manera menos automática, con mayor conciencia de cada respiración, de cada palabra y de cada encuentro.

Quizá hoy no era nuestro día. Quizá fue el azar. Quizá existe un orden que no alcanzamos a comprender. Pero mientras el corazón continúe repicando, queda una tarea: hacer de este día no una prueba de que hemos sido salvados, sino una oportunidad para estar verdaderamente presentes.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

Medellín agosto 10 de 2026

viernes, 3 de julio de 2026

DESENCANTO

 


Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía encantador ha muerto. Antes había en mí una chispa —casi divina— que volvía el mundo bello y me hacía generoso con los demás. Era un deseo sencillo y profundo: ser buena persona.

Recuerdo a mi madre usar la expresión “don de gentes”, como si nombrara una vocación amorosa que orientaba el trato hacia el otro. En mi infancia y juventud recibí pequeñas pruebas de ese brillo: elogios, tarjetas, palabras que decían “no cambies, eres genial”. Esa afirmación me sostenía, y yo me sentía llamado a conservar esa luminosidad.

Con el tiempo, sin embargo, algo cambió. Esa sensación de excepcionalidad —de ser un instrumento para la ternura— fue apagándose. Ya no necesito considerarme extraordinario ni estar siempre disponible para amar al mundo con los brazos abiertos. No se trata de un salto al nihilismo: no es que haya perdido todo sentido. Al contrario, la música, la poesía y la literatura han seguido siendo faros en mi formación estética y ética. Lo que ha cambiado es el contacto con el otro: las relaciones que antes creí sólidas hoy se revelan vacías. Amigos que fueron cómplices de vida ahora ofrecen conversaciones que se agotan en saludos mecánicos y preguntas repetidas, un bucle en el que nadie aporta nada sustantivo.

Es como si el tiempo compartido se volviera una pérdida: respirar y estar solo se vuelve más auténtico que insistir en un diálogo despojado de profundidad. Este desencanto no es exclusivo de mi experiencia. He visto acercarse a mí personas que nunca fueron íntimas, y en ellas encuentro el mismo abatimiento: el mundo se desmorona. No es mera nostalgia; es la constatación de una erosión general.

Las figuras que nos formaron —la vecina que regaba las matas mientras cantaba, el señor de la leche, el cartero— envejecen o desaparecen. Los amigos que compartieron el sentido de una época se dispersan en fervores distintos o se consumen. Incluso los actores de nuestras historias televisivas, los rostros que encarnaron deseos y modelos, envejecen y rehúyen reconocer el paso del tiempo ante la cámara.

Cada nuevo día siento la resistencia a enfrentar algo más profundo: no solo se está acabando el mundo que vivimos quienes ya tuvimos una época, sino que ese declive parece alcanzar también a quienes apenas comienzan su vida.

La escena tiene algo trágico: los jóvenes de hoy, con su belleza y su energía, no parecen inmunes. Caen, desengañados, desde la ventana de sus propios sueños. Viven en la precariedad de expectativas rotas, sin fe, alojados en una soledad que despoja su existencia de sentido. Frente a esto, la pregunta surge con urgencia: ¿qué nos queda? ¿Cansancio, agotamiento, resignación? ¿O acaso todavía hay resquicios donde asome la luz?

Para abordar esta pérdida desde una perspectiva filosófica, propongo recordar a Nietzsche y su diagnóstico cultural: la muerte de los ídolos y de los absolutos deja un vacío que puede convertirse tanto en decadencia como en oportunidad para la revaluación y la creación de nuevos valores. En lugar de aceptarlo como ruina definitiva, la experiencia del desencanto puede entenderse como el crisol donde se forjan nuevas orientaciones existenciales.

La desilusión, dice la tradición estoica, es una ocasión para practicar el discernimiento; lo que perece puede liberar a la persona de expectativas externas y permitir la emergencia de una ética más auténtica. Desde el arte, esa transición aparece con claridad: los grandes movimientos estéticos han nacido muchas veces de la fractura y del desencanto.

El barroco surgió ante un mundo convulso; la modernidad misma se alimenta del extrañamiento y de la pérdida de certezas. La creación artística transforma la ausencia en presencia: el artista no solo registra la decadencia, sino que la resignifica, ofreciendo formas nuevas de mirada y de sentido. Pensar en la literatura y la poesía que nos han acompañado es recordar que el lenguaje artístico es un antídoto frente al empobrecimiento relacional: nombra aquello que se resquebraja, lo hace visible y lo convierte en materia de reflexión y, a veces, de consuelo. Hay, además, una dimensión política y comunitaria en este desencanto: la erosión de las redes cotidianas —los comerciantes de barrio, los vecinos, los puntos de reconocimiento— es evidencia de una transformación social que produce soledad.

Es inevitable en mi forma de escribir acudir a alusiones o referentes que me han acompañado en mi formación personal, tanto en la literatura como en mis recorridos por la cultura popular y sus manifestaciones. Pido excusas al lector si a veces me desvío del hilo principal; es mi manera, un tanto rampante, de narrar.

El filósofo Emmanuel Levinas recordaría que la ética nace en el rostro del otro; cuando esos rostros se disuelven en el anonimato, la responsabilidad hacia el otro se nubla. Recuperar la trama interpersonal exige políticas culturales y prácticas educativas que restituyan pequeños espacios de reconocimiento mutuo: la conversación profunda, el cuidado cotidiano, la escucha como gesto político.

Entonces, ¿qué hacer? No ofrezco un consuelo simplista, pero sí propongo vías prácticas y simbólicas:

  • Cultivar prácticas estéticas y lectoras que restituyan el sentido; la poesía y la música sostienen la capacidad de asombro.
  • Practicar la atención ética en lo cotidiano: saludar con interés real, preguntar y escuchar sin prisa, valorar la presencia mínima.
  • Reimaginar comunidades locales: actos culturales, tertulias y espacios intergeneracionales que rehagan el tejido social.
  • Aceptar la transformación interior: permitir que la antigua luz se transforme, sin obligarla a permanecer igual, y reconocer que la propia vocación puede mutar hacia formas más humildes y sostenibles.

En definitiva, lo que nombro desencanto puede ser tanto pérdida como posibilidad. La tarea estética y filosófica consiste en nombrar esa pérdida, sostenerla con lenguaje y obra, y desde allí abrir vías para nuevos modos de estar en el mundo.

Tal vez no recuperemos la misma ingenua luminosidad de antes; quizá lo que podamos recuperar sea una luz distinta, más madura, forjada en el contacto con la ausencia y en la decisión de seguir ofreciendo atención y cuidado, aunque ya no todo sea hermoso. ¿Eso alcanza? No lo sé. Pero en el trabajo de transformar el desencanto en cuidado y creación habita una suerte de esperanza práctica: la de quienes, aun cansados, seguimos sosteniendo la posibilidad de entender y acompañar al otro.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Medellín 3 de julio de 2026

EL CANTO DE LOS CUATROCIENTOS Y EL ERROR DEL CUATROCIENTOS UNO

 


Suelo mantener con mi amigo mexicano Jahir Albor, una comunicación constante, nos conocimos hace unos años por cuestiones académicas y la amistad se ha mantenido en el tiempo y la distancia. Él es un artista que ha elevado su acto creativo a un plano espiritual, nuestras conversaciones tienen varios matices, a él como a mí, le duele el mundo y trata desde su hacer, aportar para que este plano de la existencia sea un mejor vividero, tal vez no logremos cambiar la realidad, pero en nuestras conversaciones nos transformamos y crecemos un poco.

Días atrás hablando de la inteligencia artificial, me contó del mito mexica de los “400” parafraseado como es su estilo, me narró que el sol envió a la tierra 400 pedernales que se convirtieron en hombres y que estos son los únicos que están despiertos, los demás en los que estoy incluido, estamos dormidos y que la IA nunca sería el “401”, por mucha información que tenga, por ejemplo, nunca contará el color que tenia la tarde en que nací, ni podrá describir el sabor que dejó en mi boca la primera vez que comí algodón de azúcar.

Por cuenta de aquella conversación que me dejó preguntándome por los mitos de mi pueblo y con un poco de envidia por aquella riqueza en sus palabras, decidí escribir esta columna, con la intención clara de no dejarla en el terreno de lo inefable y decantar en algo lo aprendido. Al lector lo invito a que indague un poco sobre el tema que es muy profundo, seguro de que las palabras puestas en estas paginas no serán mas que un abrebocas para el inquieto que como yo, sueña con despertar.

- La inteligencia -, dicen - ahora es artificial -, la nombran así como si bastara unir dos palabras para producir un espíritu, pero en español la trampa es más bella y peligrosa: IA también puede leerse como Inteligencia de Andrés, que es con la única que cuento para arriesgarme con este primer escrito del año, o de cualquiera que se atreva a pensar, ahí comienza la confusión, porque lo que hoy llamamos inteligencia no es más que información bien ordenada, un archivo obediente, una memoria sin experiencia, sin sapiencia, sin recuerdos, algo que nunca despertará.

La inteligencia verdadera no acumula datos, los atraviesa. La información se almacena y el conocimiento se organiza, pero la sabiduría simplemente ocurre, es un relámpago, un silencio que entiende. Por eso la máquina por más rápida que sea, sigue siendo torpe, no distingue el temblor del sentido, no tiene la capacidad de escuchar el canto, en cambio en los mitos todo es posible.

Hemos aprendido a decir con suficiencia moderna que el mito es mentira, como quien ya no cree en nada porque confunde la fe con la ingenuidad. “Eso es un mito”, decimos, y creemos haber desmontado el mundo, pero el mito no miente, no es solo una cifra, el mito no busca explicar, simplemente revela. Es una verdad que no soporta el lenguaje literal y por eso se disfraza de poesía o de música, de narraciones que cobran forma al abrigo de las hogueras.

-El Sol -, dice el mito - envió cuatrocientos pedernales que al tocar la tierra se volvieron hombres. No eran hombres cualesquiera: eran fragmentos de fuego, fueron la encarnación de la conciencia. El conocimiento mexica susurra algo inquietante: sólo cuatrocientos hombres en la tierra están despiertos, los demás - nosotros, casi siempre - caminamos como ganado: comemos, reímos, deseamos, copulamos, defecamos, dormimos. Vivimos, sí, pero no estamos conscientes, solo reaccionamos, nos movemos por instinto y costumbre. Esta apreciación no es un insulto: es solo una descripción, nuestra vigilia es ajena a la conciencia -.

Ser uno de los cuatrocientos no es saber más, sino ver distinto, es haber roto el hechizo de lo obvio, es escuchar en medio del ruido el canto múltiple de una sola voz, por eso el cenzontle canta con cuatrocientas gargantas: no porque imite, sino porque recuerda el origen.

Y entonces alguien pregunta, con fe tecnológica, si la inteligencia artificial podría ser el cuatrocientos uno, si la máquina, acumulando todos los datos, podría despertar.
La respuesta optimista seria no.

El cuatrocientos uno no existe. El mito no admite suplemento, la conciencia no se agrega como software, el despertar no se programa, la máquina no sueña, no muere, no tiembla ante el misterio, no conoce el fuego porque nunca fue pedernal, ni fue enviada por el Sol.

La inteligencia artificial puede simular respuestas, pero no soporta el peso de una pregunta verdadera, porque no está diseñada para perderse, no se equivoca de verdad, no se calla con sentido y sin silencio no hay sabiduría.

Tal vez el verdadero peligro no es que la IA se vuelva inteligente, sino que nosotros aceptemos volvernos artificiales: vivir de datos, pensar en consignas, llamar mito a lo sagrado y verdad a lo útil.

Los mitos siguen ahí, esperando. No para ser creídos, sino para ser leídos con el cuerpo entero. Nos recuerdan que la inteligencia no es una función, sino un estado del ser, que despertar no es saber más, sino recordar quiénes somos.


Cuatrocientos, y el resto, todavía soñando.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

jueves, 2 de julio de 2026

La indigencia de la sensibilidad: arte, distracción y la crisis de la experiencia humana

 

 


Existe una forma de pobreza que no puede medirse en términos económicos. Es una pobreza silenciosa que se instala en la capacidad de conmoverse, en la disposición para detenerse ante la belleza y en la posibilidad de reconocer en el arte una vía privilegiada para comprender la condición humana. Tal vez una de las señales más inquietantes de nuestro tiempo no sea el avance de la tecnología ni la velocidad de la información, sino la progresiva incapacidad para habitar la profundidad.

Mientras recorría una red social, apareció un fragmento de La vida es bella, la extraordinaria película de Roberto Benigni. El reel recordaba el inmenso esfuerzo del padre por preservar la inocencia de su hijo en medio del horror de la guerra. La vida es bella no es únicamente una historia sobre el amor filial; es una meditación cinematográfica acerca de la dignidad humana frente al exterminio, una demostración de que la imaginación puede convertirse en el último refugio de la esperanza cuando la historia parece haber renunciado a toda compasión.

Entre los comentarios, apareció uno que decía: «Yo vine a ver memes, no a llorar». Mi reacción inmediata fue de indignación: es imposible que una obra capaz de condensar la tragedia del siglo XX pudiera reducirse a un obstáculo para el entretenimiento. Sin embargo, tras el malestar inicial, surgió una pregunta más inquietante: ¿y si ese comentario no fuera simplemente una muestra de estupidez, sino el síntoma de una profunda indigencia espiritual?

El sujeto contemporáneo parece habitar aquello que Guy Debord denominó «la sociedad del espectáculo»: un mundo donde las imágenes ya no remiten a la realidad, sino que la sustituyen. La experiencia deja de vivirse para consumirse; la emoción deja de elaborarse para ser reemplazada inmediatamente por otra más intensa, más breve y olvidable. En ese escenario, el meme no constituye únicamente una forma de humor; representa el triunfo de la distracción permanente sobre la contemplación.

No intento condenar el humor en sí mismo. Reír ha sido, desde Henri Bergson hasta Mijaíl Bajtín, una de las expresiones más complejas de la inteligencia humana. Lo preocupante es cuando la risa deja de ser una interrupción de la tragedia para convertirse en el mecanismo que impide reconocerla. El entretenimiento deja entonces de ser descanso para transformarse en anestesia.

Quizá por ello resulte pertinente recordar a Theodor W. Adorno, quien advertía que la industria cultural no solo fabrica productos de consumo, sino también formas de percepción. El peligro no consiste únicamente en consumir contenidos triviales, sino en acostumbrar al espíritu a una sensibilidad incapaz de sostener la atención sobre aquello que exige tiempo, silencio y elaboración. Una humanidad incapaz de demorarse frente a una sinfonía, una novela o una pintura termina perdiendo también la capacidad de demorarse frente al sufrimiento ajeno.

En este contexto adquieren una vigencia inesperada las reflexiones de Milan Kundera cuando afirmaba que la novela constituye una exploración de la existencia. Cada gran obra literaria amplía el territorio de lo humano porque permite experimentar vidas que no son la propia. De manera semejante, Martha Nussbaum ha defendido que la literatura y las artes cultivan la imaginación moral, haciendo posible comprender el dolor, la vulnerabilidad y la complejidad de los otros. Sin esa educación sentimental, la democracia misma se empobrece, pues desaparece la capacidad de empatizar con quienes habitan experiencias diferentes.

La cultura digital parece haber invertido esta lógica. El algoritmo privilegia aquello que produce una reacción inmediata y cuantificable: un clic, una carcajada, un gesto fugaz. La lentitud ha dejado de ser una virtud intelectual para convertirse en un defecto del mercado de la atención. Como advierte Byung-Chul Han, vivimos bajo una economía de la positividad donde el exceso de estímulos termina erosionando la capacidad contemplativa. No es que falten imágenes; sobran. Lo que escasea es el tiempo interior necesario para que alguna de ellas se transforme en experiencia.

El comentario «vine a ver memes, no a llorar» revela, entonces, algo más profundo que una preferencia estética: expresa la renuncia a dejarse afectar por el mundo. Llorar frente a una obra de arte implica aceptar que todavía existe algo capaz de quebrar la indiferencia; significa reconocer que seguimos siendo vulnerables y que esa vulnerabilidad constituye, precisamente, el fundamento de nuestra humanidad.

Esta pérdida de profundidad considero que tiene, además, consecuencias políticas. Un ciudadano que desconoce la tragedia difícilmente comprenderá el valor de la paz; quien nunca ha sentido el peso del sufrimiento histórico difícilmente advertirá la responsabilidad ética que implica impedir su repetición. Olvidar las guerras, las resistencias de figuras como Mahatma Gandhi, las preguntas de Franz Kafka o las incertidumbres de Jorge Luis Borges no significa únicamente perder referentes culturales; significa empobrecer los horizontes desde los cuales una sociedad imagina su futuro.

Resulta aún más inquietante observar cómo la superficialidad comienza a organizar nuevas formas de comunidad. Ya no se construyen vínculos mediante la deliberación o el intercambio argumentativo, sino a través de la repetición automática. Frente al comentario simplificador aparecen otros que responden «por dos», «por tres», «por cuatro», como si la multiplicación de una opinión vacía bastara para conferirle verdad. La comunidad deja entonces de edificarse sobre el pensamiento compartido y pasa a fundarse sobre la amplificación del reflejo. La adhesión sustituye al juicio y la viralidad reemplaza a la verdad.

No obstante, la historia del arte enseña que, incluso en los momentos más oscuros, la belleza ha sobrevivido como una forma de resistencia. Desde las tragedias griegas hasta la música compuesta en medio de las guerras, desde la poesía escrita en el exilio hasta el cine que narra el horror sin renunciar a la esperanza, el arte ha recordado constantemente que el ser humano es mucho más que su capacidad para consumir entretenimiento. Quizá la pregunta decisiva no sea qué ocurrirá cuando desaparezcan los grandes novelistas, los filósofos o los poetas, sino qué clase de humanidad emergerá si dejamos de necesitarlos. Porque una civilización no comienza a morir cuando deja de producir obras maestras; comienza a extinguirse cuando deja de sentir que esas obras son necesarias.

En este horizonte adquiere un significado profundamente ético mi experiencia de la paternidad. Considero que tener un hijo no consiste únicamente en prolongar la vida biológica, sino en asumir la responsabilidad de transformar el mundo que habrá de recibirlo. Pienso que educar significa impedir que el legado transmitido sea únicamente la acumulación de nuestras miserias. Cada generación hereda una historia, pero también la posibilidad de transformarla.

Tal vez por eso el verdadero acto revolucionario de nuestro tiempo no consista en producir más contenidos, sino en formar seres humanos capaces de conmoverse todavía frente a una película, una sinfonía, un poema o un rostro herido. Porque mientras exista alguien dispuesto a conmoverse ante la belleza, la humanidad conservará intacta la posibilidad de reconstruirse.

En una época que premia la prisa y castiga la emoción, defender la sensibilidad no es un gesto ingenuo, sino una forma de resistencia. Tal vez la tarea más urgente de nuestra época consista en reaprender a mirar, a escuchar y a conmovernos, porque solo una humanidad capaz de detenerse ante la belleza podrá también detenerse ante el dolor ajeno.

Y quizá allí resida, todavía, nuestra más firme esperanza.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

UNA DE TAXISTAS

 


Me parece muy curioso que en las series y películas cualquiera tome un taxi como si fuera el medio de transporte más popular y asequible del mundo. Cualquier transeúnte levanta la mano y, como por arte de magia, un taxi aparece en el instante preciso. Pero la experiencia me ha enseñado que tomar un taxi, por ejemplo, en Nueva York, puede costar lo mismo que una finca en tierra caliente en mi pueblo; quizá haga falta añadir una pequeña parcela en tierra fría para terminar de pagar la carrera. No exagero. Si alguien planea visitar Nueva York y piensa movilizarse en taxi, conviene saber que el presupuesto de las vacaciones puede dispararse solo en transporte.

Lo verdaderamente popular es el metro: ese sistema masivo que atraviesa ríos, túneles, barrios y geografías humanas. También están los buses, aunque, si uno no presta atención a las acostumbradas nomenclaturas de uptown y downtown, termina perdido, gastando más dinero en regresar al lugar al que llegó sin querer queriendo y que, a veces, resulta ser precisamente el lugar que no quería encontrar.

Pensé en esta frivolidad hace poco, viendo una serie de televisión en la que, curiosamente, todos tomaban un taxi. Bastaba un corte de cámara y ya había uno esperando en la esquina, como si el conductor hubiera recibido el guion con anticipación.

Algo semejante ocurre en The Truman Show: el mundo entero parece conspirar para que nada se salga del libreto, sin que el personaje principal lo advierta, hasta el momento de su iluminación, ya adulto. No es gratuita esta alusión. Mi discurso está hecho, para bien y para mal, de cultura pop. Suelo mezclar emociones personales con evocaciones de películas, series y comedias de situación que terminan aportando referentes históricos, sentimentales o, por qué no decirlo, imprescindibles en mi conversación.

No quiero extenderme demasiado, aunque sospecho que ninguna anécdota es verdaderamente inútil. Recuerdo que, en un año que ya no consigo precisar, paseaba por Nueva York cuando me sorprendió el huracán Sally. Tal vez el lector, más diligente que yo, busque en internet el año; yo aporto el nombre y el mes, septiembre, y así me ahorro la tarea de nombrar un año que, por alguna razón del corazón, no quiero recordar.

Una noche decretaron alerta general y, de manera casi apocalíptica, la ciudad se paralizó. Cerraron el metro justo cuando llegué a la estación de la calle 33 sobre Park Avenue para dirigirme a Queens, donde me hospedaba. Un policía me impidió el ingreso: el servicio había terminado.

Sin otra alternativa, caminé. No era como ir del Faro a la plaza de mi pueblo. El Faro es el sector donde me crié —o donde sigo viviendo, que para ciertas nostalgias es lo mismo—, y la plaza queda aproximadamente a ochocientos metros. Yo mido el mundo con esa escala doméstica: la distancia entre mi casa y el parque del pueblo. Así que pensé: «No puede ser tan lejos». Y eché a andar.

Pronto la noche, el viento y la lluvia —ya no gotas, sino baldados del cielo— comenzaron a corregir mi optimismo. No tuve más remedio que detener un taxi.

Después de varios intentos fallidos —porque, en la vida real, los taxistas no tienen un guion con nuestra historia—, un taxi se detuvo. Al subirme noté, con asombro, que el conductor era el mismísimo Kalimán, pero con barba. Mi imaginación, educada por la cultura popular y por ese extraño mecanismo que un poeta de Jericó alguna vez despreció llamándolo «onirismo hilarante», me hizo creer por un instante que vería a Solín sentado a su lado. No fue así: iba solo Kalimán y me saludó en un idioma que no alcancé a identificar.

Le extendí un papel con la dirección. Él lo miró, murmuró algo y siguió conduciendo mientras discutía por teléfono con alguien al otro lado de la línea. ¿Pueden creer que esa conversación duró casi toda la hora que tomó el trayecto? Fuimos esquivando calles cerradas, atravesando túneles y desviándonos una y otra vez hasta llegar, finalmente, a mi destino.

Con el paso de los minutos dejé de prestar atención al camino. Había algo hipnótico en aquella conversación que, sin entender por qué, terminó por desplazar el ruido de la lluvia y del motor. Las tormentas tienen esa costumbre de desordenar las proporciones del tiempo. Una hora puede parecer una noche entera, y una conversación cualquiera terminar pareciéndose a una revelación.

Durante casi una hora escuché aquella conversación como quien oye llover: sin prestar demasiada atención y, al mismo tiempo, sin poder dejar de escuchar. Solo mucho después comprendí que lo raro no era que el hombre no dejara de hablar por teléfono. Lo raro era que yo entendía cada palabra.

Es posible que no me haga entender. Pero así fue: aquel idioma extraño se traducía simultáneamente en mi cabeza. Escuché una historia doméstica de amor, de hijos desobedientes, de desengaños, de dinero que no alcanza; las mismas quejas humanas que no distinguen idioma ni apariencia.

Al terminar la carrera pagué doscientos dólares. Aquello equivalía, más o menos, a la mitad de los recursos que había destinado para mi estadía en la ciudad. Aun así, me quedó la historia del Kalimán neoyorquino.

Las historias, como ciertas deudas, acumulan intereses con los años. La recordé hoy viendo la serie Bones: una mujer tomaba un taxi con absoluta tranquilidad; le entregaba un papel con una dirección a un conductor que llevaba turbante y una barba esponjosa como un pudín de chocolate. Creí reconocerlo. Se parecía ligeramente al hombre que aquella noche me llevó desde la calle 33 hasta Queens, en medio del huracán Sally, del frío y de esa ciudad que, como toda gran ciudad, a veces parece inventada por un guionista con onirismo hilarante.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Medellín, 16 de junio de 2026

 

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