viernes, 3 de julio de 2026

DESENCANTO

 


Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía encantador ha muerto. Antes había en mí una chispa —casi divina— que volvía el mundo bello y me hacía generoso con los demás. Era un deseo sencillo y profundo: ser buena persona.

Recuerdo a mi madre usar la expresión “don de gentes”, como si nombrara una vocación amorosa que orientaba el trato hacia el otro. En mi infancia y juventud recibí pequeñas pruebas de ese brillo: elogios, tarjetas, palabras que decían “no cambies, eres genial”. Esa afirmación me sostenía, y yo me sentía llamado a conservar esa luminosidad.

Con el tiempo, sin embargo, algo cambió. Esa sensación de excepcionalidad —de ser un instrumento para la ternura— fue apagándose. Ya no necesito considerarme extraordinario ni estar siempre disponible para amar al mundo con los brazos abiertos. No se trata de un salto al nihilismo: no es que haya perdido todo sentido. Al contrario, la música, la poesía y la literatura han seguido siendo faros en mi formación estética y ética. Lo que ha cambiado es el contacto con el otro: las relaciones que antes creí sólidas hoy se revelan vacías. Amigos que fueron cómplices de vida ahora ofrecen conversaciones que se agotan en saludos mecánicos y preguntas repetidas, un bucle en el que nadie aporta nada sustantivo.

Es como si el tiempo compartido se volviera una pérdida: respirar y estar solo se vuelve más auténtico que insistir en un diálogo despojado de profundidad. Este desencanto no es exclusivo de mi experiencia. He visto acercarse a mí personas que nunca fueron íntimas, y en ellas encuentro el mismo abatimiento: el mundo se desmorona. No es mera nostalgia; es la constatación de una erosión general.

Las figuras que nos formaron —la vecina que regaba las matas mientras cantaba, el señor de la leche, el cartero— envejecen o desaparecen. Los amigos que compartieron el sentido de una época se dispersan en fervores distintos o se consumen. Incluso los actores de nuestras historias televisivas, los rostros que encarnaron deseos y modelos, envejecen y rehúyen reconocer el paso del tiempo ante la cámara.

Cada nuevo día siento la resistencia a enfrentar algo más profundo: no solo se está acabando el mundo que vivimos quienes ya tuvimos una época, sino que ese declive parece alcanzar también a quienes apenas comienzan su vida.

La escena tiene algo trágico: los jóvenes de hoy, con su belleza y su energía, no parecen inmunes. Caen, desengañados, desde la ventana de sus propios sueños. Viven en la precariedad de expectativas rotas, sin fe, alojados en una soledad que despoja su existencia de sentido. Frente a esto, la pregunta surge con urgencia: ¿qué nos queda? ¿Cansancio, agotamiento, resignación? ¿O acaso todavía hay resquicios donde asome la luz?

Para abordar esta pérdida desde una perspectiva filosófica, propongo recordar a Nietzsche y su diagnóstico cultural: la muerte de los ídolos y de los absolutos deja un vacío que puede convertirse tanto en decadencia como en oportunidad para la revaluación y la creación de nuevos valores. En lugar de aceptarlo como ruina definitiva, la experiencia del desencanto puede entenderse como el crisol donde se forjan nuevas orientaciones existenciales.

La desilusión, dice la tradición estoica, es una ocasión para practicar el discernimiento; lo que perece puede liberar a la persona de expectativas externas y permitir la emergencia de una ética más auténtica. Desde el arte, esa transición aparece con claridad: los grandes movimientos estéticos han nacido muchas veces de la fractura y del desencanto.

El barroco surgió ante un mundo convulso; la modernidad misma se alimenta del extrañamiento y de la pérdida de certezas. La creación artística transforma la ausencia en presencia: el artista no solo registra la decadencia, sino que la resignifica, ofreciendo formas nuevas de mirada y de sentido. Pensar en la literatura y la poesía que nos han acompañado es recordar que el lenguaje artístico es un antídoto frente al empobrecimiento relacional: nombra aquello que se resquebraja, lo hace visible y lo convierte en materia de reflexión y, a veces, de consuelo. Hay, además, una dimensión política y comunitaria en este desencanto: la erosión de las redes cotidianas —los comerciantes de barrio, los vecinos, los puntos de reconocimiento— es evidencia de una transformación social que produce soledad.

Es inevitable en mi forma de escribir acudir a alusiones o referentes que me han acompañado en mi formación personal, tanto en la literatura como en mis recorridos por la cultura popular y sus manifestaciones. Pido excusas al lector si a veces me desvío del hilo principal; es mi manera, un tanto rampante, de narrar.

El filósofo Emmanuel Levinas recordaría que la ética nace en el rostro del otro; cuando esos rostros se disuelven en el anonimato, la responsabilidad hacia el otro se nubla. Recuperar la trama interpersonal exige políticas culturales y prácticas educativas que restituyan pequeños espacios de reconocimiento mutuo: la conversación profunda, el cuidado cotidiano, la escucha como gesto político.

Entonces, ¿qué hacer? No ofrezco un consuelo simplista, pero sí propongo vías prácticas y simbólicas:

  • Cultivar prácticas estéticas y lectoras que restituyan el sentido; la poesía y la música sostienen la capacidad de asombro.
  • Practicar la atención ética en lo cotidiano: saludar con interés real, preguntar y escuchar sin prisa, valorar la presencia mínima.
  • Reimaginar comunidades locales: actos culturales, tertulias y espacios intergeneracionales que rehagan el tejido social.
  • Aceptar la transformación interior: permitir que la antigua luz se transforme, sin obligarla a permanecer igual, y reconocer que la propia vocación puede mutar hacia formas más humildes y sostenibles.

En definitiva, lo que nombro desencanto puede ser tanto pérdida como posibilidad. La tarea estética y filosófica consiste en nombrar esa pérdida, sostenerla con lenguaje y obra, y desde allí abrir vías para nuevos modos de estar en el mundo.

Tal vez no recuperemos la misma ingenua luminosidad de antes; quizá lo que podamos recuperar sea una luz distinta, más madura, forjada en el contacto con la ausencia y en la decisión de seguir ofreciendo atención y cuidado, aunque ya no todo sea hermoso. ¿Eso alcanza? No lo sé. Pero en el trabajo de transformar el desencanto en cuidado y creación habita una suerte de esperanza práctica: la de quienes, aun cansados, seguimos sosteniendo la posibilidad de entender y acompañar al otro.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Medellín 3 de julio de 2026

EL CANTO DE LOS CUATROCIENTOS Y EL ERROR DEL CUATROCIENTOS UNO

 


Suelo mantener con mi amigo mexicano Jahir Albor, una comunicación constante, nos conocimos hace unos años por cuestiones académicas y la amistad se ha mantenido en el tiempo y la distancia. Él es un artista que ha elevado su acto creativo a un plano espiritual, nuestras conversaciones tienen varios matices, a él como a mí, le duele el mundo y trata desde su hacer, aportar para que este plano de la existencia sea un mejor vividero, tal vez no logremos cambiar la realidad, pero en nuestras conversaciones nos transformamos y crecemos un poco.

Días atrás hablando de la inteligencia artificial, me contó del mito mexica de los “400” parafraseado como es su estilo, me narró que el sol envió a la tierra 400 pedernales que se convirtieron en hombres y que estos son los únicos que están despiertos, los demás en los que estoy incluido, estamos dormidos y que la IA nunca sería el “401”, por mucha información que tenga, por ejemplo, nunca contará el color que tenia la tarde en que nací, ni podrá describir el sabor que dejó en mi boca la primera vez que comí algodón de azúcar.

Por cuenta de aquella conversación que me dejó preguntándome por los mitos de mi pueblo y con un poco de envidia por aquella riqueza en sus palabras, decidí escribir esta columna, con la intención clara de no dejarla en el terreno de lo inefable y decantar en algo lo aprendido. Al lector lo invito a que indague un poco sobre el tema que es muy profundo, seguro de que las palabras puestas en estas paginas no serán mas que un abrebocas para el inquieto que como yo, sueña con despertar.

- La inteligencia -, dicen - ahora es artificial -, la nombran así como si bastara unir dos palabras para producir un espíritu, pero en español la trampa es más bella y peligrosa: IA también puede leerse como Inteligencia de Andrés, que es con la única que cuento para arriesgarme con este primer escrito del año, o de cualquiera que se atreva a pensar, ahí comienza la confusión, porque lo que hoy llamamos inteligencia no es más que información bien ordenada, un archivo obediente, una memoria sin experiencia, sin sapiencia, sin recuerdos, algo que nunca despertará.

La inteligencia verdadera no acumula datos, los atraviesa. La información se almacena y el conocimiento se organiza, pero la sabiduría simplemente ocurre, es un relámpago, un silencio que entiende. Por eso la máquina por más rápida que sea, sigue siendo torpe, no distingue el temblor del sentido, no tiene la capacidad de escuchar el canto, en cambio en los mitos todo es posible.

Hemos aprendido a decir con suficiencia moderna que el mito es mentira, como quien ya no cree en nada porque confunde la fe con la ingenuidad. “Eso es un mito”, decimos, y creemos haber desmontado el mundo, pero el mito no miente, no es solo una cifra, el mito no busca explicar, simplemente revela. Es una verdad que no soporta el lenguaje literal y por eso se disfraza de poesía o de música, de narraciones que cobran forma al abrigo de las hogueras.

-El Sol -, dice el mito - envió cuatrocientos pedernales que al tocar la tierra se volvieron hombres. No eran hombres cualesquiera: eran fragmentos de fuego, fueron la encarnación de la conciencia. El conocimiento mexica susurra algo inquietante: sólo cuatrocientos hombres en la tierra están despiertos, los demás - nosotros, casi siempre - caminamos como ganado: comemos, reímos, deseamos, copulamos, defecamos, dormimos. Vivimos, sí, pero no estamos conscientes, solo reaccionamos, nos movemos por instinto y costumbre. Esta apreciación no es un insulto: es solo una descripción, nuestra vigilia es ajena a la conciencia -.

Ser uno de los cuatrocientos no es saber más, sino ver distinto, es haber roto el hechizo de lo obvio, es escuchar en medio del ruido el canto múltiple de una sola voz, por eso el cenzontle canta con cuatrocientas gargantas: no porque imite, sino porque recuerda el origen.

Y entonces alguien pregunta, con fe tecnológica, si la inteligencia artificial podría ser el cuatrocientos uno, si la máquina, acumulando todos los datos, podría despertar.
La respuesta optimista seria no.

El cuatrocientos uno no existe. El mito no admite suplemento, la conciencia no se agrega como software, el despertar no se programa, la máquina no sueña, no muere, no tiembla ante el misterio, no conoce el fuego porque nunca fue pedernal, ni fue enviada por el Sol.

La inteligencia artificial puede simular respuestas, pero no soporta el peso de una pregunta verdadera, porque no está diseñada para perderse, no se equivoca de verdad, no se calla con sentido y sin silencio no hay sabiduría.

Tal vez el verdadero peligro no es que la IA se vuelva inteligente, sino que nosotros aceptemos volvernos artificiales: vivir de datos, pensar en consignas, llamar mito a lo sagrado y verdad a lo útil.

Los mitos siguen ahí, esperando. No para ser creídos, sino para ser leídos con el cuerpo entero. Nos recuerdan que la inteligencia no es una función, sino un estado del ser, que despertar no es saber más, sino recordar quiénes somos.


Cuatrocientos, y el resto, todavía soñando.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

jueves, 2 de julio de 2026

La indigencia de la sensibilidad: arte, distracción y la crisis de la experiencia humana

 

 


Existe una forma de pobreza que no puede medirse en términos económicos. Es una pobreza silenciosa que se instala en la capacidad de conmoverse, en la disposición para detenerse ante la belleza y en la posibilidad de reconocer en el arte una vía privilegiada para comprender la condición humana. Tal vez una de las señales más inquietantes de nuestro tiempo no sea el avance de la tecnología ni la velocidad de la información, sino la progresiva incapacidad para habitar la profundidad.

Mientras recorría una red social, apareció un fragmento de La vida es bella, la extraordinaria película de Roberto Benigni. El reel recordaba el inmenso esfuerzo del padre por preservar la inocencia de su hijo en medio del horror de la guerra. La vida es bella no es únicamente una historia sobre el amor filial; es una meditación cinematográfica acerca de la dignidad humana frente al exterminio, una demostración de que la imaginación puede convertirse en el último refugio de la esperanza cuando la historia parece haber renunciado a toda compasión.

Entre los comentarios, apareció uno que decía: «Yo vine a ver memes, no a llorar». Mi reacción inmediata fue de indignación: es imposible que una obra capaz de condensar la tragedia del siglo XX pudiera reducirse a un obstáculo para el entretenimiento. Sin embargo, tras el malestar inicial, surgió una pregunta más inquietante: ¿y si ese comentario no fuera simplemente una muestra de estupidez, sino el síntoma de una profunda indigencia espiritual?

El sujeto contemporáneo parece habitar aquello que Guy Debord denominó «la sociedad del espectáculo»: un mundo donde las imágenes ya no remiten a la realidad, sino que la sustituyen. La experiencia deja de vivirse para consumirse; la emoción deja de elaborarse para ser reemplazada inmediatamente por otra más intensa, más breve y olvidable. En ese escenario, el meme no constituye únicamente una forma de humor; representa el triunfo de la distracción permanente sobre la contemplación.

No intento condenar el humor en sí mismo. Reír ha sido, desde Henri Bergson hasta Mijaíl Bajtín, una de las expresiones más complejas de la inteligencia humana. Lo preocupante es cuando la risa deja de ser una interrupción de la tragedia para convertirse en el mecanismo que impide reconocerla. El entretenimiento deja entonces de ser descanso para transformarse en anestesia.

Quizá por ello resulte pertinente recordar a Theodor W. Adorno, quien advertía que la industria cultural no solo fabrica productos de consumo, sino también formas de percepción. El peligro no consiste únicamente en consumir contenidos triviales, sino en acostumbrar al espíritu a una sensibilidad incapaz de sostener la atención sobre aquello que exige tiempo, silencio y elaboración. Una humanidad incapaz de demorarse frente a una sinfonía, una novela o una pintura termina perdiendo también la capacidad de demorarse frente al sufrimiento ajeno.

En este contexto adquieren una vigencia inesperada las reflexiones de Milan Kundera cuando afirmaba que la novela constituye una exploración de la existencia. Cada gran obra literaria amplía el territorio de lo humano porque permite experimentar vidas que no son la propia. De manera semejante, Martha Nussbaum ha defendido que la literatura y las artes cultivan la imaginación moral, haciendo posible comprender el dolor, la vulnerabilidad y la complejidad de los otros. Sin esa educación sentimental, la democracia misma se empobrece, pues desaparece la capacidad de empatizar con quienes habitan experiencias diferentes.

La cultura digital parece haber invertido esta lógica. El algoritmo privilegia aquello que produce una reacción inmediata y cuantificable: un clic, una carcajada, un gesto fugaz. La lentitud ha dejado de ser una virtud intelectual para convertirse en un defecto del mercado de la atención. Como advierte Byung-Chul Han, vivimos bajo una economía de la positividad donde el exceso de estímulos termina erosionando la capacidad contemplativa. No es que falten imágenes; sobran. Lo que escasea es el tiempo interior necesario para que alguna de ellas se transforme en experiencia.

El comentario «vine a ver memes, no a llorar» revela, entonces, algo más profundo que una preferencia estética: expresa la renuncia a dejarse afectar por el mundo. Llorar frente a una obra de arte implica aceptar que todavía existe algo capaz de quebrar la indiferencia; significa reconocer que seguimos siendo vulnerables y que esa vulnerabilidad constituye, precisamente, el fundamento de nuestra humanidad.

Esta pérdida de profundidad considero que tiene, además, consecuencias políticas. Un ciudadano que desconoce la tragedia difícilmente comprenderá el valor de la paz; quien nunca ha sentido el peso del sufrimiento histórico difícilmente advertirá la responsabilidad ética que implica impedir su repetición. Olvidar las guerras, las resistencias de figuras como Mahatma Gandhi, las preguntas de Franz Kafka o las incertidumbres de Jorge Luis Borges no significa únicamente perder referentes culturales; significa empobrecer los horizontes desde los cuales una sociedad imagina su futuro.

Resulta aún más inquietante observar cómo la superficialidad comienza a organizar nuevas formas de comunidad. Ya no se construyen vínculos mediante la deliberación o el intercambio argumentativo, sino a través de la repetición automática. Frente al comentario simplificador aparecen otros que responden «por dos», «por tres», «por cuatro», como si la multiplicación de una opinión vacía bastara para conferirle verdad. La comunidad deja entonces de edificarse sobre el pensamiento compartido y pasa a fundarse sobre la amplificación del reflejo. La adhesión sustituye al juicio y la viralidad reemplaza a la verdad.

No obstante, la historia del arte enseña que, incluso en los momentos más oscuros, la belleza ha sobrevivido como una forma de resistencia. Desde las tragedias griegas hasta la música compuesta en medio de las guerras, desde la poesía escrita en el exilio hasta el cine que narra el horror sin renunciar a la esperanza, el arte ha recordado constantemente que el ser humano es mucho más que su capacidad para consumir entretenimiento. Quizá la pregunta decisiva no sea qué ocurrirá cuando desaparezcan los grandes novelistas, los filósofos o los poetas, sino qué clase de humanidad emergerá si dejamos de necesitarlos. Porque una civilización no comienza a morir cuando deja de producir obras maestras; comienza a extinguirse cuando deja de sentir que esas obras son necesarias.

En este horizonte adquiere un significado profundamente ético mi experiencia de la paternidad. Considero que tener un hijo no consiste únicamente en prolongar la vida biológica, sino en asumir la responsabilidad de transformar el mundo que habrá de recibirlo. Pienso que educar significa impedir que el legado transmitido sea únicamente la acumulación de nuestras miserias. Cada generación hereda una historia, pero también la posibilidad de transformarla.

Tal vez por eso el verdadero acto revolucionario de nuestro tiempo no consista en producir más contenidos, sino en formar seres humanos capaces de conmoverse todavía frente a una película, una sinfonía, un poema o un rostro herido. Porque mientras exista alguien dispuesto a conmoverse ante la belleza, la humanidad conservará intacta la posibilidad de reconstruirse.

En una época que premia la prisa y castiga la emoción, defender la sensibilidad no es un gesto ingenuo, sino una forma de resistencia. Tal vez la tarea más urgente de nuestra época consista en reaprender a mirar, a escuchar y a conmovernos, porque solo una humanidad capaz de detenerse ante la belleza podrá también detenerse ante el dolor ajeno.

Y quizá allí resida, todavía, nuestra más firme esperanza.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

UNA DE TAXISTAS

 


Me parece muy curioso que en las series y películas cualquiera tome un taxi como si fuera el medio de transporte más popular y asequible del mundo. Cualquier transeúnte levanta la mano y, como por arte de magia, un taxi aparece en el instante preciso. Pero la experiencia me ha enseñado que tomar un taxi, por ejemplo, en Nueva York, puede costar lo mismo que una finca en tierra caliente en mi pueblo; quizá haga falta añadir una pequeña parcela en tierra fría para terminar de pagar la carrera. No exagero. Si alguien planea visitar Nueva York y piensa movilizarse en taxi, conviene saber que el presupuesto de las vacaciones puede dispararse solo en transporte.

Lo verdaderamente popular es el metro: ese sistema masivo que atraviesa ríos, túneles, barrios y geografías humanas. También están los buses, aunque, si uno no presta atención a las acostumbradas nomenclaturas de uptown y downtown, termina perdido, gastando más dinero en regresar al lugar al que llegó sin querer queriendo y que, a veces, resulta ser precisamente el lugar que no quería encontrar.

Pensé en esta frivolidad hace poco, viendo una serie de televisión en la que, curiosamente, todos tomaban un taxi. Bastaba un corte de cámara y ya había uno esperando en la esquina, como si el conductor hubiera recibido el guion con anticipación.

Algo semejante ocurre en The Truman Show: el mundo entero parece conspirar para que nada se salga del libreto, sin que el personaje principal lo advierta, hasta el momento de su iluminación, ya adulto. No es gratuita esta alusión. Mi discurso está hecho, para bien y para mal, de cultura pop. Suelo mezclar emociones personales con evocaciones de películas, series y comedias de situación que terminan aportando referentes históricos, sentimentales o, por qué no decirlo, imprescindibles en mi conversación.

No quiero extenderme demasiado, aunque sospecho que ninguna anécdota es verdaderamente inútil. Recuerdo que, en un año que ya no consigo precisar, paseaba por Nueva York cuando me sorprendió el huracán Sally. Tal vez el lector, más diligente que yo, busque en internet el año; yo aporto el nombre y el mes, septiembre, y así me ahorro la tarea de nombrar un año que, por alguna razón del corazón, no quiero recordar.

Una noche decretaron alerta general y, de manera casi apocalíptica, la ciudad se paralizó. Cerraron el metro justo cuando llegué a la estación de la calle 33 sobre Park Avenue para dirigirme a Queens, donde me hospedaba. Un policía me impidió el ingreso: el servicio había terminado.

Sin otra alternativa, caminé. No era como ir del Faro a la plaza de mi pueblo. El Faro es el sector donde me crié —o donde sigo viviendo, que para ciertas nostalgias es lo mismo—, y la plaza queda aproximadamente a ochocientos metros. Yo mido el mundo con esa escala doméstica: la distancia entre mi casa y el parque del pueblo. Así que pensé: «No puede ser tan lejos». Y eché a andar.

Pronto la noche, el viento y la lluvia —ya no gotas, sino baldados del cielo— comenzaron a corregir mi optimismo. No tuve más remedio que detener un taxi.

Después de varios intentos fallidos —porque, en la vida real, los taxistas no tienen un guion con nuestra historia—, un taxi se detuvo. Al subirme noté, con asombro, que el conductor era el mismísimo Kalimán, pero con barba. Mi imaginación, educada por la cultura popular y por ese extraño mecanismo que un poeta de Jericó alguna vez despreció llamándolo «onirismo hilarante», me hizo creer por un instante que vería a Solín sentado a su lado. No fue así: iba solo Kalimán y me saludó en un idioma que no alcancé a identificar.

Le extendí un papel con la dirección. Él lo miró, murmuró algo y siguió conduciendo mientras discutía por teléfono con alguien al otro lado de la línea. ¿Pueden creer que esa conversación duró casi toda la hora que tomó el trayecto? Fuimos esquivando calles cerradas, atravesando túneles y desviándonos una y otra vez hasta llegar, finalmente, a mi destino.

Con el paso de los minutos dejé de prestar atención al camino. Había algo hipnótico en aquella conversación que, sin entender por qué, terminó por desplazar el ruido de la lluvia y del motor. Las tormentas tienen esa costumbre de desordenar las proporciones del tiempo. Una hora puede parecer una noche entera, y una conversación cualquiera terminar pareciéndose a una revelación.

Durante casi una hora escuché aquella conversación como quien oye llover: sin prestar demasiada atención y, al mismo tiempo, sin poder dejar de escuchar. Solo mucho después comprendí que lo raro no era que el hombre no dejara de hablar por teléfono. Lo raro era que yo entendía cada palabra.

Es posible que no me haga entender. Pero así fue: aquel idioma extraño se traducía simultáneamente en mi cabeza. Escuché una historia doméstica de amor, de hijos desobedientes, de desengaños, de dinero que no alcanza; las mismas quejas humanas que no distinguen idioma ni apariencia.

Al terminar la carrera pagué doscientos dólares. Aquello equivalía, más o menos, a la mitad de los recursos que había destinado para mi estadía en la ciudad. Aun así, me quedó la historia del Kalimán neoyorquino.

Las historias, como ciertas deudas, acumulan intereses con los años. La recordé hoy viendo la serie Bones: una mujer tomaba un taxi con absoluta tranquilidad; le entregaba un papel con una dirección a un conductor que llevaba turbante y una barba esponjosa como un pudín de chocolate. Creí reconocerlo. Se parecía ligeramente al hombre que aquella noche me llevó desde la calle 33 hasta Queens, en medio del huracán Sally, del frío y de esa ciudad que, como toda gran ciudad, a veces parece inventada por un guionista con onirismo hilarante.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Medellín, 16 de junio de 2026

 

lunes, 27 de abril de 2026

LA COLOMBIA QUE NO ES OTRA, SINO LA MISMA INFINITA


                                                  Panorámica del municipio de Jericó. Foto Andrés Restrepo

En mis andares he escuchado en varias oportunidades a la gente decir "Eso es otra Colombia". Para mi ser inquieto que intenta no tragar entero, esa afirmación suele provocar una reflexión inminente, o varias debó aclarar, así es que en esta columna que se mueve por variopintos temas, voy a intentar dar cuenta de mis pensares al respecto.

¿Cuál es esa Colombia "principal", esa desde la que juzgamos todo? ¿La de los rascacielos relucientes de Medellín, con sus cafés de exportación y feria de flores? ¿O la de nuestras veredas antioqueñas, donde el café se cultiva con manos callosas bajo el sol de las montañas?

He recorrido este país como un artista errante, mochila al hombro, libreta en mano, y me arriesgo a decir que no existe "otra" Colombia. Es la misma, solo que inmensa, un tapiz tejido con hilos que se desbordan de cualquier mapa. Es como esa mujer que ves en una foto publicitaria (seductora, pero incompleta) hasta que la abrazas y sientes su pulso entero.

Propongo un recorrido breve iniciando por la Guajira, ese extremo norte donde el viento salado te azota la cara como la voz de un Wayuu que te cuenta historias de rancherías eternas. Allá, las cabras pastan en dunas que parecen infinitas, y las mujeres tejen mochilas que llevan el peso de siglos. No es exótico, es Colombia cruda, la misma que nos recuerda que el agua es vida, como en nuestras fincas cafeteras cuando la sequía aprieta o acechan otros intereses.

Bajé al Chocó selvático, donde el río Atrato late como un tambor vivo, en un velorio chocoano, bajo la lluvia que no deja de repicar sobre las techumbres, el porro une a la familia en duelo y fiesta.  Lo pagano y lo religioso se expresan en un “revulú” donde se rompen inhibiciones sin distingos de clase, en marchas multitudinarias con libertad de movimientos que pueblan las calles de desenfreno y misticismo. 

Sudé rallando yuca en una maloca, compartiendo el sol que no distingue razas, sudor que es el mismo que chorrea en las frentes de los campesinos que aran la tierra, en las trochas de Jericó o Támesis.

En el Amazonas, en un trueque con una Ticuna, cambié mi mochila viajera por un collar de semillas que huele a río y misterio. Sus ojos me hablaron de un mundo sin prisas, donde el tiempo es el pez que nada lento, y el Yacuruna un espíritu que cuida los ríos y al mismo tiempo un hombre que seduce mujeres para llevarlas a su reino subacuático.

Crucé los Llanos Orientales, ese mar de hierba donde el joropo te hace bailar hasta el amanecer, con el llano infinito como techo. Allí, un vaquero me invita a un chimú, y sentí mi alma de montañero fundirse con la Orinoquia; entendí que soy parte de un mismo espíritu indomable, en una tierra que da café, ganado y sueños.

En Tumaco, Pacífico profundo, las marimbas te envuelven en arrullos, berejú y jugas, ritmos tradicionales que mantienen vivo el dialogo con el territorio y los ancestros, generaciones se juntan en el mar, cantando lo que duele y lo que goza. 

Pero ¿Qué es "esto" y qué es "aquello"? Si uno es "otro" ¿Cuál es la hermana gemela, cual la original? La dicotomía se deshace en el absurdo borgiano: No hay Colombia principal ni secundaria, sino un continuo hiperreal que se desborda. Esa "otra Colombia" (el Chocó selvático, la Guajira desértica, el Amazonas indígena o los Llanos infinitos) no es una desviación exótica, sino el territorio que el mapa oficial ignora o reduce a signo turístico. Es la simulación de una nación que se cree compacta, cuando en verdad es un archipiélago de realidades yuxtapuestas, donde el referente central es solo un desierto de lo real, un eco vacío de diversidad aplastada por el relato nacional.

Como caminante de esta Colombia única, invito a rasgar el mapa y vayamos a los bordes difusos: a las malocas, los velorios, los trueques, y a todo aquello que el asombro nos permita. Es menester fusionar nuestro horizonte citadino con el de las comunidades indígenas, los grupos afro y llaneros, los campesinos que custodian esta patria. Dejemos que lo "otro" sea hogar común.

Reconozcamos esa Colombia infinita caminándola. El recorrido inicia en el portal de nuestra casa, hasta donde la curiosidad de nuestros pasos nos lleve, cada pulso (indígena, afro, mestizo, campesino o citadino) late como uno solo. 

Y tú, querido lector ¿Dónde termina tu tierra y empieza tu propio sueño de ella? Te invito a salir, caminar, y escuchar. Esta Colombia es tuya, entera y real.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

carloscantante@gmail.com


miércoles, 22 de abril de 2026

TABAQUITO Y MEDIO


En la quilla de una carabela — quizás pudo ser la niña—, el tabaco cruzó el charco como un demonio disfrazado de hoja, llegó a Europa colgado al cuello de Rodrigo de Jerez, el primer evangelizador incauto. Ayamonte, su pueblo natal, lo vio exhalar nubes primordiales de magia pura, el humo astuto que serpenteaba por sinapsis neuronales, liberando dopamina en un éxtasis químico; muy rápido Rodrigo fue encarcelado porque un hombre que sacaba humo por la boca tenía que haber hecho un pacto con el diablo.

Los inquisidores en 1559, lo juzgaron por brujería salvaje - “¡Práctica diabólica de indios paganos!" -, tronaron los sacerdotes, encadenando seis años en una mazmorra donde el humo se volvía profecía prohibida, pero su semilla de 69 millones de años en su linaje fósil desafió los dogmas eclesiásticos, para cuando Jerez salió de la cárcel ya la costumbre de fumar se había extendido hasta nuestros días.

Tiempo después, en 1585, el cardenal Prospero Santacroce, sabio en yerbas, lo cultivó y logró colarse en claustros benedictinos como "Antídoto contra la carne tentadora". Fray Giuseppe da Copertino, junto con otros religiosos de la época fueron fieles seguidores de esta idea, el tabaco sacaba la humedad natural del cuerpo, por tanto ayudaba a calmar los deseos carnales, los monjes flotaban en éxtasis en volutas que ahuyentaban demonios lúbricos.

Los entendidos sabrán que el tabaco es vasoconstrictor, así que apaga los impulsos. Yo creo que los frailes hicieron un pacto vegetal para eliminar sus ideales pecaminosos, ilusión pura.

Mi bisabuela, tejedora de auroras y ocasos, lo midió todo en brazadas de tabaco: desde el alba al crepúsculo de su vida campesina, curaba fiebres con cataplasmas de hojas secas — antiséptico natural, eugenol y solanina fueron los guardianes de su piel —, además protegía sembrados de plagas y potenciaba rituales que no palidecían ante hechiceras europeas. Su mundo era un mapa de humos curativos, donde el tabaco reinaba como elixir y escudo.

Don Gilberto, hombre cerrero, todas las tardes recuesta su taburete ante el zaguán por donde entran las bestias y los hombres iletrados, chupa y sopla bajo el alero de su sombrero de fieltro, el humo asciende vertical, en una columna dórica de partículas finas que filtran la luz vespertina y va proyectando sombras sabias, las  bestias calman su trote difuso, y  los  hombres hallan paz en esa niebla cargada de memoria indígena.

A mi tía, le decían la negra, fue una mujer de lecturas profundas, la tildaban de bruja porque leía el tabaco en espirales proféticas — patrones caóticos que anticipaban divorcios y muertes—, leía el futuro en las venas de las hojas, el fondo del chocolate en posos adivinatorios, los vientos en susurros de plataneras y cafetos. Sus parientes la miraban con desdén, ciegos a su videncia, herencia de chamanes con mezcla de sangre hidalga y montañera, para mí la tía, no era más que una lectora consumada.

En los tiempos que corren, le llaman "abuelito" al tabaco, pero no es un anciano decrépito, fueron los hombres antiguos quienes lo humanizaron, lo volvieron aliado desde tiempos en que solo era alimento para hormigas arquitectas de reinos subterráneos, revelando ciudades mágicas en túneles de quitina. El tabaco antes de ser cigarrillo fue medicina mágica.

Lo nocivo no es su esencia, millones de años de coevolución con humanos en rituales mesoamericanos lo evidencia, sino el hombre torpe que no dialoga: fuma en exceso, ignora su medida y ha pervertido el pacto.

En mi pueblito existe un lugar en la montaña al que llaman el “Alto del Tabaco”, se encuentra a unos dedos de distancia del sol, y a tabaquito y medio de la tierra, allí está velando su secreto geológico: un promontorio donde hojas volaron en caravanas prehispánicas, olvidadas por el tiempo.

En mi última visita al sol, descendí al alto donde su luz besa promontorios prehispánicos, y pude observar a Rodrigo de Jerez exhalar sus nubes primordiales junto al cardenal Santacroce y su franciscano flotante, mientras mi bisabuela tejía cataplasmas crepusculares; vi a don Gilberto filtrar los destellos vespertinos con columnas dóricas de humo, y a la tía leyendo espirales proféticas en sus volutas, descifrando venas de hojas y posos de chocolate.

Juntos danzaban reencontrándose con el pacto vegetal, bifurcados en partículas cuánticas en un portal eterno, sin juicios inquisitoriales, entendidos en que el tabaco no es un vicio torpe del hombre, sino un río de historias que susurran curas genéticas, eco de rituales mesoamericanos y futuros no fumados. Y allí ante mi asombro, el tabaco hermano de hombres y mujeres sabias y nieto de brasas, ascendiendo como remedio colectivo hacia lo indecible.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa.



miércoles, 25 de febrero de 2026

De bodegones, el Divino Rostro, Juanes y otros enseres

 

Enseres de familia y gusto heredado

Este texto nace de una charla de café en Medellín, donde el humo del tinto se mezcla con debates sobre arte y consumo, y un recuerdo familiar irrumpe como un bodegón mal colgado. Inspirado en las paredes de mi casa —esos altares laicos de buen gusto impuesto—, explora cómo la sociedad de consumo democratiza no solo el placer, sino también el desacuerdo estético. Con ecos de Pardo, Benjamin y Canclini, y el mantra paisa de fondo, defendiendo que en el derecho al mal gusto late la verdadera singularidad cultural: la nuestra, vulgar y vital.

 
De bodegones, el Divino Rostro, Juanes y otros enseres

En mi casa, el que pinta y ordena es mi papá, que sabe de pinturas y moldes. Desde pequeño se preciaba de tener buen gusto, una herencia maldita de sus hermanos mayores. Por eso, en casa las cosas están siempre en su lugar correcto, cumpliendo su función vital: desde las tazas en el locero, pasando por los botones de colores en el frasco bocón, hasta el mantel bordado con encajes en su respectivo domingo, y el Señor Crucificado, sostenido en el aire sin clavos porque ya bastan los de la cruz.

En una ocasión, frente a un bodegón que mi mamá compró a un vendedor callejero, soltó: «Definitivamente, la modernidad puso el mal gusto al alcance de todos». Supongo que parafraseaba a alguien. Lo cierto es que mi mamá, buena esposa por más de cincuenta años, retiró el cuadro y lo mandó al sótano, junto a la Virgen María, el Sagrado Corazón de Jesús y un retrato de Gardel. Allí, en su destino absoluto, se aseguró de que no dañará más la salud estética de la casa.

El argumento de mi padre era tajante: esas cosas no eran arte ni lo representaban. Se reconoce el gusto de una persona por el tipo de cuadros que cuelga en las paredes. Para dar valor a lo absurdo estaban los museos y las anticuarias. Para él es imposible pensar que una lámina reproducida en serie, solo porque le pareciera a alguien, fuera una obra de arte. Una pared no merece ser hendida por un clavo si el colgajo es una baratija.

Cuento estas intimidades familiares porque fue lo primero que me vino a la mente en una charla de café con un amigo. Pasamos de chismes cotidianos a lecturas en curso o al último capítulo de Los Simpson, y surgió la pregunta por los efectos de la sociedad de consumo en las dimensiones éticas y estéticas del arte. Salí al paso aclarando que la única dimensión de la que tengo referencia es La dimensión desconocida, esa serie de TV que vi de niño entre asombro y espanto. Mi contertulio me invitó a la gravedad del tema, y ​​no me quedó más remedio que arriesgarme. Así llegó lo de la familia.

Arriesgando una conjetura, diré que uno de esos efectos es haber convertido la obra de arte en artículo de consumo y la emoción en representación teatral. Ya no importa qué tan bueno sea quien canta, sino con quién se acuesta la cantante; la banalización de lo uno, convertida en diversa y justificada por la inclusión, el derecho, la libertad de pensar... y de obligar a otros a pensar igual.

Para darle un punto académico a esta disertación, se me antoja citar a José Luis Pardo en su ensayo:  Sobre los espacios pintar, escribir, pensar. Allí explora esos territorios oscuros donde ya no pasa nada: una lámpara nocturna que no se apaga para que el lector eventual halle la página donde su personaje preferido le siga llenando de emociones. Ahora, tanta luz eléctrica nos priva de ese feliz encuentro. Me pregunto si no es tan terrible ser un producto: el cine nos regaló a Chaplin, Cantinflas, Laurel y Hardy, y hasta El cuarto verde de Truffaut, con todos sus cameos posibles. Después de todo, no son solo productos —y sé que me contradigo—. Que podamos consumir arte en sus variadas manifestaciones contemporáneas no es tan malo; es solo un efecto. Si Shakespeare estuviera vivo, seguro trabajaría para Netflix, y Yago posaría para Christian Dior.

El asunto es que terminamos pensando en efectos como si fueran daños, en transgresiones. Eso reformula la idea: la sociedad de consumo permite la democracia de las posibilidades, un abanico que se abre hasta para el derecho al mal gusto. Llenar la casa de cuadros comprados en un andén —copias del original o bosquejos de aficionados—, tomar licor barato, escuchar a Juanes y llorar a pulmón «Ama la tierra en que naciste», y exaltar el «parce» como mantra paisa que nos singulariza.

Incluso en eso ordinario, que revela las fisuras del mundo posmoderno, asoman destellos de optimismo. Probablemente una emoción naciente atraviese La dimensión desconocida, y un niño cante ante el caos. Supongo que parafraseo a alguien: también heredé otros enseres de mi papá.

 En el umbral de lo cotidiano


Al final, el bodegón exiliado en el sótano y el «parce» entonado a grito pelado no son sino ecos de una misma herencia: la nuestra, mestiza y rebelde, donde el buen gusto de mi padre choca con la libertad vulgar del consumo. Como dice García Canclini, en América Latina el arte híbrido prospera en esas tensiones, entre lo sacro y lo callejero, lo original y la copia masiva. No hay dimensión desconocida que no sea, al cabo, la de nuestro propio hogar —un lugar donde el mal gusto, paradójicamente, nos hace humanos.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

DESENCANTO

  Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía...