viernes, 30 de octubre de 2026

ELOGIO DEL DAÑA PARCHES

 O de cómo la historia está llena de gente que llega cuando no la han invitado.

Justo cuando estaba a punto de darle el beso a la niña más bonita del colegio, después de haberlo pensado durante seis meses y haberlo sentido por más de diez años, cuando por fin las circunstancias parecían haberse puesto de acuerdo y mis labios estaban a escasos milímetros de alcanzar aquella conquista sentimental que justificaba buena parte de mi existencia adolescente, apareció el payaso del salón. No sé si por vocación, por envidia o por un compromiso moral con el sabotaje de la felicidad ajena, pero llegó. Y con él se acabó el romance. El primer beso de mi vida tuvo que esperar una nueva oportunidad, que seguramente también terminó frustrada por algún otro acontecimiento de menor importancia, pero de mayor eficacia.

En mi juventud conocí a varios de esos personajes. Los llamábamos daña parches. Eran una suerte de especialistas en llegar a destiempo, aunque sospecho que su mayor talento consistía precisamente en tener un reloj diferente al de los demás. Aparecían cuando alguien estaba contando una historia interesante, cuando dos personas estaban a punto de descubrir que se gustaban, cuando un amigo se disponía a demostrar sus habilidades extraordinarias o cuando, simplemente, se había conseguido establecer un momento de complicidad que no necesitaba de terceros. Entonces llegaba el personaje, soltaba un comentario fuera de lugar, hacía una gracia que nadie había pedido o encontraba la manera de trasladar hacia sí mismo toda la atención disponible.

Era una suerte de ladrón de momentos. Un pequeño tirano de la circunstancia.

Con los años fui abandonando la expresión. Quizás porque dejé de frecuentar aquellos escenarios juveniles o porque empecé a acumular otras juventudes, que es lo que sospecho que hacemos cuando crecemos. No estoy muy convencido de que envejezcamos en el sentido estricto de la palabra; más bien vamos acumulando edades, experiencias y versiones de nosotros mismos. El niño no desaparece, el adolescente tampoco. Se quedan por ahí, habitando el presente, con sus expectativas, sus temores y sus pequeñas revoluciones pendientes. Lo de ser adulto, en cambio, me parece un invento cultural bastante conveniente: alguien tenía que establecer una edad para comenzar a pagar impuestos, adquirir deudas, contratar seguros y empezar a preocuparse por la pensión. La adultez quizás sea esa institución que inventamos para convencernos de que hemos dejado de jugar, aunque seguimos jugando, sólo que ahora apostamos propiedades, reputaciones y afectos.

Lo curioso es que, aunque abandoné el término, los daña parches nunca desaparecieron.

Están por todas partes. Los hay de cuello blanco y de cuello almidonado; los hay de uniforme, de sotana, de corbata, de batola y de vestido militar. Los encontramos en los salones de clase, en las oficinas, en los círculos intelectuales, en las organizaciones sociales y, por supuesto, en la política. Los hay muy doctos, muy cultos, muy espirituales y hasta extraordinariamente bien intencionados. Algunos han hecho de la interrupción una profesión y otros han conseguido convertirla en una forma de gobierno.

Porque parece que la competencia humana no se limita al agua, al oro, al territorio o a los recursos naturales. También competimos por la atención, por el reconocimiento, por el afecto y, sobre todo, por la vanidad. Hay una economía invisible del ego en la que todos pretendemos recibir una porción mayor de admiración de la que estamos dispuestos a conceder. Y en esa economía, el daña parches suele aparecer cuando alguien está a punto de conseguir algo, cuando una persona ha trabajado lo suficiente para alcanzar un propósito o cuando una relación empieza a construir un espacio propio. Entonces interviene, descalifica, ridiculiza, distrae, desacredita o sencillamente se atraviesa. No siempre destruye lo conseguido; a veces basta con impedir que suceda.

La historia, por cierto, está llena de estos personajes.

Si uno quisiera buscarle antepasados ilustres al daña parches, podría comenzar por Bruto, aquel romano que participó en el asesinato de Julio César. No fue precisamente un invitado inoportuno a una fiesta escolar, pero sí alguien que interrumpió de manera definitiva el proyecto de un hombre que había acumulado demasiado poder. Shakespeare lo convirtió en uno de los protagonistas de su tragedia y consiguió que la historia de una conspiración política terminara convertida también en una pregunta sobre la amistad, la lealtad y la traición. César pudo haber pensado que Bruto le había dañado el parche; Roma, por su parte, tendría que enfrentarse a las consecuencias de aquella interrupción.

También está Judas, cuyo nombre ha terminado convertido en sinónimo universal de traición. En la tradición cristiana, su intervención es inseparable de la historia de la crucifixión. Sin Judas no habría sucedido aquella entrega en los términos en que la conocemos, aunque eso no significa que debamos agradecerle el acontecimiento ni absolverlo de sus actos. Lo interesante es advertir cómo, en ocasiones, el personaje que interrumpe una historia termina ocupando un lugar indispensable en la manera como esa historia será recordada.

Y aquí aparece una curiosa paradoja: algunos de quienes han pasado a la historia como traidores, adversarios o conspiradores terminaron siendo recordados no solamente por aquello que destruyeron, sino por las transformaciones que sus intervenciones desencadenaron. El asesinato de César, por ejemplo, no restauró la república romana que sus conspiradores decían defender; abrió el camino a nuevas disputas por el poder y a una transformación política de enormes consecuencias. La historia tiene esa extraña capacidad de convertir una interrupción en un acontecimiento fundacional.

Quizás por eso el daña parches histórico tiene una particularidad: no siempre se limita a estropear el acontecimiento. En ocasiones lo transforma en otra cosa. Lo que comenzó como una interrupción termina convertido en un punto de inflexión. La memoria histórica, que suele ser bastante más generosa con las consecuencias que con las intenciones, termina otorgándole un lugar central a quien originalmente sólo parecía estar arruinando la fiesta.

Quizás alguien, en algún momento, los llamó pinches tiranos. Otros los han identificado con los avatares, esos personajes que aparecen en determinados momentos para poner a prueba la conciencia y las certezas de quienes transitan un camino espiritual. Y también están los arquetipos del traidor, del adversario, del impostor y del tentador, figuras que atraviesan mitologías, religiones y relatos de distintas culturas. Cambian los nombres, los vestuarios y las circunstancias, pero la función narrativa parece conservarse: alguien aparece para impedir que el protagonista continúe tranquilamente con su propósito.

Carlos Castaneda, en Las enseñanzas de don Juan, recoge la figura del pinche tirano, ese personaje que, desde una posición de poder o de hostilidad, obliga al aprendiz a poner a prueba su impecabilidad y su dominio de sí mismo. La provocación deja de ser solamente una molestia y se convierte en una oportunidad para el ejercicio de la conciencia. Es una manera interesante de mirar al daña parches: quizás no todos llegan para destruirnos; algunos terminan revelándonos cuánto dependemos de que las cosas sucedan exactamente como las habíamos imaginado.

Aunque tampoco quisiera exagerar las virtudes de semejantes personajes. Una cosa es reconocer que una dificultad puede enseñarnos algo y otra muy distinta es convertir a todos los abusadores, oportunistas y saboteadores en maestros espirituales. No vaya a ser que terminemos agradeciéndole al ladrón porque nos permitió descubrir que teníamos capacidad de perdonar, mientras él sigue llevándose los muebles.

En mi pueblo, por cierto, existe otra categoría que guarda cierto parentesco con el daña parches: el pato. No sé si se trata de una categoría sociológica formal, pero sí de una clasificación popular bastante eficaz. El pato no necesariamente interrumpe algo importante; a veces simplemente está ahí, sin oficio conocido, sin propósito aparente y con una capacidad admirable para incomodar. Es una especie de presencia ornamental del desorden. El daña parches, en cambio, necesita que algo esté ocurriendo para intervenir. Uno puede ser ocioso por naturaleza; el otro requiere de una circunstancia ajena para ejercer su vocación.

Y aquí aparece una posibilidad que me resulta todavía más interesante. Quizás el daña parches no sea exclusivamente una persona, sino también una circunstancia, una estructura o una época. Zygmunt Bauman, cuando habla de la modernidad líquida, describe una sociedad en la que los vínculos, las certezas y las instituciones pierden estabilidad, mientras la velocidad y la transitoriedad parecen imponerse sobre la permanencia. No diría que Bauman se ocupó del daña parches, pero su reflexión permite establecer una asociación: vivimos rodeados de interrupciones, de estímulos que reclaman nuestra atención y de novedades que llegan antes de que hayamos terminado de comprender las anteriores.

Quizás hemos construido una civilización que ya no necesita personajes especializados en dañar los parches, porque ha convertido la interrupción en una condición permanente. Apenas comenzamos a leer, aparece una notificación; cuando estamos conversando, alguien consulta una pantalla; cuando una idea empieza a tomar forma, otra llega a reclamar su lugar. No terminamos de habitar una experiencia cuando ya estamos buscando la siguiente. El daña parches contemporáneo no necesita entrar por la puerta: tiene conexión a internet y está permanentemente invitado.

Pero quisiera regresar al principio, a aquella niña del colegio y al beso que nunca ocurrió en el momento previsto. Porque sospecho que allí está escondida una cuestión menos anecdótica de lo que parece.

Octavio Paz, en La llama doble, reflexiona sobre el amor, el erotismo y la manera como el encuentro entre dos personas abre un espacio distinto al de la individualidad. Un beso puede parecer un gesto insignificante para quien lo observa desde afuera, pero para quienes lo protagonizan puede representar el nacimiento de un mundo. Dos universos que hasta entonces habían permanecido separados encuentran, por un instante, una forma de comunicación que no necesita demasiadas explicaciones. Y quizás el daña parches, consciente o inconscientemente, lo que hace es impedir ese encuentro. No deja que dos labios dejen de ser dos labios para convertirse en un beso; no permite que una conversación llegue a su revelación, que una amistad alcance su complicidad o que una idea encuentre finalmente su forma. Interrumpe el nacimiento de algo.

Y tal vez por eso sea tan interesante preguntarnos por el papel que desempeñamos en estas pequeñas tragedias cotidianas. Porque uno suele recordar con facilidad a quienes le dañaron el parche, pero tiene bastante más dificultad para reconocer las ocasiones en que ha sido uno mismo quien llegó a estropear el momento de alguien. A veces somos el personaje inoportuno en la historia de otro, aunque en la nuestra nos reservemos siempre el papel de protagonista incomprendido.

Quizás hemos sido el Judas de alguien, el Bruto de alguna amistad, el pequeño tirano de una conversación o el inoportuno que llegó justo cuando dos personas estaban a punto de descubrir algo extraordinario. Y quizás también hemos sido víctimas de quienes, por vanidad, inseguridad o simple incapacidad de soportar la felicidad ajena, han necesitado atravesarse en nuestros caminos.

No sé si puede existir un protagonista sin un antagonista, ni si toda transformación necesita de una interrupción. Tampoco sé si el daña parches cumple una función necesaria o si simplemente es una de esas imperfecciones que la vida se empeña en distribuir equitativamente.

Lo que sí me parece curioso es que solemos organizar estas historias desde una perspectiva demasiado cómoda: alguien daña el parche y alguien lo padece. Uno es el tigre y el otro el ratón; uno es el victimario y el otro la víctima. Pero ¿qué sucede si por un momento abandonamos esa distribución de papeles? ¿Si dejamos de preguntarnos quién tenía la razón y comenzamos a observar qué estaba sucediendo entre ambos? ¿Qué necesidad, qué miedo, qué vanidad o qué expectativa hizo necesaria esa interrupción?

A lo mejor el daña parches no es solamente quien impide que algo suceda. También puede ser quien nos obliga a descubrir qué tan importante era aquello que estábamos intentando construir.

Aunque, para ser sincero, sigo pensando que el payaso de mi colegio pudo haberse esperado cinco minutos.

Porque una cosa es contribuir a la transformación de la historia y otra muy distinta es impedirle a uno su primer beso.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


EL OFICIO DE SER ALGUIEN

 


En alguna ocasión, compartiendo con algunos conocidos agentes de policía, mientras estábamos entre chistes y camaradería, sonó una explosión afuera del recinto. Uno de ellos saltó de su asiento y gritó: «¡Ay, mamá!». Se trataba de una papeleta, como llamamos en mi pueblo a ciertos artefactos de pólvora que, por  días navideños, suelen encender los niños en las calles y provocar más de un sobresalto entre los desprevenidos.

La reacción del agente fue motivo de burlas durante el resto de la jornada. Los demás aprovecharon el episodio para recordarle, cada vez que podían, que un policía no debería mantener la calma y no reaccionar de esa manera ante una explosión. Supongo que todavía, al sol de hoy, alguno de ellos sigue evocando aquel memorable «¡Ay, mamá!» como prueba irrefutable de su falta de arrojo.

Tiempo después —porque las reflexiones, por lo general, suelen llegar tarde, cuando el acontecimiento ya ha perdido su estruendo y uno puede escucharlo desde la tranquilidad del pensamiento—, me detuve a considerar que el hecho de ser policía no le otorgaba a aquel hombre ninguna obligación de ser indiferente ante una explosión. Su oficio lo exponía, seguramente, a situaciones en las que debía escuchar detonaciones, enfrentamientos y toda suerte de manifestaciones de la violencia, pero eso no significaba que tuviera que renunciar a su condición de ser humano.

Uno podría pensar que quien representa la ley, la autoridad y la fuerza, quien eventualmente debe ejercer la represión o enfrentarse a la guerra, tendría que desarrollar una suerte de inmunidad emocional frente al estruendo. Pero resulta que el uniforme no viene acompañado de una modificación de la naturaleza humana. El rango no cancela el miedo, la autoridad no suprime la vulnerabilidad y el entrenamiento no consigue que se deje de necesitar, cuando las circunstancias lo ameritan, los brazos de mamá.

Y es que no hay profesión, título ni fuero que nos libre de las contingencias fundamentales de la existencia. Podemos adquirir destrezas, acumular conocimientos, desarrollar habilidades extraordinarias y hasta convertirnos en referentes de alguna disciplina, pero seguimos siendo esos mismos individuos expuestos al miedo, a la incertidumbre, al dolor y a la muerte.

La situación, por supuesto, no se limita a los policías. También he encontrado sacerdotes que le temen a la muerte y que, pese a haber estudiado las posibilidades teológicas del cielo y del infierno, no parecen tener demasiada certeza sobre cuál de los dos les espera. Los he visto persignarse cuando cae un rayo, como si aquel gesto apotropaico, heredado de antiguas formas de protección contra lo desconocido, pudiera resguardarlos de la descarga eléctrica que, desde alguna nube, parece lanzar Santa Bárbara o algún Zeus malhumorado.

Resulta curioso que quienes han dedicado buena parte de su vida a estudiar la voluntad divina también experimenten sobresaltos ante sus manifestaciones meteorológicas. Quizás porque una cosa es estudiar a Dios y otra muy distinta tener la certeza de conocerlo. Y porque, después de todo, una cosa es predicar sobre la eternidad y otra bastante diferente enfrentarse a la posibilidad de abandonarla.

También están los médicos. Personas que, por su formación, conocen los mecanismos del organismo humano, las relaciones entre los procesos químicos, las funciones celulares, las patologías y las múltiples circunstancias que intervienen en el deterioro del cuerpo. Saben que la salud no depende exclusivamente de una fórmula farmacológica, sino que es el resultado de una compleja interacción entre la genética, los hábitos, la alimentación, el entorno, las condiciones laborales y hasta las formas en que cada individuo decide entretenerse. Conocen los síntomas, identifican las enfermedades, reconocen sus posibles desenlaces y, en ocasiones, pueden anticipar con notable precisión el comportamiento de una patología.

Sin embargo, también he visto médicos creer en milagros. Algunos, incluso, han participado en la certificación de acontecimientos considerados inexplicables para contribuir a los procesos de canonización. Es decir, que la ciencia, representada por quienes han dedicado su vida a comprender el funcionamiento del cuerpo, termina ocasionalmente sentándose a la mesa con aquello que escapa a sus explicaciones.

No encuentro necesariamente una contradicción en ello. Quizás el asunto sea más interesante de lo que parece: el conocimiento científico puede explicar una enorme cantidad de fenómenos, pero no consigue eliminar de nosotros la necesidad de encontrar sentido allí donde sus explicaciones terminan. El médico conoce la mortalidad desde una perspectiva profesional, pero también la padece desde una perspectiva humana. Cada cuerpo que intenta salvar le recuerda, de alguna manera, que el suyo también está sujeto a las mismas leyes.

Y es que la muerte tiene esa curiosa particularidad de no reconocer credenciales. No distingue entre quien ha estudiado medicina y quien apenas sabe nombrar sus dolencias; entre quien ha dedicado su vida a interpretar las escrituras y quien jamás ha abierto una Biblia; entre quien porta un uniforme y quien no tiene más defensa que sus propios temores. Ante ella, las jerarquías pierden buena parte de su significado.

Quizás por eso necesitamos tantas explicaciones, tantos rituales y tantas formas de protección. La superstición, la fe, la ciencia y hasta el humor parecen ser distintas maneras de negociar con aquello que no podemos controlar. No necesariamente porque ignoremos cómo funciona el mundo, sino porque saber cómo funciona no siempre nos proporciona la tranquilidad necesaria para habitarlo.

Esta reflexión me lleva, en esta mañana de lluvia, hacia otros abismos, quizás más complejos, de nuestra condición humana. Me refiero a esa insistencia por llegar a ser alguien. A esa promesa que hacemos desde pequeños a nuestros padres, a nuestros familiares y, en ocasiones, a nosotros mismos: algún día seremos alguien importante, tendremos una profesión, un título, un cargo, una posición desde la cual podamos demostrar que hemos conseguido algo en la vida.

Crecemos con esa especie de mandato incorporado. Hay que estudiar para ser alguien, trabajar para ser alguien, conseguir un título para ser alguien. Como si antes de alcanzar esos reconocimientos hubiésemos sido apenas una versión incompleta de nosotros mismos, una suerte de proyecto humano pendiente de aprobación.

Y así vamos construyendo nuestra identidad sobre una colección de atributos que, aunque pueden ser valiosos y necesarios, terminan por confundirse con nuestra propia existencia. El título universitario, el uniforme, la sotana, el consultorio, el despacho, el reconocimiento público o la autoridad que otros nos conceden empiezan a funcionar como una extensión de lo que creemos ser. Nos acostumbramos tanto a ocupar un lugar en el mundo que terminamos creyendo que ese lugar nos pertenece por naturaleza.

Quizás allí se encuentre una de nuestras mayores confusiones: creer que llegar a ser alguien significa dejar de ser vulnerables. Que el conocimiento nos hará invulnerables a la incertidumbre, que el poder nos protegerá del miedo, que la experiencia nos librará de la ingenuidad o que el reconocimiento social nos permitirá escapar de las mismas angustias que acompañan a cualquier otro individuo.

Pero basta una explosión inesperada para que el policía vuelva a ser el niño que busca a su madre; un trueno para que el sacerdote recuerde que también tiene miedo; una enfermedad para que el médico abandone por un instante la autoridad de su diagnóstico y se convierta en un paciente que espera una buena noticia.

Quizás no se trate de renunciar a los oficios, a los títulos ni a las aspiraciones. Tampoco de menospreciar el conocimiento o las conquistas personales. Se trata, más bien, de no confundir lo que hacemos con lo que somos, ni el lugar que ocupamos con la totalidad de nuestra existencia.

Porque, después de tanto esfuerzo por llegar a ser alguien, puede que la vida termine enseñándonos que nunca dejamos de ser aquel individuo elemental que se asombra, que duda, que teme, que cree, que necesita afecto y que, de vez en cuando, ante una explosión inesperada, no encuentra una respuesta más inteligente que gritar:

¡Ay, mamá!

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


martes, 20 de octubre de 2026

LAS PUERTAS QUE NO ABRIMOS

 

LAS PUERTAS QUE NO ABRIMOS


Por Carlos Andrés Restrepo Espinosa



Antes de abrir la puerta

Lo que sigue no pretende ser un tratado sobre William Blake, Aldous Huxley o las teorías que han intentado explicar los límites de nuestra percepción. Es, más bien, una reflexión personal que encuentra en sus ideas un punto de partida para pensar una inquietud propia: ¿qué ha sucedido con nuestra manera de mirar el mundo desde que comenzamos a sustituir las puertas por ventanas?

No busco explicar lo que otros ya han dicho ni atribuirme descubrimientos ajenos. Me interesa establecer un diálogo íntimo con algunas de esas ideas para aventurar una comparación que, aunque sencilla en apariencia, me resulta cada vez más inquietante: las puertas de la percepción, como posibilidad de abrirnos a la vastedad de lo existente, frente a las ventanas de la imprecisión, esos marcos desde los cuales creemos contemplar el mundo mientras apenas recibimos fragmentos de él.

Pienso, particularmente, en esa ventana artificial que llevamos en el bolsillo, capaz de acercarnos a lugares remotos y, al mismo tiempo, de distorsionar nuestra relación con lo inmediato. Una ventana que no solo nos permite mirar, sino que también interviene en aquello que vemos, en cómo lo interpretamos y en lo que terminamos aceptando como realidad.

Quizá la imprecisión no resida únicamente en la imagen que recibimos, sino en la confianza con que confundimos esa imagen con el mundo. De ahí nace esta disertación: de la sospecha de que, mientras multiplicamos las ventanas desde las cuales observamos la existencia, podríamos estar perdiendo el deseo, la curiosidad o el valor de abrir las puertas que nos permitirían entrar en ella.

Estas páginas son, por tanto, una invitación a pensar desde esa paradoja. No para ofrecer respuestas definitivas ni clausurar una discusión que apenas comienza, sino para compartir una pregunta que me acompaña: ¿estamos ampliando nuestra percepción del mundo o aprendiendo a conformarnos con la imprecisión de sus reflejos?

William Blake, Aldous Huxley y la ventana oscura de nuestro tiempo

William Blake nos dejó una invitación que todavía hoy parece escrita en los muros de una casa abandonada, esperando que alguien se detenga a leerla: abrir las puertas de la percepción para que las cosas se nos revelen tal como son, infinitas. La frase contiene una promesa y también una amenaza. Porque abrir las puertas significa aceptar que el mundo entre, y el mundo, cuando entra sin pedir permiso, no siempre trae buenas noticias.

Quizás por eso ganó la ventana.

La puerta exige una decisión. Hay que acercarse, buscar la llave, girar el picaporte y aceptar las consecuencias. Detrás de ella está la calle, con sus olores, sus sobresaltos, sus conversaciones inoportunas, los perros que ladran, los vendedores ambulantes y sus desconocidos que cargan historias de las que nada sabemos. Abrir la puerta significa exponerse a la totalidad de lo que existe, incluso a aquello que preferiríamos no haber encontrado nunca. La puerta no selecciona lo que deja pasar: una vez abierta, el mundo reclama su derecho a entrar.

La ventana, en cambio, es más discreta. Nos permite mirar sin comprometernos demasiado, contemplar la lluvia sin mojarnos y asistir a las tragedias del mundo sin abandonar la comodidad del sofá. Por ella entra el sol en delgados rayos que apenas alcanzan a iluminar el polvo suspendido en el aire; una brisa tímida, el voceo de un vendedor, el rumor lejano de un motor o el canto de un pájaro que, por un instante, nos recuerda que todavía existe algo que no necesita anunciarse para existir.

Nada atraviesa por completo la ventana. Todo llega fragmentado, convertido en una pequeña porción de aquello que afuera sucede. Y acaso esa sea su mayor virtud, pero también su más peligrosa trampa: nos permite creer que conocemos el mundo porque hemos conseguido verlo sin tener que padecerlo.

Blake, sin embargo, parecía sospechar que el problema no estaba únicamente en lo que veíamos, sino en la manera en que habíamos aprendido a mirar. En El matrimonio del cielo y el infierno, escrito a finales del siglo XVIII, dejó aquella célebre sentencia según la cual, si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo se nos aparecería tal como es: infinito. No se trataba simplemente de ver más cosas, sino de desmontar los límites que nuestra costumbre, nuestros prejuicios y nuestras certezas habían impuesto a la experiencia.

Décadas después, Aldous Huxley recuperaría esa imagen para titular Las puertas de la percepción (1954), un libro en el que exploró las transformaciones de la conciencia y la posibilidad de percibir la realidad más allá de los filtros habituales de la mente. Huxley recurrió a la metáfora de una válvula reductora: el cerebro, en lugar de permitir que toda la riqueza de la experiencia llegue a la conciencia, seleccionaría y limitaría aquello que podemos atender en cada momento.

La idea resulta inquietante porque nos obliga a reconocer que nunca recibimos el mundo de manera completamente transparente. Percibimos desde nuestros hábitos, nuestra memoria, nuestras necesidades y las categorías con las que hemos aprendido a ordenar lo existente. No vemos solamente lo que está afuera; vemos también desde aquello en lo que nos hemos convertido.

Pero si nuestra percepción ya está sometida a filtros, ¿qué ocurre cuando, además, entregamos a otros la tarea de seleccionar lo que vemos?

Quizá ahí comience la historia de nuestra ventana.

Porque la invitación de Blake era abrir las puertas, mientras que nosotros hemos terminado por instalar ventanas cada vez más sofisticadas. Y no cualquier ventana: una que llevamos en el bolsillo, que cabe en la palma de la mano y que, bajo la promesa de conectarnos con el universo, nos devuelve una versión cuidadosamente fragmentada de él. Esa ventana que llamamos Windows.

No deja de ser una ironía digna de los mejores humoristas que una de las grandes ventanas de nuestra época lleve precisamente ese nombre. Una ventana que ya no necesita paredes ni marcos de madera, que se abre sobre un escritorio o en la pantalla de un teléfono y que promete acercarnos al mundo entero sin que tengamos que abandonar nuestra habitación.

Basta un movimiento del dedo para que aparezcan guerras, amores, catástrofes, recetas de cocina, animales haciendo piruetas, políticos haciendo lo de siempre y desconocidos que nos muestran con entusiasmo lo felices que son. Todo está allí, a la distancia de un clic. Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan expuestos a las imágenes del mundo ni había resultado tan fácil confundir esa exposición con el conocimiento.

La ventana digital no elimina los filtros de la percepción: instala otros. No abre necesariamente nuestros sentidos a la infinitud de la experiencia, sino que introduce un nuevo intermediario entre nosotros y aquello que pretendemos conocer. Decide qué aparece primero, qué merece nuestra atención, qué noticia desplaza a la anterior y qué imagen debe repetirse hasta convertirse en una certeza. El mundo no desaparece detrás de la pantalla; lo que cambia es la manera en que llega hasta nosotros.

La paradoja es que esa ventana parece ofrecernos justamente aquello que Blake reclamaba: una ampliación de nuestras posibilidades de ver. Podemos contemplar territorios remotos, escuchar músicas desconocidas, acceder a libros que antes no estaban a nuestro alcance y conversar con personas a quienes probablemente nunca conoceríamos. La tecnología puede ensanchar el horizonte y abrir caminos insospechados para la imaginación.

Pero una ventana no es el paisaje. Y disponer de todas las ventanas del mundo no garantiza que alguna de ellas nos permita comprenderlo.

El problema aparece cuando dejamos de reconocer el marco. Cuando olvidamos que detrás de cada imagen hay una selección, detrás de cada relato una perspectiva y detrás de cada plataforma una arquitectura que organiza nuestra atención. Entonces la ventana deja de ser una herramienta que utilizamos para mirar y comienza a convertirse en el lugar desde el cual aprendemos qué merece ser mirado.

Ya no contemplamos el mundo a través de ella: comenzamos a contemplarlo según ella y esa diferencia, que parece pequeña, puede cambiarlo todo.

Huxley nos ayuda a entender que la percepción ordinaria no es una reproducción completa de la realidad, sino una selección que hace posible nuestra vida cotidiana. No podemos atender a todo al mismo tiempo. Necesitamos filtros para orientarnos en medio de la abundancia de estímulos. Pero hay una diferencia fundamental entre reconocer que nuestra mente selecciona y permitir que un sistema externo, guiado por intereses que no siempre conocemos, organice de manera persistente aquello a lo que prestamos atención.

Una cosa es que nuestra conciencia no pueda abarcarlo todo. Otra, muy distinta, es que alguien encuentre en esa limitación una oportunidad para administrar nuestra mirada.

La ventana digital aprovecha esa necesidad de seleccionar, pero también puede intensificarla. Nos entrega pequeñas dosis de realidad, calculadas para retenernos un poco más. Nos muestra aquello que parece interesarnos, nos devuelve nuestras propias opiniones con la apariencia de un descubrimiento y, cuando nos descuidamos, termina por enseñarnos no necesariamente lo que necesitamos saber, sino aquello que consigue mantenernos mirando.

De este modo, la ventana no solo filtra el mundo: participa en la fabricación de nuestra idea del mundo.

Y quizá la forma más eficaz de esa operación sea que apenas la advertimos, creemos elegir libremente aquello que vemos, aunque nuestras elecciones ocurran dentro de un paisaje previamente organizado. Creemos explorar el universo, aunque muchas veces recorramos una y otra vez los mismos pasillos, visitando habitaciones distintas de una misma casa. La ventana nos ofrece la ilusión de la infinitud mientras administra nuestros recorridos por ella.

Lo que comenzó como una promesa de expansión puede terminar convertido en una forma de encierro. No porque la pantalla tenga la capacidad mágica de dominarnos, sino porque nuestra disposición a permanecer frente a ella puede reducir progresivamente el espacio que concedemos a otras formas de conocer: la conversación, el silencio, el contacto con los objetos, la experiencia corporal y la posibilidad de encontrarnos con aquello que no habíamos previsto.

Y entonces aparece una segunda ironía: mientras la ventana nos permite contemplar una cantidad extraordinaria de acontecimientos, puede disminuir nuestra disposición a participar en ellos.

Miramos la guerra, pero no sentimos el polvo que levantan las botas. Contemplamos el bosque en alta resolución, pero no sabemos reconocer el olor de la tierra húmeda. Escuchamos miles de canciones, pero quizá no nos detenemos a escuchar el canto del pájaro que acaba de posarse en el alero. Vemos las manifestaciones de la alegría y del dolor convertidas en imágenes que pasan ante nuestros ojos, mientras la vida inmediata reclama una atención que no siempre estamos dispuestos a concederle. La ventana nos aproxima a lo distante y, a veces, nos distancia de lo próximo.

No es que las imágenes sean falsas por el simple hecho de estar mediadas, tampoco significa que la experiencia directa garantice siempre una comprensión más profunda. Una fotografía puede revelar aquello que el ojo distraído no alcanza a percibir, y una pantalla puede ponernos en contacto con realidades que de otro modo permanecerían ocultas. El peligro aparece cuando la representación deja de acompañar la experiencia y comienza a sustituirla; cuando creemos que haber visto equivale a haber comprendido, que haber reaccionado con un comentario equivale a haber pensado y que haber compartido una imagen en las redes sociales significa haber asumido alguna responsabilidad frente a lo que representa.

Mientras tanto, la puerta continúa cerrada.

Y no deja de ser curioso que, para mantenernos al tanto de todo lo que ocurre afuera, hayamos terminado por necesitar una ventana que nunca descansa. Una ventana que nos acompaña a la mesa, al dormitorio, al baño, al transporte público y hasta a esos breves momentos en los que antes no teníamos más remedio que estar a solas con nosotros mismos.

La hemos convertido en una extensión de la mirada y, poco a poco, también en una prolongación de la intimidad. Mientras miramos hacia afuera, algo mira hacia adentro. La pantalla recoge nuestras búsquedas, nuestros hábitos, nuestras preferencias, nuestros temores y hasta esas pequeñas debilidades que procuramos esconder de nosotros mismos. La intimidad, que durante siglos fue un territorio protegido por paredes, cortinas y silencios, se convierte ahora en una colección de datos susceptible de ser examinada, clasificada y utilizada para anticipar nuestras decisiones.

Creemos haber abierto una ventana al mundo, pero quizá también hemos dejado una puerta entreabierta en nuestra propia casa. Lo más curioso es que no parece preocuparnos demasiado. Nos hemos acostumbrado a vivir bajo la mirada de un ojo invisible, una especie de huésped que nunca duerme, que conoce nuestras rutinas y que, sin haber sido invitado a cenar, sabe a qué hora abrimos la nevera, qué música escuchamos cuando estamos tristes y qué clase de noticias consiguen alterarnos el pulso.

Hemos cambiado la antigua vigilancia del vecino que se asomaba detrás de la cortina por una vigilancia mucho más eficiente: aquella a la que nosotros mismos le entregamos las llaves.

La ventana es ahora también un espejo. Un Black Mirror que nos devuelve una imagen inquietante de aquello en lo que nos estamos convirtiendo. No necesariamente porque la tecnología sea malvada, como si detrás de cada dispositivo se escondiera un demonio con intenciones perversas, sino porque en ella se amplifican nuestros deseos, nuestros miedos y nuestra disposición a renunciar a ciertas libertades a cambio de pequeñas comodidades.

Ese espejo no inventa el rostro que refleja. Apenas lo devuelve, a veces con una nitidez que preferiríamos evitar.

Quizá lo verdaderamente perturbador no sea que alguien pueda manipular nuestra imaginación, sino que hayamos comenzado a entregársela voluntariamente. Que la manía infantil de preguntar, esa curiosidad que alguna vez nos hizo desarmar juguetes para descubrir qué escondían por dentro, esté siendo sustituida por la necesidad de obtener respuestas inmediatas. Que ya no queramos demorarnos en una pregunta, sino resolverla cuanto antes para pasar a la siguiente distracción.

La imaginación necesita espacio, pero las pantallas parecen empeñadas en ocuparlo todo. El silencio necesita tiempo, pero siempre hay un sonido dispuesto a interrumpirlo. La libertad necesita la posibilidad de detenerse, dudar y elegir, pero nosotros hemos terminado por llamar libertad a la infinita disponibilidad de opciones que otros han organizado para nosotros.

Y en ese punto, la preocupación de Huxley adquiere una resonancia inesperada. En Un mundo feliz, su novela de 1932, el control social no depende únicamente de la prohibición y el castigo. También puede sostenerse mediante el placer, el entretenimiento y la satisfacción inmediata. Los individuos no necesitan sentirse encerrados si encuentran suficientes motivos para no desear salir.

La comparación no implica que una pantalla sea el soma de Huxley ni que toda forma de entretenimiento esconda una conspiración. La cuestión es más sutil y, por eso mismo, más inquietante: ¿qué ocurre cuando la distracción se vuelve permanente y la comodidad termina por parecernos más deseable que la libertad de enfrentarnos a aquello que nos incomoda?

Tal vez el encierro más eficaz no sea aquel que nos impide salir, sino aquel que consigue que olvidemos por qué querríamos hacerlo.

En ese caso, la ventana oscura no necesita cerrarse. Puede permanecer abierta durante las veinticuatro horas del día, mostrándonos un universo inagotable, mientras nosotros vamos perdiendo la costumbre de cruzar el umbral. La promesa de acceso ilimitado se convierte, paradójicamente, en una forma de inmovilidad. Siempre hay algo más que mirar, algo más que escuchar, algo más que comentar. Nunca terminamos de consumir el mundo que nos ofrecen y, por tanto, nunca parece llegar el momento de salir a encontrarnos con el mundo que tenemos delante.

Pero afuera, el mundo continúa sucediendo.

La calle sigue siendo ese lugar incómodo donde las cosas no siempre obedecen a nuestras expectativas. Allí los objetos conservan las huellas de quienes los hicieron, los usaron y los transformaron. Una silla no es solamente una silla: es también la memoria del árbol del que provino, el oficio de quien la construyó, el cuerpo que descansó sobre ella y las conversaciones que alguna vez sostuvo alrededor de una mesa. Un camino no es únicamente una superficie que permite desplazarse: es el rastro de quienes lo abrieron cuando todavía no existía, de quienes se atrevieron a caminar sin garantías y de quienes, al hacerlo, modificaron el paisaje para los que vendrían después.

El mundo material guarda una memoria que no siempre sabemos leer. Para reconocerla es necesario abandonar, aunque sea por un momento, la distancia segura desde la que observamos las cosas y entrar en relación con ellas. Tocar, escuchar, preguntar, equivocarse. Permitir que la experiencia nos contradiga.

Quizá eso significaba, en el fondo, abrir las puertas de la percepción: no conseguir una visión extraordinaria del mundo, sino abandonar la comodidad de nuestras visiones ordinarias. Descubrir que lo familiar puede ser extraño, que aquello que damos por sentado está lleno de preguntas y que la realidad no se agota en la imagen que tenemos de ella.

Blake nos invitaba a sospechar de los límites de nuestra percepción. Huxley nos recordó que esos límites pueden ser más estrechos de lo que suponemos. Nuestra época añade una pregunta que ninguno de los dos pudo formular en los términos actuales: ¿qué sucede cuando los filtros que organizan nuestra mirada dejan de ser solamente los de nuestra propia conciencia y pasan a estar mediados, cada vez más, por sistemas que compiten por nuestra atención?

Quizá la respuesta no consista en intentar percibirlo todo. Ni siquiera sería posible. Necesitamos seleccionar, interpretar, olvidar y detenernos. El asunto es quién participa en esa selección, con qué propósitos y hasta qué punto conservamos la capacidad de reconocer y cuestionarla.

No se trata de recuperar una percepción absolutamente pura, como si pudiéramos despojarnos de nuestra historia y mirar el mundo desde ningún lugar. Se trata de no confundir los marcos que organizan nuestra mirada con la totalidad de lo existente. De recordar que la ventana es apenas una abertura y que ningún paisaje, por extraordinario que sea, cabe por completo en ella.

Existen hombres y mujeres que no se conformaron con mirar por la ventana. Algunos abrieron las puertas; otros, sencillamente, las derribaron. Se atrevieron a poner en duda las verdades heredadas, a desafiar los límites de su época y a imaginar formas distintas de habitar el mundo. No todos fueron sabios, ni todos estuvieron en lo cierto. Muchos pagaron un precio por su atrevimiento; otros terminaron construyendo nuevas puertas para que nadie pudiera entrar sin su permiso. Porque la historia también está llena de libertadores que, una vez instalados en el poder, descubrieron las ventajas de cerrar con llave.

Sin embargo, algo de su gesto permanece. Cada vez que alguien se atreve a preguntar por qué las cosas son como son, cada vez que una persona desconfía de una respuesta demasiado cómoda o se niega a aceptar que el mundo termina donde comienza la pantalla, vuelve a abrirse una pequeña grieta en el muro.

No necesitamos convertirnos en enemigos de la tecnología ni salir a lanzar teléfonos contra los muros para recuperar el derecho a mirar. Sería una solución demasiado sencilla para un problema tan antiguo como la tentación humana de delegar en otros el esfuerzo de pensar. Tal vez se trate, más bien, de aprender a reconocer la diferencia entre una herramienta que amplía nuestras posibilidades y una que termina por decidir cuáles de ellas debemos ejercer.

La cuestión no es si debemos abandonar las ventanas, sino si todavía somos capaces de encontrar las puertas.

¿Dónde está la puerta? ¿Dónde hemos dejado la llave? ¿En qué momento comenzamos a confundir el mundo con su representación y la experiencia con el relato que alguien nos entrega de ella?

Quizá la puerta esté allí donde termina la distracción y comienza la pregunta. En el libro que cerramos para conversar con alguien, en el paseo que emprendemos sin consultar el teléfono, en la mirada que sostenemos sin necesidad de registrarla, en la decisión de escuchar una historia completa sin apresurarnos a buscar otra. Tal vez esté en la plaza, en el bosque, en el aula, en la conversación con un desconocido o en ese silencio incómodo que aparece cuando apagamos todos los dispositivos y descubrimos que, de pronto, tenemos que hacernos compañía.

La llave, por su parte, quizá no sea un objeto perdido, sino una disposición del espíritu: la voluntad de recuperar nuestra curiosidad, de sospechar de lo que parece evidente y de aceptar que conocer el mundo implica exponernos a su incertidumbre. Abrir la puerta no garantiza encontrar la verdad, pero al menos nos devuelve la posibilidad de tropezar con algo que no estábamos buscando.

Y el camino para escapar de tanta distracción tal vez no consista en huir del mundo digital, sino en recuperar la capacidad de abandonarlo cuando sea necesario. En aprender a cerrar una ventana sin sentir que nos estamos perdiendo algo y a abrir una puerta sin exigirle al mundo que se parezca a nuestras expectativas.

Al fin y al cabo, las puertas están ahí. Seguimos teniendo algunas en nuestras casas, aunque muchas veces las usamos apenas para recibir un paquete o salir a comprar algo que vimos anunciado en la pantalla. Lo que quizá hemos perdido es el hábito de cruzarlas sin saber exactamente qué vamos a encontrar al otro lado.

Vuelvo entonces a Blake, a Huxley y a esa vieja aspiración de ensanchar los límites de la percepción. Pienso en la paradoja de una época que ha puesto el universo al alcance de los dedos, pero que parece necesitar cada vez más intermediarios para decirnos qué significa lo que vemos. Tenemos acceso a una cantidad de información que habría resultado inimaginable para nuestros antepasados y, sin embargo, la abundancia no nos ha librado de la ceguera. A veces, incluso, parece alimentarla.

Quizá la tarea de nuestro tiempo no consista en abrir más ventanas, sino en aprender a mirar sus marcos. En preguntarnos quién los construyó, qué dejan por fuera y por qué hemos llegado a sentirnos tan cómodos mirando el mundo desde ellos.

Porque la ventana digital puede ser transparente en apariencia y oscura en sus consecuencias: no necesariamente por lo que oculta, sino por la facilidad con que nos hace olvidar que estamos mirando a través de algo. Su mayor triunfo sería conseguir que ya no distinguiéramos entre la realidad y la versión de la realidad que nos ofrece; que termináramos habitando el marco sin recordar el paisaje.

Entonces regreso a la pregunta inicial: ¿dónde está la puerta?

Quizá no se encuentre en algún lugar remoto ni detrás de una tecnología más avanzada. Quizá esté justo ahí, al alcance de nuestra mano, en el instante en que dejamos de deslizar el dedo sobre el cristal, levantamos la mirada y advertimos que el mundo no ha dejado de existir fuera de la pantalla.

Afuera alguien canta, un pájaro cruza el cielo, un desconocido camina con sus propias preguntas y el viento mueve las hojas de un árbol sin solicitar nuestra atención. Ninguna de esas cosas necesita aparecer en nuestro dispositivo para ser real. Ninguna requiere nuestra aprobación para continuar sucediendo.

Y, sin embargo, aquí seguimos, mirando.

Me pregunto si Blake habría imaginado que algún día tendríamos el mundo al alcance de los dedos y necesitaríamos una pantalla para decidir dónde mirar. Me pregunto si Huxley habría reconocido en esa abundancia de estímulos una nueva forma de administrar nuestros límites, no ya mediante la prohibición de ver, sino mediante la oferta incesante de cosas que mirar.

No tengo una respuesta definitiva. Sospecho, más bien, que la pregunta apenas comienza a abrirse.

Porque tal vez la infinitud de la que hablaba Blake no consiste en verlo todo, sino en conservar la capacidad de descubrir algo que nuestros filtros no habían previsto. Y quizá la libertad empiece cuando dejamos de confundir la posibilidad de mirar con la obligación de permanecer mirando.

Pensemos por un instante, que la pantalla se apaga. En el cristal oscuro aparece nuestro propio rostro, superpuesto al paisaje que apenas alcanzamos a distinguir detrás de él, no sabemos si estamos mirando hacia afuera o si, después de tanto tiempo, hemos terminado por mirarnos desde adentro. 

La habitación parece extraña. No porque algo haya cambiado de lugar, sino porque, al desaparecer las imágenes, vuelven a hacerse visibles las cosas que siempre estuvieron allí, aguardando nuestra atención. El silencio recupera sus dimensiones, los objetos parecen reclamar su historia y el mundo, ese que habíamos dejado en suspenso mientras mirábamos por la ventana, vuelve a presentarse sin notificaciones ni promesas de entretenimiento. 

Entonces aparece la puerta. No sabemos qué hay del otro lado, ni si encontraremos algo extraordinario o si simplemente nos espera la calle con sus afanes, sus incertidumbres y sus pequeñas maravillas. Quizá esa sea, precisamente, la condición de toda experiencia verdadera: no saber de antemano qué nos sucederá al atravesar el umbral. Abrirla exige abandonar por un momento la seguridad de las imágenes conocidas, aceptar que la realidad puede contradecirnos y que el otro, con su presencia irreductible, no cabe en ninguna de nuestras pantallas. Hay que levantarse, acercarse, poner la mano sobre el picaporte y hacer ese pequeño gesto que ninguna tecnología puede realizar en nuestro lugar: decidir salir al encuentro de lo que existe.

Quizá las puertas de la percepción comiencen a abrirse justo ahí, cuando dejamos de preguntarnos qué más podemos ver y nos atrevemos a descubrir qué nos falta por experimentar. Afuera no nos espera necesariamente la verdad, ni una revelación capaz de ordenar todas nuestras incertidumbres. Nos espera algo menos espectacular y, por eso mismo, más valioso: el mundo sin garantías, la vida sin filtros suficientes para domesticarla, la posibilidad de encontrarnos con aquello que no habíamos imaginado. 

Blake nos dejó la invitación; Huxley, la sospecha de que nuestra mirada siempre está condicionada. A nosotros nos corresponde decidir qué hacemos con ambas.

Tal vez no se trate de renunciar a las ventanas, sino de impedir que nos hagan olvidar las puertas. Y cuando por fin las atravesemos, quizá descubramos que el mundo no necesitaba que lo miráramos más, sino que estuviéramos dispuestos a comparecer ante él. Porque una cosa es contemplar la vida desde la seguridad de un reflejo y otra, muy distinta, aceptar la aventura de vivirla. 

La puerta está abierta. Lo que todavía no sabemos es si nos atreveremos a cruzarla o si, antes de dar el primer paso, buscaremos en la pantalla una imagen que nos explique qué vamos a encontrar al otro lado.


jueves, 8 de octubre de 2026

PIERO


El querido viejo que se volvió semilla.

Desde siempre, percibí a Piero como un querido viejo. No solamente por esa manera suya de caminar despacio, con el aire de quien parecía llevar consigo muchos años, sino porque había en él algo más extraño y más hermoso: era un jovencito de largo aliento. Un hombre de sueños, de ínfulas, sí, pero no de esas ínfulas pequeñas con las que algunos intentan ponerse por encima de los demás, sino de las que sirven para encontrar el lugar que uno ocupa en el mundo y, una vez encontrado, procurar habitarlo con dignidad. Y Piero supo cuál era el suyo.

Lo más genuino que me nace decir es que siempre nos trató bien.

Puede parecer una afirmación sencilla, incluso ingenua, pero no lo es. En estos tiempos en que pareciera que la música puede decir cualquier cosa y que un artista puede permitirse cualquier gesto en nombre de la fama, recuerdo que hubo una generación de cantantes que entendía su oficio de otra manera. Artistas que parecían saber que cantar también era una forma de responsabilidad.

Piero fue uno de ellos.

Me trató bien con sus canciones, trató bien a mi país y a mi generación. Y, sobre todo, me regaló una canción profunda para aprender a tratar bien a mi padre.

Mi viejo no fue solamente una canción. Fue, para muchos de nosotros, una manera de mirar hacia atrás y descubrir que aquel hombre que parecía invencible también caminaba con sus propias nostalgias, sus cansancios, sus silencios y sus sueños.

Después llegó Soy pan, soy paz, soy más, y entonces comprendí que la canción podía ser también una declaración de principios: que somos algo más que aquello que nos ocurre; que todavía podemos ser pan en medio del hambre, paz en medio del ruido y algo más cuando el mundo insiste en decirnos que debemos ser menos.

Quizás por eso hoy no siento que Piero muera.

Hoy, 7 de octubre de 2026, Piero nace de nuevo.

Porque hay hombres cuya muerte pertenece al calendario, pero cuya vida se sale de él.

La semilla que sembró durante ochenta y un años —con esa profundidad, con esa persistencia y, sobre todo, con esa rara capacidad de ser coherente con aquello que cantaba— no desaparece.

Una semilla no muere cuando cae: siempre entraña algo nuevo. Y quizá eso sea la música: una manera de quedarse sin quedarse. Una forma de ausentarse del cuerpo para seguir habitando la memoria de otros.

Cuando empecé a hacer canciones, Piero se vino a vivir a la canción de mis recuerdos y, desde entonces, habita allí: en la cadencia de un la mayor o en algún lugar de la memoria de mi pueblo. Cada vez que canto, aparece con su guitarra, sus palabras y esas armonías que yo apenas comenzaba a descubrir en la mía.

Soy una canción dentro de su canción.

Piero cantaba como si conociera de cerca nuestras pequeñas geografías.

Recuerdo Sinfonía inconclusa en la mar. Hoy la escucho de otra manera, tal vez porque ciertas canciones no se comprenden hasta que la vida nos concede la edad necesaria para escucharlas.

Hay canciones que esperan.

Esperan que uno sea padre.

Esperan que uno cargue a un hijo.

Esperan que uno descubra que la vida consiste, en buena medida, en entregar mensajes de belleza y de luz a quienes vienen detrás, intentando contrarrestar aquellos otros mensajes que la existencia, de vez en cuando, se empeña en enviarnos y que no son de nuestro agrado.

Entonces aquella sinfonía deja de ser solamente una canción: se convierte en encargo y en herencia.

En una botella lanzada al mar con la esperanza de que alguien, algún día, encuentre dentro de ella una palabra que le sirva para continuar.

Tal vez eso hizo Piero durante tantos años: lanzó palabras al mar y las fuimos encontrando.

Algunas llegaron a nuestros padres.

Otras llegaron a nosotros.

Otras, quizá, llegarán a nuestros hijos.

Por eso hoy no quiero despedirlo.

Las despedidas son demasiado pequeñas para ciertos hombres. Prefiero agradecerle.

Gracias, Piero, por haber cantado sin avergonzarte de la ternura.

Gracias por haber entendido que una canción podía hablar de un padre sin convertirlo en estatua; que podía hablar de paz sin convertirla en consigna; que podía hablar de nosotros sin olvidarse de los otros.

Gracias por tratar bien a quienes te escuchamos.

Gracias por tratar bien a mi generación.

Gracias por haber dejado canciones que no solamente sonaban: sembraban.

Y que sigan ofrendando luz tus cantos.

Que la siembra continúe.

Gracias, Piero.

Gracias, Piero.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

EL SILENCIO DE HULK



Es conocido ya por mis amigos y cercanos mi interés por los cómics y las series de televisión, desde las comedias de situación hasta las de ficción o melodramas que pulularon  en las pantallas de los televisores en blanco y negro, donde aprendí en reflejos monocromáticos que mas allá existían otros mundos a todo color.


Por estos días me reencontré una comedia a la que le había perdido el interés en su momento, The King of Queens, entretenida, con un buen elenco, pero una vez más no me enganchó, pero pude darme cuenta que en su elenco estaba Lou Ferrigno, actuando como él mismo, al ver su figura estalló en mí el recuerdo como un gruñido.


Hay recuerdos que regresan disfrazados de ruido. A veces basta con escuchar unas pocas notas de un piano, ver una carretera polvorienta en la pantalla o recordar el color de una vieja revista para que vuelva una época completa, mi evocación ahora estaba en el local de “Niño” ese era el apodo, muy apropiado para aquel hombre de cabellos blancos que alquilaba bicicletas y revistas de historietas, recordé los ejemplares que pasaban de mano en mano, la espera paciente  para que otro terminara de leer para poder continuar una historia. en aquel local había intercambio, préstamo y espera. 


Había incluso una pequeña pedagogía de la paciencia que hoy resulta casi arqueológica. No había internet. No había teléfonos celulares. La televisión, aunque ya existía, tampoco habitaba necesariamente todas las casas. 


Para encontrar una historia había que salir a buscarla y mientras la buscábamos, aprendíamos sin saberlo algo que hoy parece extraordinario: esperar. Quizás por eso algunas imágenes de aquella infancia permanecen con una nitidez que no tienen muchas de las imágenes que hemos visto después. 


Decía que hay recuerdos que aparecen en forma de ruido, y en este caso al identificar  a Lou Ferrigno, escuché el gruñido del hombre Increíble  y empecé a recordar como se hace con las cosas que pertenecen a la infancia: mezclando escenas, sonidos, colores y sensaciones hasta convertirlos en una memoria que ya no distingue del todo entre lo que ocurrió y lo que nosotros hemos agregado con los años. 


El cómic lo recuerdo como el increíble Hulk, bastaba con abrir una revista, para encontrar explosiones, golpes, edificios que se derrumban, vehículos que vuelan por los aires, gruñidos y sonidos escritos con letras enormes: ¡CRASH!, ¡BOOM!, ¡GRRR! Hulk era casi una onomatopeya con músculos. Y, sin embargo, cuando aquel personaje saltó de las páginas a la televisión ocurrió algo curioso: perdió buena parte de ese ruido. 


El Hulk televisivo de Lou Ferrigno podía romper una puerta, levantar un automóvil, lanzar un objeto contra una pared y hacer temblar una habitación, pero había algo que no hacía: hablar. Durante la serie, que se emitió entre 1977 y 1982, el gigante verde no necesitaba un discurso. Su lenguaje era corporal. Sus palabras eran gruñidos. Y ni siquiera esos gruñidos pertenecían a la voz de Ferrigno: Ted Cassidy, el inolvidable Lurch de The Addams Family, puso voz al Hulk durante buena parte de la serie, y posteriormente lo hizo Charles Napier.


Visto ahora desde la distancia, me resulta fascinante. Porque Hulk podría ser el personaje más ruidoso de la televisión y, al mismo tiempo, ser el más silencioso. Quizás allí comienza mi verdadera memoria de la serie. No en el estruendo, si en el silencio. 


Porque después de cada transformación quedaba David Banner, un hombre que en silencio caminaba. Eso es todo. Un hombre con una pequeña maleta, una carretera interminable, una vida que parecía no pertenecerle del todo y esa especie de tristeza que solamente tienen quienes están buscando algo que todavía no saben nombrar. 


Entonces aparecía aquella música, no una fanfarria heroica, no una música triunfal, no era el anuncio de que el monstruo héroe había ganado. Solo era un piano melancólico sonando: The Lonely Man, de Joe Harnell, y David Banner seguía caminando. 

Ahora, muchos años después, como músico, me pregunto si aquella escena no fue una de mis primeras lecciones de estética. Porque el niño que veía a Hulk romperlo todo quizá no estaba aprendiendo sobre la fuerza. Estaba aprendiendo sobre lo que queda después de la fuerza. 


Aquella serie pudo haber terminado cada capítulo con una celebración del poder, después de todo, allí estaba el gigante: verde, enorme, furioso, capaz de convertir la ira en una fuerza física descomunal. Pero no. Terminaba con un hombre solo. Un hombre que caminaba, y un piano que parecía preguntarle, sin palabras, qué iba a hacer ahora con todo aquello que llevaba dentro. 


Quizás por eso hoy como músico me interesa tanto el silencio, no como ausencia de sonido, sino como posibilidad de escucha. He llegado a pensar que una de las grandes dificultades de nuestro tiempo no es que nos falte música, sino que nos sobra sonido. Hay tanta polución acústica, tanto residuo sonoro, tanta necesidad de llenar cada espacio con alguna cosa que suene, que hemos terminado confundiendo la presencia del sonido con la presencia de la música. 


No quisiera entrar aquí en la vieja discusión sobre qué es música y qué no lo es. Esa discusión puede prolongarse indefinidamente y seguramente seguirá siendo necesaria. Tampoco quiero convertirme en un policía de los sonidos, como si existiera una aduana estética donde alguien pudiera decidir qué sonido tiene derecho a entrar en el territorio de la música. Me interesa otra cosa. Me interesa preguntarme qué ocurre cuando ya no somos capaces de escuchar aquello que aparece entre los sonidos. Porque quizá el problema no sea solamente la contaminación acústica. Quizá exista también una contaminación de la escucha.


Hemos llenado tanto el mundo de estímulos que hemos comenzado a llamar música a cualquier cosa que consiga mantener nuestra atención durante unos segundos y mientras tanto, el silencio desaparece. Desaparece de las calles, de las aulas, de las conversaciones, de los conciertos, incluso de nosotros mismos. Por eso, desde hace algún tiempo, el silencio ha comenzado a aparecer en mi manera de pensar la enseñanza musical. No como un descanso entre actividades, ni como una pausa administrativa antes de comenzar la verdadera clase, sino como un territorio pedagógico. 


Primero el silencio, después la escucha, luego el descubrimiento. Porque cuando todo suena, nada termina de revelarse. El silencio permite que el otro aparezca, permite escuchar al estudiante que todavía no sabe cómo decir algo,  permite escuchar el cuerpo antes del movimiento, escuchar el espacio antes de ocuparlo, escuchar un instrumento antes de tocarlo. Permite incluso escuchar aquello que no sabíamos que estábamos escuchando. 


En este punto vuelvo a Hulk, porque aquella criatura que parecía hecha para el estruendo terminó enseñándome, sin proponérselo, algo sobre el silencio. La cultura popular tiene esas pequeñas trampas. Uno cree que está mirando una serie de televisión y, muchos años después, descubre que aquella serie estaba mirándolo a uno. Uno cree que está escuchando una melodía triste al final de un capítulo y no sabe que esa melodía se quedará escondida en algún lugar de la memoria, esperando décadas para regresar. Uno cree que recuerda a Hulk, pero quizá recuerda a David Banner. O, más exactamente, recuerda a un hombre que después de haberse convertido en monstruo vuelve a ser hombre y continúa caminando. 


Tal vez esa sea la verdadera tragedia de Hulk: no que pueda transformarse en una bestia, sino que tenga que vivir intentando no hacerlo. Y aquí aparece una paradoja que me interesa particularmente. La ira es ruidosa. El desespero es ruidoso. La violencia es ruidosa. Pero la conciencia que intenta contenerlos puede ser silenciosa. Hay un momento, antes del golpe, en que todavía existe una posibilidad, un instante diminuto en el que podemos decidir. 


Quizás el silencio habite precisamente allí. No en la ausencia de la rabia, sino en ese espacio interior que aparece antes de convertirla en acción. Por eso el silencio no es necesariamente paz, a veces es vigilancia, contención, pensamiento. o simplemente la posibilidad de no responder inmediatamente. Y quizá allí se encuentre una de las grandes lecciones que aquella serie dejó, sin saberlo, en algunos de nosotros: no todo en la vida se resuelve con gruñidos. 


Ahora pienso en aquel niño frente al televisor. No sabía nada de acústica, ni de pedagogía, ni de contaminación sonora. No sabía que algún día se convertiría en músico y comenzaría a preguntarse por el silencio. Solo veía a un hombre verde romper cosas. Y luego veía a otro hombre, triste y silencioso, caminar por una carretera mientras un piano lo acompañaba. 


Quizás el niño no entendía la diferencia, pero la escuchaba y tal vez eso era suficiente. Porque, después de tantos años, todavía puedo escuchar aquel piano. y detrás del piano, casi imperceptible, puedo escuchar algo más: el silencio de un hombre tratando de no convertirse en monstruo. Y acaso también el silencio de un niño que, frente a la pantalla, comenzaba a descubrir que escuchar no consiste únicamente en oír lo que suena. A veces consiste en aprender a escuchar lo que queda cuando todo ha dejado de sonar. 


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


ELOGIO DEL DAÑA PARCHES

  O de cómo la historia está llena de gente que llega cuando no la han invitado. Justo cuando estaba a punto de darle el beso a la niña más ...