Una teoría para una época que perdió sus relieves
Últimamente tengo la sospecha de que nos está pasando algo en la cabeza. No sé si es grave, tampoco sé si tiene cura. Y, para ser sincero, ni siquiera sé si alguien lo haya diagnosticado. Pero miro alrededor, escucho conversaciones, leo algunas cosas, observo las redes, me escucho a mí mismo y cada vez tengo más la impresión de que estamos perdiendo los relieves del pensamiento.
Las ideas llegan, hacen ruido y se van. Una noticia produce indignación por la mañana; al mediodía ya estamos indignados por otra cosa. Una frase se vuelve verdad porque la repiten muchas personas. Una opinión adquiere autoridad porque aparece acompañada de miles de “me gusta”. Y palabras como libertad, paz, democracia, vida o humanidad pueden ser utilizadas cientos de veces sin que nadie se detenga a preguntar qué quieren decir realmente.
En medio de estas cavilaciones me llegó la palabra cocoliso, casi como una broma: cocoliso, como una manera divertida de decir que algo se estaba quedando sin pensamiento. Pero después la palabra empezó a molestarme. Y cuando una palabra comienza a molestar, quizá es porque está diciendo algo. El Cocoliso sería una cabeza que todavía funciona, pero cuya superficie se ha vuelto lisa. No es una cabeza vacía. Es peor —o quizá más interesante—: es una cabeza llena de cosas que no alcanzan a convertirse en pensamiento. Información, opiniones, imágenes, noticias, frases, indignaciones, deseos, recomendaciones, diagnósticos, tendencias. Todo entra y simplemente circula. Todo parece estar disponible, pero poco permanece el tiempo suficiente para dejar una marca.
Ahí empezó mi sospecha. ¿Qué había antes debajo de nosotros? Hace mucho tiempo, Carl Jung propuso una idea fascinante: que además de nuestra conciencia individual existiría algo más profundo, una especie de fondo común de la experiencia humana. Lo llamó inconsciente colectivo. No necesito entrar aquí en toda la psicología de Jung. Me interesa solamente una intuición: la posibilidad de que los seres humanos estemos conectados por cosas que no sabemos que compartimos: mitos, símbolos, miedos, historias, deseos, imágenes antiguas, preguntas que vuelven una y otra vez aunque cambien los siglos. Eso me resulta hermoso, porque puede significar que, debajo de cada individuo, puede existir una profundidad común.
El Cocoliso Colectivo aparece justamente cuando empiezo a preguntarme qué ocurre si esa profundidad se va perdiendo. No sería entonces el inconsciente colectivo, sería su caricatura contemporánea: el Cocoliso Colectivo. Ya no tenemos algo profundo que compartimos sin saberlo; tenemos una superficie que compartimos sin encontrarnos. Y aquí es donde mi chiste comienza a adquirir cierta seriedad.
Somos poseedores de una cabeza que no alcanza a hacer memoria. Quizá uno de los problemas sea que vivimos demasiado rápido, no porque antes la gente caminara lentamente —aunque probablemente también—, sino porque hoy casi todo está diseñado para que nada permanezca demasiado tiempo. Una cosa reemplaza a otra. Una noticia reemplaza a otra. Una preocupación reemplaza a otra. Una persona reemplaza a otra. Una aplicación reemplaza a otra. Hasta nosotros mismos parecemos obligados a reemplazarnos permanentemente. Zygmunt Bauman llamó a buena parte de esto modernidad líquida.
Este concepto es fascinante, pero no me interesa que Bauman termine explicando el Cocoliso Colectivo por mí, como si yo fuera un estudiante de la UPB; prefiero tomar prestada su intuición y llevarla a otro lugar. Si todo se vuelve líquido, quizá llegue un momento en que nada alcance a sedimentarse. Y el pensamiento necesita sedimentación. Una experiencia necesita tiempo para convertirse en memoria; una lectura necesita reposo para convertirse en comprensión; una conversación necesita silencio para convertirse en reflexión; y hasta una herida necesita ser mirada para convertirse en aprendizaje.
Pero si inmediatamente después de una experiencia ya estamos corriendo hacia la siguiente, ¿cuándo ocurre todo aquello? Quizá el Cocoliso Colectivo sea eso: la imposibilidad contemporánea de dejar que algo nos pase realmente.
Nos ocurren muchas cosas, pero pocas nos atraviesan. En el extraño negocio de ser nosotros mismos, no solamente vivimos deprisa; también parece que tenemos que estar permanentemente demostrando que estamos haciendo algo con nuestra vida: trabajar, producir, aprender, mejorar, publicar, responder, viajar, emprender, cuidarnos y ser felices. Ser nuestra mejor versión. Hasta descansar parece haberse convertido en una actividad que debemos hacer correctamente.
En este punto acudo a Byung-Chul Han, como si solo su mención ya le diera estatus a este chiste, pero igual que con Bauman no voy a descargar el soporte de mi tesis en su nombre. Basta con mirar alrededor para entender lo que el autor señala. Ya no hace falta que alguien nos diga: “Trabaja más”. Muchas veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos. “Debería estar haciendo algo”. “Debería aprovechar mejor el tiempo”. “Debería producir”. “Debería avanzar”. Y entonces sucede algo curioso: tenemos tanto que hacer que terminamos sin tiempo para preguntarnos para qué lo hacemos.
Ese puede ser uno de los lugares donde nace el Cocoliso Colectivo, porque pensar no siempre produce; en ocasiones, pensar solamente sirve para detenerse, y en una época obsesionada con producir, detenerse puede parecer una pérdida de tiempo.
El pensamiento necesita un poco de oscuridad. Nos hemos acostumbrado a quererlo todo inmediatamente claro. Queremos saber qué pasó, quién tuvo la culpa, qué debemos pensar, quién es bueno, quién es malo, qué significa esto, qué significa aquello. Pero hay cosas que necesitan permanecer un rato sin respuesta. Una duda no es necesariamente un fracaso. Una contradicción tampoco. Incluso no saber puede ser una forma de inteligencia. Quizá por eso el Cocoliso Colectivo tiene problemas con la profundidad: la profundidad necesita oscuridad, necesita zonas que todavía no comprendemos. Necesita silencio y misterio, y nosotros, en cambio, vivimos rodeados de iluminación permanente. Pantallas encendidas. Opiniones encendidas. Alertas encendidas. Conversaciones encendidas. Todo tiene que ser visible, explicable, compartible. Pero cuando todo está iluminado, quizá dejamos de distinguir las sombras, y sin sombras, paradójicamente, también resulta difícil reconocer los relieves.
El Cocoliso Colectivo, ahora decantado y sustentado, abandona la premisa inicial de chiste. En este punto creo que vale la pena tomarlo un poco en serio: hay ocurrencias que, de lo disparatadas que parecen, pueden irse tornando en tesis que contienen algo de profundidad. Así que es pertinente aclarar que no tengo la intención de presentar esta idea como algo que se debe evitar. No quiero convertir el Cocoliso Colectivo en una manera elegante de decir que los demás son idiotas. Eso sería bastante cómodo. Y, probablemente, bastante cocoliso.
El Cocoliso Colectivo no está en los otros; está en nosotros. Está en ese momento en que repetimos una opinión porque no tuvimos tiempo de construir la nuestra; reside cuando usamos una palabra cuyo significado nunca nos hemos preguntado; está cuando confundimos información con conocimiento. Cuando creemos que cambiar de opinión es una derrota, cuando preferimos tener razón antes que comprender. Cuando convertimos nuestra identidad en una barricada y cualquier pregunta nos parece una amenaza. El Cocoliso Colectivo es una posibilidad humana. Y por eso resulta más inquietante la paradoja de estar conectados. Tal vez esta sea la mayor ironía: nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrarnos.
Tenemos conexiones, pero no necesariamente vínculos; tenemos seguidores, pero no necesariamente compañeros. Tenemos conversaciones, pero no necesariamente encuentros. Tenemos acceso casi ilimitado a la memoria del mundo, pero cada vez parece más difícil construir una memoria propia. Estamos conectados a todo y vinculados con muy poco. Quizá esa sea la diferencia fundamental: una conexión une dos puntos; un vínculo transforma aquello que une.
El Cocoliso Colectivo está perfectamente conectado. Ese es precisamente el problema. ¿Quién gobierna al Cocoliso Colectivo? Y aquí aparece la pregunta que más me interesa. Si el Cocoliso no es simplemente una cabeza vacía, sino una cabeza incapaz de sedimentar aquello que recibe, ¿quién decide qué entra y qué sale? Tal vez ahí aparezca el verdadero poder contemporáneo. No necesariamente el poder que nos prohíbe pensar, sino aquel que consigue que no tengamos tiempo para hacerlo. No necesita censurarnos; puede entretenernos. No necesita callarnos; puede saturarnos de voces. No necesita destruir nuestros conceptos; puede convertirlos en consignas. No necesita quitarnos la libertad; puede ofrecernos tantas opciones que terminemos eligiendo sin saber por qué.
El Cocoliso no necesita una conspiración. Necesita solamente velocidad, distracción y un poco de cansancio. Y entonces aparece la vida. Pero hay algo todavía más extraño. Quizá esta pérdida de profundidad también sea profundamente humana. Porque nosotros hemos hecho cosas terribles cada vez que hemos querido simplificar demasiado la vida. Hemos utilizado la palabra humanidad para justificar la deshumanización. Hemos hablado de paz mientras preparábamos guerras. Hemos defendido la libertad mientras decidíamos quién podía ejercerla.
Hemos hablado de la vida desde lugares donde la vida de los otros parecía tener muy poco valor. Tal vez el problema no sea que hayamos dejado de conocer el significado de las palabras. Tal vez el problema sea que hemos aprendido a utilizarlas sin tener que creer en ellas. Y ahí el Cocoliso Colectivo deja de ser una simple metáfora de la superficialidad. Se convierte en algo más incómodo: la capacidad de una sociedad para continuar pronunciando palabras profundamente humanas después de haber vaciado su significado.
Volver a hacer relieves
No sé si el Cocoliso Colectivo pueda curarse. Tampoco sé si debamos curarlo. Quizá baste con reconocerlo. Tal vez resistirlo sea algo mucho menos espectacular de lo que imaginamos. Leer despacio. Conversar sin mirar el teléfono. Cambiar de opinión. Preguntar antes de responder. Aceptar que no sabemos. Dejar que una experiencia nos duela un poco antes de convertirla en una frase inspiradora. Volver a preguntarnos de dónde vienen las palabras que utilizamos. Recordar. Relacionar. Escuchar. Pensar. No para convertirnos en filósofos, sino para volver a ser un poco más humanos. Porque quizá eso era lo que había debajo del inconsciente colectivo: la sospecha de que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una profundidad. Y quizá lo que el Cocoliso Colectivo viene a decirnos es que podemos perderla. Que podemos estar juntos sin encontrarnos. Hablar sin comunicarnos. Saber sin comprender. Vivir sin detenernos a mirar qué estamos haciendo con la vida.
Lo que surgió con dos palabras que parecían un chiste me llevó a esta reflexión, que voy a dejar en este punto para que tenga tiempo de sedimentarse en sus cabezas. Tal vez esa pueda ser una apuesta para estos tiempos veloces. Quizá necesitemos que algunas ideas entren primero como chiste para poder salir después como pregunta. El Cocoliso Colectivo no es una cabeza sin cerebro; es una cabeza a la que el mundo le ha ido quitando los relieves. Y quizá pensar sea, justamente, volver a hacérselos.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa




