lunes, 21 de septiembre de 2026

CATÁLOGO INCOMPLETO DE PREGUNTAS SIN RESPUESTAS

 

Inventario de sonidos que nunca existieron, pero que alguna vez escuchamos. 




Este es un inventario de sonidos que nunca existieron. Por eso nadie podrá comprobar si estuvieron aquí. Algunos los escuchamos de niños. Otros los inventó la televisión. Otros aparecieron en sueños. Algunos todavía suenan, aunque nadie sepa exactamente dónde. * Hay sonidos que llevamos toda la vida escuchando y, sin embargo, jamás hemos visto su nacimiento. Sonidos sin rostro, sin cuerpo, sin partida de nacimiento. Sonidos que aparecen como si siempre hubieran estado allí, esperando que alguien, alguna vez, preguntara: ¿De dónde vienes? 


Campanas, golpes y apariciones. 

  • ¿Qué tamaño tenía la campana que sonaba cuando el Chapulín Colorado se golpeaba contra algo? ¿Y quién la tocaba? ¿Había un campanero escondido detrás de la escena o era una campana huérfana, condenada a sonar cada vez que alguien recibía un golpe? 

  • ¿Quién toca las campanas de la catedral cuando nadie mira? ¿Las campanas del reloj saben qué hora es o simplemente la anuncian? ¿Una campana sin badajo está muda o conserva dentro de sí la memoria de todos los sonidos que alguna vez produjo? 

  • ¿Por qué las campanas anuncian la llegada del helado y, en otros lugares, la partida del humano? 

  • ¿Quién toca la campanilla cuando pasa el anima mea? 

  • ¿Existe una campana reservada para quienes todavía no han nacido?


 Los sonidos que caen 

  • ¿Qué forma tiene el sonido de una hoja cuando cae? ¿Es redondo, como una moneda que cae sobre la tierra, o tiene la forma irregular de aquello que ya sabe que va a morir? 

  • ¿Y qué forma tiene una gota de lluvia cuando golpea el tejado? ¿Cada teja tiene una nota diferente o la lluvia es un pianista que toca un instrumento que nadie construyó? 

  • ¿Cuánto pesa un sonido? 

  • ¿Puede una gota romper el silencio? 

  • ¿Cómo suena la caída de un árbol en medio de la selva cuando no hay nadie para escucharla? Y si nadie lo escucha, ¿el árbol cae también dentro del silencio o inventa para sí mismo un testigo?


Tormentas 

  • ¿Cuánto dura realmente el sonido de un rayo que cae en la distancia? ¿Y a cuál de todos los relámpagos pertenece su último estertor? 

  • ¿El trueno termina cuando dejamos de escucharlo o continúa viajando por el mundo, disminuyendo lentamente, como una noticia que nadie vuelve a contar? 

  • ¿Dónde muere un trueno? ¿En las montañas? ¿En el oído de alguien? ¿O en algún lugar donde todavía no hemos aprendido a escuchar? 




Sonidos encerrados 

  • ¿De dónde viene el sonido que atrapó el caracol en su interior? ¿Es el mar? ¿O el caracol guarda allí, como un secreto, el primer ruido que escuchó cuando todavía era pequeño? Si acercamos el caracol al oído, ¿escuchamos el océano o escuchamos la forma que tiene nuestra propia sangre de recordar el océano? ¿Puede un sonido quedar prisionero? ¿Y quién tiene las llaves? 


Animales que tocan instrumentos invisibles 

  • ¿A quién le cantan las aves nocturnas cuando todos los demás duermen? 

  • ¿El primer ruiseñor de la madrugada sabe que es el primero? 

  • ¿Los grillos y las ranas se entienden cuando estridulan en la noche o simplemente conversan en idiomas que nosotros confundimos con música? 

  • ¿Hay un director de orquesta escondido entre la hierba? 

  • ¿El pájaro carpintero es un percusionista o un albañil? 

  • ¿Construye una casa o ejecuta un solo de batería contra el árbol? 

  • ¿El gulungo lleva una pequeña cascada de agua dentro del pico? ¿O acaso es el agua la que aprendió a cantar disfrazada de pájaro?

  • ¿Qué melodía esconde el pavo real en su plumaje? 

  • ¿Puede una pluma tener sonido? ¿O solamente nosotros hemos decidido que algunas cosas deben ser silenciosas? 


Los sonidos de los humanos 

  • ¿Le duele la garganta a Gocheneche cuando canta? 

  • ¿Dónde comienza una voz y dónde termina el cuerpo que la produce?

  •  ¿Una voz pertenece a quien la pronuncia o a quien la escucha? 

  • Cuando alguien grita nuestro nombre desde muy lejos, ¿el sonido trae solamente la palabra o trae también un pedazo de la persona que la dijo? 

  • ¿El eco repite lo que dijimos o nos devuelve aquello que no alcanzamos a decir? 

  • ¿Y qué sucede con las palabras que nadie escuchó? ¿Se convierten en silencio? ¿O quedan flotando en algún lugar, esperando otra garganta? 


Ruidos que aprendimos a reconocer 


  • ¿Quién decidió que el sonido de una ambulancia significa que alguien necesita ayuda? 

  • ¿La sirena de la ambulancia siente dolor cuando grita? ¿O solamente nosotros escuchamos dolor porque sabemos hacia dónde se dirige? 

  • ¿Por qué reconocemos el sonido de una puerta antes de verla?

  •  ¿Por qué sabemos que alguien está llegando por la manera en que pisa el corredor? 

  • ¿Puede una casa aprender los pasos de sus habitantes? 

  • ¿Las casas extrañan cuando alguien se va? 


Sonidos de la memoria 

  • ¿El tinnitus es un sonido sin origen, una memoria de sonidos o la negación de aquello que alguna vez escuchamos? 

  • ¿Dónde se guardan los sonidos que ya no existen?

  •  ¿Dónde está la voz de la abuela cuando nadie puede recordarla exactamente? 

  • ¿Se parece la memoria de una canción a la canción que realmente escuchamos? 

  • ¿Cuántas veces tenemos que recordar un sonido para terminar inventándolo? 

  • ¿Puede un sonido convertirse en recuerdo antes de desaparecer? 


Sonidos de la historia 

  • ¿Todavía suena la bomba atómica sobre los tejados de Hiroshima y Nagasaki? No en los micrófonos, quizá. Pero ¿queda alguna vibración en las paredes, en las piedras, en los cuerpos, en la memoria de quienes sobrevivieron? 

  • ¿Hay sonidos que una ciudad nunca termina de escuchar? 

  • ¿Puede una explosión durar generaciones? 

  • ¿Puede el silencio después de una explosión ser también parte de su sonido? 


Sonidos imposibles 

  • ¿Cuál es la nota más grave que alcanza un ángel antes de su caída?

  •  ¿Los ángeles tienen cuerdas vocales? ¿O su música consiste precisamente en aquello que nosotros confundimos con silencio? 

  • Si una estrella pudiera gritar, ¿escucharíamos su voz? 

  • ¿Tiene la luna un sonido que solamente escuchan los perros? 

  • ¿Las montañas conversan cuando cambia la temperatura de sus piedras? 

  • ¿El hielo cruje porque se rompe o porque recuerda haber sido agua? 

  • ¿El desierto hace ruido cuando nadie está allí? 

  • ¿Y qué sonido hace una sombra cuando atraviesa una habitación? 


El mar 

  • ¿Las olas tienen un sonido propio o es el viento quien toca el mar? 

  • Si el viento desapareciera, ¿el océano seguiría cantando? 

  • ¿Cada ola tiene una voz distinta? ¿O todas las olas son una misma voz que lleva millones de años intentando terminar una frase? ¿Será por eso que regresan? 

El último sonido 

  • ¿De dónde vendrá el último sonido que escucharemos antes de morir? 

¿Será una voz? ¿El viento detrás de una ventana? ¿El corazón de alguien? ¿Un pájaro? ¿Una puerta que se cierra? ¿El rumor de la lluvia sobre el tejado? ¿O quizá será un sonido tan pequeño que no alcanzaremos a reconocerlo? 


Tal vez la muerte no llegue en silencio. Tal vez llegue acompañada de un sonido que hemos escuchado miles de veces y que, justamente por eso, nunca nos detuvimos a preguntar de dónde venía. 


Quizá el último misterio no sea descubrir qué sonido escucharemos al final, sino comprender que durante toda la vida estuvimos rodeados de sonidos cuyo origen jamás vimos. Y que escuchar, después de todo, también consiste en preguntarle al mundo: ¿Quién te hizo sonar? 


Quizá por eso este catálogo no pueda terminar. Toda pregunta, cuando se la escucha con suficiente atención, contiene en alguna parte la semilla de otra. El sonido de una campana conduce al recuerdo de otra campana; el trueno nos lleva a preguntarnos dónde termina el trueno; el canto de un pájaro nos obliga a imaginar a quién le canta; y el silencio, que parecía ser la ausencia de toda música, termina revelándose como la pregunta que estaba esperando su sonido. Tal vez el error haya sido pensar que buscábamos el origen de los sonidos. Quizá buscábamos otra cosa: el lugar exacto donde un sonido deja de ser sonido y empieza a convertirse en memoria, en imaginación, en relato. 


Entonces este catálogo se bifurca. Una de sus ramas vuelve a la campana del Chapulín Colorado y pregunta qué tamaño tendría si alguna vez hubiese existido. Otra sigue el vuelo de un ruiseñor hasta descubrir que quizá el primer canto de la madrugada no lo produce un pájaro, sino alguien que, desde algún lugar que desconocemos, recuerda haber escuchado un pájaro. Otra conduce hasta el mar, donde las olas repiten una frase que nadie consigue traducir. Y hay una última rama —o quizá la primera— que regresa silenciosamente hasta nosotros. 


Allí aparece de nuevo el sujeto melódico. La misma pregunta. Pero no exactamente la misma. Como en una melodía que vuelve después de un largo viaje, reconocemos su contorno, aunque algo ha cambiado. Una nota se ha desplazado. El ritmo es otro. La pregunta ha envejecido con nosotros. Y entonces comprendemos que quizá preguntar sea una forma de componer. Volvemos a preguntar: ¿Quién tocaba aquella campana que nunca existió? Y de pronto la pregunta ya no habla de una campana. Habla de nosotros. De aquello que escuchamos cuando éramos niños y que todavía, muchos años después, continúa sonando en algún lugar de la memoria. 


Quizá por eso este catálogo sea incompleto. No porque le falten respuestas, sino porque cada respuesta —si alguna vez apareciera— tendría la extraña costumbre de convertirse inmediatamente en otra pregunta. Y así, como los senderos de un jardín que nadie termina de recorrer, el catálogo vuelve a comenzar. Sólo que esta vez la pregunta ha cambiado de tonalidad. 


¿Qué sonido tendrá aquello que todavía no hemos aprendido a escuchar? 


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


jueves, 17 de septiembre de 2026

EL SILENCIO QUE NOMBRA

 


Presento una reflexión literaria sobre mi paso por la coordinación pedagógica en los proyectos Sonidos para la Construcción de Paz y Artes para la paz, del Ministerio de la Cultura, las Artes y los Saberes, operado por la Universidad de Antioquia en la zona 3


Una pedagogía del asombro

Existe un instante —frágil como el primer aliento de la madrugada— en que el mundo se despliega sin nombre. En ese umbral, antes de que el pensamiento conceptual engendre la primera sílaba, el árbol no es la etiqueta «árbol» ni la categoría botánica que la mente fija con la precisión de un cirujano; es una vibración pura, una textura ontológica que sólo la intuición profunda alcanza a presentir. Allí, en ese espacio increado, comienza la verdadera formación artística. No la que enseña a dibujar líneas perfectas o a cantar notas afinadas, sino la que despierta la capacidad de escuchar el silencio que precede a toda palabra, de sentir el asombro que antecede a todo concepto.

La fortaleza de los conceptos

Occidente ha hecho del lenguaje una fortaleza. Levantamos muros de definiciones, torres de categorías, puentes de explicaciones. El niño que llega al aula trae consigo el mundo entero en los ojos: el sol es calor en la piel, el viento es caricia invisible, el trueno es tambor de los dioses. Pero nosotros, los adultos, nos apresuramos a domesticar ese misterio. «Esto es un árbol», decimos, y con cinco letras encerramos en una caja lo que era infinito. «Esto es rojo», «esto es mayor», «esto es menor». El niño obedece, repite, aprende. Y poco a poco, sin darse cuenta, deja de ver el árbol para ver sólo la palabra.

«El que habla no conoce. Quien conoce no habla». Esta sentencia, que resuena como un eco lejano de las tradiciones orientales, nos interpela: ¿Cuántas veces hemos multiplicado las palabras hasta ahogar el misterio? ¿Cuántas veces hemos arrojado sobre el ser una densa capa de ruido que enturbia la percepción de nuestra propia arquitectura interior? El pedagogo que habla en exceso se convierte en ese niño castigado a repetir cien veces la misma orden en la pizarra: mecaniza el gesto, pero olvida el sentido.

El silencio que no enmudece

Sin embargo, descifrar el mundo no exige enmudecer de forma estéril. El silencio auténtico no es la ausencia de sonido del infante que aún no articuló palabra, ni la inocencia involuntaria de quien actúa sin conciencia de sus actos. Es, más bien, un «no pensamiento» rigurosamente cultivado. Es la calma tras el «enfriamiento» de las pasiones y de las derivas conceptuales obsesivas. Como advertía Sarvepalli Radhakrishnan, «al observar el silencio, un hombre no se convierte en sabio si es estúpido o ignorante». El silencio pedagógico no es vacío: es poso, es tierra fértil donde la palabra puede echar raíces.

En la Bhagavad-Gita, la causa primera permanece envuelta en un misticismo inaccesible a la sola razón: «Es un milagro que alguien lo vea, igualmente es un milagro que alguien lo oiga; incluso que alguien lo diga, y aun habiéndolo oído decir, nadie lo conoce». Pero ese milagro no está reservado a los sabios de barba blanca y túnica. Está en el niño que cierra los ojos y escucha el viento sin llamarlo «viento». Está en el adolescente que, tras cinco minutos de silencio cultivado, deja que una palabra brote como eco, no como discurso. Está en el joven que toca un tambor recostado y siente, por un instante, que facilita el paso de un alma.

La palabra como martillo de cristal

Cuando la palabra nace de ese poso de quietud, deja de ser un velo estresante para convertirse en un resonador. Transforma el aire en sonido y actúa como un martillo de cristal que descifra la realidad ontológica de quien la pronuncia. Cada ser humano —niño, joven, adulto— percibe una frecuencia única del cosmos. Cuando la palabra brota sin el apego del ego, no destruye la paz interior, sino que nombra el milagro con la precisión de un eco.

Imaginemos un aula donde el docente no comienza diciendo «hoy vamos a aprender qué es una ópera». Imaginemos, en cambio, un círculo de niños con los ojos cerrados, escuchando el silencio durante tres minutos. Luego, uno de ellos emite un sonido: «aaa». Otro responde: «ooo». No hay partitura, no hay corrección. Solo resonancias. Poco a poco, sin que nadie lo ordene, surge una melodía. Alguien susurra: «parece un fantasma». Otro dice: «parece un ángel». Y entonces, sin que medie explicación conceptual, han creado una ópera mágica. Han tocado, con la voz, lo que no se puede nombrar.

La magia como práctica viva

En el Pacífico colombiano, los chigualos son cantos para abrir compuertas etéricas. Se cantan para que los ángeles reciban a los niños que mueren antes de los siete años. En el Palenque de San Basilio, el lumbalú incorpora el pechiche, un tambor que representa al muerto y se toca recostado para facilitar el paso del alma. Estos no son «recursos didácticos» en el sentido instrumental de la palabra. Son prácticas vivas, rituales que reconcilian una estructura pedagógica con la contemporaneidad.

La propuesta de «Magia y asombro» no folcloriza estas tradiciones. No las convierte en espectáculo para la feria escolar. Las integra como herramientas metodológicas: talleres donde los estudiantes recrean chigualos con percusión improvisada, donde construyen tambores del alma con globos y arroz, donde crean pequeñas obras que alternan silencio, palabra susurrada y canto coral. La magia no es adorno: es esencia. El asombro no es efecto secundario: es la puerta de entrada.

El eco del cosmos

Cada ser humano percibe una frecuencia única del cosmos. En el aula, esto se traduce en ejercicios donde el adolescente emite un sonido vocal sostenido que representa su «frecuencia». El grupo identifica resonancias y disonancias, sin juzgar. No hay notas correctas o incorrectas: hay verdades vibratorias. Uno suena como el mar. Otro, como el viento en los árboles. Otro, como el tambor recostado que acompaña el paso de un alma.

A diferencia del rechazo trágico hacia la mudez que sugería Elie Wiesel —al señalar que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia del silencio—, la verdadera palabra poética no combate al silencio: nace de él. El pedagogo que entiende esto no teme al silencio en el aula. Lo cultiva. Sabe que después del silencio, la palabra será más precisa, más honda, más verdadera.

Hablar bien es dejar que el silencio dibuje

El sonido es el cauce por el cual la infinitud silenciosa del mundo se traduce en experiencia humana. Hablar bien es dejar que el silencio dibuje su contorno en el aire, revelando que el misterio que nos rodea nunca estuvo oculto, sino esperando a ser escuchado. Esta es la propuesta: una pedagogía donde el estudiante no aprende a «hacer arte» como quien aprende a sumar o a conjugar verbos. Aprende a vivir el arte como cauce del silencio infinito.

Cuando el niño toca el árbol sin llamarlo «árbol», cuando el adolescente escribe un haiku sobre «lo que no se puede nombrar», cuando el joven crea una ópera mágica que alterna silencio y canto, están haciendo algo más que «aprender música» o «aprender teatro». Están reconciliando la memoria territorial con la contemporaneidad. Están activando el asombro como forma de conocimiento. Están, en última instancia, nombrando el milagro con la precisión de un eco.

El árbol sin nombre

Volvamos al inicio. Existe un instante, justo antes de que el pensamiento conceptual engendre la primera sílaba, en que el mundo se despliega sin nombre. En ese espacio, el árbol no es la etiqueta «árbol». Es vibración. Es textura. Es un misterio.

La pedagogía del asombro no busca quitarle el nombre al árbol. Busca que el estudiante, antes de decir «árbol», pueda sentirlo. Que la palabra, cuando llegue, no sea cárcel, sino eco. Que el silencio, cuando vuelva, no sea vacío, sino poso.

Y así, en ese ir y venir entre silencio y sonido, entre misterio y nombre, entre magia y asombro, se forma no el artista técnico, sino el ser humano que percibe una frecuencia única del cosmos y la nombra, sin apego, con la precisión de un eco.

Epílogo 

En última instancia, esta propuesta pedagógica no busca formar artistas en el sentido convencional de la palabra —ejecutantes de técnicas, intérpretes de partituras, declamadores de textos ajenos—, sino seres humanos capaces de habitar el umbral entre el silencio y el sonido, entre el misterio y el nombre, entre la intuición ontológica y la expresión consciente. 

La formación artística, así entendida, deja de ser un conjunto de competencias medibles para convertirse en un camino de retorno: retorno al instante increado donde el árbol no es «árbol», retorno al silencio cultivado que precede a toda palabra verdadera, retorno al asombro como forma primordial de conocimiento.

Cuando el niño cierra los ojos y escucha antes de nombrar, cuando el adolescente deja que una palabra brote como eco después de cinco minutos de quietud, cuando el joven toca un tambor recostado y siente que facilita el paso de un alma, están haciendo algo más profundo que «aprender música» o «aprender teatro»: están reconciliando la memoria territorial con la contemporaneidad, están activando la magia como práctica viva, están descubriendo que el misterio que los rodea nunca estuvo oculto, sino esperando a ser escuchado. 

La palabra, cuando nace del silencio, no doméstica el mundo: lo nombra con la precisión de un martillo de cristal, revelando que cada ser humano percibe una frecuencia única del cosmos y que esa frecuencia, cuando se expresa sin el apego del ego, no destruye la paz interior sino que la amplifica, la comparte, la convierte en resonancia colectiva.

Esta es, en esencia, la pedagogía de la magia y el asombro: un invitación a dejar que el silencio dibuje su contorno en el aire, a confiar en que la intuición profunda alcanza a presentir lo que el concepto no puede capturar, a entender que el origen de las cosas no fue el verbo, sino un inmemorial y fecundo silencio del cual la palabra poética —esa que nace tras años de disciplina, esa que transforma el aire en sonido, esa que actúa como resonador de la realidad ontológica— no es más que un eco consciente, un milagro que alguien lo vea, un milagro que alguien lo oiga, un milagro que alguien lo diga, y aun habiéndolo oído decir, sabiendo que nadie lo conoce del todo, seguir cantando, seguir tocándolo, seguir viviéndolo, no como imposición artística para lograr reconocimiento, sino como manera de existir en comunión con el territorio y los elementos mágicos que acompañan dichos espacios, reconciliando así el pensamiento estético y pedagógico con las prácticas tradicionales que ya son vigentes, que ya ocurren, que ya esperan, en el silencio, a ser escuchadas.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


lunes, 14 de septiembre de 2026

EL COCOLISO COLECTIVO

 


Una teoría para una época que perdió sus relieves

Últimamente tengo la sospecha de que nos está pasando algo en la cabeza. No sé si es grave, tampoco sé si tiene cura. Y, para ser sincero, ni siquiera sé si alguien lo haya diagnosticado. Pero miro alrededor, escucho conversaciones, leo algunas cosas, observo las redes, me escucho a mí mismo y cada vez tengo más la impresión de que estamos perdiendo los relieves del pensamiento.

Las ideas llegan, hacen ruido y se van. Una noticia produce indignación por la mañana; al mediodía ya estamos indignados por otra cosa. Una frase se vuelve verdad porque la repiten muchas personas. Una opinión adquiere autoridad porque aparece acompañada de miles de “me gusta”. Y palabras como libertad, paz, democracia, vida o humanidad pueden ser utilizadas cientos de veces sin que nadie se detenga a preguntar qué quieren decir realmente.

En medio de estas cavilaciones me llegó la palabra cocoliso, casi como una broma: cocoliso, como una manera divertida de decir que algo se estaba quedando sin pensamiento. Pero después la palabra empezó a molestarme. Y cuando una palabra comienza a molestar, quizá es porque está diciendo algo. El Cocoliso sería una cabeza que todavía funciona, pero cuya superficie se ha vuelto lisa. No es una cabeza vacía. Es peor —o quizá más interesante—: es una cabeza llena de cosas que no alcanzan a convertirse en pensamiento. Información, opiniones, imágenes, noticias, frases, indignaciones, deseos, recomendaciones, diagnósticos, tendencias. Todo entra y simplemente circula. Todo parece estar disponible, pero poco permanece el tiempo suficiente para dejar una marca.

Ahí empezó mi sospecha. ¿Qué había antes debajo de nosotros? Hace mucho tiempo, Carl Jung propuso una idea fascinante: que además de nuestra conciencia individual existiría algo más profundo, una especie de fondo común de la experiencia humana. Lo llamó inconsciente colectivo. No necesito entrar aquí en toda la psicología de Jung. Me interesa solamente una intuición: la posibilidad de que los seres humanos estemos conectados por cosas que no sabemos que compartimos: mitos, símbolos, miedos, historias, deseos, imágenes antiguas, preguntas que vuelven una y otra vez aunque cambien los siglos. Eso me resulta hermoso, porque puede significar que, debajo de cada individuo, puede existir una profundidad común.

El Cocoliso Colectivo aparece justamente cuando empiezo a preguntarme qué ocurre si esa profundidad se va perdiendo. No sería entonces el inconsciente colectivo, sería su caricatura contemporánea: el Cocoliso Colectivo. Ya no tenemos algo profundo que compartimos sin saberlo; tenemos una superficie que compartimos sin encontrarnos. Y aquí es donde mi chiste comienza a adquirir cierta seriedad.

Somos poseedores de una cabeza que no alcanza a hacer memoria. Quizá uno de los problemas sea que vivimos demasiado rápido, no porque antes la gente caminara lentamente —aunque probablemente también—, sino porque hoy casi todo está diseñado para que nada permanezca demasiado tiempo. Una cosa reemplaza a otra. Una noticia reemplaza a otra. Una preocupación reemplaza a otra. Una persona reemplaza a otra. Una aplicación reemplaza a otra. Hasta nosotros mismos parecemos obligados a reemplazarnos permanentemente. Zygmunt Bauman llamó a buena parte de esto modernidad líquida.

Este concepto es fascinante, pero no me interesa que Bauman termine explicando el Cocoliso Colectivo por mí, como si yo fuera un estudiante de la UPB; prefiero tomar prestada su intuición y llevarla a otro lugar. Si todo se vuelve líquido, quizá llegue un momento en que nada alcance a sedimentarse. Y el pensamiento necesita sedimentación. Una experiencia necesita tiempo para convertirse en memoria; una lectura necesita reposo para convertirse en comprensión; una conversación necesita silencio para convertirse en reflexión; y hasta una herida necesita ser mirada para convertirse en aprendizaje.

Pero si inmediatamente después de una experiencia ya estamos corriendo hacia la siguiente, ¿cuándo ocurre todo aquello? Quizá el Cocoliso Colectivo sea eso: la imposibilidad contemporánea de dejar que algo nos pase realmente.

Nos ocurren muchas cosas, pero pocas nos atraviesan. En el extraño negocio de ser nosotros mismos, no solamente vivimos deprisa; también parece que tenemos que estar permanentemente demostrando que estamos haciendo algo con nuestra vida: trabajar, producir, aprender, mejorar, publicar, responder, viajar, emprender, cuidarnos y ser felices. Ser nuestra mejor versión. Hasta descansar parece haberse convertido en una actividad que debemos hacer correctamente.

En este punto acudo a Byung-Chul Han, como si solo su mención ya le diera estatus a este chiste, pero igual que con Bauman no voy a descargar el soporte de mi tesis en su nombre. Basta con mirar alrededor para entender lo que el autor señala. Ya no hace falta que alguien nos diga: “Trabaja más”. Muchas veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos. “Debería estar haciendo algo”. “Debería aprovechar mejor el tiempo”. “Debería producir”. “Debería avanzar”. Y entonces sucede algo curioso: tenemos tanto que hacer que terminamos sin tiempo para preguntarnos para qué lo hacemos.

Ese puede ser uno de los lugares donde nace el Cocoliso Colectivo, porque pensar no siempre produce; en ocasiones, pensar solamente sirve para detenerse, y en una época obsesionada con producir, detenerse puede parecer una pérdida de tiempo.

El pensamiento necesita un poco de oscuridad. Nos hemos acostumbrado a quererlo todo inmediatamente claro. Queremos saber qué pasó, quién tuvo la culpa, qué debemos pensar, quién es bueno, quién es malo, qué significa esto, qué significa aquello. Pero hay cosas que necesitan permanecer un rato sin respuesta. Una duda no es necesariamente un fracaso. Una contradicción tampoco. Incluso no saber puede ser una forma de inteligencia. Quizá por eso el Cocoliso Colectivo tiene problemas con la profundidad: la profundidad necesita oscuridad, necesita zonas que todavía no comprendemos. Necesita silencio y misterio, y nosotros, en cambio, vivimos rodeados de iluminación permanente. Pantallas encendidas. Opiniones encendidas. Alertas encendidas. Conversaciones encendidas. Todo tiene que ser visible, explicable, compartible. Pero cuando todo está iluminado, quizá dejamos de distinguir las sombras, y sin sombras, paradójicamente, también resulta difícil reconocer los relieves.

El Cocoliso Colectivo, ahora decantado y sustentado, abandona la premisa inicial de chiste. En este punto creo que vale la pena tomarlo un poco en serio: hay ocurrencias que, de lo disparatadas que parecen, pueden irse tornando en tesis que contienen algo de profundidad. Así que es pertinente aclarar que no tengo la intención de presentar esta idea como algo que se debe evitar. No quiero convertir el Cocoliso Colectivo en una manera elegante de decir que los demás son idiotas. Eso sería bastante cómodo. Y, probablemente, bastante cocoliso.

El Cocoliso Colectivo no está en los otros; está en nosotros. Está en ese momento en que repetimos una opinión porque no tuvimos tiempo de construir la nuestra; reside cuando usamos una palabra cuyo significado nunca nos hemos preguntado; está cuando confundimos información con conocimiento. Cuando creemos que cambiar de opinión es una derrota, cuando preferimos tener razón antes que comprender. Cuando convertimos nuestra identidad en una barricada y cualquier pregunta nos parece una amenaza. El Cocoliso Colectivo es una posibilidad humana. Y por eso resulta más inquietante la paradoja de estar conectados. Tal vez esta sea la mayor ironía: nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrarnos.

Tenemos conexiones, pero no necesariamente vínculos; tenemos seguidores, pero no necesariamente compañeros. Tenemos conversaciones, pero no necesariamente encuentros. Tenemos acceso casi ilimitado a la memoria del mundo, pero cada vez parece más difícil construir una memoria propia. Estamos conectados a todo y vinculados con muy poco. Quizá esa sea la diferencia fundamental: una conexión une dos puntos; un vínculo transforma aquello que une.

El Cocoliso Colectivo está perfectamente conectado. Ese es precisamente el problema. ¿Quién gobierna al Cocoliso Colectivo? Y aquí aparece la pregunta que más me interesa. Si el Cocoliso no es simplemente una cabeza vacía, sino una cabeza incapaz de sedimentar aquello que recibe, ¿quién decide qué entra y qué sale? Tal vez ahí aparezca el verdadero poder contemporáneo. No necesariamente el poder que nos prohíbe pensar, sino aquel que consigue que no tengamos tiempo para hacerlo. No necesita censurarnos; puede entretenernos. No necesita callarnos; puede saturarnos de voces. No necesita destruir nuestros conceptos; puede convertirlos en consignas. No necesita quitarnos la libertad; puede ofrecernos tantas opciones que terminemos eligiendo sin saber por qué.

El Cocoliso no necesita una conspiración. Necesita solamente velocidad, distracción y un poco de cansancio. Y entonces aparece la vida. Pero hay algo todavía más extraño. Quizá esta pérdida de profundidad también sea profundamente humana. Porque nosotros hemos hecho cosas terribles cada vez que hemos querido simplificar demasiado la vida. Hemos utilizado la palabra humanidad para justificar la deshumanización. Hemos hablado de paz mientras preparábamos guerras. Hemos defendido la libertad mientras decidíamos quién podía ejercerla.

Hemos hablado de la vida desde lugares donde la vida de los otros parecía tener muy poco valor. Tal vez el problema no sea que hayamos dejado de conocer el significado de las palabras. Tal vez el problema sea que hemos aprendido a utilizarlas sin tener que creer en ellas. Y ahí el Cocoliso Colectivo deja de ser una simple metáfora de la superficialidad. Se convierte en algo más incómodo: la capacidad de una sociedad para continuar pronunciando palabras profundamente humanas después de haber vaciado su significado.

Volver a hacer relieves

No sé si el Cocoliso Colectivo pueda curarse. Tampoco sé si debamos curarlo. Quizá baste con reconocerlo. Tal vez resistirlo sea algo mucho menos espectacular de lo que imaginamos. Leer despacio. Conversar sin mirar el teléfono. Cambiar de opinión. Preguntar antes de responder. Aceptar que no sabemos. Dejar que una experiencia nos duela un poco antes de convertirla en una frase inspiradora. Volver a preguntarnos de dónde vienen las palabras que utilizamos. Recordar. Relacionar. Escuchar. Pensar. No para convertirnos en filósofos, sino para volver a ser un poco más humanos. Porque quizá eso era lo que había debajo del inconsciente colectivo: la sospecha de que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una profundidad. Y quizá lo que el Cocoliso Colectivo viene a decirnos es que podemos perderla. Que podemos estar juntos sin encontrarnos. Hablar sin comunicarnos. Saber sin comprender. Vivir sin detenernos a mirar qué estamos haciendo con la vida.

Lo que surgió con dos palabras que parecían un chiste me llevó a esta reflexión, que voy a dejar en este punto para que tenga tiempo de sedimentarse en sus cabezas. Tal vez esa pueda ser una apuesta para estos tiempos veloces. Quizá necesitemos que algunas ideas entren primero como chiste para poder salir después como pregunta. El Cocoliso Colectivo no es una cabeza sin cerebro; es una cabeza a la que el mundo le ha ido quitando los relieves. Y quizá pensar sea, justamente, volver a hacérselos.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


sábado, 22 de agosto de 2026

LOS LUGARES PROPIOS




«...No hay lugares naturales o naciones sustentadas en bases genéticas o raciales; lo que hay son lugares del espíritu, lugares culturales custodiados por las obras de arte, ya que solo los lugares poetizados son habitables y los verdaderos lugares los fundan los poetas y los artistas...»

José Luis Pardo (La falta de lugar, 1998)


I. La nostalgia del espacio habitado

Inicio con esta reflexiva premisa del filósofo español José Luis Pardo a propósito del pensamiento de Martin Heidegger sobre el origen de nuestros lugares y la manera en que nos emplazamos en el mundo (Dasein). Recurro a ello porque, más allá de una especulación intelectual, he ido descubriendo que es precisamente la pérdida de esos lugares en los que se configuraban nuestras prácticas cotidianas lo que nos ha desordenado el corazón y, con él, la vida misma, sustituyendo por nostalgia el regocijo que antes habitaba en la memoria.

En los años de mi primera juventud, uno de mis rincones predilectos eran las barandas de cemento de la rampa de acceso vehicular en el atrio de la catedral de mi pueblo, Jericó. Aquel era mi punto de encuentro con los compañeros del colegio, la escena de mis primeras citas amorosas y el mirador privilegiado para contemplar a las muchachas a la salida de clases. Constituía un espacio satélite primordial para el tránsito de confidencias, rumores y descubrimientos. Para no desmerecer la nobleza de tan burdas estructuras de hormigón, diré también que era habitual ver allí a solitarios quienes, abandonados a la intemperie, extraviaban la mirada hasta mimetizarse con el entorno y volverse invisibles.

Los lugares se moldean, se acomodan y transforman sus estructuras a partir de la manera en que son habitados; adquieren la sustancia que los sustenta en el flujo de la acción diaria. Sin embargo, hoy ese lugar ya no existe, al menos en su dimensión física. Fue reemplazado y, en su sitio, tan solo queda un amplio vacío proyectado para la entrada masiva de fieles: bandadas de peregrinos que arriban en busca de un milagro que los libre de «el límite primero inmóvil del cuerpo continente» (Duque, 2006). Buscan sanación ante esa miseria que implica no comprender que la enfermedad es también la frontera entre lo inmortal y lo efímero: el aviso de un espacio que limita lo limitado. Hoy, aquellos personajes poetizados por la cotidianidad —quienes se daban el lujo de ser invisibles mientras marcaban el paisaje con el estruendo de su cotidianidad— han sido desplazados junto con sus hábitos hacia los márgenes de la geografía urbana.

II. La ruina del origen y los no-lugares

Esta añoranza no es un fenómeno aislado. Acude también a otros coterráneos que vieron cómo sus propios rincones desaparecieron o fueron demolidos para dar paso a construcciones que borran de tajo la memoria colectiva, reduciendo a polvo el significado original del territorio. «La casa del abuelo la tumbaron para poner un parqueadero», se lamenta un parroquiano frente a otro a quien el ensanche urbano le arrebató el frutal donde todavía su infancia se balancea.

Vendedores ambulantes de medallas milagrosas, escapularios mercedarios y laurinos, réplicas en miniatura de la santa de moda, brebajes, pócimas y ungüentos pululan por las calles y acampan en las esquinas principales. Aturden con sus ficciones y recrean un escenario tan deslumbrante que incita a la fe.

No obstante, el desplazamiento no ocurre solo en el espacio físico. Experimentamos una progresiva pérdida del espacio mental, ocupado gradualmente por artificios e ideas advenedizas de confort. El bienestar ya no se mide por la tranquilidad del espíritu, la pureza del aire o el agua, ni por el derecho a un territorio común donde converger desde la diferencia. Nada de eso parece importar frente al poder adquisitivo. Se ignoran las aflicciones del prójimo, su angustia y ese miedo sordo que carcome la esperanza día tras día. Lo trascendente ha cedido su sitio: los nuevos espacios se configuran para no ser habitados —convertidos en lo que Marc Augé denominaría no-lugares—, donde lo estéril se erige sobre lo que antes era fecundo, gestando una noción fragmentaria del origen.

La vecindad ha dejado de ser ese territorio certero donde, pese a nuestras particularidades, nos reconocemos entre iguales. Antes, la vecindad echaba raíces en el barrio, el parque, el salón de billar o la mesa familiar. Hoy, como señala Michel Foucault, el emplazamiento ha sustituido a la localización, redefiniendo las relaciones entre los elementos que integran el tejido social.

III. El territorio imaginado y la resistencia poética

Parte del malestar que expongo —y que bebe del rumor generalizado entre los habitantes de este pueblo donde transcurre mi segunda juventud— es la constante incertidumbre: ¿nos quedará espacio donde habitar?, ¿nos privará la minería del agua?, ¿dejarán las empresas reforestadoras tierra suficiente para que el campesino cultive el pan de cada día? Asimismo, nos preguntamos cómo circularán los bienes y de qué manera se habrá de reconfigurar el territorio ante tales amenazas. Para muchos, este espacio encuentra sus límites en el marco de la plaza principal; para otros, se extiende hasta los dominios de la imaginación, allí donde la memoria y la identidad dictan las formas de relacionarse con la vida.

Si soy honesto, mi lugar propio es un espacio poetizado: un pueblo idílico heredado de los relatos que compartían los mayores. Habito una ficción de la memoria y, por tanto, resido en lo intangible. Para entablar esta conversación y respaldar la idea que me ronda, recurrí al ejemplo de las barandas del atrio, pero estoy convencido de que cada habitante de Jericó conserva, tuvo o está por configurar su propio lugar interior.

Soy el producto de un relato; mi narrativa sufrió una ruptura en su línea temporal, pero logró adaptarse al entorno derruido para seguir soñando con otro tiempo. Soy un sujeto idílico que insiste en sentarse en las barandas de hormigón a la entrada de la catedral: no a la espera de un milagro ni pretendiendo formar parte del paisaje, sino aguardando la llegada de las cinco de la tarde, hora en que desfilan las colegialas. Entre ellas, la más bella: aquella que desacraliza para siempre mi tiempo y me aquietara con su mirada indiferente en este rincón propio de la espera, refugio incondicional de los solitarios.

Lúcido y gozoso en medio de la crisis —ese estado privilegiado desde el cual reconozco mi existencia—, me entrego a la certeza de no estar tan solo. Encuentro morada en las canciones compuestas por otros, navego en los ideales de los sabios y naufrago en lo inefable de la poesía: verdadero lugar del espíritu, mi lugar propio.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


Referencias bibliográficas

  • Augé, M. (1992). Los no lugares. Espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.

  • Bachelard, G. (1957). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.

  • Duque, F. (2006). Esculpir el lugar. En A. Ortiz-Osés & F. Duque (Eds.), La interpretación del mundo: Cuestiones para el tercer milenio (pp. 95-131). Anthropos.

  • Foucault, M. (1984). De los espacios otros (Des espaces autres). Conferencias dictadas en el Cercle d'Études Architecturales.

  • Pardo, J. L. (1998). La falta de lugar. Editora Nacional / Pre-Textos.


CATÁLOGO INCOMPLETO DE PREGUNTAS SIN RESPUESTAS

  Inventario de sonidos que nunca existieron, pero que alguna vez escuchamos.  Este es un inventario de sonidos que nunca existieron. Por e...