jueves, 2 de julio de 2026

UNA DE TAXISTAS

 


Me parece muy curioso que en las series y películas cualquiera tome un taxi como si fuera el medio de transporte más popular y asequible del mundo. Cualquier transeúnte levanta la mano y, como por arte de magia, un taxi aparece en el instante preciso. Pero la experiencia me ha enseñado que tomar un taxi, por ejemplo, en Nueva York, puede costar lo mismo que una finca en tierra caliente en mi pueblo; quizá haga falta añadir una pequeña parcela en tierra fría para terminar de pagar la carrera. No exagero. Si alguien planea visitar Nueva York y piensa movilizarse en taxi, conviene saber que el presupuesto de las vacaciones puede dispararse solo en transporte.

Lo verdaderamente popular es el metro: ese sistema masivo que atraviesa ríos, túneles, barrios y geografías humanas. También están los buses, aunque, si uno no presta atención a las acostumbradas nomenclaturas de uptown y downtown, termina perdido, gastando más dinero en regresar al lugar al que llegó sin querer queriendo y que, a veces, resulta ser precisamente el lugar que no quería encontrar.

Pensé en esta frivolidad hace poco, viendo una serie de televisión en la que, curiosamente, todos tomaban un taxi. Bastaba un corte de cámara y ya había uno esperando en la esquina, como si el conductor hubiera recibido el guion con anticipación.

Algo semejante ocurre en The Truman Show: el mundo entero parece conspirar para que nada se salga del libreto, sin que el personaje principal lo advierta, hasta el momento de su iluminación, ya adulto. No es gratuita esta alusión. Mi discurso está hecho, para bien y para mal, de cultura pop. Suelo mezclar emociones personales con evocaciones de películas, series y comedias de situación que terminan aportando referentes históricos, sentimentales o, por qué no decirlo, imprescindibles en mi conversación.

No quiero extenderme demasiado, aunque sospecho que ninguna anécdota es verdaderamente inútil. Recuerdo que, en un año que ya no consigo precisar, paseaba por Nueva York cuando me sorprendió el huracán Sally. Tal vez el lector, más diligente que yo, busque en internet el año; yo aporto el nombre y el mes, septiembre, y así me ahorro la tarea de nombrar un año que, por alguna razón del corazón, no quiero recordar.

Una noche decretaron alerta general y, de manera casi apocalíptica, la ciudad se paralizó. Cerraron el metro justo cuando llegué a la estación de la calle 33 sobre Park Avenue para dirigirme a Queens, donde me hospedaba. Un policía me impidió el ingreso: el servicio había terminado.

Sin otra alternativa, caminé. No era como ir del Faro a la plaza de mi pueblo. El Faro es el sector donde me crié —o donde sigo viviendo, que para ciertas nostalgias es lo mismo—, y la plaza queda aproximadamente a ochocientos metros. Yo mido el mundo con esa escala doméstica: la distancia entre mi casa y el parque del pueblo. Así que pensé: «No puede ser tan lejos». Y eché a andar.

Pronto la noche, el viento y la lluvia —ya no gotas, sino baldados del cielo— comenzaron a corregir mi optimismo. No tuve más remedio que detener un taxi.

Después de varios intentos fallidos —porque, en la vida real, los taxistas no tienen un guion con nuestra historia—, un taxi se detuvo. Al subirme noté, con asombro, que el conductor era el mismísimo Kalimán, pero con barba. Mi imaginación, educada por la cultura popular y por ese extraño mecanismo que un poeta de Jericó alguna vez despreció llamándolo «onirismo hilarante», me hizo creer por un instante que vería a Solín sentado a su lado. No fue así: iba solo Kalimán y me saludó en un idioma que no alcancé a identificar.

Le extendí un papel con la dirección. Él lo miró, murmuró algo y siguió conduciendo mientras discutía por teléfono con alguien al otro lado de la línea. ¿Pueden creer que esa conversación duró casi toda la hora que tomó el trayecto? Fuimos esquivando calles cerradas, atravesando túneles y desviándonos una y otra vez hasta llegar, finalmente, a mi destino.

Con el paso de los minutos dejé de prestar atención al camino. Había algo hipnótico en aquella conversación que, sin entender por qué, terminó por desplazar el ruido de la lluvia y del motor. Las tormentas tienen esa costumbre de desordenar las proporciones del tiempo. Una hora puede parecer una noche entera, y una conversación cualquiera terminar pareciéndose a una revelación.

Durante casi una hora escuché aquella conversación como quien oye llover: sin prestar demasiada atención y, al mismo tiempo, sin poder dejar de escuchar. Solo mucho después comprendí que lo raro no era que el hombre no dejara de hablar por teléfono. Lo raro era que yo entendía cada palabra.

Es posible que no me haga entender. Pero así fue: aquel idioma extraño se traducía simultáneamente en mi cabeza. Escuché una historia doméstica de amor, de hijos desobedientes, de desengaños, de dinero que no alcanza; las mismas quejas humanas que no distinguen idioma ni apariencia.

Al terminar la carrera pagué doscientos dólares. Aquello equivalía, más o menos, a la mitad de los recursos que había destinado para mi estadía en la ciudad. Aun así, me quedó la historia del Kalimán neoyorquino.

Las historias, como ciertas deudas, acumulan intereses con los años. La recordé hoy viendo la serie Bones: una mujer tomaba un taxi con absoluta tranquilidad; le entregaba un papel con una dirección a un conductor que llevaba turbante y una barba esponjosa como un pudín de chocolate. Creí reconocerlo. Se parecía ligeramente al hombre que aquella noche me llevó desde la calle 33 hasta Queens, en medio del huracán Sally, del frío y de esa ciudad que, como toda gran ciudad, a veces parece inventada por un guionista con onirismo hilarante.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Medellín, 16 de junio de 2026

 

lunes, 27 de abril de 2026

LA COLOMBIA QUE NO ES OTRA, SINO LA MISMA INFINITA


                                                  Panorámica del municipio de Jericó. Foto Andrés Restrepo

En mis andares he escuchado en varias oportunidades a la gente decir "Eso es otra Colombia". Para mi ser inquieto que intenta no tragar entero, esa afirmación suele provocar una reflexión inminente, o varias debó aclarar, así es que en esta columna que se mueve por variopintos temas, voy a intentar dar cuenta de mis pensares al respecto.

¿Cuál es esa Colombia "principal", esa desde la que juzgamos todo? ¿La de los rascacielos relucientes de Medellín, con sus cafés de exportación y feria de flores? ¿O la de nuestras veredas antioqueñas, donde el café se cultiva con manos callosas bajo el sol de las montañas?

He recorrido este país como un artista errante, mochila al hombro, libreta en mano, y me arriesgo a decir que no existe "otra" Colombia. Es la misma, solo que inmensa, un tapiz tejido con hilos que se desbordan de cualquier mapa. Es como esa mujer que ves en una foto publicitaria (seductora, pero incompleta) hasta que la abrazas y sientes su pulso entero.

Propongo un recorrido breve iniciando por la Guajira, ese extremo norte donde el viento salado te azota la cara como la voz de un Wayuu que te cuenta historias de rancherías eternas. Allá, las cabras pastan en dunas que parecen infinitas, y las mujeres tejen mochilas que llevan el peso de siglos. No es exótico, es Colombia cruda, la misma que nos recuerda que el agua es vida, como en nuestras fincas cafeteras cuando la sequía aprieta o acechan otros intereses.

Bajé al Chocó selvático, donde el río Atrato late como un tambor vivo, en un velorio chocoano, bajo la lluvia que no deja de repicar sobre las techumbres, el porro une a la familia en duelo y fiesta.  Lo pagano y lo religioso se expresan en un “revulú” donde se rompen inhibiciones sin distingos de clase, en marchas multitudinarias con libertad de movimientos que pueblan las calles de desenfreno y misticismo. 

Sudé rallando yuca en una maloca, compartiendo el sol que no distingue razas, sudor que es el mismo que chorrea en las frentes de los campesinos que aran la tierra, en las trochas de Jericó o Támesis.

En el Amazonas, en un trueque con una Ticuna, cambié mi mochila viajera por un collar de semillas que huele a río y misterio. Sus ojos me hablaron de un mundo sin prisas, donde el tiempo es el pez que nada lento, y el Yacuruna un espíritu que cuida los ríos y al mismo tiempo un hombre que seduce mujeres para llevarlas a su reino subacuático.

Crucé los Llanos Orientales, ese mar de hierba donde el joropo te hace bailar hasta el amanecer, con el llano infinito como techo. Allí, un vaquero me invita a un chimú, y sentí mi alma de montañero fundirse con la Orinoquia; entendí que soy parte de un mismo espíritu indomable, en una tierra que da café, ganado y sueños.

En Tumaco, Pacífico profundo, las marimbas te envuelven en arrullos, berejú y jugas, ritmos tradicionales que mantienen vivo el dialogo con el territorio y los ancestros, generaciones se juntan en el mar, cantando lo que duele y lo que goza. 

Pero ¿Qué es "esto" y qué es "aquello"? Si uno es "otro" ¿Cuál es la hermana gemela, cual la original? La dicotomía se deshace en el absurdo borgiano: No hay Colombia principal ni secundaria, sino un continuo hiperreal que se desborda. Esa "otra Colombia" (el Chocó selvático, la Guajira desértica, el Amazonas indígena o los Llanos infinitos) no es una desviación exótica, sino el territorio que el mapa oficial ignora o reduce a signo turístico. Es la simulación de una nación que se cree compacta, cuando en verdad es un archipiélago de realidades yuxtapuestas, donde el referente central es solo un desierto de lo real, un eco vacío de diversidad aplastada por el relato nacional.

Como caminante de esta Colombia única, invito a rasgar el mapa y vayamos a los bordes difusos: a las malocas, los velorios, los trueques, y a todo aquello que el asombro nos permita. Es menester fusionar nuestro horizonte citadino con el de las comunidades indígenas, los grupos afro y llaneros, los campesinos que custodian esta patria. Dejemos que lo "otro" sea hogar común.

Reconozcamos esa Colombia infinita caminándola. El recorrido inicia en el portal de nuestra casa, hasta donde la curiosidad de nuestros pasos nos lleve, cada pulso (indígena, afro, mestizo, campesino o citadino) late como uno solo. 

Y tú, querido lector ¿Dónde termina tu tierra y empieza tu propio sueño de ella? Te invito a salir, caminar, y escuchar. Esta Colombia es tuya, entera y real.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

carloscantante@gmail.com


miércoles, 22 de abril de 2026

TABAQUITO Y MEDIO


En la quilla de una carabela — quizás pudo ser la niña—, el tabaco cruzó el charco como un demonio disfrazado de hoja, llegó a Europa colgado al cuello de Rodrigo de Jerez, el primer evangelizador incauto. Ayamonte, su pueblo natal, lo vio exhalar nubes primordiales de magia pura, el humo astuto que serpenteaba por sinapsis neuronales, liberando dopamina en un éxtasis químico; muy rápido Rodrigo fue encarcelado porque un hombre que sacaba humo por la boca tenía que haber hecho un pacto con el diablo.

Los inquisidores en 1559, lo juzgaron por brujería salvaje - “¡Práctica diabólica de indios paganos!" -, tronaron los sacerdotes, encadenando seis años en una mazmorra donde el humo se volvía profecía prohibida, pero su semilla de 69 millones de años en su linaje fósil desafió los dogmas eclesiásticos, para cuando Jerez salió de la cárcel ya la costumbre de fumar se había extendido hasta nuestros días.

Tiempo después, en 1585, el cardenal Prospero Santacroce, sabio en yerbas, lo cultivó y logró colarse en claustros benedictinos como "Antídoto contra la carne tentadora". Fray Giuseppe da Copertino, junto con otros religiosos de la época fueron fieles seguidores de esta idea, el tabaco sacaba la humedad natural del cuerpo, por tanto ayudaba a calmar los deseos carnales, los monjes flotaban en éxtasis en volutas que ahuyentaban demonios lúbricos.

Los entendidos sabrán que el tabaco es vasoconstrictor, así que apaga los impulsos. Yo creo que los frailes hicieron un pacto vegetal para eliminar sus ideales pecaminosos, ilusión pura.

Mi bisabuela, tejedora de auroras y ocasos, lo midió todo en brazadas de tabaco: desde el alba al crepúsculo de su vida campesina, curaba fiebres con cataplasmas de hojas secas — antiséptico natural, eugenol y solanina fueron los guardianes de su piel —, además protegía sembrados de plagas y potenciaba rituales que no palidecían ante hechiceras europeas. Su mundo era un mapa de humos curativos, donde el tabaco reinaba como elixir y escudo.

Don Gilberto, hombre cerrero, todas las tardes recuesta su taburete ante el zaguán por donde entran las bestias y los hombres iletrados, chupa y sopla bajo el alero de su sombrero de fieltro, el humo asciende vertical, en una columna dórica de partículas finas que filtran la luz vespertina y va proyectando sombras sabias, las  bestias calman su trote difuso, y  los  hombres hallan paz en esa niebla cargada de memoria indígena.

A mi tía, le decían la negra, fue una mujer de lecturas profundas, la tildaban de bruja porque leía el tabaco en espirales proféticas — patrones caóticos que anticipaban divorcios y muertes—, leía el futuro en las venas de las hojas, el fondo del chocolate en posos adivinatorios, los vientos en susurros de plataneras y cafetos. Sus parientes la miraban con desdén, ciegos a su videncia, herencia de chamanes con mezcla de sangre hidalga y montañera, para mí la tía, no era más que una lectora consumada.

En los tiempos que corren, le llaman "abuelito" al tabaco, pero no es un anciano decrépito, fueron los hombres antiguos quienes lo humanizaron, lo volvieron aliado desde tiempos en que solo era alimento para hormigas arquitectas de reinos subterráneos, revelando ciudades mágicas en túneles de quitina. El tabaco antes de ser cigarrillo fue medicina mágica.

Lo nocivo no es su esencia, millones de años de coevolución con humanos en rituales mesoamericanos lo evidencia, sino el hombre torpe que no dialoga: fuma en exceso, ignora su medida y ha pervertido el pacto.

En mi pueblito existe un lugar en la montaña al que llaman el “Alto del Tabaco”, se encuentra a unos dedos de distancia del sol, y a tabaquito y medio de la tierra, allí está velando su secreto geológico: un promontorio donde hojas volaron en caravanas prehispánicas, olvidadas por el tiempo.

En mi última visita al sol, descendí al alto donde su luz besa promontorios prehispánicos, y pude observar a Rodrigo de Jerez exhalar sus nubes primordiales junto al cardenal Santacroce y su franciscano flotante, mientras mi bisabuela tejía cataplasmas crepusculares; vi a don Gilberto filtrar los destellos vespertinos con columnas dóricas de humo, y a la tía leyendo espirales proféticas en sus volutas, descifrando venas de hojas y posos de chocolate.

Juntos danzaban reencontrándose con el pacto vegetal, bifurcados en partículas cuánticas en un portal eterno, sin juicios inquisitoriales, entendidos en que el tabaco no es un vicio torpe del hombre, sino un río de historias que susurran curas genéticas, eco de rituales mesoamericanos y futuros no fumados. Y allí ante mi asombro, el tabaco hermano de hombres y mujeres sabias y nieto de brasas, ascendiendo como remedio colectivo hacia lo indecible.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa.



miércoles, 25 de febrero de 2026

De bodegones, el Divino Rostro, Juanes y otros enseres

 

Enseres de familia y gusto heredado

Este texto nace de una charla de café en Medellín, donde el humo del tinto se mezcla con debates sobre arte y consumo, y un recuerdo familiar irrumpe como un bodegón mal colgado. Inspirado en las paredes de mi casa —esos altares laicos de buen gusto impuesto—, explora cómo la sociedad de consumo democratiza no solo el placer, sino también el desacuerdo estético. Con ecos de Pardo, Benjamin y Canclini, y el mantra paisa de fondo, defendiendo que en el derecho al mal gusto late la verdadera singularidad cultural: la nuestra, vulgar y vital.

 
De bodegones, el Divino Rostro, Juanes y otros enseres

En mi casa, el que pinta y ordena es mi papá, que sabe de pinturas y moldes. Desde pequeño se preciaba de tener buen gusto, una herencia maldita de sus hermanos mayores. Por eso, en casa las cosas están siempre en su lugar correcto, cumpliendo su función vital: desde las tazas en el locero, pasando por los botones de colores en el frasco bocón, hasta el mantel bordado con encajes en su respectivo domingo, y el Señor Crucificado, sostenido en el aire sin clavos porque ya bastan los de la cruz.

En una ocasión, frente a un bodegón que mi mamá compró a un vendedor callejero, soltó: «Definitivamente, la modernidad puso el mal gusto al alcance de todos». Supongo que parafraseaba a alguien. Lo cierto es que mi mamá, buena esposa por más de cincuenta años, retiró el cuadro y lo mandó al sótano, junto a la Virgen María, el Sagrado Corazón de Jesús y un retrato de Gardel. Allí, en su destino absoluto, se aseguró de que no dañará más la salud estética de la casa.

El argumento de mi padre era tajante: esas cosas no eran arte ni lo representaban. Se reconoce el gusto de una persona por el tipo de cuadros que cuelga en las paredes. Para dar valor a lo absurdo estaban los museos y las anticuarias. Para él es imposible pensar que una lámina reproducida en serie, solo porque le pareciera a alguien, fuera una obra de arte. Una pared no merece ser hendida por un clavo si el colgajo es una baratija.

Cuento estas intimidades familiares porque fue lo primero que me vino a la mente en una charla de café con un amigo. Pasamos de chismes cotidianos a lecturas en curso o al último capítulo de Los Simpson, y surgió la pregunta por los efectos de la sociedad de consumo en las dimensiones éticas y estéticas del arte. Salí al paso aclarando que la única dimensión de la que tengo referencia es La dimensión desconocida, esa serie de TV que vi de niño entre asombro y espanto. Mi contertulio me invitó a la gravedad del tema, y ​​no me quedó más remedio que arriesgarme. Así llegó lo de la familia.

Arriesgando una conjetura, diré que uno de esos efectos es haber convertido la obra de arte en artículo de consumo y la emoción en representación teatral. Ya no importa qué tan bueno sea quien canta, sino con quién se acuesta la cantante; la banalización de lo uno, convertida en diversa y justificada por la inclusión, el derecho, la libertad de pensar... y de obligar a otros a pensar igual.

Para darle un punto académico a esta disertación, se me antoja citar a José Luis Pardo en su ensayo:  Sobre los espacios pintar, escribir, pensar. Allí explora esos territorios oscuros donde ya no pasa nada: una lámpara nocturna que no se apaga para que el lector eventual halle la página donde su personaje preferido le siga llenando de emociones. Ahora, tanta luz eléctrica nos priva de ese feliz encuentro. Me pregunto si no es tan terrible ser un producto: el cine nos regaló a Chaplin, Cantinflas, Laurel y Hardy, y hasta El cuarto verde de Truffaut, con todos sus cameos posibles. Después de todo, no son solo productos —y sé que me contradigo—. Que podamos consumir arte en sus variadas manifestaciones contemporáneas no es tan malo; es solo un efecto. Si Shakespeare estuviera vivo, seguro trabajaría para Netflix, y Yago posaría para Christian Dior.

El asunto es que terminamos pensando en efectos como si fueran daños, en transgresiones. Eso reformula la idea: la sociedad de consumo permite la democracia de las posibilidades, un abanico que se abre hasta para el derecho al mal gusto. Llenar la casa de cuadros comprados en un andén —copias del original o bosquejos de aficionados—, tomar licor barato, escuchar a Juanes y llorar a pulmón «Ama la tierra en que naciste», y exaltar el «parce» como mantra paisa que nos singulariza.

Incluso en eso ordinario, que revela las fisuras del mundo posmoderno, asoman destellos de optimismo. Probablemente una emoción naciente atraviese La dimensión desconocida, y un niño cante ante el caos. Supongo que parafraseo a alguien: también heredé otros enseres de mi papá.

 En el umbral de lo cotidiano


Al final, el bodegón exiliado en el sótano y el «parce» entonado a grito pelado no son sino ecos de una misma herencia: la nuestra, mestiza y rebelde, donde el buen gusto de mi padre choca con la libertad vulgar del consumo. Como dice García Canclini, en América Latina el arte híbrido prospera en esas tensiones, entre lo sacro y lo callejero, lo original y la copia masiva. No hay dimensión desconocida que no sea, al cabo, la de nuestro propio hogar —un lugar donde el mal gusto, paradójicamente, nos hace humanos.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

La Narrativa Urbana: La Ciudad como Protagonista y Contexto

 


Ejercicio de escritura # 1

La narrativa urbana representa un campo literario fundamental para comprender la complejidad del espacio citadino y las múltiples relaciones humanas que en él se desarrollan. La ciudad, más que un escenario, se configura como un organismo vivo que alberga el derecho civil, la civilización y una diversidad de personajes y conflictos. Mientras que la literatura campesina ha dominado el panorama en nuestra tradición literaria colombiana, la novela urbana emerge como una necesidad para reflejar una realidad que no se limita al campo, sino que explora las dinámicas sociales, económicas y culturales de la urbe. En ese sentido, Medellín es un claro ejemplo de una ciudad poco narrada, que oculta tras su superficie numerosos oficios, personajes y experiencias dignas de ser contadas.

La escritura de la novela urbana no es producto exclusivo de la inspiración, sino que requiere una planificación artística rigurosa. Autores como Fernando Vallejo han demostrado que una escritura programada puede capturar con contundencia la urbe, sus contradicciones y transformaciones. La densificación de las ciudades, la pérdida del barrio tradicional, la llegada de desconocidos y la multiculturalidad son componentes que deben abordarse con profundidad y honestidad para construir relaciones verosímiles. Esta novela denuncia problemáticas como la pobreza, el fracaso y la desigualdad, mostrando un escenario donde, aunque la ciudad se mueve y vibra, muchas veces no fluye hacia la justicia social. Así, la novela urbana no solo es una herramienta de denuncia, sino también una forma de testimonio y resistencia que otorga voz a los marginados y representa la vida como una experiencia multifacética.

Además, narrar la ciudad implica una reflexión sobre la memoria y la identidad cultural, aspectos que suelen diluirse en la constante transformación urbana y la migración. La ciudad se fragmenta en Múltiples “países” dentro de sus barrios, y la presencia del inmigrante transforma el tejido social y cultural local. Por ello, la novela urbana debe ser técnicamente sólida, combinando la reflexión crítica con una narrativa honesta y rigurosa, convirtiendo la ciudad en un personaje más dentro de la historia.

En conclusión, la novela urbana es un género literario indispensable para entender y representar la vida contemporánea en las ciudades. Es un espacio narrativo que reclama atención y estudio, pues es el reflejo de una realidad dinámica, compleja y muchas veces contradictoria. La literatura que emerge de la ciudad tiene el potencial de transformar percepciones y aportar a la construcción de una sociedad más consciente de sus retos y posibilidades. Por eso, narrar la ciudad es narrar la humanidad en constante movimiento, y es deber del escritor traer a la luz esas voces, conflictos y memorias que conforman el pulso urbano contemporáneo.

La novela urbana debe consolidarse como un campo crítico y creativo que articule la memoria, la identidad y las múltiples experiencias que definen la ciudad moderna, cumpliendo el papel de testimonio y herramienta de cambio social.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

martes, 7 de octubre de 2025

ELEGÍA A LA MESA VACÍA


Foto cortesía de Juan David Montoya


Hubo un tiempo —lo juro por los surcos y los soles— en que los alimentos eran

sagrados.

Se partía el pan con las manos abiertas y el alma despierta.

Se murmuraba una oración o un silencio.

El primer bocado no iba a la boca, iba al altar.

Hoy, no.

Hoy comemos como quien saquea, no como quien agradece.

Los alimentos, otrora bendición, se han vuelto sospechosos.

Enemigos invisibles que se deslizan por nuestras gargantas envueltos en culpa y

etiquetas: sin azúcar, sin grasa, sin alma.


Le tememos al cerdo pero no al desprecio con que lo tratamos.

Huimos del colesterol, no del olvido.

Hemos olvidado ofrecer su carne, agradecer su cuerpo, mirar a los ojos del animal

antes del sacrificio. Matamos sin ritual, comemos sin duelo, y luego tragamos

químicos para redimir el pecado que no confesamos.


Nos sentamos frente a pantallas, no frente a mesas.

Masticamos de afán, con el corazón exiliado.

Ni miramos el pan: lo damos por hecho, como si el trigo nos debiera algo,

como si no hubiésemos sido nosotros los que nos encorvamos primero,

quienes domesticamos la tierra y, al hacerlo, nos volvimos esclavos de ella.


Maldecimos el gluten como si el trigo nos hubiera traicionado,

como si no hubiéramos pactado con él desde los albores del arado,

cuando nos rendimos al surco y a la cosecha.


Olvidamos que fue el trigo quien nos hizo pueblo y nosotros, ingratos, lo

devolvemos al campo como un enemigo.


El agua, que antes bajaba danzando de la montaña,

hoy viene por tubos, atada, comprimida, sin memoria,

como un animal domesticado demasiado tiempo.

Le decimos: "No corras", y cuando no corre, la vendemos.

Agua que no has de beber, embotéllala.

Haz negocio. Haz plástico. Haz sed.


Y así, uno a uno, los dones del mundo se volvieron sospechosos.

La papa, el maíz, la fruta, la flor.

No es que nos nutran: parece que nos destruyen.

Todo lo que viene de la tierra lo hemos acusado de veneno.

No porque lo sea, sino porque nosotros hemos roto el vínculo con su alma.


Comemos sin alma y por eso el alma se enferma.

No es el alimento el que nos daña, sino el olvido con que lo recibimos.


Quizá el remedio no esté en pastillas sino en el gesto, en pelar la fruta con

gratitud, en amasar el pan con humildad, en mirar los ojos del campesino, en

volver a ofrecer, compartir, y agradecer.


Que la próxima mesa no sea una trinchera,

sino un altar.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa

jueves, 3 de julio de 2025

EL TUBISTA DE LA SABANA

 


El músico sabanero, tubista de la banda más emblemática de la cuadra, lloró cuando su hijo mostró interés por el instrumento. 

—Ni de mondá te volverás músico —sentenció el padre—. La música solo trae desengaños. 

Ni siquiera la mediación de la madre logró que el hombre de la tuba cambiara de opinión; él esperaba que su hijo tuviera una vida mejor.

Así eran las cosas en los tiempos en que la música no era el estandarte de los políticos para conseguir méritos, ni el pretexto de la educación para ofrecer una mejor calidad de vida. Tomar el camino de la música era lo peor que le podía pasar a un ser humano: un tormento, la peor elección de vida, la forma inimaginada de enfrentarse con la propia muerte o con sus ahijados, los fantasmas. El músico, nos recuerda García Lorca, es aquel que tiene duende, quien va y enfrenta a la muerte, la mira a los ojos y se permite regresar para contarlo a través de cantos. Hacer música, o ser músico, no es nada sencillo. Orfeo bajó al infierno; él, en el idilio que representa su búsqueda de Eurídice, nos hereda la desazón, romantizada por la liturgia de la canción de amor que termina siendo de desamor. El músico sigue el camino del héroe que enfrenta lo más profundo y oscuro de su ser, para ir en busca de lo que ama o desea, y, sin embargo, por ese acto recibe su merecido castigo.

El papá del niño sabanero sabía que el futuro con la música no sería en nada promisorio: perdición, noches largas chupando cobre pasado con alcohol, maltrato y mal pago. Eso tendría que enfrentar si elegía la carrera de músico. Obviamente, el niño hizo caso omiso y siguió su deseo, porque finalmente de eso se trata la libertad de elección humana: tenemos el sagrado derecho a elegir de qué maneras sufrir, los modos de aprender que la vida va dando a su ritmo y entonación, todo ello coherente con las decisiones. La libertad siempre permite crear la manera propia de irse desencantando del mundo.

Hoy en día la música ya no se hace para bajar a lo más profundo del ser, ni para escudriñar los rincones más oscuros y secretos del alma humana. No se hace para enfrentar la sordera, para conversar con la melancolía o mirar cara a cara la realidad, con sus fantasmas y demonios.

 

De repente, la música se volvió la salvadora. Niños, niñas, adolescentes y jóvenes son librados de su propio aprendizaje, del fluir de sus nefandos sentires, de la posibilidad de enfrentar sus miedos, de afrontar la realidad de estar vivos. Porque pareciera que ahora la música es un bálsamo que sirve para redimir a las almas justas, con injustas causas. La música, llevada a las aulas de clase, se convirtió en el sortilegio que salva a los niños del mal designio de ser ellos mismos.

Cuando la música no era un pretexto para ser mejor persona, estaba en poder del dios Pan, el de la flauta, seductor y coqueto, que la Iglesia Católica terminó convirtiendo en Belcebú: el cabrón, el hombrecillo rojo que, con cachos y con cola, nos arrastra a la perdición.

¡Ah! Pobrecita la música, atrapada en conceptos, en reglas de estilo, en discursos académicos, en acordes irresolutos donde lo rimbombante y lo anodino vienen a amordazarla para hacerla ver pretenciosa, blanqueada y ungida con bálsamos que le restan honestidad.

Manipulada, sirve de estandarte a la estrategia políticamente incorrecta de vulnerar los valores y hacer del aprendizaje un acto esnobista, en el que no interesan los logros cognitivos, sino los oficiales.

Pese a estas manipulaciones, sus líneas melódicas son libres: surcan la cotidianidad, atraviesan las maderas horadadas de una gaita, un pito atravesado o un tambor; serpentean en silbidos y guapirreos; vibran de dulzor en el beso melodioso que nace del contacto de la boca con una hojita de naranjo. Clarinetes y trompetas pintan la sabana con tonadas de porros y fandangos, místicas melodías que no están al alcance del músico académico que no las entiende, porque no guarda silencio para escuchar, porque su ego estridula hasta el paroxismo.

El hijo del tubista sabanero se hizo músico, creció y, pese a que ignoró la advertencia de su padre, aprendió a transmutar la energía poderosa de la música. Fue más allá, y al moverse de su lugar se incomodó, y aunque también ha tenido sus desazones, se ha permitido otros caminos. La música no es ni medio ni fin, es destino ineluctable para quien es escogido. Ella puede dar la bienvenida y favorecer, como también puede negarte la invitación a entenderla y vivirla en su magnitud. El músico también puede malvivirse si no es coherente y responsable en su elección.

La risa es pa’ rila y la música es pa’ ñola, y la boca pa’ abrirla. La música es presencia, tiempo y memoria; a la música se debe llegar en libertad, no por imposición. Ella nos conecta con lo que somos, nos vuelve creativos, invita a desaprender los miedos, nos guía en el entendimiento y alegra la vida. Sus límites van más allá de una línea melódica; es más que un paisaje sonoro, más que una escuela o una dictadura musical, es más que un complejo cuestionario con preguntas orientadoras para darnos cuenta de que estamos descubriendo lo ya descubierto.

La música, en esta breve historia, es la capacidad de ser responsable y entender la sabiduría contenida en el mensaje de un tubista sabanero que le dice a su hijo: 

“Ni se te ocurra coger este instrumento y agarrar este sendero, no te imaginas lo complicado que se vuelve la vida caminando con una tuba al hombro”.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 


UNA DE TAXISTAS

  Me parece muy curioso que en las series y películas cualquiera tome un taxi como si fuera el medio de transporte más popular y asequible d...