Presento una reflexión literaria sobre mi paso por la coordinación pedagógica en los proyectos Sonidos para la Construcción de Paz y Artes para la paz, del Ministerio de la Cultura, las Artes y los Saberes, operado por la Universidad de Antioquia en la zona 3
Una pedagogía del asombro
Existe un instante —frágil como el primer aliento de la madrugada— en que el mundo se despliega sin nombre. En ese umbral, antes de que el pensamiento conceptual engendre la primera sílaba, el árbol no es la etiqueta «árbol» ni la categoría botánica que la mente fija con la precisión de un cirujano; es una vibración pura, una textura ontológica que sólo la intuición profunda alcanza a presentir. Allí, en ese espacio increado, comienza la verdadera formación artística. No la que enseña a dibujar líneas perfectas o a cantar notas afinadas, sino la que despierta la capacidad de escuchar el silencio que precede a toda palabra, de sentir el asombro que antecede a todo concepto.
La fortaleza de los conceptos
Occidente ha hecho del lenguaje una fortaleza. Levantamos muros de definiciones, torres de categorías, puentes de explicaciones. El niño que llega al aula trae consigo el mundo entero en los ojos: el sol es calor en la piel, el viento es caricia invisible, el trueno es tambor de los dioses. Pero nosotros, los adultos, nos apresuramos a domesticar ese misterio. «Esto es un árbol», decimos, y con cinco letras encerramos en una caja lo que era infinito. «Esto es rojo», «esto es mayor», «esto es menor». El niño obedece, repite, aprende. Y poco a poco, sin darse cuenta, deja de ver el árbol para ver sólo la palabra.
«El que habla no conoce. Quien conoce no habla». Esta sentencia, que resuena como un eco lejano de las tradiciones orientales, nos interpela: ¿Cuántas veces hemos multiplicado las palabras hasta ahogar el misterio? ¿Cuántas veces hemos arrojado sobre el ser una densa capa de ruido que enturbia la percepción de nuestra propia arquitectura interior? El pedagogo que habla en exceso se convierte en ese niño castigado a repetir cien veces la misma orden en la pizarra: mecaniza el gesto, pero olvida el sentido.
El silencio que no enmudece
Sin embargo, descifrar el mundo no exige enmudecer de forma estéril. El silencio auténtico no es la ausencia de sonido del infante que aún no articuló palabra, ni la inocencia involuntaria de quien actúa sin conciencia de sus actos. Es, más bien, un «no pensamiento» rigurosamente cultivado. Es la calma tras el «enfriamiento» de las pasiones y de las derivas conceptuales obsesivas. Como advertía Sarvepalli Radhakrishnan, «al observar el silencio, un hombre no se convierte en sabio si es estúpido o ignorante». El silencio pedagógico no es vacío: es poso, es tierra fértil donde la palabra puede echar raíces.
En la Bhagavad-Gita, la causa primera permanece envuelta en un misticismo inaccesible a la sola razón: «Es un milagro que alguien lo vea, igualmente es un milagro que alguien lo oiga; incluso que alguien lo diga, y aun habiéndolo oído decir, nadie lo conoce». Pero ese milagro no está reservado a los sabios de barba blanca y túnica. Está en el niño que cierra los ojos y escucha el viento sin llamarlo «viento». Está en el adolescente que, tras cinco minutos de silencio cultivado, deja que una palabra brote como eco, no como discurso. Está en el joven que toca un tambor recostado y siente, por un instante, que facilita el paso de un alma.
La palabra como martillo de cristal
Cuando la palabra nace de ese poso de quietud, deja de ser un velo estresante para convertirse en un resonador. Transforma el aire en sonido y actúa como un martillo de cristal que descifra la realidad ontológica de quien la pronuncia. Cada ser humano —niño, joven, adulto— percibe una frecuencia única del cosmos. Cuando la palabra brota sin el apego del ego, no destruye la paz interior, sino que nombra el milagro con la precisión de un eco.
Imaginemos un aula donde el docente no comienza diciendo «hoy vamos a aprender qué es una ópera». Imaginemos, en cambio, un círculo de niños con los ojos cerrados, escuchando el silencio durante tres minutos. Luego, uno de ellos emite un sonido: «aaa». Otro responde: «ooo». No hay partitura, no hay corrección. Solo resonancias. Poco a poco, sin que nadie lo ordene, surge una melodía. Alguien susurra: «parece un fantasma». Otro dice: «parece un ángel». Y entonces, sin que medie explicación conceptual, han creado una ópera mágica. Han tocado, con la voz, lo que no se puede nombrar.
La magia como práctica viva
En el Pacífico colombiano, los chigualos son cantos para abrir compuertas etéricas. Se cantan para que los ángeles reciban a los niños que mueren antes de los siete años. En el Palenque de San Basilio, el lumbalú incorpora el pechiche, un tambor que representa al muerto y se toca recostado para facilitar el paso del alma. Estos no son «recursos didácticos» en el sentido instrumental de la palabra. Son prácticas vivas, rituales que reconcilian una estructura pedagógica con la contemporaneidad.
La propuesta de «Magia y asombro» no folcloriza estas tradiciones. No las convierte en espectáculo para la feria escolar. Las integra como herramientas metodológicas: talleres donde los estudiantes recrean chigualos con percusión improvisada, donde construyen tambores del alma con globos y arroz, donde crean pequeñas obras que alternan silencio, palabra susurrada y canto coral. La magia no es adorno: es esencia. El asombro no es efecto secundario: es la puerta de entrada.
El eco del cosmos
Cada ser humano percibe una frecuencia única del cosmos. En el aula, esto se traduce en ejercicios donde el adolescente emite un sonido vocal sostenido que representa su «frecuencia». El grupo identifica resonancias y disonancias, sin juzgar. No hay notas correctas o incorrectas: hay verdades vibratorias. Uno suena como el mar. Otro, como el viento en los árboles. Otro, como el tambor recostado que acompaña el paso de un alma.
A diferencia del rechazo trágico hacia la mudez que sugería Elie Wiesel —al señalar que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia del silencio—, la verdadera palabra poética no combate al silencio: nace de él. El pedagogo que entiende esto no teme al silencio en el aula. Lo cultiva. Sabe que después del silencio, la palabra será más precisa, más honda, más verdadera.
Hablar bien es dejar que el silencio dibuje
El sonido es el cauce por el cual la infinitud silenciosa del mundo se traduce en experiencia humana. Hablar bien es dejar que el silencio dibuje su contorno en el aire, revelando que el misterio que nos rodea nunca estuvo oculto, sino esperando a ser escuchado. Esta es la propuesta: una pedagogía donde el estudiante no aprende a «hacer arte» como quien aprende a sumar o a conjugar verbos. Aprende a vivir el arte como cauce del silencio infinito.
Cuando el niño toca el árbol sin llamarlo «árbol», cuando el adolescente escribe un haiku sobre «lo que no se puede nombrar», cuando el joven crea una ópera mágica que alterna silencio y canto, están haciendo algo más que «aprender música» o «aprender teatro». Están reconciliando la memoria territorial con la contemporaneidad. Están activando el asombro como forma de conocimiento. Están, en última instancia, nombrando el milagro con la precisión de un eco.
El árbol sin nombre
Volvamos al inicio. Existe un instante, justo antes de que el pensamiento conceptual engendre la primera sílaba, en que el mundo se despliega sin nombre. En ese espacio, el árbol no es la etiqueta «árbol». Es vibración. Es textura. Es un misterio.
La pedagogía del asombro no busca quitarle el nombre al árbol. Busca que el estudiante, antes de decir «árbol», pueda sentirlo. Que la palabra, cuando llegue, no sea cárcel, sino eco. Que el silencio, cuando vuelva, no sea vacío, sino poso.
Y así, en ese ir y venir entre silencio y sonido, entre misterio y nombre, entre magia y asombro, se forma no el artista técnico, sino el ser humano que percibe una frecuencia única del cosmos y la nombra, sin apego, con la precisión de un eco.
Epílogo
En última instancia, esta propuesta pedagógica no busca formar artistas en el sentido convencional de la palabra —ejecutantes de técnicas, intérpretes de partituras, declamadores de textos ajenos—, sino seres humanos capaces de habitar el umbral entre el silencio y el sonido, entre el misterio y el nombre, entre la intuición ontológica y la expresión consciente.
La formación artística, así entendida, deja de ser un conjunto de competencias medibles para convertirse en un camino de retorno: retorno al instante increado donde el árbol no es «árbol», retorno al silencio cultivado que precede a toda palabra verdadera, retorno al asombro como forma primordial de conocimiento.
Cuando el niño cierra los ojos y escucha antes de nombrar, cuando el adolescente deja que una palabra brote como eco después de cinco minutos de quietud, cuando el joven toca un tambor recostado y siente que facilita el paso de un alma, están haciendo algo más profundo que «aprender música» o «aprender teatro»: están reconciliando la memoria territorial con la contemporaneidad, están activando la magia como práctica viva, están descubriendo que el misterio que los rodea nunca estuvo oculto, sino esperando a ser escuchado.
La palabra, cuando nace del silencio, no doméstica el mundo: lo nombra con la precisión de un martillo de cristal, revelando que cada ser humano percibe una frecuencia única del cosmos y que esa frecuencia, cuando se expresa sin el apego del ego, no destruye la paz interior sino que la amplifica, la comparte, la convierte en resonancia colectiva.
Esta es, en esencia, la pedagogía de la magia y el asombro: un invitación a dejar que el silencio dibuje su contorno en el aire, a confiar en que la intuición profunda alcanza a presentir lo que el concepto no puede capturar, a entender que el origen de las cosas no fue el verbo, sino un inmemorial y fecundo silencio del cual la palabra poética —esa que nace tras años de disciplina, esa que transforma el aire en sonido, esa que actúa como resonador de la realidad ontológica— no es más que un eco consciente, un milagro que alguien lo vea, un milagro que alguien lo oiga, un milagro que alguien lo diga, y aun habiéndolo oído decir, sabiendo que nadie lo conoce del todo, seguir cantando, seguir tocándolo, seguir viviéndolo, no como imposición artística para lograr reconocimiento, sino como manera de existir en comunión con el territorio y los elementos mágicos que acompañan dichos espacios, reconciliando así el pensamiento estético y pedagógico con las prácticas tradicionales que ya son vigentes, que ya ocurren, que ya esperan, en el silencio, a ser escuchadas.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa





