miércoles, 25 de mayo de 2022

PALABRAS, PALABRAS, PALABRAS

Al principio fueron las palabras. Las mismas que crearon el mundo. Las que contaron sobre sus miserias y grandezas. Las del navegante, las del guerrero, las del sacerdote, las del arúspice, las del pirata, las del verdugo, las del aedo, las de todos… las palabras, las que siguen siendo una muestra de la inteligencia y la imaginación. Las invencibles. Las eternas.

Reinaldo Spitaletta.

 

Por puro antojo de palabroso que soy o me nombro, me aventuro en esta columna, corriendo el riesgo de redundar, pues el que con las palabras se mete entra en el bucle del palabrero donde todo es lo mismo, aunque se presente revelador, quizás novedoso, siempre se tendrá la sensación de haberlo leído, de haberlo vivido, como esa sensación que los franceses decidieron llamar: “déjà vu” y que se pronuncia (deyaví) porque algunas palabras tienen esa curiosa potestad, no se nombran como se escriben, pero se meten en todas las hablas con su brillo tan campante y olvidamos su origen aunque las usemos como si fueran propias: chofer, carriel, sticker, voucher, yogurt…

El epígrafe que uso, lo resume, lo tomé prestado de una entrada del blog de Reinaldo Spitaletta, pensé usar la expresión lo robé del blog, pero opté por el eufemismo de tomar prestado, yo no chicaneo con los amigos, pero a los escritores no se les roba, su columna me inspiró y a él el crédito, el honor y la gloria.

Las palabras propias, impuestas, advenedizas o robadas nos definen, ¿dime con quien hablas? y te diré que sabes, ¿dime que lees? Y te diré quien eres.  Asistimos a un tiempo de caída en picada de las palabras por el desbarrancadero del ostracismo, pierden su uso siendo reemplazadas por caritas amarillas que aparecen haciendo guiños en medio de las conversaciones que ahora se llaman chats, estas caritas se comieron las palabras, en su redondez amarilla (algunas son inclusivas y vienen desde el amarillo en un misterioso desvanecimiento, que pasa por el blanco hueso hasta llegar a un rojo que parece negro), ya no expresamos la alegría con palabras, sino con caritas felices, el deseo con una berenjena y el bienestar con un pulgar enhiesto.

También las palabras son cercenadas, mutiladas sus partes, yuxtapuestas, ignoradas o travestidas, por ahí se les puede ver clamando por ayuda: “bn” (en lugar de bien), “espadadrapo” (en lugar de esparadrapo), apacharrado (en lugar de achaparrado), X2 (en lugar de decir: también me pasa a mi o estoy de acuerdo) 4U (para ti) bss (para besos) xoxo (besos y abrazos). Cierto es que la llamada vida moderna y la tecnología han impuesto sus reglas de juego y con ellas el afán, parece que ya las palabras no merecen el tiempo justo para ser escuchadas, mucho menos para ser escritas con la altura y la anchura, la textura y el espesor que cada una contiene, consumimos palabras sin tuétano.

La poeta estadounidense Muriel Rukeyser, fue quien dijo que el universo estaba hecho de historias, no de átomos, Filón de Alejandría preconizó mucho antes que: “Las palabras crean las cosas” y aquí muy cercano a nosotros, el poeta Tamesíno, Everardo Rendón Colorado, descubrió que su profesora Gilma tenía la boca llena de vocales y de allí saltó como una gotita, su primera “a” de asombro. Las palabras como cosas, las historias como universos, en resumen, definen lo que somos.

En esta edición número cien del periódico el petroglifo viene bien la reflexión, ¿cuántas palabras han surcado estas páginas?, ¿cuáles son nuestras historias?, ¿cuáles las palabras que dan sentido a nuestras vidas?, ¿cuáles las narrativas que ordenan nuestra cotidianidad?, ¿cuál el legado que estamos dejando?, ¿quién pronunciará nuestro nombre cuando ya no estemos, contará o cantará la hazaña de nuestras vidas?, ¿dónde se esconde el juglar, el trovador de nuestros tiempos?...

¿Quién le devolverá el tuétano a las palabras para que nuestra memoria no pierda la sustancia de todo eso que fuimos, somos y esperamos en nombre de las palabras no dejar de ser?

 Carlos Andrés Restrepo Espinosa


Columna Publicada en la edición numero 100 del Periodico Reginal el Petroglifo del Municipio de Tamesis Antioquia. Abril del 2022


 

viernes, 20 de mayo de 2022

RECORDERIS

Soy de buenos modos, costumbres y maneras, soy intenso en ser coherente y cierto es que me contradigo, pero me enmiendo.

Soy tierno por dentro y fiero por fuera, soy un grupetto de semicorcheas corriendo alegres, soy la toma de aire en un décimo compás, soy un cambio repentino de métrica, se que en alguna parte del mundo alguien me entiende, soy un incomprendido por zonas, mis tristezas son un asunto geográfico.

Soy el que cumple años en mayo y celebra tres días, soy el que regala tiempo que es su mayor valía, soy un coleccionista de miradas, el que escribe para los que no leen, un apasionado en el amor, generoso en el placer y experto en la soledad y otros remedios.

Soy el que canta, viste y calza...

Soy Andrés Restrepo y no me quejo.

viernes, 6 de mayo de 2022

DULCES SUEÑOS


 

¡Cómo te parece que aquella se está acostando con aquél!, -la hija de Virgelina ha dormido con muchos hombres-, -El que con niños se acuesta…amanece mojado-. ¡Que sueñes con los angelitos!

 

Inicio con esas frases para introducir un tema que por puro divertimento tuve hace poco con una amiga que solía confiar en mí sus sueños y que, por supuesto yo le confié los míos.  Los homos sapiens, cambiamos el estado de alerta por la confianza, y el refrán de seguro mato a confiado, ya no sirve de mucho, porque suele aparecer cuando ya no se usa, como regalarle a un calvo un champú para la caída del cabello.

Después del amor, se giró sobre su costado derecho y acercó su cuerpo al mío, encajó perfecto y como si faltara un último ajuste resbaló su pantorrilla y con su pie de hobbit buscó contacto con el mío quedando como los de un crucificado.

Mi respiración queda pegada a su cuello y su cabello fastidia de manera grata en mi frente, suele pasar en estos estados que la incomodidad es todo un placer.

 Toma mi mano y me arrastra a un abrazo protector, el antebrazo descansa en su torso y la mano va a reposar justo sobre su pecho cálido y siento el tambor de su corazón ascendiendo y descendiendo, con voz melosa me dice: “Dulces sueños” y se entrega en la confianza absoluta, dejando a mi merced su frágil humanidad.

 No pegué el ojo, me quedé pensando en la responsabilidad que estaba teniendo en ese momento, era yo el guardián del sueño de aquella mujer que se alojaba en cucharita entre el cuenco de mi cuerpo y la vaporosa configuración de alma que me he inventado para sentirme bueno.

 La forma de dormir de las nutrias de mar es, quizás, una de las más bonitas del reino animal. Cuando se van a dormir, los ejemplares de esta especie suelen darse la mano para que mientras duerman no se separen de su compañero y así no amanecer solos. Allí estaba yo como una nutria, pero despierto, pensando en asuntos románticos y evolutivos… evoco a Mario Benedetti, en mi caso los grandes temas se quedan despiertos conmigo mientras ella duerme el sueño que mis temas y yo, no.

Le entregamos la fragilidad al otro al cerrar los ojos en la confianza de que no nos va a devorar mientras estemos dormidos, es la expresión más honesta de amor, ¿cuántas veces hemos deshonrado semejante ritual, entregando nuestro sueño a las hienas o a cualquier ave de rapiña, que sin dudarlo aprovecharía para clavar sus zarpas en la yugular de nuestra existencia?

Las jirafas no alcanzan un sueño profundo mientras duermen. Debido a su gran tamaño y lentitud, suelen dormir tres horas, despertándose varias veces a lo largo de la noche por una cuestión de supervivencia.

El insomnio podría ser cuestión de conservación, algún rezago evolutivo que de repente se activa, pero como ya dormimos en el confort de una habitación y no en la sabana africana, esa energía contenida para escapar se queda confinada en vueltas insustanciales en la cama en procura de que el sueño regrese.

Empiezo a sentir calambre en mi brazo, lentamente lo deslizo a fin de no despertar a mi amiga y me giro y como si fuera una rutina memorizada por los cuerpos, ella me sigue y ahora soy yo quien queda acurrucado bajo su mediano abrazo protector (la abarcadura de sus brazos no cubre la totalidad de mi humanidad).  En aquella posición, cierro los ojos, respiro y me entrego a mis dulces sueños.

Y allí estamos los dos en ese al que decido llamar: “un gran salto de la civilización”, o “una gran estupidez del amor”, los dos dormidos, confiados uno en el otro, sin guardia, sin insomnio, sin contar ovejas, sin sombras moviéndose entre los arbustos, sin jerarquías, sin purezas, habitando la indefensión con un estoicismo tal que dan ganas de aplaudir a la especie humana, pero estamos demasiado dormidos para hacerlo, juntos soñamos que al despertar estaremos ahí para darnos los buenos días.

Dulces sueños nos permiten la buena voluntad del otro, su tranquilidad, su dulzura, su honestidad, dulces sueños porque somos los descendientes de una Lucy en el cielo con diamantes, dulces sueños porque confiamos en que al despertar sigamos siendo civilizados y estemos todavía vivos, entrecruzados en el genuino deseo, con las piernas anudadas, húmedos, ardorosos y baldíos, unciosos y augurales como profetizó el insomne Porfirio, pero sobre todo vivos.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


CODA

Soñar con los angelitos, es una expresión mexicana y hace referencia a «Los Angelitos», sanguinarios hijos del temido Ángel Guajardo que sembraban el terror en la zona de Chinameca. Por aquel entonces «que sueñes con Los Angelitos» era una de las amenazas más crueles que se podían hacer a una persona, y normalmente el amenazado recibía pocos días después la funesta visita de «Los Angelitos», de los que ni siquiera se ha conservado su verdadero nombre. Sólo después de la revolución encabezada por Pancho Villa, en la que «Los Angelitos» fueron linchados por el pueblo, la expresión comenzó a utilizarse como signo de victoria y como sinónimo de «dulces sueños»: «que sueñes con Los Angelitos (que ahora están muertos)». Del blog Emitologías.

 

 


martes, 12 de abril de 2022

OSTINATO


 

Los finales son difíciles, pero la verdad es que nada termina, la vida es un continuo retorno, nos repetimos y eso no tiene nada de malo; en efecto, repetirnos es lo que da sentido a las narrativas de lo cotidiano.

 La música sería imposible sin la repetición de pequeñas células rítmicas y melódicas, si no fuera por los sonotipos, no tendríamos como relacionar una música con un género o un estilo y si el músico no repite a diario digitaciones, escalas y fraseos, no alcanzaría el nivel de virtuosismo que le permite interpretar la magistral obra que ya otros han repetido hasta el paroxismo.

Nos repetimos constantemente en los rituales que diseñamos para ordenar los asuntos cotidianos y triunfar de las pequeñas miserias que nos hacen creer que vivir una rutina es algo indebido; cuando lo único que tenemos es la honestidad de repetirnos, la consecuente manera de ser cada nuevo día los mismos.

Los finales suelen venir siempre con incertidumbre, con sensación de pérdida o de dolor, dejando una gran frustración, no sirve de nada prepararnos para el fin, como tampoco sirve de nada saber que todo final es un comienzo.

Los principios suelen ser más fáciles, tanto que ni los advertimos, para darnos cuenta de ellos debemos mirar atrás, en presente no es fácil detectarlos, una mirada, una sonrisa, en ocasiones un disgusto o un acontecimiento trivial pueden ser el detonante, pero no sabemos que esos gestos o actos están siendo el comienzo de algo.


Comienzo y final son las márgenes, enmarcamos en sus extremos la infinidad de aristas del suceder, ¿qué te sucede? preguntamos al otro cuando le vemos con cara de acontecimiento, suceder y acontecimiento juntos para resolver la inquietud del estado de ánimo del otro, pero en realidad no estamos interesados en su suceder, ni en su acontecimiento, sino en el motivo de su desdicha, en su emocionalidad, en su padecer más que en su suceder.
 

Entre comienzo y final acontece que estamos solos, -al final quedó sólo- dicen de aquél hombre viejo que se pasa los días sentado en el café de la esquina, siempre estuvo sólo aun cuando vivía junto a su familia, podría decirse que estaba más desolado cuando estaba acompañado que ahora que por fin es dueño de su solitud; cambio aquí la expresión porque no es lo mismo la soledad que la solitud o por lo menos eso me enseñó mi amiga Matilde; quien descubrió danzando la diferencia entre estas dos ideas en uno de sus tantos viajes al ashram de Osho en la india.  Solo quien es capaz de vivir con su solitud podrá ser buena compañía.

-Hasta otro día-, me dijo una indígena al bajarse del bus al final de un viaje entre Ambato y Cuenca en Ecuador, -hasta otro día- le respondí consciente de que no habría otro día, pero con la certidumbre de que su forma de despedirse era un conjuro para afirmar la idea de que seguiríamos existiendo a pesar de dejar de vernos.


Un caso similar pasa con los italianos que al despedirse utilizan la expresión ci sentiamo, que en un sentido literal sería: nos sentimos, y al traducirla al español se transforma en: seguimos hablando.  Después de la despedida que ocurre al final de un encuentro y antes de dejarse de ver, también lanzan un sortilegio que les permite en la ausencia física pasar al plano del sentimiento, no nos veremos, pero nos seguiremos sintiendo.

En mí pueblo, al despedirnos nos décimos: -nos seguimos viendo-, eso sí qué es vencer el final, pues al abandonar la presencia con el otro abrimos un portal mágico para seguirnos viendo con los ojos del recuerdo, de la evocación.

Comenzar es sencillo, todos los días estamos en eso, al cerrar los ojos en la noche ocurre un reseteo de cuerpo y alma, no nos damos cuenta de esa muerte; un acto generoso de la naturaleza nos da ése olvido, dicen que los ángeles envidian esa gran posibilidad  de los mortales.

Los finales son más complicados porque nos conectan conscientemente con la muerte, por eso albergamos la azarosa esperanza de otro día, nos seguimos hablando, nos seguimos sintiendo, nos seguimos viendo.  

En medio de estas premisas estamos llegando a nuestro final, al cierre, los planes de vida llegan a una conclusión que para muchos es afortunada y para otros, puede ser paupérrima.  

 Todo esto puede ser un simple error de percepción, porque, en medio de tanto afán, no advertimos que nada termina, que nada empieza, que vivir es una continua sensación que apenas si entendemos.

 

CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA

 

 

 

lunes, 28 de marzo de 2022

El CAMIÓN DE COLORES


Todos los días a las siete de la mañana salen dos camiones de colores de mi pueblo, uno va hacia Andes y el otro va hasta la Pintada pasando por Támesis. Nótese que no dije que el primero va para Andes y el segundo para Pintada, porque el orden ha sido siempre un misterio para mi y seguro que para muchos que como yo, tomamos el camión a la salida del pueblo, así que tomarlo implica habitar la incertidumbre.

El acaecer inicia aguzando el oído para escuchar el reloj de la catedral marcar las siete de la mañana. Cuando suena el último badajazo es menester entrar al baño por recomendación expedita de mi madre que a estas alturas todavía gobierna sobre mi vejiga. Resuelta esa diligencia me paro en la puerta de la casa con la mirada hacia la loma donde está la casa de Don Feliciano. El tiempo transcurrido entre el campanazo número siete y la llegada del primer camión es incierto, pasan los minutos y no aparece, entonces empiezo a pensar que ya bajó sin darme cuenta, -eso seguro fue mientras entró al baño que se le pasó -grita la mamá de mi hermana- yo le dije que se fuera a cogerla a la plaza, -replica-.

Por fin asoma el capó del camión acompañado del estertor de sus cornetas, de una zancada gano el otro extremo de la calle y lo detengo moviendo alegremente la mano con un gesto que le aprendí al Príncipe Felipe de Edimburgo. Por orden cósmico, al detenerse el vehículo, se debe seguir el siguiente protocolo: ¿Ésta es la que va para para Támesis? -Le pregunto al ayudante que asoma la cabeza desde la última hilera de bancas, - no, ésta va para Andes, espere a la de atrás, -responde con cierto desaire mientras vuelve a guardar su cabeza dentro del caparazón del inmenso camión y el conductor continua la marcha.  Aguardo en el andén a que llegue la segunda “línea”; ya que introduje esta palabra que me estaba haciendo falta para desvanecer un poco las grecas que el peso de este camión están haciendo en estos párrafos, y con la intención de usarla un par de veces más, aclaro que toda la vida hemos llamado la Línea a este medio de transporte, algunos la llaman “escalera”,  chiva en  otras regiones y lo de camión de colores es invención poética de este escribano, para imprimirle una dosis de color a la imaginación del lector.

Veinte respiraciones profundas más tarde aparece la segunda línea que viene sin puestos, así que con todo y gesto de príncipe me mandan para el capacete, junto con los bultos de mercado, racimos de plátano, guacales con naranjas y otros insumos que no alcanzo a ver desde esta distancia en la que narro.

La primera vez que fui a Támesis fue a tocar con la banda de música. Al maestro Rafael Rivera, después de dirigir la Banda de Salgar y la de Jericó, le asignaron la de Támesis, así que cada tanto hacía integraciones o nos llevaba de refuerzo en ciertas presentaciones. Mis primeros hermanos de la música fueron de allí: Zuleta, Mónica, Carlos, Escalante, Rubiela y sus ojos donde chisporroteaban las corcheas. Voy a aprovechar este destello para justificar mi olvido al no mencionar al resto, pero aseguro que sigue resonando en mi corazón la melodía de sus nombres así haya olvidado sus letras.

Tiempos después me dio por cantar y escribir canciones y me estrené como cantautor en “La Tabernita”, un bar que quedaba ubicado en la esquina de la casa de la gobernación, que para aquel entonces era un inquilinato. Fui el telonero de Juan Guillermo García, persona fundamental que en mis inicios me aportó un repertorio invaluable y me enseñó a tocar la armónica, a él mi gratitud donde quiera que el canto lo haya llevado.

Gracias a la Invitación que me hiciera Jonny Osorio, mi primera presentación como cantante fuera del pueblo natal la hice en la casa de la Cultura Hipólito J. Cárdenas.  Ante una multitud de jóvenes entusiastas canté junto a otros músicos en un gran concierto que todavía recuerdo como si hubiera sido hace treinta años.

En adelante mi historia con este pueblo hermano siempre ha estado ligada a la música, todas mis visitas han sido en función de acontecimientos musicales, desde los tiempos en que fui un “chupacobre” con dientes de leche, ora como director coral, ora como cantautor y hasta como carranguero he estado ahí, con la floritura del canto estrechando los lazos de un pentagrama que dibujé desde niño y que hasta el sol de hoy ha servido de camino para seguir viajando sin perder el camino, atrapando en grupetos de notas musicales los ritmos de lo cotidiano donde, aunque somos distintos, podemos reconocernos iguales en la defensa de nuestro territorio y en la honradez de la herencia ancestral que desde los cerros tutelares nos recuerdan de dónde venimos.

Aquí voy esta vez sobre el capacete de la línea, agarrando el sombrero con una mano para que no se lo lleve el viento, esquivando chamizas y ramas del camino para que no me saquen un ojo, atisbando cómo ha cambiado el paisaje de Rio Frio, sonriendo, respirando feliz y silbando una tonada de un compositor tamesino. No encuentro otra manera más dichosa de regresar triunfal a Támesis, llegando por la carretera más hermosa que tiene, la que le une con Jericó.



Carlos Andrés Restrepo Espinosa

sábado, 26 de marzo de 2022

CANTO ANGLOGERMANOJERICOANO


Cantamos un buen rato, yo canté l mío, tanto que le dije a Toño que no se casara, pero se casó. Eso se parece mucho al pobre Peraloca, un personaje de Hébert Castro al que le daban recomendaciones para todo y todas las ignoraba. Cuando escribo, súbito suelen venir ideas de otros asuntos, yo trato de ignorarlas para que el lector luego no venga a confundirse y entienda lo que está leyendo, aunque si me permiten un poco de honestidad, cuando lo hago es casi siempre con esa intención, la de imaginar la cara de angustia de cualquiera que sea, intentando tomar el ritmo de la respiración de mis dedos sobre el teclado.

Dije que cantamos a fin de provocar la intriga por quiénes, en dónde y cuándo, para proporcionar el material de escritura del siguiente párrafo. Ellos eran Klaus en la guitarra, Lindtraut en el acordeón, Georg en la Flauta dulce tenor, y yo en la guitarra, la armónica y ruiditos varios; tres alemanes y un Jericoano, ofreciendo conciertos de Navidad en la región de Renania del Norte-Westfalia. Había una quinta persona que nos acompañó, Nora, una amiga que está haciendo un año de voluntariado en Wernau y que había conocido en Medellín en el coro de la Universidad, se unió al proyecto y terminó cantando, tocando percusión menor y ofreciendo catas de café, ya que manifestó su interés en el tema y Georg, que no solo es el Alemán más embelequero que he conocido, sino el único, compró café colombiano por kilos en una página web de Austria y hasta de una vereda de Betulia llegó un paquete con la foto de un campesino en la etiqueta, con una gorra desteñida de Pintuco, con un boso desaliñado y exhibiendo una sonrisa carente de incisivos centrales, y yo que no me aguanto un cólico sentado, me dio por pensar en el mercado de la porno miseria. Hasta el café me supo a tornillo.

Cantamos un buen rato, canciones folclóricas de Alemania y de Europa en general. Cantaron ellos, yo toqué la guitarra y bailé, no hablo el alemán, pero en el lenguaje de la música me ha ido bien, con ese converso hasta por los acordes, y le hago canciones a las lunáticas con mis seis cuerdas.  Luego le entramos un poco al repertorio norte americano y cantamos Bridge over Troubled Water de Simon and Garfunquel y que en Colombia conocimos en la versión de Camilo Sesto, Blowin in the wind de Bob Dylan y que yo grabé alguna vez en versión carranguera, y por ahí fue que terminamos cantando country en una versión anglogermanojericoana que fue la dicha de grandes y chicos y hasta el Tutaina Tuturumaina se volvió un canto colectivo, un mantra.

Decidieron los anfitriones que la segunda tanda del concierto debería hacerla yo, así es que saqué mi repertorio intimista y me canté y me celebré y lo que me dije a mí se lo dije a ellos, porque lo que yo soy, también lo son ellos, porque cada átomo de mi cuerpo les pertenece y viceversa. Parafraseo a Whitman y Nora hace gestos de terror cuando le pido que traduzca mis palabras al alemán. Ella no es muy buena cantando, canta para ella y eso es suficiente, además de traductora terminó de corista, tocando el Kazzo, y ofreciendo el café; a ella mi gratitud por haber hecho parte de este viaje. Yo, como el poeta de Cereté que nació en Cartagena, no soy bueno de una manera conocida, pero su compañía saca lo mejor de mí y brilla en mis ojos y resuena en mi canto.

Cantamos para campesinos, para abuelos, para niños, para jóvenes, para el advenimiento de la luz, para el conjuro del año nuevo, para reírnos, para llorar. Llevo un mes hablando italianoinglisñol y no me han faltado comida ni vino, ni noches para gastarlas; me ayudo con señas cuando la palabra es impronunciable y hasta rimo, peco, empato, pierdo, me embolato y acierto en un tiempo en que hay más personas preocupadas por morir de COVID que por vivir.

 Este año nuevo ya empezó a acabarse, todo en la vida tiene un final, menos la salchicha que tiene dos, me canta Georg para despedirme. Georg llora, él y Martina, su compañera, vinieron a traernos hasta Wernau. Hace un instante regresó a su ciudad. Prolongamos la despedida cantando, algunos hombres resolvemos la vida de esa manera, cantando para prolongar la dicha de la amistad, para enfrentar el abismo de la soledad. Le acompañé hasta la puerta, y se alejó en su Dacia amarillo, al que bautizamos el taxi colombiano.  Ahora estoy en una habitación con la calefacción al tope, afuera la temperatura está a -1°C, decido sentarme a escribir, no sé si esto lo publique, por lo pronto escribo porque estoy lleno de nostalgia y no por regresar a mi país de origen, sino nostalgia de estar tan lejos y sentirme tan cerca de mí mismo, con el corazón tan dichoso, tan consecuente con mi manía de andariego, pensando en qué nueva dirección tomar para sentir el delicioso vértigo de no ser de aquí, ni ser de allá.

Suena el teléfono, Nora me invita a tomar un café, tengo diez minutos para salir y tomar el tren que me llevará a Esslingen, parece que es un pueblo que se escapó de ser bombardeado en la segunda guerra. Me seco las lágrimas, recojo el abrigo y me expongo a la intemperie, camino con agilidad, la nariz empieza a entumecerse, esa sensación ya me parece grata, me consagro al invierno con la sabiduría del verano que se cuece en el rescoldo de sus hogueras.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Wernau, Alemania, 13 de enero del 2022

DESENCANTO

  Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía...