domingo, 16 de junio de 2019
sábado, 15 de junio de 2019
martes, 11 de junio de 2019
lunes, 29 de abril de 2019
miércoles, 24 de abril de 2019
UNA DE ROMANOS
DE
LA PRIMERA CARTA DE ANDRES RESTREPO A LOS ROMANOS
En la vía Aurelia 366 a
pocas cuadras de la estación Baldo Degli Ubaldi sentí hambre, busqué
alrededor y el viento me trajo un aroma que seguí olfateando como lo
hacen los dibujos animados, encontré un pequeño lugar de comidas caseras
llamado Osteria Antichi Sapori da Leo, un diminuto cubo en el que cabe el sabor
de Roma; el lugar a pesar de sus dimensiones está bien distribuido, las mesas
se pegan unas a otras haciendo que los comensales deban abrir espacio a los que
llegan poniéndose de pie y permitiendo el paso, pues las mesas puestas en
fila no permiten otra manera de acceso.
En aquel cubículo en el que comensales
de toda la vida suelen almorzar, me encuentro pidiendo una copa de vino tinto
con una bruschetta mientras ojeo el menú para decidir por el primer plato,
entre un pannette all’arrabbiata o un Risotto al Radicchio, elijo el pannette,
doy sorbos al vino de casa que me sabe a nostalgia de domingo en la tarde, la
decoración del lugar es estrafalaria, aunque austero el espacio no le falta el
aire acondicionado, fijados a la pared cuadros
de infantas en poses greco-romanas, una pintura de un hombre con sombrero de
paja comiendo frijoles, fotografías de futbolistas y varios recortes de
periódico enmarcados de manera insulsa en los que aparecen crónicas hechas al
dueño del lugar que es el mismo que sirve y va de mesa en mesa tras el llamado
de “Leooo”, cantado como solo los italianos saben entonar.
El lugar es tradicional, famoso en la
ciudad, pero no es un sitio para turistas, es un comedor de barrio.
Leo olvida mi orden o la ignora, tengo
la sospecha de que su esmero prima sobre su clientela de toda la vida, me
distraigo leyendo un aviso que hay en la pared que dice: “No tenemos wifi, solo
vino y navegue qué es un placer”. Al no llegar mi plato decido entonarme y
canto el nombre del dueño - Leooo -, y al instante viene atento hacia mí
y en un italiano improvisado pero con la sagacidad de un muerto de hambre, le
reclamo mi plato y acto seguido, le anuncio mi decisión de morir allí sobre el
mantel de cuadros blancos y rojos, deja salir una risotada y dice - que
divertido nuestro visitante, sale un pannette all’arrabbiata para el colombiano
que está rrabbiato -, todos miran sonríen y siguen en lo suyo. La comida llega y de una vez le ordeno el
segundo plato que elijo sin pensar, un pollo a la cazadora; me llamó la
atención el plato porque ese menú lo ofrecen cada tanto en el salón Versalles
en Medellín, y pues había que ver para comparar y en efecto, fue todo un
acierto y debo decir que muy similar al que ofrece el otro Leo en la capital de
Antioquia.
Un hombre de notable presencia
atraviesa la puerta del lugar, al verle sospecho que es un romano, un romano
que obedece a la idea que desde niño había tenido de un romano, idéntico a
Ernest Borgnine en el papel del centurión en la miniserie anglo italiana Jesús
de Nazaret, de Franco Zeffirelli que vi año tras año todas las semanas santas
cuando en mi país había televisión pública; con asombro veo que el centurión se
sienta a mi lado, recuerdo que el señor Borgnine era americano, pero su
caracterización le quedó excelente pues el personaje que tengo justo
ahora enfrente tiene la misma edad, el mismo porte e idéntica mirada, no del
actor, sino del personaje que encarnó y que yo de niño jamás imaginé que un día
se sentaría a mi lado en un modesto restaurante de un barrio popular en Roma.
Me pongo de pie, abro paso, yo no se si
decirle Don Ernest, su excelencia centurión o como le va romano, le sonrío y le
enseño la silla, él toma asiento, lo
atienden como a todo un centurión, no ordena, es como si el mesero ya supiera
qué quiere su cliente, le traen vino, pan, un poco de queso y al instante un
plato de “Bombolotti alla Matriciana”, al mismo tiempo yo estoy terminando mi
segundo plato, reparo de nuevo en el menú por si hay un postre de mi apetencia
o si me decido por un expreso con grapa, dosis que ha hecho la vida más hermosa
en mi recorrido por Italia. Estaba en esas cuando el personaje se me queda
mirando y me dice que de que parte de España soy y le digo que de la parte de
Colombia y se sorprende, - ¿un colombiano?, nunca había estado con un
colombiano en la misma mesa -, dijo con una voz que no se parecía en nada a la
de los romanos que yo conocía en las famosas cartas de San Pablo, así que con
mucho esfuerzo de mi parte e introduciendo por momentos frases al traductor del
celular, pude tener mi primera conversación profunda con un romano de verdad.
Habló de la guerra, pidió mas vino, me
enseñó su alma en la conversación, agradeció mi visita, dijo que Italia era un
país de gente humilde, que en la mesa se resuelve la vida, nos quedó del pasado
su peso, el portento de una ilustración que terminó cegándonos, la escasez
reina aún en los grandes castillos; sin dejar de hablar va trenzando en su
tenedor de manera magistral unos hilos de su pasta y me ofrece diciendo, -
Quiero que pruebe, esta es comida de pobre, pero es la que nos ha permitido a
los Italianos no desfallecer de hambre pues la pasta nunca falta si se
comparte, pruebe usted este sabor para que no olvide que los pobres cuando
comemos acompañados, la comida sabe mejor. -. Con lágrimas en los ojos recibí
el tenedor y comí de su plato, aquel inmenso gesto me conmovió y esclareció la
gracia de las palabras: “Tomad y comed todos de este pan”.
En aquel estado de agnición comprendí
que aquel había sido el motivo de mi viaje, ni San Pedro con su mercado de
indulgencias, ni Florencia en su esplendor, ni Venecia con sus manías
acuáticas, superaron el acto de aquel hombre nada común, los hechos que cambian
nuestra vida suelen venir de las personas que nos ofrecen la posibilidad de
acercarnos un poco a eso que nos queremos parecer.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa
jueves, 8 de noviembre de 2018
LA CHICA DEL CABLE
-Listo Medellín cabina 8 -, dice
Consuelo del otro lado del vidrio sentada en una silla de rodachinas, con una
diadema que le hace lucir como si fuera la piloto ante la consola de mandos de
una nave que no lleva a otro planeta, pero si acerca a tierras lejanas con las
más próximas.
Su oficio es de los más importantes,
cualquiera puede ser chófer, o nombrado alcalde por decreto o secretario, pero
no cualquiera puede operar la consola de la central telefónica, para eso se
requiere ser inteligente.
La telefonista de esta historia inició
su labor en un cuartucho ubicado en la planta baja del palacio municipal, donde
a duras penas entraban ella y un usuario, a los demás les correspondía hacer
fila a la intemperie o aguardar hasta que el citador les indicara la hora en
que debían llegar a recibir llamada, o el turno en que podían hacerla.
Del oficio siempre estuvieron a cargo
mujeres, así como en la serie de televisión española, con el intríngulis que
implicaba para la sociedad una mujer con empleo y autonomía, tuvimos nuestras
propias chicas del cable: Alicia Paredes y Ángela Gómez, Flor Ángela Zapata,
Lola Bohórquez, Griselda Celis y Berta Henao, quien le entregó la consola de clavijas
a Consuelo Meza en 1960 junto a Magnolia Zapata.
El personero expidió un permiso para
iniciar la capacitación que consistía en sentarse en una silla al lado de la
operadora oficial, quien no se prestó mucho para la enseñanza, así que Consuelo
tuvo que aprender observando y tomando nota en una libreta.
La comunicación se lograba, recuerda,
utilizando una magneto, al que le daba manivela y este hacia conexión con la
central que estaba en Puente Iglesias y de allí se establecía la comunicación
con el destino final que podría tardar horas o días.
La central
telefónica era manual, por eso requería de la intervención de una telefonista
quien se encargaba de la conexión física del cableado que venia tanto de la red
exterior como de la red local, y facilitaba las llamadas entrantes y las salientes;
las conexiones se realizan por medio de cordones, clavijas jacks y llaves de
conmutación. Cuando se descolgaba el teléfono en una de las pocas casas que
podían darse el lujo de tener semejante artilugio, al instante se identificaba
en la central con la iluminación de unos botones que en hilera parpadeaban
ansiosos.
La central telefónica pertenecía al
municipio y en el año de 1966 el departamento después de ejercer una
diplomática presión la compró para unirla a su naciente monopolio, se instala
la nueva consola de disco y llegan al oficio Marion Restrepo, Nury Velásquez,
Consuelo Parra y Aurora Legro, Dora Agudelo y Consuelo Gonzáles y otras más que
la memoria no recuerda o la vista no alcanza.
Consuelo atendió varias situaciones de
emergencia que le prolongaba la estadía en la central más allá de las nueve de
la noche que era su horario de cierre, las tragedias de ahogados del cauca que
por aquel entonces eran mas habituales, incendios, la avalancha de las nubes;
en la inauguración de la catedral fue la encargada de facilitar las
comunicaciones para todos los visitantes que llegaron de distintas partes del
país.
Recuerda con orgullo la primera vez que
consiguió una comunicación con Bogotá, la primera en la historia de
Jericó, pues las comunicaciones sólo eran locales o departamentales.
El primer repique que atendía en la
mañana era el de monseñor Augusto Trujillo Arango, obispo de Jericó quien tenía
el ritual de llamar a su mamá todos los días antes de iniciar sus labores pastorales, Consuelo
era la encargada de facilitar esa conversación.
Durante veintitrés años trabajó como
telefonista y en 1983, sus labores fueron truncadas por los azotes de un
politiquero de turno quien la sacó del cargo antes del tiempo de jubilación,
para colmo la persona que llegó a reemplazarla le negaba las llamadas a Medellín,
impidiéndole la comunicación para buscar asesoría en su situación que le llevó
a la depresión después de haberse quedado insubsistente sin causa justa.
Al cumplir la edad consiguió la
jubilación y con los ahorros logró hacerse a una casa propia, otras chicas del
cable no lograron tal suerte.
Su actividad no terminó allí, desde
entonces ha estado al servicio de la comunidad vinculada a instituciones
cívicas, religiosas y culturales trabajando con ahínco, siendo una líder
reconocida y respetada, una voz tenida en cuenta y consultada por sus vecinos
quienes acuden a ella en busca de ayuda y consejo, una mujer intachable que
junto a su esposo hicieron una ejemplar familia, de valores humanos profundos y
de quienes la cercanía desde niño me ha llevado a sentirlos como parte de mi
familia.
Ahora que la comunicación se logra de
manera instantánea, y que se puede portar una central telefónica en el
bolsillo, es inquietante pensar como dejamos al otro en visto, no atendemos las
llamadas, incumplimos las citas, ignorando que hubo un tiempo no muy lejano, en
que para tener una comunicación urgente habría que esperar días o semanas; por
fortuna allí estaba Consuelo la chica del cable dispuesta a hacer todo lo
posible para conseguirla en unas cuentas horas.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa
martes, 30 de octubre de 2018
A GABRIELA LE GUSTA DORMIR EN EL BUS
En las vacaciones de mitad de año fui a Europa, un amigo que vive en
Alemania me había hecho extensiva la invitación un par de años atrás, no le
presté mucha atención ya que pensé era un asunto protocolario, propio de un
saludo retorico que se tiene en un encuentro casual, pero insistió lo
suficiente para que me animara y cruzara el charco, así que me embarque al
viejo mundo con mi mirada nueva, una maleta pequeña con dos mudas de ropa, un
kilo de café y un paquete de bombones de coco.
El vuelo tenía escala de ocho horas en Madrid y luego continuaría hasta
Düsseldorf Alemania por dos horas y media más, que se sumarían a las diez del
primer tramo, para no querer estar sentado por un buen tiempo después del
arribo. Nunca he podido dormir mientras
viajo, la sensación es similar a la de leer y escuchar música, no se pueden
hacer las dos al mismo tiempo; durante el viaje me entrego a los pensamientos,
imagino como viene mi maleta, si se hizo amiga de otras maletas en la bodega,
imagino su posición, busco a la azafata mas linda y fantaseo cualquier cosa de
hombre grande, incluyo entre los pensamientos una eventual imagen del avión
cayendo en picada y yo recitando un poema de Amado Nervo, estos devaneos pasan
mientras veo dormir plenamente a la persona que llevo al lado, duerme con una
entrega tal que su cuerpo parece levitar, mientras su cabeza se apoya en mi
hombro, respiro profundo, intento cambiar de posición para mover el hombro y despertarla, pero en su
lugar se recarga más sobre mi y lo que consigo es que entreabra su boca
mientras espantado advierto un hilo de saliva que corre rumbo a mi camisa
nueva, el espanto me paraliza, con horror y nausea empiezo a sentir en mi brazo
la cálida humedad de su baba acumulada, el desparpajo de su sueño vuelto una
marea gelatinosa que va formando el mapa de un continente nuevo en la manga de
mi de repente envejecida y devaluada camisa.
Para colmo me ubicaron en una silla de la mitad, por el flanco derecho
franqueado por la dama de la baba siniestra y por el izquierdo por un gentil
caballero de panza irreductible que sobresale sobre el apoya brazos, asunto que
hizo de mi vida un acto de mortificación, todo un viaje a la purificación, por
momentos cerraba los ojos y vislumbraba con entusiasmo al avión caer en
beatifica picada.
Las ocho horas de escala me permitieron recuperar la fe en el prójimo y
recuperar la horma de mi espalda, faltaba poco para llegar, durante la espera
tuve tiempo de enamorarme a distancia de una joven mujer, el rostro mas hermoso
que había visto antes, el velo que cubría su cabello, resaltaba sus ojos, sus
pómulos perfectos tenían un color parecido a los duraznos de sangre del huerto
de mi casa natal, su aspecto era frágil y al mismo tiempo seguro, advertí que
no solo yo era incapaz de dejar de mirarla, todos en la sala lo hacían
abismados, hasta las mujeres no podían dejar de hacerlo, poseía una belleza
embriagadora, te atrapaba como una flor carnívora a la mosca. ¿Cual sería mi
sorpresa cuando al abordar el avión me encontré que esta mujer sería mi
compañera de viaje? Al llegar estaba hablando en una lengua extraña con otra
mujer, yo le sonreí en español y ella correspondió, mi puesto era el de la
ventana, encogió sus pies, pasé tan cerca de su rostro como lo hace el cometa
Halley cada tanto de la tierra, su mirada me encegueció, sus labios carnosos
parecían la pulpa de una fruta exótica, mi mano pasó rozando su delicado velo
de terciopelo, solo un instante después de aquella vislumbre, despertó el
sentido del olfato y emanó de aquella criatura el olor mas pestilente que mi
profana nariz había percibido en su vida, con rapidez logré sentarme en mi
puesto, sin saber si ponerme el cinturón de seguridad o romper la ventanilla y
arrojarme desde allí, no podía creer que la belleza tuviera semejante olor, eso
no es normal, me decía mientras aguantaba la respiración y trataba de
direccionar el tubito del aire que sobre mi cabeza en lugar de refrescar lo que
hacia era esparcir aquel olor innombrable por toda la nave, al parecer el único
alarmado era yo, así que enderecé mi cuello, asumí la compostura de un hombre
de mundo, giré la cabeza, ella me estaba mirando, me dijo Hola en perfecto
español, le dije hola, y no paró de hablar hasta que llegamos al destino, yo
con delicados movimientos tomé la bolsita de papel encerado que ponen en el asiento
delantero en caso de mareo, la apretaba cada tanto, le advertí discreto que
desde niño me mareaba con facilidad, ella asintió con la cabeza, cada
movimiento suyo venia acompañado de una emanación de aquel hedor cada vez mas
nauseabundo, creo que me desmaye por un buen rato, no estoy seguro, lo cierto
es que al final dejé de percibir su peculiar aroma, entre en otro nivel de
conciencia.
Ya en tierra entendí que lo del aroma es normal, el Europeo huele a las
tres ultimas letras de la palabra, no todos, creo, pero la mayoría sí, quizás
es el verano o la alimentación o la escasa higiene, que se yo, allá ellos, lo
cierto es que en el tren, en el metro, en el tranvía en el bus, en el avión, en
la acera, en el museo, en el teatro, huele a Europeo, por momentos se hacia tan
insoportable que sentía que era yo mismo el que olía así, tal vez por un
momento llegué a ser un ciudadano del primer mundo.
El remate del periplo fue en bus, un recorrido de Berlín a Duisburg en
Renania del Norte, salí a las diez y cuarenta y cinco de la noche, viajaba
con mi amigo, nos toco separados, yo en la ventanilla y el en el pasillo,
sillas distintas pero en la misma hilera, al iniciar el recorrido, los dos
veníamos con le puesto del lado libre, yo me quedé dormido, el también, en la
siguiente parada entreabro el ojo izquierdo,
veo a una mujer de tez morena, inmensa, hecha de un solo bloque, que se
empieza a acomodar con dificultad a mi lado, luego de un gran esfuerzo lo consigue,
su magnifico cuerpo se expande varios centímetros mas allá de su puesto e
invade mi espacio, yo cierro el ojo, respiro profundo me contraigo. Del otro lado mi compañero de viaje se
despierta mira en dirección donde me vio por última vez y se alarma al ver en
mi lugar a la mujer que ya describí, pero que la llamará en elegante italiano:
Donna Grassa, se levanta, y no me ve, sale del bus para verificar que no me
haya bajado por error, revisa el baño, preocupado vuelve al puesto, se sube en
un escalón, se empina y en medio de una carcajada que despierta a los otros
pasajeros descubre mi cuerpo recogido contra la ventanilla, encorvado haciendo
uso del poco espacio que la mujer deja para mi, regresa al puesto y cada tanto
mira a la mujer y sonríe, el puesto a su lado nunca es ocupado.
El viaje durará nueve horas, vienen a mi mente los compañeros del vuelo
inicial, la joven del velo, las situaciones de viaje por las que he pasado y
decido no seguir encogido, así que tomo
aire, me expando, salgo de mi rincón y saco provecho del tamaño y lo mullida de
mi compañera de viaje y dejándome caer con grácil levedad, la convierto en mi
colchón y allí me quedo hasta llegar a mi destino en el viaje mas confortable
que hago en toda mi gira. ¿Ella que dijo
cuando usted se le echó encima? me preguntó mi amigo y le dije que ella se
comportó como toda una dama, había guardado un complaciente silencio en un
perfecto español.
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