sábado, 15 de junio de 2019

DOS COSITAS

1.
Me dicen que no como si fuera si,
yo digo que no como se debe decir un no,
y no me quieren,
esas transparencias no gustan
en el planeta del vidrio polarizado.

2.
Si digo si, es porque si.
no entiendo porque hay que llamar
a confirmarlo.

Carlos Andrés Restrepo




miércoles, 24 de abril de 2019

UNA DE ROMANOS


DE LA PRIMERA CARTA DE ANDRES RESTREPO A LOS ROMANOS

En la vía Aurelia 366 a pocas cuadras de la estación Baldo Degli Ubaldi sentí hambre, busqué  alrededor y el viento me trajo un aroma que seguí olfateando como lo hacen los dibujos animados, encontré un pequeño lugar de comidas caseras llamado Osteria Antichi Sapori da Leo, un diminuto cubo en el que cabe el sabor de Roma; el lugar a pesar de sus dimensiones está bien distribuido, las mesas se pegan unas a otras haciendo que los comensales deban abrir espacio a los que  llegan poniéndose de pie y permitiendo el paso, pues las mesas puestas en fila no permiten otra manera de acceso.

En aquel cubículo en el que comensales de toda la vida suelen almorzar, me encuentro pidiendo una copa de vino tinto con una bruschetta mientras ojeo el menú para decidir por el primer plato, entre un pannette all’arrabbiata o un Risotto al Radicchio, elijo el pannette, doy sorbos al vino de casa que me sabe a nostalgia de domingo en la tarde, la decoración del lugar es estrafalaria, aunque austero el espacio no le falta el aire acondicionado,  fijados a la pared cuadros de infantas en poses greco-romanas, una pintura de un hombre con sombrero de paja comiendo frijoles, fotografías de futbolistas y varios recortes de periódico enmarcados de manera insulsa en los que aparecen crónicas hechas al dueño del lugar que es el mismo que sirve y va de mesa en mesa tras el llamado de “Leooo”, cantado como solo los italianos saben entonar.
El lugar es tradicional, famoso en la ciudad, pero no es un sitio para turistas, es un comedor de barrio.

Leo olvida mi orden o la ignora, tengo la sospecha de que su esmero prima sobre su clientela de toda la vida, me distraigo leyendo un aviso que hay en la pared que dice: “No tenemos wifi, solo vino y navegue qué es un placer”. Al no llegar mi plato decido entonarme y  canto el nombre del dueño - Leooo -, y al instante viene atento hacia mí y en un italiano improvisado pero con la sagacidad de un muerto de hambre, le reclamo mi plato y acto seguido, le anuncio mi decisión de morir allí sobre el mantel de cuadros blancos y rojos, deja salir una risotada y dice - que divertido nuestro visitante, sale un pannette all’arrabbiata para el colombiano que está rrabbiato -, todos miran sonríen y siguen en lo suyo.  La comida llega y de una vez le ordeno el segundo plato que elijo sin pensar, un pollo a la cazadora; me llamó la atención el plato porque ese menú lo ofrecen cada tanto en el salón Versalles en Medellín, y pues había que ver para comparar y en efecto, fue todo un acierto y debo decir que muy similar al que ofrece el otro Leo en la capital de Antioquia.

Un hombre de notable presencia atraviesa la puerta del lugar, al verle sospecho que es un romano, un romano que obedece a la idea que desde niño había tenido de un romano, idéntico a Ernest Borgnine en el papel del centurión en la miniserie anglo italiana Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli que vi año tras año todas las semanas santas cuando en mi país había televisión pública; con asombro veo que el centurión se sienta a mi lado, recuerdo que el señor Borgnine era americano, pero su caracterización le quedó  excelente pues el personaje que tengo justo ahora enfrente tiene la misma edad, el mismo porte e idéntica mirada, no del actor, sino del personaje que encarnó y que yo de niño jamás imaginé que un día se sentaría a mi lado en un modesto restaurante de un barrio popular en Roma.

Me pongo de pie, abro paso, yo no se si decirle Don Ernest, su excelencia centurión o como le va romano, le sonrío y le enseño la silla, él toma asiento,  lo atienden como a todo un centurión, no ordena, es como si el mesero ya supiera qué quiere su cliente, le traen vino, pan, un poco de queso y al instante un plato de “Bombolotti alla Matriciana”, al mismo tiempo yo estoy terminando mi segundo plato, reparo de nuevo en el menú por si hay un postre de mi apetencia o si me decido por un expreso con grapa, dosis que ha hecho la vida más hermosa en mi recorrido por Italia. Estaba en esas cuando el personaje se me queda mirando y me dice que de que parte de España soy y le digo que de la parte de Colombia y se sorprende, - ¿un colombiano?, nunca había estado con un colombiano en la misma mesa -, dijo con una voz que no se parecía en nada a la de los romanos que yo conocía en las famosas cartas de San Pablo, así que con mucho esfuerzo de mi parte e introduciendo por momentos frases al traductor del celular, pude tener mi primera conversación profunda con un romano de verdad.

Habló de la guerra, pidió mas vino, me enseñó su alma en la conversación, agradeció mi visita, dijo que Italia era un país de gente humilde, que en la mesa se resuelve la vida, nos quedó del pasado su peso, el portento de una ilustración que terminó cegándonos, la escasez reina aún en los grandes castillos; sin dejar de hablar va trenzando en su tenedor de manera magistral unos hilos de su pasta y me ofrece diciendo, - Quiero que pruebe, esta es comida de pobre, pero es la que nos ha permitido a los Italianos no desfallecer de hambre pues la pasta nunca falta si se comparte, pruebe usted este sabor para que no olvide que los pobres cuando comemos acompañados, la comida sabe mejor. -. Con lágrimas en los ojos recibí el tenedor y comí de su plato, aquel inmenso gesto me conmovió y esclareció la gracia de las palabras: “Tomad y comed todos de este pan”.
En aquel estado de agnición comprendí que aquel había sido el motivo de mi viaje, ni San Pedro con su mercado de indulgencias, ni Florencia en su esplendor, ni Venecia con sus manías acuáticas, superaron el acto de aquel hombre nada común, los hechos que cambian nuestra vida suelen venir de las personas que nos ofrecen la posibilidad de acercarnos un poco a eso que nos queremos parecer.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


jueves, 8 de noviembre de 2018

LA CHICA DEL CABLE

 -Listo Medellín cabina 8 -, dice Consuelo del otro lado del vidrio sentada en una silla de rodachinas, con una diadema que le hace lucir como si fuera la piloto ante la consola de mandos de una nave que no lleva a otro planeta, pero si acerca a tierras lejanas con las más próximas.

Su oficio es de los más importantes, cualquiera puede ser chófer, o nombrado alcalde por decreto o secretario, pero no cualquiera puede operar la consola de la central telefónica, para eso se requiere ser inteligente.

La telefonista de esta historia inició su labor en un cuartucho ubicado en la planta baja del palacio municipal, donde a duras penas entraban ella y un usuario, a los demás les correspondía hacer fila a la intemperie o aguardar hasta que el citador les indicara la hora en que debían llegar a recibir llamada, o el turno en que podían hacerla.

Del oficio siempre estuvieron a cargo mujeres, así como en la serie de televisión española, con el intríngulis que implicaba para la sociedad una mujer con empleo y autonomía, tuvimos nuestras propias chicas del cable: Alicia Paredes y Ángela Gómez, Flor Ángela Zapata, Lola Bohórquez, Griselda Celis y Berta Henao, quien le entregó la consola de clavijas a Consuelo Meza en 1960 junto a Magnolia Zapata.

El personero expidió un permiso para iniciar la capacitación que consistía en sentarse en una silla al lado de la operadora oficial, quien no se prestó mucho para la enseñanza, así que Consuelo tuvo que aprender observando y tomando nota en una libreta. 

La comunicación se lograba, recuerda, utilizando una magneto, al que le daba manivela y este hacia conexión con la central que estaba en Puente Iglesias y de allí se establecía la comunicación con el destino final que podría tardar horas o días.

La central telefónica era manual, por eso requería de la intervención de una telefonista quien se encargaba de la conexión física del cableado que venia tanto de la red exterior como de la red local, y facilitaba las llamadas entrantes y las salientes; las conexiones se realizan por medio de cordones, clavijas jacks y llaves de conmutación. Cuando se descolgaba el teléfono en una de las pocas casas que podían darse el lujo de tener semejante artilugio, al instante se identificaba en la central con la iluminación de unos botones que en hilera parpadeaban ansiosos.

La central telefónica pertenecía al municipio y en el año de 1966 el departamento después de ejercer una diplomática presión la compró para unirla a su naciente monopolio, se instala la nueva consola de disco y llegan al oficio Marion Restrepo, Nury Velásquez, Consuelo Parra y Aurora Legro, Dora Agudelo y Consuelo Gonzáles y otras más que la memoria no recuerda o la vista no alcanza.

Consuelo atendió varias situaciones de emergencia que le prolongaba la estadía en la central más allá de las nueve de la noche que era su horario de cierre, las tragedias de ahogados del cauca que por aquel entonces eran mas habituales, incendios, la avalancha de las nubes; en la inauguración de la catedral fue la encargada de facilitar las comunicaciones para todos los visitantes que llegaron de distintas partes del país. 
 
Recuerda con orgullo la primera vez que consiguió una  comunicación con Bogotá, la primera en la historia de Jericó, pues las comunicaciones sólo eran locales o departamentales.

El primer repique que atendía en la mañana era el de monseñor Augusto Trujillo Arango, obispo de Jericó quien tenía el ritual de llamar a su mamá todos los días antes  de iniciar sus labores pastorales, Consuelo era la encargada de facilitar esa conversación. 

Durante veintitrés años trabajó como telefonista y en 1983, sus labores fueron truncadas por los azotes de un politiquero de turno quien la sacó del cargo antes del tiempo de jubilación, para colmo la persona que llegó a reemplazarla le negaba las llamadas a Medellín, impidiéndole la comunicación para buscar asesoría en su situación que le llevó a la depresión después de haberse quedado insubsistente sin causa justa. 

Al cumplir la edad consiguió la jubilación y con los ahorros logró hacerse a una casa propia, otras chicas del cable no lograron tal suerte.

Su actividad no terminó allí, desde entonces ha estado al servicio de la comunidad vinculada a instituciones cívicas, religiosas y culturales trabajando con ahínco, siendo una líder reconocida y respetada, una voz tenida en cuenta y consultada por sus vecinos quienes acuden a ella en busca de ayuda y consejo, una mujer intachable que junto a su esposo hicieron una ejemplar familia, de valores humanos profundos y de quienes la cercanía desde niño me ha llevado a sentirlos como parte de mi familia.

Ahora que la comunicación se logra de manera instantánea, y que se puede portar una central telefónica en el bolsillo, es inquietante pensar como dejamos al otro en visto, no atendemos las llamadas, incumplimos las citas, ignorando que hubo un tiempo no muy lejano, en que para tener una comunicación urgente habría que esperar días o semanas; por fortuna allí estaba Consuelo la chica del cable dispuesta a hacer todo lo posible para conseguirla en unas cuentas horas.



Carlos Andrés Restrepo Espinosa

martes, 30 de octubre de 2018

A GABRIELA LE GUSTA DORMIR EN EL BUS


En las vacaciones de mitad de año fui a Europa, un amigo que vive en Alemania me había hecho extensiva la invitación un par de años atrás, no le presté mucha atención ya que pensé era un asunto protocolario, propio de un saludo retorico que se tiene en un encuentro casual, pero insistió lo suficiente para que me animara y cruzara el charco, así que me embarque al viejo mundo con mi mirada nueva, una maleta pequeña con dos mudas de ropa, un kilo de café y un paquete de bombones de coco.

El vuelo tenía escala de ocho horas en Madrid y luego continuaría hasta Düsseldorf Alemania por dos horas y media más, que se sumarían a las diez del primer tramo, para no querer estar sentado por un buen tiempo después del arribo.  Nunca he podido dormir mientras viajo, la sensación es similar a la de leer y escuchar música, no se pueden hacer las dos al mismo tiempo; durante el viaje me entrego a los pensamientos, imagino como viene mi maleta, si se hizo amiga de otras maletas en la bodega, imagino su posición, busco a la azafata mas linda y fantaseo cualquier cosa de hombre grande, incluyo entre los pensamientos una eventual imagen del avión cayendo en picada y yo recitando un poema de Amado Nervo, estos devaneos pasan mientras veo dormir plenamente a la persona que llevo al lado, duerme con una entrega tal que su cuerpo parece levitar, mientras su cabeza se apoya en mi hombro, respiro profundo, intento cambiar de posición para  mover el hombro y despertarla, pero en su lugar se recarga más sobre mi y lo que consigo es que entreabra su boca mientras espantado advierto un hilo de saliva que corre rumbo a mi camisa nueva, el espanto me paraliza, con horror y nausea empiezo a sentir en mi brazo la cálida humedad de su baba acumulada, el desparpajo de su sueño vuelto una marea gelatinosa que va formando el mapa de un continente nuevo en la manga de mi de repente envejecida y devaluada camisa.

Para colmo me ubicaron en una silla de la mitad, por el flanco derecho franqueado por la dama de la baba siniestra y por el izquierdo por un gentil caballero de panza irreductible que sobresale sobre el apoya brazos, asunto que hizo de mi vida un acto de mortificación, todo un viaje a la purificación, por momentos cerraba los ojos y vislumbraba con entusiasmo al avión caer en beatifica picada.

Las ocho horas de escala me permitieron recuperar la fe en el prójimo y recuperar la horma de mi espalda, faltaba poco para llegar, durante la espera tuve tiempo de enamorarme a distancia de una joven mujer, el rostro mas hermoso que había visto antes, el velo que cubría su cabello, resaltaba sus ojos, sus pómulos perfectos tenían un color parecido a los duraznos de sangre del huerto de mi casa natal, su aspecto era frágil y al mismo tiempo seguro, advertí que no solo yo era incapaz de dejar de mirarla, todos en la sala lo hacían abismados, hasta las mujeres no podían dejar de hacerlo, poseía una belleza embriagadora, te atrapaba como una flor carnívora a la mosca. ¿Cual sería mi sorpresa cuando al abordar el avión me encontré que esta mujer sería mi compañera de viaje? Al llegar estaba hablando en una lengua extraña con otra mujer, yo le sonreí en español y ella correspondió, mi puesto era el de la ventana, encogió sus pies, pasé tan cerca de su rostro como lo hace el cometa Halley cada tanto de la tierra, su mirada me encegueció, sus labios carnosos parecían la pulpa de una fruta exótica, mi mano pasó rozando su delicado velo de terciopelo, solo un instante después de aquella vislumbre, despertó el sentido del olfato y emanó de aquella criatura el olor mas pestilente que mi profana nariz había percibido en su vida, con rapidez logré sentarme en mi puesto, sin saber si ponerme el cinturón de seguridad o romper la ventanilla y arrojarme desde allí, no podía creer que la belleza tuviera semejante olor, eso no es normal, me decía mientras aguantaba la respiración y trataba de direccionar el tubito del aire que sobre mi cabeza en lugar de refrescar lo que hacia era esparcir aquel olor innombrable por toda la nave, al parecer el único alarmado era yo, así que enderecé mi cuello, asumí la compostura de un hombre de mundo, giré la cabeza, ella me estaba mirando, me dijo Hola en perfecto español, le dije hola, y no paró de hablar hasta que llegamos al destino, yo con delicados movimientos tomé la bolsita de papel encerado que ponen en el asiento delantero en caso de mareo, la apretaba cada tanto, le advertí discreto que desde niño me mareaba con facilidad, ella asintió con la cabeza, cada movimiento suyo venia acompañado de una emanación de aquel hedor cada vez mas nauseabundo, creo que me desmaye por un buen rato, no estoy seguro, lo cierto es que al final dejé de percibir su peculiar aroma, entre en otro nivel de conciencia.

Ya en tierra entendí que lo del aroma es normal, el Europeo huele a las tres ultimas letras de la palabra, no todos, creo, pero la mayoría sí, quizás es el verano o la alimentación o la escasa higiene, que se yo, allá ellos, lo cierto es que en el tren, en el metro, en el tranvía en el bus, en el avión, en la acera, en el museo, en el teatro, huele a Europeo, por momentos se hacia tan insoportable que sentía que era yo mismo el que olía así, tal vez por un momento llegué a ser un ciudadano del primer mundo.

El remate del periplo fue en bus, un recorrido de Berlín a Duisburg en Renania del Norte, salí a las diez y cuarenta y cinco de la noche, viajaba con mi amigo, nos toco separados, yo en la ventanilla y el en el pasillo, sillas distintas pero en la misma hilera, al iniciar el recorrido, los dos veníamos con le puesto del lado libre, yo me quedé dormido, el también, en la siguiente parada entreabro el ojo izquierdo,  veo a una mujer de tez morena, inmensa, hecha de un solo bloque, que se empieza a acomodar con dificultad a mi lado, luego de un gran esfuerzo lo consigue, su magnifico cuerpo se expande varios centímetros mas allá de su puesto e invade mi espacio, yo cierro el ojo, respiro profundo me contraigo.  Del otro lado mi compañero de viaje se despierta mira en dirección donde me vio por última vez y se alarma al ver en mi lugar a la mujer que ya describí, pero que la llamará en elegante italiano: Donna Grassa, se levanta, y no me ve, sale del bus para verificar que no me haya bajado por error, revisa el baño, preocupado vuelve al puesto, se sube en un escalón, se empina y en medio de una carcajada que despierta a los otros pasajeros descubre mi cuerpo recogido contra la ventanilla, encorvado haciendo uso del poco espacio que la mujer deja para mi, regresa al puesto y cada tanto mira a la mujer y sonríe, el puesto a su lado nunca es ocupado.

El viaje durará nueve horas, vienen a mi mente los compañeros del vuelo inicial, la joven del velo, las situaciones de viaje por las que he pasado y decido  no seguir encogido, así que tomo aire, me expando, salgo de mi rincón y saco provecho del tamaño y lo mullida de mi compañera de viaje y dejándome caer con grácil levedad, la convierto en mi colchón y allí me quedo hasta llegar a mi destino en el viaje mas confortable que hago en toda mi gira.  ¿Ella que dijo cuando usted se le echó encima? me preguntó mi amigo y le dije que ella se comportó como toda una dama, había guardado un complaciente silencio en un perfecto español.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

DESENCANTO

  Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía...