lunes, 20 de febrero de 2023

URIEL ESTÁ ENTRE NOSOTROS



El hombro derecho me duele hace un buen tiempo, busqué ayuda de un médico comercial, un bioenergético, un fisioterapeuta, un chamán, hasta acudí a un sueño lúcido, pero el dolor ha persistido.  El 31 de diciembre pasado, bajando de las nubes resbalé y caí sobre el hombro que ya dolía, ahora eran dos dolores o el mismo pero amplificado, más la tierra en el codo y la dignidad perfumada con yaragua peludo. 

Andrés cae por tercera vez, culpé al camino pantanoso, culpé a la lluvia del día anterior, también responsabilicé a la suela gastada de mis zapatos, pero la verdad es que caí y un hombre debe asumir cuando cae, sin culpar el porqué, ni el cómo, yo caí tres veces bajando de las nubes el 31 de diciembre del 2022, caí cuan largo era, una vez de lado, otra de frente y la última de culos sobre el pantano, después de haber subido como una gacela en celo, caí cuál hombre bíblico, entregado al poder de la gravedad, con toda la gravedad de mi cuerpo.

Nicolás que al subir se fatigó para que yo me sintiera un titán, ahora firme, como si sus zapatos tuvieran garras, me veía caer sonriente, como si cobrara venganza con su sutil silencio.
Compadecido de mi visible dolor me propuso invocar a Uriel, con suerte lo encontraríamos en el camino, sonreí siguiendo la corriente, ¡claro que sí! -le dije- con suerte lo encontramos desocupado- tal vez está de vacaciones y entregó la regencia del sol, con razón el día esta tan gris.
Mientras buscaba apoyo poniendo los pies de lado en el pedregoso camino, mi mente pseudointelectual empezó a hurgar información. A saber, de mis escasos conocimientos teológicos Uriel es nombrado en el Libro de Enoc (20:1-8): Uriel (20:2) es el primero en la lista de siete, seguido de Rafael, Raguel, Miguel, Sariel, Gabriel y Remiel. Allí, intercede ante Dios por la humanidad, durante el período de los Vigilantes caídos y sus hijos, los Nephilim.  ¡Mentiras! a quién quiero engañar, esos datos los busqué después, cuando me senté a escribir este relato, pero volvamos al camino de la cruceta donde estoy siendo sarcástico con la invitación de Nicolás a invocar a Uriel.

Al llegar al pueblo y no haberlo encontrado en el camino, Nicolás me propuso irlo a buscar a su casa, le seguí el juego y en el camino se nos unió Ricardo que había quedado con nosotros para subir a la montaña, pero se le pegaron las cobijas y a modo de reparación quería invitarnos a un salpicón.
Bajamos por la calle de Macondo y dimos vuelta a la izquierda por la carrera sexta en dirección a la cárcel, continuamos de frente, como si no fuera suficiente con las caídas bajando de las nubes, con mi dolor creciente en el hombro que ahora comprometía la espalda, el cúbito, el radio, el carpo, el metacarpo y hasta el “metafórico” para que alcancen a imaginar mi dolor, este par me tenían caminando y del “salpiconcito”, nada.
Por fin llegamos a una casa sencilla del sector las quebraditas, Nicolás se asomó por la ventana, saludó y preguntó por el tío Uriel, no estaba, pero al instante se manifestó en la calle aproximándose a nuestro encuentro, después de todo si sirvió haberlo convocado.
Entenderá el lector que a esta altura del dolor y del cuento, Nicolás siempre tuvo en su mente a su tío y yo al Arcángel, pero los asuntos mágicos no riñen con la vida cotidiana como verán.
Uriel saluda con una amorosa actitud: - ¿niños como están? -bienvenidos a mi casa, abraza a su sobrino. Una breve antesala y a mi dolor. 

Le cuento mi queja, -tranquilo niño que de aquí sale aliviado, saca una caja de mentol, me toma del brazo y su cabeza se gira en dirección a una lámina de Jesús de Nazaret pegada en la pared, la mira con profundidad mientras musita algo parecido a una oración y pidiendo permiso al habitante de mi cuerpo sus manos van justo a la fuente del dolor, sus movimientos son sutiles pero contundentes, -esto va para largo, sentencia, -es mejor que tome asiento, cierra los ojos y al tiempo en que masajea con experticia cada uno de los centros de mi malestar va recitando un mantra casi inaudible pero constante, Ricardo toma la quena que lleva en su mochila y como es natural en la casa de un intermediario de Dios, una guitarra se materializa y mientras Uriel hace su trabajo, Ricardo y Nicolás recrean música para ayudar en mi sanación.

Cerré los ojos, un escalofrió me sobrevino y una necesidad inmensa de llorar me asaltó, por un momento no sentí el peso del cuerpo, el dolor se fue desvaneciendo para dar paso a una agradable sensación de levedad, en la claridad de mis ojos cerrados me vi de niño cayendo, cuantos raspones en la rodilla, cuanto mertiolate calcinante…  Apareció la imagen nítida, soy un niño volando, llevando una capa roja que mi papá usaba en la peluquería para cubrir a sus clientes, volaba y caía en picada sobre un andén de piedra zafándose mi hombro derecho en el aterrizaje, lloré. Otilia mi madre aparece volando, con unas alas gigantes de color blanco y me levanta del suelo y me impone sus manos, las manos de Uriel ahora son sus manos y me dice: “sana que sana”, ofrenda su saliva sobre mi herida, me levanta en su angelical vuelo y ya no hay más dolor.  Abro los ojos nublados por mi aguacero de lágrimas y veo a tres seres luminosos danzando a mi alrededor.  La música envuelve el recinto.

Consciente de este advenimiento del amor, agradezco el ritual del que soy testigo, entiendo que la creencia es más efectiva que la fe ciega, creo en el poder curativo que se despierta cuando alguien te ofrece su buena voluntad y estos tres ángeles voluntarios me conectaron con un dolor que tenía que resolver de niño y ahora a mis cuarenta y tantos giros sobre el sol, entiendo que soy hijo del tiempo, que sigo siendo un niño que vuela y aunque cae, el suelo no es su destino.

Uriel termina su labor, me impone su mano derecha para cerrar el conjuro que convocó a tantas jerarquías, Ricardo y Nicolás se van silenciando sutilmente, un olor dulzón invade el lugar. 
-Listo niño -dice el gentil sanador, -vaya con bien.

Todos estamos llamados a ser sanadores ¿Cuál es el acto mágico que hacemos para hacer de la existencia un milagro constante, una ofrenda amorosa con aquellos que sienten dolor?
Salí de su casa ligero de equipaje como si estuviera estrenando cuerpo, la calle a pesar del caos propio del día brillaba, todo era más amigable.  En la plaza me esperaba el salpicón, que como buen mortal disfruté como un regalo de los Dioses que habitan en la tierra.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa.

viernes, 20 de enero de 2023

MÁQUINA DE COSER INTERESTELAR

 


En la edad de la inocencia, hace ya mucho tiempo, las máquinas de coser, eran como una nave espacial en la que de niño me subía y no alcanzaba los pedales y cuando los alcancé el viaje fue directo al hospital porque me atravesé los dedos con la aguja, me hice un lindo bordado en zigzag en la falange del dedo índice de mi mano derecha, el viaje al hospital fue por el escándalo de sangre en la tela, me atendió un médico de apellido Medina que tenía la virtud de ser el más malo del mundo por aquellos tiempos, me receto asawin y me remitió con doña Aura Restrepo (la modista qué me confeccionaba hacía los pantalones de “terlete” azul de la escuela), Ella estaba más preparada para retirar las puntadas.

La máquina de coser Singer de mi tía Delia cumplía varias funciones, además de herramienta de costura, era centro de sala, mesa de comedor, escritorio y para mi fantasía infantil centro de controles de la nave espacial que me llevaba en las sórdidas tardes en qué me dejaban al cuidado de la tía, a otras galaxias dónde descubría planetas y entrenaba el klingon en mis negociaciones con la confederación de planetas.  Cada pedalazo a la máquina me impulsaba a una nueva dimensión, experiencias infantiles que me facilitaba el canal 1 de la tv estatal en dos enlatados que llenaron mi niñez de magia y al mismo tiempo de ciencia: Star trek y Sankuokai.

Este artefacto han tenido para mí una connotación muy especial, era un juego prohibido.  Todo aquello que me indicaban no hacer, ahí estaba el hijo de misia Otilia, acometiendo el principio infantil de la desobediencia, virtud por demás que me ha acompañado a lo largo de la vida, pero de esos desacatos me ocuparé cuando zurza otras costuras.

En mis primeros encuentros con la máquina, no alcanzaba los pedales, así que me paraba cerca y posaba un pie sobre el pedal y la máquina daba un tirón provocando un sonido agudo como de motor de motocicleta con resfriado,  recuerdo que la primera vez, del susto salí corriendo y tropecé con un tapete de terciopelo en el que un león saltaba sobre una gacela, el impulso; supongo que por cuestiones cinéticas del pedal que mi mente infantil no alcanza a comprender, me lanzó al otro extremo de la habitación, desde entonces me quedó una cicatriz así de grande en la frente y un pánico adicional a los leones de terciopelo.

El tiempo pasó tan vertiginoso como la idea de un escritor al pasar la página. La máquina dejó de ser el centro de atracción para los juegos infantiles, quedó abandonada en un rincón de la casa, fue reemplazada por una maquina eléctrica “Starlet”, más silenciosa y de puntadas más finas, cuyo accionar era con un pedal pequeño que no tenía la fuerza suficiente para alcanzar la estratósfera.

Mis viajes se quedaron sin la nave que los catapultara más allá de las estrellas.  Haciendo memoria, el último gran viaje fue al hospital y luego a la casa de doña Aura, dónde después de quitarme las puntadas que unió mis dedos en el saludó del señor Spock, me permitió jugar sin cautelas ni miramientos con una máquina pequeña que se ajustaba a mi tamaño.  Desde entonces no he parado de viajar, cada vez un nuevo destino, en mi último viaje estelar por el espacio tiempo, estoy habitando el cuerpo de un hombre grande que juega a ser escritor y recuerda como de niño jugaba con la máquina de coser de su tía.

Debo darme prisa y terminar esta misión, porque mi nave está próxima a despegar y me espera una nueva aventura.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

martes, 10 de enero de 2023

NOTAS DE VIAJE

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En Roma el tomate huele a tomate y sabe a tomate, las sombras caminan descalzas sobre el sampietrino, el sol orea la sonrisa de las muchachas, en Roma los indigentes chatean en sus celulares mientras sus perros imploran una moneda, en Roma los perros tienen ganado el cielo.


Una lituana ofrece su liturgia desde la barra de un bar, alza, ordena, profiere salmos libidinosos, elijo no ser un fariseo, le escribo una notica en una servilleta y le sonrío, ella me guiña el ojo izquierdo, pido otra birra. Ella alcanzará el cielo a través de mi bolsillo.

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Camino de Trieste yo vide una moza que saciaba su sed con un cono de helado.

Tímidamente entreabre sus pequeños labios, una delicada lengua se asoma y entra en contacto con el cremoso chocolate que al paso de la medrosa puntita va describiendo líneas sinuosas. Estampa por instantes formas que parecen corazones o signos de interrogación, sus movimientos son lentos, presentidos, respira por la nariz y cierra los ojos, conserva la calma, por instantes parece que meditara, que es su forma de orar.  De repente el recato desaparece y como poseída expone su lengua flamígera dejando profundas singladuras en aquel helado que pasa de ser una bola a un sugestivo volcán próximo a una erupción, no se detiene, danza, piquetea, se arremolina, dibuja mapas, surca y en cada hendidura el helado va desapareciendo, dejando al final, expuesto entre su puño, un barquillo mordisqueado pero firme, ante la súbita llegada del estiaje.

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Llueve en Berlín, en los arroyos juguetean las hojas que el verano ha ido marchitando, amanece lloviendo y no huele a café, no pasan las muchachas en bicicleta, un tufillo de vapores fétidos se alza por las cornisas que dan al cuarto desde donde miro el día llover.

Del otro lado en una ventana idéntica a la mía, una mujer me mira, ella no sabe las cosas en que pienso, sólo mira, como si yo fuera la lluvia.

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Leo empezó a morir por los pies, el primer síntoma se hizo notorio cuando se descalzó en el tren, un hedor invadió el vagón a tal punto que los demás pasajeros reaccionaron con exclamaciones y muecas de horror, el no se daba por aludido, por mi cuenta y con el fin de poner mi lealtad de amigo a prueba, hice acopio de fuerzas para no sucumbir en la arcada, con delicada maña, meto la mano en mi bolso y abro un pequeño frasco de perfume,  tras dejar caer un poco en la palma de la mano, me la paso luego por la nariz, aspirando hasta el fondo el dulce aroma que con dificultad logra disimular la mortífera epidemia que pulula y deja entrever en el aire una calavera con dos fémures entrecruzados.

Superado el trayecto entre Triviso y Venezia, calzó de nuevo sus extremidades y nos apeamos del tren, sentí un poco de vergüenza al escuchar los rumores de los demás pasajeros.  En la noche, para terminar esta fétida historia, caminando por la plaza de San Marcos, Leo metió el pie en un charco y el grito que dio al contacto con el agua fue tal, que perdió el conocimiento, su cuerpo se vino al suelo y al momento en que iba a morir, alcanzo a decir: ¡creo que metí la pata¡

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En Innsbruck las mujeres sonríen en verano, en invierno toman vino caliente y miran con frialdad. El verano es como un bicho que se les mete en la piel y las embriaga de sol.  Kathia trabaja en un bar, va y viene llevando cervezas y otras cuestiones, las montañas próximas, como sus senos, aunque muestran los estragos del verano, tienen latente la nieve hiriente en la que se puede hendir las aspas de un beso.

Camino por las estrechas calles del centro de Innsbruck, ciudad tan vieja como una nueva amiga, tan mía y ajena como el amor de una mujer que por primera vez abre su puerta.

Tropiezo con una tarde de lluvia, busco cobijo en un bar, me abriga un canto con acento alemán, existen mujeres que son como flores en el devenir de la primavera.

En Austria me fumo un tabaco mientras miro a una mujer que solitaria a mi lado espera, y ninguno de mis gestos le agrietan la nieve de sus colinas.

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En Trivento un café longo con Grappa me tomo sentado en la esquina de la vía della pescheria, el sol calienta las calles por las que desfilan bellas mujeres contemporáneas de la canícula, las italianas que en mi vida jamás fueron motivo de antojo, “quindi mi piacciono”, exquisitas, justas y necesarias, un verano sin ellas sería cómo un invierno sin nieve.

El tren viaja entre campos de cultivo de uva, de la uva hacen el vino, al cultivo de uva le dicen vid, el muchacho que viaja a mi lado se llama David y habla de termodinámica con otro estudiante, Io no parlo italiano, ni me llamo David, pero doy mi vida por amor mientras viajo entre los campos de la vid.

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Visito la casa donde nació Puccini, en Lucca Italia, un lugar de ensueño, camino por sus callejuelas que atrapan el fresco en sus angostos paredones y altas cornisas, tomo un orzo en el café de la esquina azul que existe desde 1878, Tomasso cuenta muchas historias, no para de hablar, es un apasionado de su país para él la Toscana es la mejor tierra de Italia y lo es.

A las doce del medio día tomamos una copa en el Bar Dante, los toscanos hablan alto, además de los sabores Italia entra por los oídos, con rasgos contundentes, como entra por lo oídos de la mujer deseada una propuesta de amor.

Los domingos se descansa o se bebe con Tomasso y se conoce el mundo desde al abismo de una copa, en compañía de Dante.

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Sunila nació en la india, su madre la abandonó en un cajoncito de madera en una vega del Ganges, su hermano siamés la acompañó irremediablemente en el infortunio. Una familia italiana los adoptó, se los arrebató a los brazos de la muerte para darles unos brazos de blanquecina europea. Sunila y su hermano crecieron, los separaron, pero siguieron unidos por el corazón. Si Sunila se deprime su hermano llora y cuando él sonríe ella baila. Cuando crecieron les diagnosticaron una enfermedad sin nombre que no permite que el cerebro almacene recuerdos, ellos solo se recuerdan entre sí. 

Para sus padres cada día es una nueva adopción.

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-Me siento una mierda, -pero estoy vivo, dijo, luego nos reímos, de eso se trata, reír cuando la vida es un chiste, un chiste mal contado, luego salió a flote Adriano, la imagen en que entra en la muerte con los ojos bien abiertos, morir en la literatura es más sublime que en la realidad me dijo a lo que repuse -¿quién asegura que somos reales?, eso le dio un giro a la conversación y pasamos de lo trascendental a algo más práctico, -¿viste que culo tiene la kardashan? Nos reímos una vez más, ¿sabes? -Triunfamos de la muerte, cada vez que nos reímos de la vida, porque invertimos bien nuestro mejor capital, el tiempo, y lo gastamos en lo que nos dio la gana. Nos regalamos vida en esta vida y nos permitimos tiempo para atesorar lo más valioso que nos quedará, los recuerdos, por eso ni la vida, ni la muerte nos van a aniquilar. Luego como dos hombres sinceros nos mandamos besos, nos dijimos te amo y la llamada se cortó, diez minutos más tarde Gian Paolo murió.

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Por treinta mil euros te llevo de África a Europa, no importa que no seas refugiado, dame tu dinero y llegarás de oriente a occidente en un suspiro, el mundo...los musulmanes siguen siendo Europa... hoy soy un moro cristiano que vende globos en Roma. 




CARLOS ANDRES RESTREPO ESPINOSA


lunes, 19 de diciembre de 2022

TIEMPO DE CELEBRAR


Tiempo de celebrar son todos los tiempos, celebramos la vida cantando feliz cumpleaños, como si se tratara de ser felices exclusivamente, al culminar el año deseamos feliz año, el conjuro parece ser la felicidad, pero ¿Somos felices?, ¿Qué ocultamos tras tanto ruido pirotécnico?, tanto jolgorio, tanta lucerna, tanta francachela?, ¿Acaso un poco de insatisfacción por otro año inútil perdido entre el cumplimiento del deber y la lista de proyectos que una vez más quedaron en el papel?

Tiempo de celebrar. El espíritu de la navidad tiene la fuerza suficiente para enajenar o para centrarnos, hay que elegir, yo por ejemplo canto villancicos y me pongo gorrito y convoco coros de colores y me lleno de cantos y de encantos, la última vez canté en la iglesia de Támesis a la salida de misa de doce y ni el cura nos paño en dos tusas (como dicen en otro pueblo cercano, donde tampoco dan ganas ya de cantar, ni de encantar), pero cantamos en medio de la lluvia en las carpas de un bazar y feriamos los villancicos, cada vez me convenzo más de que el espíritu navideño no entra en los templos.

La celebración se volvió un asunto institucional, tanto como la felicidad una necesidad pública, si no eres feliz eres declarado objetivo de la fluoxetina; de diez personas a mi alrededor siete están medicadas, es decir están cumpliendo con la responsabilidad pública de ser felices, porque ha de saberse que estar melancólico o triste no está bien visto, los pensamientos molestos hay que hacerlos desaparecer, así con la lucidez aterida y la conciencia adormecida celebramos la fortuna de vivir en el mejor lugar del mundo: la somnolencia. 

Tiempo de estar en familia, de comer en abundancia, de hacer ruido, de no dormir ni dejar dormir, de entregarnos a los placeres del colesterol, de hacer natilla para regalar la mitad a los vecinos, de olvidar las quejas, de visitar los alumbrados costosísimos que pagaremos el próximo año en las facturas de servicios públicos porque tanta dicha no es al gratín, tiempo de amordazar al Grinch y fingir un poco, porque el que no baila no goza y el que no goza no come.

Tiempo de dichas sin par, tiempo descontado porque diciembre es el mes más corto, el más caro, el más oscuro, el que nos arruina, el que nos aturde, bendito mes en que ser paganos está bien visto hasta por los dueños de la cruz y sus consecuencias.

Tiempo de permitirnos la reflexión así eso nos lleve a descreer, a mitigar tanta ilusión que nos condena a repetirnos, el nuevo año no existe si no hay cierta labor íntima en hacerlo distinto, sin afán de pontificar (aunque parece que eso hago), les deseo a aquellos que por ociosidad o curiosidad me están leyendo, una vislumbre mejor en el calendario que se renovará. Qué el miedo de paso a la dichosa incertidumbre que nos regala la vida, el deleite de no saber si seguiremos vivos, si tendremos trabajo, si llegaremos a ser alguien, si el amor llegará a la puerta, si nos ganaremos ahora si la lotería, les deseo la tranquilidad de entender que el caos es maestro de todo y que el orden no es más que una doctrina que hace creer que el mundo funciona, cuando en realidad lo estamos volviendo pedazos.

Tiempo magnífico para volvernos conscientes de la caída, del vértigo feroz que nos consume, tiempo de expandirnos en la explosión multicolor de luz y fundirnos en la infinita noche y ser de una buena vez, parte total del destino de las estrellas.

CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA


MI TAMBOR DE HOJALATA

 Nací un once de mayo, yo no recuerdo nada, lo sé porque me lo dijeron, a lo mejor no he nacido y he vivido todos estos años engañado, muchas de las cosas en las que creo no las he visto, por eso trato de ser discreto. Desde niño me están diciendo que soy un artista y no he podido saber de qué se trata eso, no hallo nada extraordinario en mis actos y sin embargo he recibido en varias ocasiones aplausos, me angustia pensar que tal vez no los merecía, peor aún pretender que los merezco.


Un día quise ser famoso y me empeñe mucho en conseguirlo, no dormía por estar ocupando mis actos en ser notado, llegué a poner sobre mi cabeza una flecha indicando que abajo estaba yo, en las noches utilicé luces reflectivas para que la oscuridad no opacara las ínfulas de mi presencia, para entonces yo no sabía nada, tampoco ahora, pero la ignorancia era más notoria. Tiempo después descubrí que ser famoso no es gran cosa, es una forma de esclavitud y no hubiera resistido un solo día, en cambio disfruto de ser reconocido por mi gente, recibir un saludo desde la distancia con un movimiento de mano, que el señor que me vende las verduras sepa mi nombre, eso sí que es un éxito.

Supe por cuentos de comadres que tuve un parto difícil,  por causa del mal uso del fórceps, me hicieron una herida en la frente que me provocó una parálisis del tercer par craneal, al médico que hizo tal proeza le decían asawín, era lo único que recetaba, tengo la sospecha de que aquel apodo lo inventó mi mamá en venganza por el daño provocado a su primogénito, las madres son como fieras cuidando su cría y la mía no mordía pero si fue y ha sido mordaz.

Cuando estaba en la escuela primaria me cité a una pelea con un compañero, la única que tuve en la vida, la gané y eso que yo era un enclenque, tomé por el cuello al otro, lo estaba ahorcando, tuvieron que intervenir otros niños; conservo en la memoria las pecas de su cara enrojecidas, sus venas brotadas, sus ojos como un vidrio cuando se fragmenta, mi rabia y mi incapacidad de detenerme. Aquel día me marco para siempre, el otro alegó haber ganado la pelea, yo me avergüenzo de que así no hubiera sido.

Ese año despertó el volcán del Nevado del Ruiz, y en una noche borró de tajo a Armero y sufrí a los nueve años la agonía y muerte de Omaira cómo si hubiera sido la propia. Ya de niño y eso sí lo recuerdo, no me lo contaron, era sensible y sentía en carne propia el dolor del mundo, llegué a creer con tanto miedo aprendido que lo del volcán era resultado de mi pelea y busqué al compañero de la pelea y le di un abrazo, desde ese tiempo soy un abrasador compulsivo, hasta en una oportunidad me despedí de abrazo de un señor que me robó en el centro de la ciudad.

Luego fue el disparate de querer llegar a ser alguien, de niño las cosas eran más sencillas, cantaba y elevaba cometas corriendo por las calles, y de pronto llegó la música. El primer instrumento que tuve fue un tambor hecho con un tarro de galletas, Miguel, de quien fui su nieto adoptivo, lo fabricó para mí y de un palo de escoba labró las baquetas, tan ta ta tan, redoblaba por el corredor de la casa, ta que te tan, por mi calle empedrara, cuando era hermosa y bien habitada, tan tara tan tara tan tan tan, y a cada golpe se asomaba un vecino y chistaba: a mi paso se unían otros niños simulando con las manos la trompeta, mi hermana chocando las palmas de las manos cantaba chis chis emulando los platillos y el juego de niños era una fiesta, Gunter Grass se hubiera sido de aquí también habría tenido su tambor de hojalata, las mismas historias ocurren en todos los lugares.

El ruido disminuyó y el tambor terminó de matero junto a una bacinilla de peltre, los vecinos se unieron para demandarle a mis padres me fuera decomisado el ofensivo instrumento, se acercaban las novenas de aguinaldo y no querían soportar más ruido, sólo se aceptaban las panderetas hechas con tapas de gaseosa, tambores no, terminantemente prohibido.

Para compensar la decisión que me dejaba sin instrumento, mi abuelo  se manifestó desde el más allá, lo hizo a través de una dulzaina alemana, los muertos saben cuándo regresar con su misericordia, él supo que ese día llegaría, así que dispuso antes de morir del instrumento de viento para que llegara a mí a través de mi madre que la tuvo en custodia hasta que yo tuviera la edad de merecerlo, seguro para que  cuidara bien de aquel legado, lo más probable es que haya sido para que no perdiera el interés en la música, así que en lugar del tan tan tan, ahora me pasaba los días sonando el do sol sol la sol si do. 

Lo que soy se lo debo a mis muertos, creo en ellos, en lo que me dicen, en sus voces que se erigen en la literatura, la música, en la filosofía, en la oralidad, en el lenguaje cotidiano que nos inventa. Nunca he sido relevante, ni famoso, ni guerrero, ni un artista, tiré abajo la flecha que me señalaba y en su lugar puse un signo gigante de interrogación y de pregunta en pregunta he ido encontrando los respectivos silencios como respuesta.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

DESENCANTO

  Hay momentos en la vida en que uno se detiene y se pregunta cuánto de sí mismo se ha ido apagando; cuánto de aquello que antes nos parecía...