lunes, 30 de marzo de 2020
viernes, 27 de marzo de 2020
domingo, 15 de marzo de 2020
ESCRIBIR PARA QUIEN NO TE LEERÁ
La vida era más sencilla cuando nací, en casa no teníamos televisor así que el mundo entró por mis oídos, la música, las historias, el misterio de tierras exóticas llegaban a mí gracias a la radio en onda corta, AM y FM, el encanto principal estaba en la primera señal, en forma de voces que se mezclaban con sonidos cómo de naves espaciales, chillidos, “scratch” y otros ripios sonoros que de niño cerraba los ojos y viajaba por destellos de luz y rutilantes cascadas, dónde sentía el vacío de la caída, vacío qué ahora de grande me asaltan de vez en cuando en los sueños.
Cuando yo era pequeño pasaba el año con dos pares
de zapatos, si había un par de más seguro era heredado de algún primo que casi
siempre calzaba una talla mayor. Los
domingos me daban veinte pesos de ración y con eso me compraba las cosas más
esenciales para mi subsistencia: un paquete de mecatos surtidos comprados en la
sociedad de cantineros que era un lugar alucinante lleno de estantes con
chocolates, bombones, confituras y todo el azúcar imaginable dispuesto en
envolturas de atractivos colores que chisporrotean cómo las canciones de radio
rebelde sintonizadas en onda corta en la grabadora “Silver”, que tenía la
casetera dañada y era el electrodoméstico más importante de la casa; otras
veces optaba por las colaciones y los cigarrillos de dulce del toldo de Mariela
Macana, quien para mí siempre fue la versión propia de Willy Wonka, de su casa
salían los olores más dulces de la vida, tan dulces qué hoy en día podrían
aliviar de la amargura a más de un niño bribón del pueblo qué ahora funge de
ser grande.
El único afán que tenía era hacer rápido la tarea del colegio para irme al ensayo de la banda de música que dirigía el maestro Rafa, a quien le debo el oficio que ahora me ocupa, mi gratitud eterna por enseñarme la clave de Sol y con ella iluminar mi vida.
Nada me quitaba el sueño, el amor no había llegado a hacer estragos, el amor digo, cómo sí fuera el amor el causante, luego vino la desilusión y empezó el aprendizaje, más tarde apareció la primera mujer y entonces ya dejé de ser un niño.
En casa teníamos lo necesario y aunque éramos pobres cada qué había fiesta comíamos pollo, me tocaban las patas y era feliz, la riqueza estribaba en otra opulencia. Antes de irnos a la cama mi hermana y yo escuchábamos a mi papá leyendo poemas de Juan José Botero o su propia versión de Lejos del nido, cada noche mejorada con los giros que él se inventaba para que no le cogiéramos miedo a los indios; iba al río con los amigos a traer guayabas, tomaba agua de la quebrada de puente sucre, la leche llegaba a casa recién ordeñada, el pan más delicioso del mundo lo hacía Berta Ceballos, las mejores roscas y tortas las hacía su hermana Ofelia, quien también leía el Tarot y vivía en una casa gigante a la qué me dejaba entrar y siempre me regalaba recortes de su parva o roscas quebradas a cambio de traerle mandados de la tienda:- " Vaya dónde don Gerardo y le dice que me mande cinco pesos de manteca y que me los apunte "-, al oír mi razón el tendero abría un tarro cuadrado de lata en el que se leía: manteca de cerdo, y metiendo una cuchara gigante extraía un material blanco cremoso y lo envolvía en un pliego de papel parafinado, le hacía un torniquete a las cuatro puntas y salía el niño corriendo con el mandado que a pesar de lo cerca de la casa, al llegar ya le escurría manteca por los codos.
Había tiempo para todo, no usaba reloj, nadie se moría y si moría pues no dolía y la vida seguía su cauce, la única enfermedad que me acongojaba era el asma y con aceite de tiburón y escarabajos de maní hervidos en leche me sané.
El único afán que tenía era hacer rápido la tarea del colegio para irme al ensayo de la banda de música que dirigía el maestro Rafa, a quien le debo el oficio que ahora me ocupa, mi gratitud eterna por enseñarme la clave de Sol y con ella iluminar mi vida.
Nada me quitaba el sueño, el amor no había llegado a hacer estragos, el amor digo, cómo sí fuera el amor el causante, luego vino la desilusión y empezó el aprendizaje, más tarde apareció la primera mujer y entonces ya dejé de ser un niño.
En casa teníamos lo necesario y aunque éramos pobres cada qué había fiesta comíamos pollo, me tocaban las patas y era feliz, la riqueza estribaba en otra opulencia. Antes de irnos a la cama mi hermana y yo escuchábamos a mi papá leyendo poemas de Juan José Botero o su propia versión de Lejos del nido, cada noche mejorada con los giros que él se inventaba para que no le cogiéramos miedo a los indios; iba al río con los amigos a traer guayabas, tomaba agua de la quebrada de puente sucre, la leche llegaba a casa recién ordeñada, el pan más delicioso del mundo lo hacía Berta Ceballos, las mejores roscas y tortas las hacía su hermana Ofelia, quien también leía el Tarot y vivía en una casa gigante a la qué me dejaba entrar y siempre me regalaba recortes de su parva o roscas quebradas a cambio de traerle mandados de la tienda:- " Vaya dónde don Gerardo y le dice que me mande cinco pesos de manteca y que me los apunte "-, al oír mi razón el tendero abría un tarro cuadrado de lata en el que se leía: manteca de cerdo, y metiendo una cuchara gigante extraía un material blanco cremoso y lo envolvía en un pliego de papel parafinado, le hacía un torniquete a las cuatro puntas y salía el niño corriendo con el mandado que a pesar de lo cerca de la casa, al llegar ya le escurría manteca por los codos.
Había tiempo para todo, no usaba reloj, nadie se moría y si moría pues no dolía y la vida seguía su cauce, la única enfermedad que me acongojaba era el asma y con aceite de tiburón y escarabajos de maní hervidos en leche me sané.
De pronto me hice grande y ahora nada es sencillo,
la vida es la vida pero fui educado para sentirme agobiado y eso que bailo,
canto y escribo y en noche de plenilunio le ladro a los fantasmas, también
viajo y le hago carantoñas a la soledad y eso que soy soltero y no me quedé en
la primera mujer aunque sigo habitando el primer beso, y le coqueteo a las muy feas y en ocasiones me le
hago el pendejo a las dizque muy bellas, para mí salud ignoro a los arrogantes
y vuelvo invisibles a los arribistas, escribo canciones para ofrecer a los
amigos no para ganar premios o presumir aplausos. Y pese a tener el asunto tan
claro el dolor de patria no me deja, ni la valeriana me sirve, ni la flor de
sauco hervida con botón de pino y otras pócimas alegres de las que he sabido
dar cuenta.
No soy un hombre que puede ofrecer dinero o
empleo, ni fijar vallas en la montaña para hacerme notar, tampoco tengo una
doctrina que infundir, solo soy una persona ínfima, fácil de olvidar y proclive
a desaparecer, pero con la convicción de que si no reflexiono entonces no
tendría sentido que me arriesgara a escribir para quien no me leerá, lo único
que puedo hacer es invitar a pensar, para advertir que esto está mal y tiende a volverse peor, que no
ganamos nada con el progreso económico si no tenemos progreso moral, ¿Con qué
cara hablaremos de futuro si no hemos podido convivir en este presente?
La vida era más sencilla cuando nací, ahora que
se complicó me toca el trabajo de hacerla sencilla, está en mis manos la
transformación, me siento obligado a reflexionar de una manera qué antes no era
necesaria, y recordarnos que estamos distanciados, la esencia de las cosas
cambió, requerimos de una nueva fuente de pensamiento qué nos comprometa y
agrupe en la búsqueda del bien común.
Carlos
Andrés Restrepo Espinosa.
lunes, 9 de marzo de 2020
lunes, 2 de marzo de 2020
SOMOS EL OCASO
Estamos acudiendo a nuestro ocaso, nos persigue
la muerte, sorprende a nuestros amigos, los sueños sucumben, el sol rutilante
atraviesa con sus rayos la piel a falta de follajes, el bosque también tiene su
crepúsculo, la montaña llora su ausencia de musgos y líquenes; no lo había
querido asumir, pero es el momento de caer derrotado, de entender que se agotó
el tiempo y no alcanzamos a redimir los actos, pasó la vida y nos volvimos
viejos e inútiles, alcanzamos el Cum laude, pero la intranquilidad carcome el
sueño.No lo quería asumir pero estamos arribando al fin de una generación, de nada sirvió ser bueno, de nada sirvió la entrega, los acontecimientos que definieron nuestra vida sólo servirán para que un comentarista de mal gusto urda a través de la red social, cómo hábil tarántula, su inexacta opinión de vida y muerte, faranduleando las honras fúnebres qué de estar vivos seguro nos avergonzarían.
Es aterrador pero no hicimos nada, a pesar del
engreimiento qué aliena, el que eligió a Dios terminó encorvado, el que se
inclinó por la justicia engañó a todos, el que cantó se quedó sin voz, quien
dijo confíen, traicionó, quien lo dio todo por amor recibió desengaño, quien
nos instruyó en los misterios de la “umwelt” nos pisoteó el verdor de tantas
esperanzas, terminamos el camino y todo quedó igual.
Siempre tendremos el ocaso, la constante pérdida,
el arribo cotidiano de la sinrazón, nos conforta el arte, la literatura, la
ciencia, el abrazo de un amigo, la sopa de fideos de la mamá, el canto de un
cenzontle, la brisa fresca de verano en la montaña, pero cada día trae su noche
y cada cielo su abismo, cada qué un amigo muere morimos con él, ya no sé cuánto
de mí quede vivo. Temo más a no alcanzar a terminar este texto que a morir, me
agobia no poder caminar por mis
montañas, no besar a mi novia, no volar sobre el océano, no improvisar una
canción, no terminar de leer el libro que llevo a la mitad, no llegar a la cita
de las tres, no componer la canción qué me está rondando desde que era niño, me
abruma la idea de no llegar a tiempo al ensayo del coro, dejar que el café se
enfríe, no terminar la conversación con un amigo, no haber iniciado la
conversación con ese amigo.
La buena noticia es que muchas posibilidades
quedan al alcance: el olvido, el esfuerzo constante por borrar lo que nos dio
origen y qué nos avergüenza, nos queda el desdén, la fragilidad, el constante
darnos cuenta de haber vivido para el desencanto, la irremediable fatalidad que
nos mira desde el espejo y nos recuerda que ni con todo el oro del mundo
podremos comprar un día de juventud, un espasmo de virilidad o un segundo de
satisfacción.
Nos queda la decepción, lo pusilánime de nuestra palabra, descubrir que ser ventajosos es más efectivo que ser honestos.
Y sobre todo nos queda la sensación de no tener a quien admirar, mucho menos a quien respetar, y los pocos que teníamos se están yendo, no quería bajar la guardia, pero la derrota me está pisando los talones.
Nos queda la decepción, lo pusilánime de nuestra palabra, descubrir que ser ventajosos es más efectivo que ser honestos.
Y sobre todo nos queda la sensación de no tener a quien admirar, mucho menos a quien respetar, y los pocos que teníamos se están yendo, no quería bajar la guardia, pero la derrota me está pisando los talones.
Queda el instante en que cae una lágrima, la satisfacción íntima que solo deja ganancias en el alma.
Nos queda también la oportunidad de cambiar la narrativa y mejorar el final de manera que logremos la dignidad de tener sólo una muerte.
CODA
Si Adriano el gran emperador romano no podía
sentirse emperador frente a su médico, ¿qué será de nosotros ahora qué ha
muerto el que nos mantenía con vida?
CARLOS
ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA
carloscantante@gmail.com
miércoles, 26 de febrero de 2020
EL OLVIDADO ASOMBRO DE ESTAR VIVOS
El título es de Octavio Paz, hace parte de un poema más extenso llamado Piedra de sol, estriba el poema en otras
cadencias y figuras más imperiosas, que ocupan al lector y le arrebatan la
atención en descifrar otros misterios, ésos qué encierran las palabras sabías
de los náhuatl qué en Octavio se pasean, por eso cobra tanto sentido que de
manera súbita te suelten esta frase, como si de un más acá una voz nos gritara:
¡Despierten que están vivos!
El escritor Mario Mendoza en una entrevista hace alusión a la frase en medio de una disertación sobre cuántas veces debemos morir en la vida a fin de renovarnos, cierto es que lo plantea cómo una muerte simbólica, pero ¿Qué muerte no lo es? ¿Acaso ya sabemos qué es morir? ¿Termina la vida o termina la existencia?
Morir es dejar de hacernos, detener la máquina que auto refacciona el cuerpo, morir es alejarse, ir a vivir entre el fuego cruzado, morir es dejar de amar, morir es dejar de hacer aquello que nos gusta por hacer aquello que nos ordenan, guardar silencio, volverse indiferente, morir es seguir viviendo pero sin qué los demás se den cuenta.
Pero ¿Qué es vivir? ¿Respirar mientras olvidamos que estamos vivos? El vivir es espontáneo, nadie está preocupado por estar vivo, damos por sentado que así será siempre, podemos envejecer, el cabello tornarse gris, disminuir el paso, pero la vida sigue hasta el final, siempre esperamos que la vida sea tan larga y tan alta que a la muerte le dé pereza empinarse tanto por nada; ¿Qué es una vida en comparación con toda la existencia cargada de múltiples consciencias disparando ráfagas de luz? ¿Con esas incandescentes formas qué danzan en el fuego y que se repiten tanto en el agua cómo entré la luz que atraviesa las ramas de los árboles, en las frecuencias de las notas musicales y en la oscilación de un beso?
El escritor Mario Mendoza en una entrevista hace alusión a la frase en medio de una disertación sobre cuántas veces debemos morir en la vida a fin de renovarnos, cierto es que lo plantea cómo una muerte simbólica, pero ¿Qué muerte no lo es? ¿Acaso ya sabemos qué es morir? ¿Termina la vida o termina la existencia?
Morir es dejar de hacernos, detener la máquina que auto refacciona el cuerpo, morir es alejarse, ir a vivir entre el fuego cruzado, morir es dejar de amar, morir es dejar de hacer aquello que nos gusta por hacer aquello que nos ordenan, guardar silencio, volverse indiferente, morir es seguir viviendo pero sin qué los demás se den cuenta.
Pero ¿Qué es vivir? ¿Respirar mientras olvidamos que estamos vivos? El vivir es espontáneo, nadie está preocupado por estar vivo, damos por sentado que así será siempre, podemos envejecer, el cabello tornarse gris, disminuir el paso, pero la vida sigue hasta el final, siempre esperamos que la vida sea tan larga y tan alta que a la muerte le dé pereza empinarse tanto por nada; ¿Qué es una vida en comparación con toda la existencia cargada de múltiples consciencias disparando ráfagas de luz? ¿Con esas incandescentes formas qué danzan en el fuego y que se repiten tanto en el agua cómo entré la luz que atraviesa las ramas de los árboles, en las frecuencias de las notas musicales y en la oscilación de un beso?
Y cuando estamos en el feliz torbellino de la existencia alejados de la
muerte, sintiendo la eternidad en cada
bocanada de aire que hincha los pulmones, confiados en que la naturaleza nos
tiene elegidos para hacer parte de la coreografía de la siguiente danza, de repente tu amiga eterna se marcha, aquella
con quién hacías acrobacias de luz y maromas en el alma, aquella que te enseñó a honrar tu espíritu respetando
el cuerpo, la alquimista qué siempre estuvo ardiendo cómo una antorcha para que
los otros no dieran tumbos en su camino.
La guerrera que sobrevivió al dedo acusador de aquellos qué le tienen miedo a una mente abierta, la viajera de dimensiones tan estrafalarias cómo cultivar una huerta, levantarse al alba para meditar, la colonizadora de constelaciones en sus bordados, la hacedora de sensaciones nuevas cuando para sus amigos cocinaba.
Esa mi amiga eterna, con quién caminaba en la oscuridad de la noche sin encender la linterna porque la luz la llevamos en el corazón, con quién reía hasta qué brotaban las lágrimas, aquella qué me hacía sentir inteligente y celebraba mis músicas y mis letras, aquella que me escuchaba sin juzgar y socarrona me devolvía las preguntas porque la respuesta siempre residía en mí; esa mí amiga ¿Dejó de existir? me pregunto ahora que todo parece tan oscuro y solitario y ella aparece ya no socarrona, sino sabia, alucinante, en un traje que es una estela de luz blanca coronada de oro y me indica que la respuesta siempre estuvo ahí, no estamos ni vivos ni muertos, estamos existiendo, nunca dejamos de hacerlo, somos el todo y en momentos viajamos por sus distintas dimensiones, nada es distinto a como es en la tierra, unas veces vamos en tren, otras caminamos, otras vamos en avión, así mismo es arriba como es abajo, el cielo es reflejo de la tierra, todos tenemos nuestro tiempo, es un regalo, frágil, nunca efímero, es para siempre, solo hay que saber mirar, si eliges la ceguera, ella te llevará por los caminos coherentes a la oscuridad, pero nada hay tan opaco que tarde que temprano no sucumba a la luz.
La guerrera que sobrevivió al dedo acusador de aquellos qué le tienen miedo a una mente abierta, la viajera de dimensiones tan estrafalarias cómo cultivar una huerta, levantarse al alba para meditar, la colonizadora de constelaciones en sus bordados, la hacedora de sensaciones nuevas cuando para sus amigos cocinaba.
Esa mi amiga eterna, con quién caminaba en la oscuridad de la noche sin encender la linterna porque la luz la llevamos en el corazón, con quién reía hasta qué brotaban las lágrimas, aquella qué me hacía sentir inteligente y celebraba mis músicas y mis letras, aquella que me escuchaba sin juzgar y socarrona me devolvía las preguntas porque la respuesta siempre residía en mí; esa mí amiga ¿Dejó de existir? me pregunto ahora que todo parece tan oscuro y solitario y ella aparece ya no socarrona, sino sabia, alucinante, en un traje que es una estela de luz blanca coronada de oro y me indica que la respuesta siempre estuvo ahí, no estamos ni vivos ni muertos, estamos existiendo, nunca dejamos de hacerlo, somos el todo y en momentos viajamos por sus distintas dimensiones, nada es distinto a como es en la tierra, unas veces vamos en tren, otras caminamos, otras vamos en avión, así mismo es arriba como es abajo, el cielo es reflejo de la tierra, todos tenemos nuestro tiempo, es un regalo, frágil, nunca efímero, es para siempre, solo hay que saber mirar, si eliges la ceguera, ella te llevará por los caminos coherentes a la oscuridad, pero nada hay tan opaco que tarde que temprano no sucumba a la luz.
Hago una fiesta de gratitud en mi corazón, celebro la vida de mi amiga,
hago un altar en su memoria y la corono de flores, no hay lágrimas ni tristeza,
la dicha es grande porque lo mejor ya ocurrió y al partir me regaló la
posibilidad de reflexionar y crecer un poco, bendito el que encuentra en su
camino amigos que enseñen a vivir más allá de la muerte, que nos devuelvan el
fulgor de este memorable asombro de estar vivos.
Carlos Andrés
Restrepo Espinosa
viernes, 29 de noviembre de 2019
SONATA 1889
¿Que
acontecía en el mundo en 1889, año en el que el escritor León Tolstoi publicaba
su polémica novela “SONATA A KREUTZER”?, me pregunto frente al ordenador,
dándole vueltas a la idea de hacer un comentario crítico sobre esta obra,
temerario de mí que se mete en tremenda lid, con el riesgo de incurrir en un facsímil
más, en procura de no dejarme llevar solo por los encasillamientos buscaré un
poco de honestidad admitiendo que solo he leído del autor en cuestión la obra
ya mencionada y la tan aristocrática Ana Karenina, es muy probable que esta
honestidad no me sirva de mucho, pues la motivación de escribir no ronda tanto en
la obra como si en lo que pasaba en aquellos tiempos.
Haciendo
uso del tren, elemento utilizado por Tolstoi en las dos novelas, voy a proponer
un viaje en segunda clase, mis rubios no alcanzaron para más y desde allí
atisbaré los movimientos de aquellos que van en primera.
ABORDAJE
Tolstoi
es criado por dos tías, pues a los nueve años de edad queda huérfano de ambos
padres, fue muy mediocre en sus estudios, en estos tiempos fue disoluto, gozó
de todos los placeres, el juego, el vino y las mujeres, logra culminar la
universidad por el rango de su familia y la presión de esta sobre los
profesores, de regreso a su pueblo natal su hermano lo invita a participar en
la guerra con Turquía ingresando a la brigada de artillería como suboficial,
participa también en la guerra de Crimea en 1853, descubre en esta mucha
ineptitud en la soldadesca, a quienes consideraba no le llegaban a los
talones de su arrojo y heroísmo, así es que se retira y se consagra a la
escritura.
Tolstoi
es un viajero infatigable y es en estos recorridos que se va nutriendo del espíritu
de la Europa del momento, donde concibe sus revolucionarias ideas educativas y
funda su escuela para pobres y un periódico, su pedagogía atacaba la censura y
reivindicaba la libertad de expresión, despertando el malestar del gobierno y
de la iglesia ortodoxa, siendo también excomulgado.
ESTACIÓN NUMERO UNO
Amparado
por el marco de la ventanilla, aguardo el descenso de los pasajeros que llegan
al final de su viaje, descanso la frente sobre el aparador metálico, con la
respiración empaño el vidrio y dibujo un corazón con la yema del dedo índice de
mi mano izquierda, en aquella quietud regreso sobre Pózdnyshev, protagonista de
la sonata a Kreutzer, él piensa que el amor siendo una preferencia por una persona
a menudo es pasajero y que el matrimonio es un convenio que establece la
obligatoriedad de estar juntos hasta la muerte, mientras el amor se va
transformando en odio, las mujeres son solo posesiones sexuales del hombre, por
lo que no tendrán los mismos derechos que estos y sin embargo, su poder sobre
el sexo les confiere innegable influencia.
Aquí
sale a relucir el Tolstoi joven del que ya se había dado habida cuenta en su
obra Adolescencia (1854), Pózdnyshev considera a sus hijos una carga, una dura
carga en su vida, que lo distancia de su mujer, quien empieza a verse con un
violinista que suele tocar la sonata No. 9 en La mayor para violín y piano, op.
47, misma que da nombre a la novela, al final Pózdnyshev sucumbe ante los
celos, descubre a su mujer con su amante violinista y la mata clavándole un
puñal, el amante escapa, no lo persigue porque estaba en calcetines y podría
pasar por furioso, pero no por ridículo.
El
esposo es dejado en libertad alegando en su defensa la infidelidad de su mujer.
MAQUINISTA AUTOMÁTICO
De
una copia mimeografiada adquirida en 1889, abandonada a porfía en un vagón del
tren que hacía la ruta entre Luxemburgo y Paris y que un viajero desconocido
que venía a la Exposición Universal de Paris encontrara, se sacó la primera
impresión en un diario que alcanzó a llegar a U.S.A, antes de la sentencia del
fiscal Theodore Roosevelt que censuraba los periódicos que contuvieran
fragmentos de la obra de Tolstoi.
Por
esos días en Washington se realizaba la primera Conferencia Interamericana con
la ausencia de República Dominicana, de dicho encuentro se creará la Unión
Interamericana de las Repúblicas de América.
En
este mismo año se establece el Kilogramo como masa patrón Internacional, el metro
como distancia patrón y el quilate en 200 mg.
Triunfa
la Revolución en Brasil de Manos del Mariscal Deodoro da Fonseca y salen rumbo
al exilio en Lisboa el depuesto Emperador Pedro II con su familia.
El
violín de Tolstoi seguía sonando y mortificando a la sociedad burguesa y al
mismo tiempo nacía Gabriela Mistral, quien sería la primera persona en Latinoamérica
en ser galardonada con el Nobel de Literatura.
En
Londres arribaba a la existencia Charles Chaplin, en Francia Jean Cocteau, en
Alemania Martin Heidegueer y en Estados Unidos mientras persiguen la obra y a
los lectores del pervertido sexual León Tolstoi, nace Edwin Powell Hubble,
quien de grande demostraría la expansión del universo midiendo el
desplazamiento al rojo de galaxias distantes.
Mas
personas nacieron aquel año y muchos acontecimientos maravillosos y raros
ocurrieron, incluso que podrían haber opacado los hechos acaecidos tras la
publicación de la Novela de Tolstoi y sin embargo figura este acontecimiento
entre los más destacados de aquel 1889.
APEARSE
Llegado
al final del Recorrido que alcanzaron a pagar mis dos monedas con la efigie del
Zar Nicolás II, desciendo en una estación que no es propiamente la de mi
destino, la pregunta que dio origen a este viaje queda resuelta por partes, en
el mundo acontecía la existencia contagiada por los males de la época, tengo
una ocurrencia final, Tolstoi escribió todo aquello que vivió y que en algún
momento dadas sus propias ortodoxias se negó, heredó a sus lectores los pánicos
y abismos de los vericuetos que él transitó con frenesí y después disolvió en
su pedagogía del amor por los míseros, fue un aristócrata que vivió así hasta
que le vino en gana y luego se convirtió en humilde al servicio de su propia
agonía, actos posibles cuando se tiene rango y dinero.
Muere
en una estación ferroviaria, dicen que murió de Pulmonía, yo digo que murió de
mal de tren, de ir y venir en sus propios raíles.
Para
alejarme de esta estación y no correr un destino parecido, me apeo del
tren, de dos zancadas gano el andén y
camino raudo entre los demás pasajeros, no quiero marcaje alguno que me ate a
este recorrido.
Un
nuevo pasajero que ocupa mi sitio en el vagón me ve ganar lejanía a través de
un corazón dibujado que su respiración hace aparecer en la ventanilla de su
asiento.
Carlos
Andrés Restrepo Espinosa.
Medellín
15 de octubre de 2014
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