lunes, 10 de agosto de 2026

El TEMBLOR QUE LLEVO DENTRO

 



Por momentos, la vida nos conduce hasta una pregunta que no admite respuestas inmediatas: ¿por qué seguimos en pie? Muchos se han marchado antes que nosotros: algunos más jóvenes, otros más viejos; algunos sin haber alcanzado siquiera a conocer plenamente la experiencia de existir. Y, sin embargo, nosotros continuamos aquí, atravesando los días como si cada uno contuviera una eternidad.

Seguimos aquí mientras la tierra tiembla, los derrumbes descienden por las montañas y el agua, convertida en una fuerza incontenible, arrastra casas, nombres y cuerpos. La naturaleza no siempre anuncia su llegada con el tiempo suficiente para que el ser humano pueda escribir una crónica de la muerte que se aproxima. A veces irrumpe de manera intempestiva, y solo después comprendemos que la vida pendía de un hilo invisible.

Es extraña la sensación de volver a sentir el aire cálido atravesando las vías respiratorias, el impulso eléctrico en el sistema nervioso, el repiqueteo del corazón. El cuerpo, en su silencio prodigioso, nos recuerda que la danza de la vida continúa. Las arterias siguen llevando por su cauce esa sustancia vital que guarda códigos todavía misteriosos; la ciencia nombra muchos de sus procesos, pero el misterio permanece. Entre la precisión de la materia y lo inefable, todavía ignoramos qué significa exactamente estar vivos.

Hoy tembló y la réplica quedó dentro de mí llenando de interrogantes la mañana: ¿seguimos aquí porque hemos sido elegidos o porque hemos sido condenados a continuar? Algunos sabios han dicho que, para quien carece de bondad en el corazón, vivir puede ser un castigo más severo que morir. Otros han pensado que la vida crea la muerte para conservar su equilibrio. Pero quizá, por un momento, convenga apartar ambas palabras y mirar solamente el suceder: este instante consciente e inconstante, o inconsciente y repetido, en el que respiramos sin saber si verdaderamente estamos despiertos.

¿Estamos vivos? ¿Estamos muertos? ¿Qué es eso que llamamos realidad? ¿Soy una presencia o una proyección? ¿Soy un sueño sostenido por alguien que aún no despierta? Tal vez habito el sueño chamánico de un viajero invisible, una forma arquetípica nacida de un soplo de tabaco que se disuelve en el aire. Y, sin embargo, hoy me siento gloriosamente vivo. 

Asumí el temblor abrazando a mi hija y a mi compañera, intentando protegerlas de esa fuerza imposible de contener, como si mi abrazo fuera superior, y lo fue, aquella cercanía hizo ajena a la situación, pero el acontecimiento sacudió mi orgullo, abrió una grieta en mis certezas y dejó entrar el miedo.

Otros no lograron permanecer. Yo sí. Nosotros sí. Pero permanecer no constituye por sí mismo una respuesta. La pregunta verdadera podría ser otra: ¿podemos convertir esta permanencia en presencia? Gurdjieff diría que no basta con existir mecánicamente; es necesario recordarse, observarse y despertar. Tal vez el propósito no sea descubrir una misión escrita en algún lugar del universo, sino comenzar a vivir de manera menos automática, con mayor conciencia de cada respiración, de cada palabra y de cada encuentro.

Quizá hoy no era nuestro día. Quizá fue el azar. Quizá existe un orden que no alcanzamos a comprender. Pero mientras el corazón continúe repicando, queda una tarea: hacer de este día no una prueba de que hemos sido salvados, sino una oportunidad para estar verdaderamente presentes.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

Medellín agosto 10 de 2026

El TEMBLOR QUE LLEVO DENTRO

  Por momentos, la vida nos conduce hasta una pregunta que no admite respuestas inmediatas: ¿por qué seguimos en pie? Muchos se han marchado...