sábado, 17 de septiembre de 2022

FANTASMAS



A las cuatro y media de la mañana, instante en que la noche es más oscura, una sombra inmensa avanza por las calles del pueblo, las personas de bien procuran no estar fuera de sus casas en aquél tétrico momento, lo que menos desean es encontrarse con tal aparición.
La corpulenta sombra avanza trastabillando por el empedrado, de sus manos sale una llamarada que refulge en la oscuridad y le ilumina el camino.  Unas inmensas garras se reflejan en la penumbra como aterradoras tenazas dando la impresión de rasgar los cortinajes de las ventanas, tras las cuales los niños se encogen petrificados entre las cobijas, a los que les sorprende despiertos no les deja otra opción que amanecer helados tras hacerse pipí en la cama.

Algunas personas dizque valientes o borrachos que sorprende la madrugada saliendo de algún lugar de lenocinio, han intentado salirle al paso y enfrentar el espectro, pero éste convierte la llama de fuego en un bastón y con un invisible golpe lo descarga sobre la testa del incauto que despierta patitieso con los primeros rayos del sol, tirado sobre un andén.

Su recorrido siempre es el mismo y en el mismo lapso, esa es una característica esencial de los fantasmas, su puntualidad, bueno hay que reconocer que algunos son mas esquivos, dicen que el bulto sabe a quien le sale, pero este, podría decirse es de los más organizados al respecto, muy democrático, a todos les sale, incluso cuentan que de día también se manifiesta y ¡ay! de aquel que se lo encuentre. 
Imperturbable, ni los rezos, ni las mandas hechas por las señoras de la Legión de María le han hecho desistir de su impecable labor de espantar.
Camilo sale de su casa, el tintineo de su llavero va acompasando sus pasos que se mueven con ligereza en la oscuridad, conoce de memoria el camino a fuerza de toda una vida de  recorrerlo en la oquedad de las cuatro de la mañana, siente tal vacío que suele pensar en que es la única persona en pie sobre la tierra, se detiene un instante para apreciar con detenimiento aquel pensamiento, pero el afán le asalta de nuevo, da un fuerte resoplido que hace eco en las callejas y continúa su monótono camino de las madrugadas.

Al acercarse al templo por la puerta del perdón, toma su llavero del cinto con la misma agilidad que Paul Newman tomaba su arma en el último western que vio en el cinema Santamaria a escondidas del párroco; donde este se dé cuenta de tal impureza Camilo podría perder su puesto de vestir santos. 
Le da tres giros a la cadena, las llaves se van ordenando de mayor a menor entre sus dedos, en una suerte de malabarismo que surte efecto porque lo hace sin pensar, es como si el llavero tuviera memoria y se organizara de tal manera que las puertas del templo se abren con la agilidad de un relámpago, de repente las bisagras seden a un leve empujón y en cuestión de segundos las cuatro puertas de acceso están abiertas de par en par.

Se dirige a la sacristía para poner en orden los ornamentos, dispone las vasijas para la celebración, enciende las velas del altar, cambia el agua de los floreros que empiezan a apestar pese a sus radiantes colores, cuando ya tiene todo en su lugar se dirige al campanario, toma en sus manos los lazos y de un tirón saca del sueño al pueblo avisando que la misa está próxima a empezar.

Cuando suena la última campana anunciando primero para misa ordinaria, en la esquina del café Macondo, hace su aparición una espectral figura, Camilo desde el atrio la ve, en lugar de sentir miedo, sonríe, busca la camándula entre el bolsillo, aprieta con el dedo pulgar el rostro del crucifijo y empieza a rezar el padre nuestro, como si esto molestara a la aparición, la llamarada en sus manos se crece fulgurante, de una zancada atraviesa la plaza y se para enfrente del sacristán, siente la presencia helada y sin moverse de su sitio sigue su rezo imperturbable, las veladoras del templo ofrecen una aura santífica detrás de Camilo, quien sigue su rezo ahora en vos alta.  La figura parece cobrar forma humana, la llama de sus manos se apaga, y de su garganta sale una voz áspera de mujer; pero no por ello menos fantasmal, que se suma al rezo.  Camilo imperturbable termina su oración con un ¡Ave María Purísima! Sin pecado concebida -responde la aparición-.

¿Te has dado cuenta de que los dos nacimos para ser fantasmas? -le dice Camilo a la particular mujer que la aurora, deja entrever ataviada en sus excesivos ropajes como una gitana- 
No creo -responde la mujer- nosotros nacimos para ser historia, los fantasmas son todos los que siguen a esta hora dormidos. 

Camilo gruñe, es su forma de respirar, gira sobre sus talones y regresa al templo, la mujer le sigue en silencio con sus rengos pasos, al interior las veladoras ofrecen un cálido abrigo, un olorcillo a parafina perfuma el ambiente y cada uno se va disipando indiferente en sus umbrosas funciones, están tan convencidos de su oficio que parece que estuvieran vivos.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

domingo, 11 de septiembre de 2022

RONDA DE MADRUGADA


Me decanto a las tres de la mañana, hora en que dicen, se abren los portales de otros mundos y algunos humanos abren los ojos y se desvelan.

Me decanto, me entrego a la disritmia y reorganizo mis progresiones armónicas, vuelvo a la fundamental.  Restituye la primera inversión la agnición de mí humanidad en un nuevo cuerpo.

Me decanto por placer, no por necesidad,  me decanto como hace el vino en caída libre en una copa, me decanto por asuntos físicos, por ajuste de cuentas, por separar mi sangre de sudores y otras mezclas heterogéneas.

Me decanto más por intensidad que por densidad, me decanto a solas, sin ayuda de manos extras, me decanto y me encanto, me asombro y conmuevo, resuelvo lo de santurrón y desnudo reinvento mi canto.

Me decanto a solas, sin testigos, me decanto como hace un beso en caída libre en una boca, me decanto por el místico placer de separar el deber de la necesidad, para volver a conciliar el sueño y despertar en otra cama decantado en otro cuerpo y así alcanzar el olvido.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


sábado, 3 de septiembre de 2022

TE INVENTO

Todo lo que digo es mentira, -tu dirás- falsario corazón urde sus hilos. 

Yo digo que es invención y es muy distante a la mentira, el que miente engaña, el que inventa abre compuertas de otras dimensiones.  -Pura carreta- dirás de nuevo, pero, -si me la pones así-, diré que eres mi mejor invento y no te miento, porque no soy capaz de serle deshonesto a la razón.

Miento en todo lo que digo, pero debes tener en cuenta que hablan por mí las flores negras de ese pasillo que de mí no quieres saber, y el arcoíris de Louis Armstrong que sembré en tu cenit y rechazas tanto como a los duendes que habitan tus ojos. 

Y, sin embargo; danzas y sueltas tu cabello con tu exquisito escepticismo. Me dejas solo la alternativa de mentir, para que te des cuenta de que en verdad eres el motivo de mi canción. 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


jueves, 18 de agosto de 2022

OTTO EL INDÍGENA


Otto vive en la calle Lilienthal, un tocayo suyo también alemán que se le adelantó a los hermanos Wright en el sueño de volar, Otto se declara a sí mismo indígena y sostiene con vehemente actitud que en alemán no hay una palabra para definir a las personas que son naturales o natas del lugar, así que usa indígena, le sugiero probar con nativo, ancestral, primitivo, originario, pero con un no tajante que sonó a nai, como el nanai cucas de mi mamá para negar un  permiso, queda zanjado el asunto,  así que Otto es un indígena alemán que vive en una casa normal, de un pueblo llamado Köngen, junto a una hecha con códigos de la antroposofía y que me llevó a ver para que notara que no usan ángulos de 90 grados, yo vi una casa normal con las ventanas a punto de venirse abajo, ese debe ser el misterio de la dichosa ciencia.  A unos cincuenta pasos, yo los conté, tiene un jardín, con una casita en la que cabe un mueble, una chimenea, una estantería con herramientas de trabajo de campo y una mesita en la que reposan un candelabro y una tabla para partir el pan y dos pocillos de peltre pelados en sus bases, como las bacinicas de la casa de una amiga, en la que ahora de repente estoy pensado.

Köngen, para los alemanes es un nombre especial para una ciudad, suena un poco a Congo - en alemán escrito Kongo, pero esa no es la raíz etimológica, Kongario era el nombre de este lugar en tiempos del imperio Romano. También la pronunciación es especial "Kö ng en", según las reglas de pronunciación ng se pronuncia como "King" también Bin go, Ri ng, singen... pero "Kön G en" como "G uest", se entusiasma Otto al explicar cuando le pregunto por el nombre de su pueblo y continúa: mi madre nació aquí, mi padre nació en Plochingen, al lado de Wernau.  Cuando era niño veníamos a visitar a nuestros abuelos a Köngen que para entonces se llamaba "Dorf", incluso Bauerndorf.

Plochingen era un Stadt (ciudad), estaba orgulloso de crecer en un Stadt y no en un Dorf (pueblo) como Köngen, sin mierda de vaca en el camino, sin estúpidos granjeros de un "Kuhnest" (nido de vacas) Unos años más tarde con la industria en crecimiento y las personas que ganaban mucho dinero y necesitaban espacio para construir bonitas casas con grandes jardines, muchos de los "Bauernlümmel" de repente se volvieron muy ricos y vendieron muy rápido sus campos a otros más ricos a precios muy altos.

Todavía hoy Köngen tiene una cultura y tradición agrícola mucho más fuerte que Plochingen. Hace una pausa, se queda mirando en dirección a su Jardín, me pide que le ayude con una tarea de campo, lo acompaño, me entrega guantes de trabajo, movemos objetos de un lugar a otro, apilamos unas piezas de metal al pie de un barranco, le cambiamos de lugar a unos leños, transportamos un larguero en una carretilla por el prado, en fin; una sucesión de tareas en apariencia innecesarias, después me di cuenta que lo que quería era compartir conmigo lo que hacía un granjero cotidianamente en su jardín.  Con las tareas a medio hacer nos fuimos a tomar el té y luego dimos un paseo en su vespa.

Otto vive solo, está solo desde que puso su vida en el campo por encima del amor, de la compañía, de sus propiedades en París, de la riqueza y el bienestar que estaba teniendo al lado de Irina su compañera.

Terminó su relación, dividió sus bienes y huyó, sin más motivos que la fobia a la ciudad y el amor por su jardín, que no es más que un terreno inocuo lleno de proyectos que nunca consuma, porque, ¿qué gracia es realizarlos?, el sentido está en levantarse todos los días y pensar en todo lo que tiene por hacer.

Los radicales pueden ser dueños de sus decisiones, pero suelen tener unas vidas solitarias y se les ve por ahí, desandando nostalgias y aprovechando cualquier momento para la conversación con personas advenedizas, porque es lo único que nos queda después de la terquedad, reconocer, aunque sea tarde que el otro es necesario y que quizás un poco de mediación, puede facilitarnos la vida, después de todo, nada es para siempre, pero que grato es poder vivir la brevedad, en la eternidad de un abrazo.

Para ser un schwäbisch (suabo), este alemán del sur tiene un carácter más parecido a mi tío Hernán, dueño de la finca La Amapola ubicada en estrella vieja, vereda del municipio de Jericó en el suroeste de Antioquia en Colombia; la finca después quedó en poder de su hermano y de su mal gusto, quien le cambió el nombre por finca Andrómeda. Otto es recio mas no cerrero y es crítico de su país y de su identidad, pero ama la tierra en que nació y a la gente que se encuentra les dice pueblos, hay muchos pueblos haciendo fila, vamos a otro lugar, hay mucho pueblo en esa cafetería mejor no entremos, ¿porque no les dices gente o personas? -le pregunto- y me responde que en alemán para todo hay una palabra exacta, pero para las personas no hay una sola clasificación, así que todos son la sumatoria de todos, son pueblos andantes, no tuve que más argumentarle.

Regresamos al pueblo, la vespa que nunca superó la velocidad de veinte kilómetros por hora inicia su ascenso hacia la calle Lilienthal, al fondo se puede ver la entrada de la casa de Otto llena de botellas de aceite de oliva y frascos con aceitunas de variados colores, por estos días tiene de huésped a una familia griega y se nota desde la portada de su casa la influencia de la cultura helenista en estos pagos del sur.

Pero también existe una “dama mágica", es de Polonia, a veces pasa, linda sensación para Otto, quizás y probablemente mejor la ilusión que la realidad, me dice en voz baja, -algún día la invitare a tomar algo a mi jardín, esta eventualidad es suficiente para inspirarme para más actividades, debo aprender a ser modesto a mi edad.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

jueves, 4 de agosto de 2022

EL DUENDE DE LAS SEMILLAS


A mi primo hermano Francisco.

Me conocí con un señor Bernardo Echavarría por intermedio de Corantioquia. Empezó encargándome semillas de los montes nativos de Jericó para su vivero, con lista en mano de las especies, me adentraba en los montes y ellos me fueron enseñando, aprendí a conversar con los duendes para que no me envolataran, el monte me fue revelando sus secretos, sus criaturas y divinidades se volvieron mis amigas y en sagrado respeto me fui volviendo uno con ellos, ya no era un advenedizo visitante, por mi espalda se deslizaban las serpientes  “juetiadoras”, mis pasos entre la hojarasca ocurrían como el canturreo de las mirlas, el aleteo de aves silentes o el siseo del cusumbo que olisquea entre las raíces los hongos mágicos que enlazan con el micelio, infinitas conexiones neuronales del subsuelo, tanto como los místicos viajes de la nave Discovery en su último viaje a las estrellas.

El vivero “Tierra negra” investigó sobre mi procedimiento en las montañas, supo de mis saberes y me invitaron a trabajar para ellos recolectando semillas, lo hice por un tiempo hasta que un día decidí no ser su jornalero, desde entonces yo mismo siembro las semillas y vendo los árboles.

Al conocimiento ofrecido por la naturaleza misma, vino el de los libros, llegaron enciclopedias, documentos, manuales y manuscritos en los que aprendí de botánica y así relacioné mi conocimiento empírico con datos científicos, producto de investigaciones y de aportes hechos por profesores de universidades que me buscaban para que les sirviera de guía en sus salidas de campo con grupos de estudiantes.

Este pueblo es uno de los más ricos en montecillos, en sotobosque, donde están perfiladas las últimas especies endémicas, en cualquier rinconcito hay un universo de vida en floración y yo conozco todas esas trochas donde habitan la Calatola, los Yolombos panopsis (extremadamente escasos, casi que en peligro de extinción), los cedros, los magnolios, los cominos, el gallinazo, los guanábanos de monte; de los cuales en nuestro contorno montañoso apenas quedan cuatro o cinco árboles, los viejos acabaron con el monte, además de maderables, los árboles son de control biológico, atractores de aves, de especies y animales silvestres, pero eso no le importa a nadie, hay mucha indolencia y cada día el monte se muere sin remedio.

En ocasiones yo soy un árbol, conectado a la tierra mi savia me advierte de los ciclos, sé cuándo estoy en floración, en que época mis semillas salen a danzar con el viento o se esparcen en los picos de las aves, en muchas ocasiones mis caminadas por las diferentes montañas las hago en la quietud de mis pensamientos, recuerdo muy bien el día en que fui un Roble, estuve contemplando cómo una familia de loros festejaba entre mis frondas el nacimiento de sus polluelos, otra vez fui un Yarumo y conversaba con la sabiduría de mis cabellos de plata, con las gotas de agua atrapadas entre mis grietas.

En el patio de mi casa, que es muy particular, tengo trescientos Cominos creciendo, paciente espero para hacer la recolección dentro de dos años de las próximas semillas, porque cada cuatro años es su floración.

En las glaciaciones fuimos bosques montañosos, donde habitaron todo tipo de animales silvestres, ellos fueron los promotores de esparcir las semillas y crear el fecundo sotobosque, hasta que un día llegaron los hombres y talaron, sacaron los árboles transformados en maderos y convirtieron el monte en potreros.  Quedaron muy pocos montecillos en las partes altas, donde se esconden los mecafis, el Garrapato cargadero, el Carga agua, el Barcino negro, la Cedrela montana una especie botánica de fanerógama de la familia de las meliáceas y también su pariente la Cedrela odorata.  Por eso hay que caminar, hacer grandes recorridos para poder encontrarlos y esa es mi labor, desde muy niño he recorrido las montañas inicialmente de manera recreativa y con el paso del tiempo con mirada científica.

La gente cuando visita el monte no sabe mirar, no reconoce los árboles, no mira el piso donde la hojarasca esconde las semillas, pasan arrasando, quebrando ramas, cortando con machete para abrirse camino, ignorando que las plantas trepadoras se ocupan de atraer la luz para que las plantas crezcan rápido en los bosques oscuros dónde hay mucho conjunto de vegetación. Cuando se corta un bejuco repercute en un daño terrible, porque un bejuco hace un gran recorrido y con su ausencia se seca una parte considerable del bosque, además son promotores de mucha agua, los canasteros fueron personas muy dañinas, pero las artesanías son un buen negocio, imagine por un momento un solo canasto cuanto daño ambiental implicó.

Los duendes me ayudan con la recolección de semillas, me hice amigo de ellos, no entro al monte con machete, les llevo bocadillo de guayaba, se los dejo engarzado en las ramas y ellos me tiran semillas y me ayudan a sacudir, se ríen, conversan entre sí, yo los escucho, pero no se dejan ver, se saben mi nombre, pero como somos tan familiares me dicen ciiissssco.

Volcán colorado es uno de los montes más ricos en especies, es un campo santuario y está habitado por duendes.  Además de recolectar semillas, bajo costales llenos de basura que la gente deja en sus paseos o los soldados a su glorioso paso, no me gusta ver basura en la montaña, ese creo que es el oficio más importante que yo hago.

Entre el Retiro y la Tenería una vez me encontré un esqueleto humano, con un “huequecillo minúsculo en las sienes”, por el que asomaba una amanita muscaria, pero esa es otra historia y me reservaré el derecho de contarla.

Por ahora no he vuelto al monte, la vida me aquietó, añoro volver a mis largas caminadas por las montañas de mi amado pueblo. Por lo pronto imagino. No estoy muy seguro si soy un hombre soñando que es un árbol o un árbol que sueña ser un hombre, sé que en mi silencio se posan las aves y un rumor de semillas sacude mi memoria, sonrío y se estremecen las ramas de mi abrazo.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

 

 

 

viernes, 10 de junio de 2022

EL ILUSTRE VISITANTE

Al dar vuelta en la esquina de las callejas iniciaron el ascenso hacia el sector de San Francisco. 

En la casa de Antonio Espinosa esperaban con ansiedad, Otilia la menor del primer matrimonio de esta numerosa familia, asomó por la ventana “chiquita” de la pieza de los muchachos, su cabeza, para divisar cuando la visita viniera y así dar aviso al resto de la familia que revoloteaba por la casa ultimando detalles, en una algazara que jamás se había visto.

Primero apareció el sombrero, luego la nariz, lentamente la corbata de flores apretando un cuello robusto y rubicundo de gamonal político, y al lado su primo de Jericó honesto y no tan humilde, pero si trabajador, también engalanado con un elegante traje estilo sastre azul rey, los dos iban apareciendo en escena como si un ascensor los estuviera transportando hasta aparecer completos en el andén, a la altura de la casa de los hijos del padre Cardona.

Cuando las dos figuras se materializaron por completo ante los ojos de la pequeña, esta entró a la casa gritando: ahí vienen, ahí vienen. Y luego se dispuso en la formación junto al resto de la familia.

La calle ofrecía un particular aroma dulce, mezcla de azúcar, vainilla y coco quemado que manaba de la casa de las macanas donde justo a esa hora preparaban los gauchos y colaciones para vender el domingo en la plaza. 

En la casa, se abrió la puerta principal que daba a la carrera tercera, solo se hacía cuando había un acto especial, de ordinario se usaba la puerta lateral, la que daba a la calle novena en dirección a la iglesia de la “pollita”, la casa contaba con tres accesos a saber, la puerta principal, la puerta del medio y el portón, por el portón entraban las mulas, por tanto este regio personaje no podría ser digno de atravesar este lugar, la puerta del medio era para las visitas comunes y domésticas,  así que el honorable representante del estado, ministro de fomento y único primo reconocido de Antonio, entró por la puerta principal en cuyo dintel colgaron guirnaldas, flores y serpentinas.

En los jardines del frontispicio las azucenas coqueteaban con los novios y el amarillo de las siemprevivas les hacía ver como el dibujo de una casita de las que había en la cartilla de coquito.  La luz entraba muy campante por la puerta principal llenando la sala de un resplandor tal, que le daba al viejo mobiliario un aspecto renovado y fino y las colchas y gobelinos traídos por los turcos, daban un aspecto de elegancia y distinción que en la Casa de Nariño se quisieran.  

La familia esperaba engalanada, Alicia su segunda esposa lucía un elegante vestido de muselina comprado en el almacén de los Ojalvo y los dieciséis hijos de los dos matrimonios del anfitrión, dispuestos en orden de mayor a menor (no por edad, si por estatura, porque la armonía estética se había fijado en todos los detalles para aquella visita), lucían también sus trajes de gala confeccionados por los mejores sastres y modistas del pueblo con telas turcas encargadas para la ocasión. 

En cuanto puso el pie en la sala de la casa, la familia dio un fuerte aplauso al visitante, este les lanzó una mirada condescendiente y le ofreció a cada uno un protocolario apretón de manos, pero su interés se centró en el cuadro de Doloritas Espinosa, la abuela de Antonio, que entronizada en la pared central de la sala parecía mirar con desconfianza al invitado de honor.

La visita fue breve, no pasó de la sala, no recibió el almuerzo que se le había preparado con las mejores gallinas traídas de “La Amapola” una de las fincas de Antonio, solo recibió un tinto hecho con café requeme, el que dejó a la mitad y se despidió alegando afán en su agenda y llevándose bajo el brazo, en una cálida modalidad de secuestro, el cuadro de la abuela Doloritas.

De la visita quedaron algunos recuerdos. Otilia la menor, cuenta que José Espinosa (del mismo apellido, pero de otra familia y a quien los tíos le pusieron el remoquete de “Culepito”), el esposo de su hermana Fabiola fue el único beneficiado de esta visita, días después fue colocado en Almadelco S. A en Medellín, dónde inició su vida como empleado público dejando atrás el campo y los menesteres de ordeño, siembra, cosecha y pelea con gansos, perros y gallos.

El Ministerio de fomento  fue creado en 1951 por el presidente Laureano Gómez Castro tras disolver el  Ministerio de Comercio e Industria y el Ministerio de Minas y Petróleos, para reemplazarlos por el nuevo Ministerio, y fue disuelto en 1968, siendo reemplazado por el Ministerio de Desarrollo Económico.  Aníbal Vallejo Álvarez estuvo en el cargo entre el 23 de abril de 1963 y el 17 de diciembre de 1964, durante el Gobierno de Guillermo León Valencia.

Aníbal Vallejo era el único primo reconocido del abuelo Antonio o por lo menos el insuperable del que siempre hablaba, pese a que posiblemente otros de menor raigambre existieran, pero el pelambre no les daba para una recordación tan importante.  

Los otros parientes del abuelo eran simples campesinos que trabajaban a diario para construir una vida, mientras que el primo Vallejo ya había hecho lo posible para que fuera el país el que se encargará de hacerlo por él, cuentan que también tuvo unos hijos bastante reconocidos, algunos de importancia internacional, de los cuales no haré mención en estas líneas para no incurrir en agravios, no vaya y se den cuenta que tienen en la vereda estrella vieja una parentela de campesinos que de puro desmemoriados saben recordar.

Además, para mi sigue siendo un misterio como se pueden ser primos dos personas que se apellidan Espinosa Meza con Vallejo Álvarez, misterios tiene la iglesia, aunque explica un poco la vergüenza de los hijos naturales y esos intríngulis familiares que hacen parientes a Tangarifes y Bedoyas, tanto como a Giraldos y Restrepos (por usar cualquier apellido) así se nieguen el parentesco, la sangre va por dentro.

Estas letras no gozan de la suculenta distinción de la gramática del Caro y Cuervo, pero son mi riesgo personal de dejar constancia de las conversaciones que se tienen en la familia y sobre todo una forma de homenaje a Otilia, mi mamá, y a la tía Fabiola, quienes tienen la costumbre de hallar parientes por doquier.  Fabiola hija del primer matrimonio, nunca tuvo hermanos medios todos eran enteros, porque su corazón era tan grande que abarcaba más allá de un apellido o de una estirpe o de una morrocota de oro, tenía un corazón inmenso de esos que ya en las literaturas colombianas no se hayan, la tía en toda conversación buscaba los vericuetos y enlaces posibles hasta dar con la parentela, para ella todos en Jericó éramos de la misma familia.

El abuelo Antonio, el primo Aníbal, Alicia, la tía Fabiola, los presidentes Laureano y Guillermo murieron, de esta narrativa quedamos Otilia y yo que también vamos a morir. Que alivio.  ¿Se imaginan la responsabilidad de seguir buscando parientes por todas partes, sobre todo en un pueblo donde ya no quedan desmemoriados con recuerdos, sino memoriosos con ínfulas de historiadores?

Con el sombrero en la mano y el cuadro bajo el brazo, el primo Aníbal deshizo los pasos, el abuelo lo acompañó. En la casa quedó la familia en “grima”, sin los ropajes de ocasión se fueron todos al comedor a dar cuenta del suculento sudado que dio hasta para convidar a los vecinos, cerraron la puerta principal, la penumbra volvió a habitar la sala, en la pared quedó un clavo solitario y un recuadro marcado por el polvo y las telarañas recordando la ausencia definitiva de la abuela, nunca mas en su muerte se le volvió a ver.

La calle ya no tenía el olor dulce de momentos anteriores, ahora olía a orín de mulas y cagajón, los dos primos se fueron desvaneciendo en la distancia, no ante los ojos de la pequeña que antes asomaba su cabeza por una diminuta ventana, sino ante los ojos de su hijo, que el tiempo inventaría para que narrara este suceso.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa.


 

CATÁLOGO INCOMPLETO DE PREGUNTAS SIN RESPUESTAS

  Inventario de sonidos que nunca existieron, pero que alguna vez escuchamos.  Este es un inventario de sonidos que nunca existieron. Por e...