sábado, 21 de septiembre de 2019

BREVE RELATO SOBRE UNA MUJER CUALQUIERA




Bernarda tiene las orejas llenas de aretas, su cabello es negro, lizo y largo, se pinta las cejas en arco resaltando la palidez de su frente, su boca de labios delgados la pinta de rojo, parece el punto de un signo de interrogación, cuando mira con asombro en la frente se le marcan las líneas cómo si fuera el fuelle de un acordeón, casi siempre viste de negro, lleva un vestido fajado con un cinturón que luce una hebilla plateada y un saco de lana en el que queda nadando, los puños los lleva remangados hasta la mitad del brazo. 

Calza una especie de babucha delgada de tela, con suela plana, que se le conoce cómo abuelitas, un par de abuelitas desgastadas, rotas en la punta, que dejan asomar la uña del dedo gordo pintada de carmesí, son las que soportan los pasos de esta mujer.  Tiene una casita cerca de una quebrada de aguas negras que, a pesar de su pequeño caudal, tiene un temperamento de borrasca, vive con su esposo, sus hijos y unos cuantos fantasmas más.  

Bernarda con los años se ha vuelto acumuladora, guarda en su casa revistas, tapas de gaseosa, papeles brillantes de confites, cucharitas de plástico, pitillos, chocolateras de cobre, bacinicas de peltre, zapatos viejos, cojines y cajones con más chécheres, pocillos sin oreja, muñecas despeinadas, cajetillas de cigarrillos piel roja con las que hace tapetes, que algunas personas le compran o cambian por arroz.  Los niños del barrio la quieren, le visitan llevándole moras que han recogido en las mangas del Volga, que aquí no es un rio, sino un potrero que algún día será un colegio y después un centro comercial, porque en este pasado tan mal oliente también se puede soñar con un futuro perfumado, ella en su chocolatera bate con panela las moras y les prepara un mejunje que bautiza  “morada”, los niños son felices y le pagan con tapas de refresco que ella atesora en un botellón. 

Su casita, la que está a la orilla de la quebrada suele mantener la puerta principal entreabierta exhibiendo una primera habitación dónde a pesar del batiburrillo de objetos unos ya nombrados y otros innombrables, se alcanza a divisar una cama, allí suele pasar el día sentada como en un trono con la ropa doblada en pequeños montones, a esta le sigue una habitación a modo de galería, en estos tiempos las habitaciones se hacen sin puertas, porque el mejor control de los miembros de la familia, es que no tengan intimidad, y al fondo queda la cocina en la que un radio sintoniza una canción de José Alfredo Jiménez, la tarde es gris y el país se viene abajo, ella ignora esas cuestiones, la pobreza no deja ver más allá del hambre. 

Su esposo remienda zapatos y en su tiempo libre ejerce la mendicidad o algo parecido, su principal pretexto es el requerimiento de algunas monedas para una fórmula médica que no alcanza a pagar, el día en que se alivie seguro se muere.

Bernarda hace quince años no sale a la calle, eligió encerrarse, tiene la sensación de que, si deja la casa, tan solo unos segundos, podría venirse abajo o peor que ocurra un desahucio mientras va a la tienda de la esquina por cincuenta centavos de manteca y un par de huevos. Desde entonces está en casa, mira con angustia la viga del techo que ya no aguanta un aguacero más, respira profundo, convencida que es su mirada la que mantiene las tejas en su sitio, mira con tal solemnidad que la contundencia del ojo del búho en la noche queda opacada por el brillo de este acecho, su mirada sostiene su techo y este, aunque ella no lo sabe soporta el cielo y permite que las estrellas conserven su sitio.

A veces la vida se ensaña con las personas pobres, pero también ocurre que las personas pobres se ensañan con la vida y les da por eternizar su sino teniendo muchos hijos murmura un hombre de bien, sentado en un café al ver pasar al esposo de la mujer que nos ocupa en este relato, quien pese a sus carencias materiales no le falta dignidad y cierta distinción en su postura, en este lugar los pobres suelen vestir mejor que los llamados ricos, y aunque a los ricos les incomodan los pobres, conviven con ellos, el que hace poco murmuró invita al zapatero y toman café y sonríen, pero ya sabemos que quien invita está jugando a ser altruista, cree que un café es lo que necesitan los pobres para espantar su sino, aquí la desigualdad social no existe, somos incluyentes, pero suelen susurrar cuando se dan la espalda.

La fatalidad no se ocupó de estos personajes, pero la vida si, Bernarda termina muriendo de ausencia y de pobreza matizadas con cataratas en sus ojos, el día en que muere la casa se viene abajo, su esposo termina el resto de sus días que no fueron muchos en un hospicio, no lo mata el hambre, pero si la soledad, sus hijos les sobrevivirán para poco a poco irse volviendo invisibles y morir de olvido.

CARLOS ANDRES RESTREPO ESPINOSA.


sábado, 15 de junio de 2019

DOS COSITAS

1.
Me dicen que no como si fuera si,
yo digo que no como se debe decir un no,
y no me quieren,
esas transparencias no gustan
en el planeta del vidrio polarizado.

2.
Si digo si, es porque si.
no entiendo porque hay que llamar
a confirmarlo.

Carlos Andrés Restrepo




miércoles, 24 de abril de 2019

UNA DE ROMANOS


DE LA PRIMERA CARTA DE ANDRES RESTREPO A LOS ROMANOS

En la vía Aurelia 366 a pocas cuadras de la estación Baldo Degli Ubaldi sentí hambre, busqué  alrededor y el viento me trajo un aroma que seguí olfateando como lo hacen los dibujos animados, encontré un pequeño lugar de comidas caseras llamado Osteria Antichi Sapori da Leo, un diminuto cubo en el que cabe el sabor de Roma; el lugar a pesar de sus dimensiones está bien distribuido, las mesas se pegan unas a otras haciendo que los comensales deban abrir espacio a los que  llegan poniéndose de pie y permitiendo el paso, pues las mesas puestas en fila no permiten otra manera de acceso.

En aquel cubículo en el que comensales de toda la vida suelen almorzar, me encuentro pidiendo una copa de vino tinto con una bruschetta mientras ojeo el menú para decidir por el primer plato, entre un pannette all’arrabbiata o un Risotto al Radicchio, elijo el pannette, doy sorbos al vino de casa que me sabe a nostalgia de domingo en la tarde, la decoración del lugar es estrafalaria, aunque austero el espacio no le falta el aire acondicionado,  fijados a la pared cuadros de infantas en poses greco-romanas, una pintura de un hombre con sombrero de paja comiendo frijoles, fotografías de futbolistas y varios recortes de periódico enmarcados de manera insulsa en los que aparecen crónicas hechas al dueño del lugar que es el mismo que sirve y va de mesa en mesa tras el llamado de “Leooo”, cantado como solo los italianos saben entonar.
El lugar es tradicional, famoso en la ciudad, pero no es un sitio para turistas, es un comedor de barrio.

Leo olvida mi orden o la ignora, tengo la sospecha de que su esmero prima sobre su clientela de toda la vida, me distraigo leyendo un aviso que hay en la pared que dice: “No tenemos wifi, solo vino y navegue qué es un placer”. Al no llegar mi plato decido entonarme y  canto el nombre del dueño - Leooo -, y al instante viene atento hacia mí y en un italiano improvisado pero con la sagacidad de un muerto de hambre, le reclamo mi plato y acto seguido, le anuncio mi decisión de morir allí sobre el mantel de cuadros blancos y rojos, deja salir una risotada y dice - que divertido nuestro visitante, sale un pannette all’arrabbiata para el colombiano que está rrabbiato -, todos miran sonríen y siguen en lo suyo.  La comida llega y de una vez le ordeno el segundo plato que elijo sin pensar, un pollo a la cazadora; me llamó la atención el plato porque ese menú lo ofrecen cada tanto en el salón Versalles en Medellín, y pues había que ver para comparar y en efecto, fue todo un acierto y debo decir que muy similar al que ofrece el otro Leo en la capital de Antioquia.

Un hombre de notable presencia atraviesa la puerta del lugar, al verle sospecho que es un romano, un romano que obedece a la idea que desde niño había tenido de un romano, idéntico a Ernest Borgnine en el papel del centurión en la miniserie anglo italiana Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli que vi año tras año todas las semanas santas cuando en mi país había televisión pública; con asombro veo que el centurión se sienta a mi lado, recuerdo que el señor Borgnine era americano, pero su caracterización le quedó  excelente pues el personaje que tengo justo ahora enfrente tiene la misma edad, el mismo porte e idéntica mirada, no del actor, sino del personaje que encarnó y que yo de niño jamás imaginé que un día se sentaría a mi lado en un modesto restaurante de un barrio popular en Roma.

Me pongo de pie, abro paso, yo no se si decirle Don Ernest, su excelencia centurión o como le va romano, le sonrío y le enseño la silla, él toma asiento,  lo atienden como a todo un centurión, no ordena, es como si el mesero ya supiera qué quiere su cliente, le traen vino, pan, un poco de queso y al instante un plato de “Bombolotti alla Matriciana”, al mismo tiempo yo estoy terminando mi segundo plato, reparo de nuevo en el menú por si hay un postre de mi apetencia o si me decido por un expreso con grapa, dosis que ha hecho la vida más hermosa en mi recorrido por Italia. Estaba en esas cuando el personaje se me queda mirando y me dice que de que parte de España soy y le digo que de la parte de Colombia y se sorprende, - ¿un colombiano?, nunca había estado con un colombiano en la misma mesa -, dijo con una voz que no se parecía en nada a la de los romanos que yo conocía en las famosas cartas de San Pablo, así que con mucho esfuerzo de mi parte e introduciendo por momentos frases al traductor del celular, pude tener mi primera conversación profunda con un romano de verdad.

Habló de la guerra, pidió mas vino, me enseñó su alma en la conversación, agradeció mi visita, dijo que Italia era un país de gente humilde, que en la mesa se resuelve la vida, nos quedó del pasado su peso, el portento de una ilustración que terminó cegándonos, la escasez reina aún en los grandes castillos; sin dejar de hablar va trenzando en su tenedor de manera magistral unos hilos de su pasta y me ofrece diciendo, - Quiero que pruebe, esta es comida de pobre, pero es la que nos ha permitido a los Italianos no desfallecer de hambre pues la pasta nunca falta si se comparte, pruebe usted este sabor para que no olvide que los pobres cuando comemos acompañados, la comida sabe mejor. -. Con lágrimas en los ojos recibí el tenedor y comí de su plato, aquel inmenso gesto me conmovió y esclareció la gracia de las palabras: “Tomad y comed todos de este pan”.
En aquel estado de agnición comprendí que aquel había sido el motivo de mi viaje, ni San Pedro con su mercado de indulgencias, ni Florencia en su esplendor, ni Venecia con sus manías acuáticas, superaron el acto de aquel hombre nada común, los hechos que cambian nuestra vida suelen venir de las personas que nos ofrecen la posibilidad de acercarnos un poco a eso que nos queremos parecer.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa


jueves, 8 de noviembre de 2018

LA CHICA DEL CABLE

 -Listo Medellín cabina 8 -, dice Consuelo del otro lado del vidrio sentada en una silla de rodachinas, con una diadema que le hace lucir como si fuera la piloto ante la consola de mandos de una nave que no lleva a otro planeta, pero si acerca a tierras lejanas con las más próximas.

Su oficio es de los más importantes, cualquiera puede ser chófer, o nombrado alcalde por decreto o secretario, pero no cualquiera puede operar la consola de la central telefónica, para eso se requiere ser inteligente.

La telefonista de esta historia inició su labor en un cuartucho ubicado en la planta baja del palacio municipal, donde a duras penas entraban ella y un usuario, a los demás les correspondía hacer fila a la intemperie o aguardar hasta que el citador les indicara la hora en que debían llegar a recibir llamada, o el turno en que podían hacerla.

Del oficio siempre estuvieron a cargo mujeres, así como en la serie de televisión española, con el intríngulis que implicaba para la sociedad una mujer con empleo y autonomía, tuvimos nuestras propias chicas del cable: Alicia Paredes y Ángela Gómez, Flor Ángela Zapata, Lola Bohórquez, Griselda Celis y Berta Henao, quien le entregó la consola de clavijas a Consuelo Meza en 1960 junto a Magnolia Zapata.

El personero expidió un permiso para iniciar la capacitación que consistía en sentarse en una silla al lado de la operadora oficial, quien no se prestó mucho para la enseñanza, así que Consuelo tuvo que aprender observando y tomando nota en una libreta. 

La comunicación se lograba, recuerda, utilizando una magneto, al que le daba manivela y este hacia conexión con la central que estaba en Puente Iglesias y de allí se establecía la comunicación con el destino final que podría tardar horas o días.

La central telefónica era manual, por eso requería de la intervención de una telefonista quien se encargaba de la conexión física del cableado que venia tanto de la red exterior como de la red local, y facilitaba las llamadas entrantes y las salientes; las conexiones se realizan por medio de cordones, clavijas jacks y llaves de conmutación. Cuando se descolgaba el teléfono en una de las pocas casas que podían darse el lujo de tener semejante artilugio, al instante se identificaba en la central con la iluminación de unos botones que en hilera parpadeaban ansiosos.

La central telefónica pertenecía al municipio y en el año de 1966 el departamento después de ejercer una diplomática presión la compró para unirla a su naciente monopolio, se instala la nueva consola de disco y llegan al oficio Marion Restrepo, Nury Velásquez, Consuelo Parra y Aurora Legro, Dora Agudelo y Consuelo Gonzáles y otras más que la memoria no recuerda o la vista no alcanza.

Consuelo atendió varias situaciones de emergencia que le prolongaba la estadía en la central más allá de las nueve de la noche que era su horario de cierre, las tragedias de ahogados del cauca que por aquel entonces eran mas habituales, incendios, la avalancha de las nubes; en la inauguración de la catedral fue la encargada de facilitar las comunicaciones para todos los visitantes que llegaron de distintas partes del país. 
 
Recuerda con orgullo la primera vez que consiguió una  comunicación con Bogotá, la primera en la historia de Jericó, pues las comunicaciones sólo eran locales o departamentales.

El primer repique que atendía en la mañana era el de monseñor Augusto Trujillo Arango, obispo de Jericó quien tenía el ritual de llamar a su mamá todos los días antes  de iniciar sus labores pastorales, Consuelo era la encargada de facilitar esa conversación. 

Durante veintitrés años trabajó como telefonista y en 1983, sus labores fueron truncadas por los azotes de un politiquero de turno quien la sacó del cargo antes del tiempo de jubilación, para colmo la persona que llegó a reemplazarla le negaba las llamadas a Medellín, impidiéndole la comunicación para buscar asesoría en su situación que le llevó a la depresión después de haberse quedado insubsistente sin causa justa. 

Al cumplir la edad consiguió la jubilación y con los ahorros logró hacerse a una casa propia, otras chicas del cable no lograron tal suerte.

Su actividad no terminó allí, desde entonces ha estado al servicio de la comunidad vinculada a instituciones cívicas, religiosas y culturales trabajando con ahínco, siendo una líder reconocida y respetada, una voz tenida en cuenta y consultada por sus vecinos quienes acuden a ella en busca de ayuda y consejo, una mujer intachable que junto a su esposo hicieron una ejemplar familia, de valores humanos profundos y de quienes la cercanía desde niño me ha llevado a sentirlos como parte de mi familia.

Ahora que la comunicación se logra de manera instantánea, y que se puede portar una central telefónica en el bolsillo, es inquietante pensar como dejamos al otro en visto, no atendemos las llamadas, incumplimos las citas, ignorando que hubo un tiempo no muy lejano, en que para tener una comunicación urgente habría que esperar días o semanas; por fortuna allí estaba Consuelo la chica del cable dispuesta a hacer todo lo posible para conseguirla en unas cuentas horas.



Carlos Andrés Restrepo Espinosa

CATÁLOGO INCOMPLETO DE PREGUNTAS SIN RESPUESTAS

  Inventario de sonidos que nunca existieron, pero que alguna vez escuchamos.  Este es un inventario de sonidos que nunca existieron. Por e...