LAS PUERTAS QUE NO ABRIMOS
Por Carlos Andrés Restrepo Espinosa

Antes de abrir la puerta
Lo que sigue no pretende ser un tratado sobre William Blake, Aldous Huxley o las teorías que han intentado explicar los límites de nuestra percepción. Es, más bien, una reflexión personal que encuentra en sus ideas un punto de partida para pensar una inquietud propia: ¿qué ha sucedido con nuestra manera de mirar el mundo desde que comenzamos a sustituir las puertas por ventanas?
No busco explicar lo que otros ya han dicho ni atribuirme descubrimientos ajenos. Me interesa establecer un diálogo íntimo con algunas de esas ideas para aventurar una comparación que, aunque sencilla en apariencia, me resulta cada vez más inquietante: las puertas de la percepción, como posibilidad de abrirnos a la vastedad de lo existente, frente a las ventanas de la imprecisión, esos marcos desde los cuales creemos contemplar el mundo mientras apenas recibimos fragmentos de él.
Pienso, particularmente, en esa ventana artificial que llevamos en el bolsillo, capaz de acercarnos a lugares remotos y, al mismo tiempo, de distorsionar nuestra relación con lo inmediato. Una ventana que no solo nos permite mirar, sino que también interviene en aquello que vemos, en cómo lo interpretamos y en lo que terminamos aceptando como realidad.
Quizá la imprecisión no resida únicamente en la imagen que recibimos, sino en la confianza con que confundimos esa imagen con el mundo. De ahí nace esta disertación: de la sospecha de que, mientras multiplicamos las ventanas desde las cuales observamos la existencia, podríamos estar perdiendo el deseo, la curiosidad o el valor de abrir las puertas que nos permitirían entrar en ella.
Estas páginas son, por tanto, una invitación a pensar desde esa paradoja. No para ofrecer respuestas definitivas ni clausurar una discusión que apenas comienza, sino para compartir una pregunta que me acompaña: ¿estamos ampliando nuestra percepción del mundo o aprendiendo a conformarnos con la imprecisión de sus reflejos?
William Blake, Aldous Huxley y la ventana oscura de nuestro tiempo
William Blake nos dejó una invitación que todavía hoy parece escrita en los muros de una casa abandonada, esperando que alguien se detenga a leerla: abrir las puertas de la percepción para que las cosas se nos revelen tal como son, infinitas. La frase contiene una promesa y también una amenaza. Porque abrir las puertas significa aceptar que el mundo entre, y el mundo, cuando entra sin pedir permiso, no siempre trae buenas noticias.
Quizás por eso ganó la ventana.
La puerta exige una decisión. Hay que acercarse, buscar la llave, girar el picaporte y aceptar las consecuencias. Detrás de ella está la calle, con sus olores, sus sobresaltos, sus conversaciones inoportunas, los perros que ladran, los vendedores ambulantes y sus desconocidos que cargan historias de las que nada sabemos. Abrir la puerta significa exponerse a la totalidad de lo que existe, incluso a aquello que preferiríamos no haber encontrado nunca. La puerta no selecciona lo que deja pasar: una vez abierta, el mundo reclama su derecho a entrar.
La ventana, en cambio, es más discreta. Nos permite mirar sin comprometernos demasiado, contemplar la lluvia sin mojarnos y asistir a las tragedias del mundo sin abandonar la comodidad del sofá. Por ella entra el sol en delgados rayos que apenas alcanzan a iluminar el polvo suspendido en el aire; una brisa tímida, el voceo de un vendedor, el rumor lejano de un motor o el canto de un pájaro que, por un instante, nos recuerda que todavía existe algo que no necesita anunciarse para existir.
Nada atraviesa por completo la ventana. Todo llega fragmentado, convertido en una pequeña porción de aquello que afuera sucede. Y acaso esa sea su mayor virtud, pero también su más peligrosa trampa: nos permite creer que conocemos el mundo porque hemos conseguido verlo sin tener que padecerlo.
Blake, sin embargo, parecía sospechar que el problema no estaba únicamente en lo que veíamos, sino en la manera en que habíamos aprendido a mirar. En El matrimonio del cielo y el infierno, escrito a finales del siglo XVIII, dejó aquella célebre sentencia según la cual, si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo se nos aparecería tal como es: infinito. No se trataba simplemente de ver más cosas, sino de desmontar los límites que nuestra costumbre, nuestros prejuicios y nuestras certezas habían impuesto a la experiencia.
Décadas después, Aldous Huxley recuperaría esa imagen para titular Las puertas de la percepción (1954), un libro en el que exploró las transformaciones de la conciencia y la posibilidad de percibir la realidad más allá de los filtros habituales de la mente. Huxley recurrió a la metáfora de una válvula reductora: el cerebro, en lugar de permitir que toda la riqueza de la experiencia llegue a la conciencia, seleccionaría y limitaría aquello que podemos atender en cada momento.
La idea resulta inquietante porque nos obliga a reconocer que nunca recibimos el mundo de manera completamente transparente. Percibimos desde nuestros hábitos, nuestra memoria, nuestras necesidades y las categorías con las que hemos aprendido a ordenar lo existente. No vemos solamente lo que está afuera; vemos también desde aquello en lo que nos hemos convertido.
Pero si nuestra percepción ya está sometida a filtros, ¿qué ocurre cuando, además, entregamos a otros la tarea de seleccionar lo que vemos?
Quizá ahí comience la historia de nuestra ventana.
Porque la invitación de Blake era abrir las puertas, mientras que nosotros hemos terminado por instalar ventanas cada vez más sofisticadas. Y no cualquier ventana: una que llevamos en el bolsillo, que cabe en la palma de la mano y que, bajo la promesa de conectarnos con el universo, nos devuelve una versión cuidadosamente fragmentada de él. Esa ventana que llamamos Windows.
No deja de ser una ironía digna de los mejores humoristas que una de las grandes ventanas de nuestra época lleve precisamente ese nombre. Una ventana que ya no necesita paredes ni marcos de madera, que se abre sobre un escritorio o en la pantalla de un teléfono y que promete acercarnos al mundo entero sin que tengamos que abandonar nuestra habitación.
Basta un movimiento del dedo para que aparezcan guerras, amores, catástrofes, recetas de cocina, animales haciendo piruetas, políticos haciendo lo de siempre y desconocidos que nos muestran con entusiasmo lo felices que son. Todo está allí, a la distancia de un clic. Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan expuestos a las imágenes del mundo ni había resultado tan fácil confundir esa exposición con el conocimiento.
La ventana digital no elimina los filtros de la percepción: instala otros. No abre necesariamente nuestros sentidos a la infinitud de la experiencia, sino que introduce un nuevo intermediario entre nosotros y aquello que pretendemos conocer. Decide qué aparece primero, qué merece nuestra atención, qué noticia desplaza a la anterior y qué imagen debe repetirse hasta convertirse en una certeza. El mundo no desaparece detrás de la pantalla; lo que cambia es la manera en que llega hasta nosotros.
La paradoja es que esa ventana parece ofrecernos justamente aquello que Blake reclamaba: una ampliación de nuestras posibilidades de ver. Podemos contemplar territorios remotos, escuchar músicas desconocidas, acceder a libros que antes no estaban a nuestro alcance y conversar con personas a quienes probablemente nunca conoceríamos. La tecnología puede ensanchar el horizonte y abrir caminos insospechados para la imaginación.
Pero una ventana no es el paisaje. Y disponer de todas las ventanas del mundo no garantiza que alguna de ellas nos permita comprenderlo.
El problema aparece cuando dejamos de reconocer el marco. Cuando olvidamos que detrás de cada imagen hay una selección, detrás de cada relato una perspectiva y detrás de cada plataforma una arquitectura que organiza nuestra atención. Entonces la ventana deja de ser una herramienta que utilizamos para mirar y comienza a convertirse en el lugar desde el cual aprendemos qué merece ser mirado.
Ya no contemplamos el mundo a través de ella: comenzamos a contemplarlo según ella y esa diferencia, que parece pequeña, puede cambiarlo todo.
Huxley nos ayuda a entender que la percepción ordinaria no es una reproducción completa de la realidad, sino una selección que hace posible nuestra vida cotidiana. No podemos atender a todo al mismo tiempo. Necesitamos filtros para orientarnos en medio de la abundancia de estímulos. Pero hay una diferencia fundamental entre reconocer que nuestra mente selecciona y permitir que un sistema externo, guiado por intereses que no siempre conocemos, organice de manera persistente aquello a lo que prestamos atención.
Una cosa es que nuestra conciencia no pueda abarcarlo todo. Otra, muy distinta, es que alguien encuentre en esa limitación una oportunidad para administrar nuestra mirada.
La ventana digital aprovecha esa necesidad de seleccionar, pero también puede intensificarla. Nos entrega pequeñas dosis de realidad, calculadas para retenernos un poco más. Nos muestra aquello que parece interesarnos, nos devuelve nuestras propias opiniones con la apariencia de un descubrimiento y, cuando nos descuidamos, termina por enseñarnos no necesariamente lo que necesitamos saber, sino aquello que consigue mantenernos mirando.
De este modo, la ventana no solo filtra el mundo: participa en la fabricación de nuestra idea del mundo.
Y quizá la forma más eficaz de esa operación sea que apenas la advertimos, creemos elegir libremente aquello que vemos, aunque nuestras elecciones ocurran dentro de un paisaje previamente organizado. Creemos explorar el universo, aunque muchas veces recorramos una y otra vez los mismos pasillos, visitando habitaciones distintas de una misma casa. La ventana nos ofrece la ilusión de la infinitud mientras administra nuestros recorridos por ella.
Lo que comenzó como una promesa de expansión puede terminar convertido en una forma de encierro. No porque la pantalla tenga la capacidad mágica de dominarnos, sino porque nuestra disposición a permanecer frente a ella puede reducir progresivamente el espacio que concedemos a otras formas de conocer: la conversación, el silencio, el contacto con los objetos, la experiencia corporal y la posibilidad de encontrarnos con aquello que no habíamos previsto.
Y entonces aparece una segunda ironía: mientras la ventana nos permite contemplar una cantidad extraordinaria de acontecimientos, puede disminuir nuestra disposición a participar en ellos.
Miramos la guerra, pero no sentimos el polvo que levantan las botas. Contemplamos el bosque en alta resolución, pero no sabemos reconocer el olor de la tierra húmeda. Escuchamos miles de canciones, pero quizá no nos detenemos a escuchar el canto del pájaro que acaba de posarse en el alero. Vemos las manifestaciones de la alegría y del dolor convertidas en imágenes que pasan ante nuestros ojos, mientras la vida inmediata reclama una atención que no siempre estamos dispuestos a concederle. La ventana nos aproxima a lo distante y, a veces, nos distancia de lo próximo.
No es que las imágenes sean falsas por el simple hecho de estar mediadas, tampoco significa que la experiencia directa garantice siempre una comprensión más profunda. Una fotografía puede revelar aquello que el ojo distraído no alcanza a percibir, y una pantalla puede ponernos en contacto con realidades que de otro modo permanecerían ocultas. El peligro aparece cuando la representación deja de acompañar la experiencia y comienza a sustituirla; cuando creemos que haber visto equivale a haber comprendido, que haber reaccionado con un comentario equivale a haber pensado y que haber compartido una imagen en las redes sociales significa haber asumido alguna responsabilidad frente a lo que representa.
Mientras tanto, la puerta continúa cerrada.
Y no deja de ser curioso que, para mantenernos al tanto de todo lo que ocurre afuera, hayamos terminado por necesitar una ventana que nunca descansa. Una ventana que nos acompaña a la mesa, al dormitorio, al baño, al transporte público y hasta a esos breves momentos en los que antes no teníamos más remedio que estar a solas con nosotros mismos.
La hemos convertido en una extensión de la mirada y, poco a poco, también en una prolongación de la intimidad. Mientras miramos hacia afuera, algo mira hacia adentro. La pantalla recoge nuestras búsquedas, nuestros hábitos, nuestras preferencias, nuestros temores y hasta esas pequeñas debilidades que procuramos esconder de nosotros mismos. La intimidad, que durante siglos fue un territorio protegido por paredes, cortinas y silencios, se convierte ahora en una colección de datos susceptible de ser examinada, clasificada y utilizada para anticipar nuestras decisiones.
Creemos haber abierto una ventana al mundo, pero quizá también hemos dejado una puerta entreabierta en nuestra propia casa. Lo más curioso es que no parece preocuparnos demasiado. Nos hemos acostumbrado a vivir bajo la mirada de un ojo invisible, una especie de huésped que nunca duerme, que conoce nuestras rutinas y que, sin haber sido invitado a cenar, sabe a qué hora abrimos la nevera, qué música escuchamos cuando estamos tristes y qué clase de noticias consiguen alterarnos el pulso.
Hemos cambiado la antigua vigilancia del vecino que se asomaba detrás de la cortina por una vigilancia mucho más eficiente: aquella a la que nosotros mismos le entregamos las llaves.
La ventana es ahora también un espejo. Un Black Mirror que nos devuelve una imagen inquietante de aquello en lo que nos estamos convirtiendo. No necesariamente porque la tecnología sea malvada, como si detrás de cada dispositivo se escondiera un demonio con intenciones perversas, sino porque en ella se amplifican nuestros deseos, nuestros miedos y nuestra disposición a renunciar a ciertas libertades a cambio de pequeñas comodidades.
Ese espejo no inventa el rostro que refleja. Apenas lo devuelve, a veces con una nitidez que preferiríamos evitar.
Quizá lo verdaderamente perturbador no sea que alguien pueda manipular nuestra imaginación, sino que hayamos comenzado a entregársela voluntariamente. Que la manía infantil de preguntar, esa curiosidad que alguna vez nos hizo desarmar juguetes para descubrir qué escondían por dentro, esté siendo sustituida por la necesidad de obtener respuestas inmediatas. Que ya no queramos demorarnos en una pregunta, sino resolverla cuanto antes para pasar a la siguiente distracción.
La imaginación necesita espacio, pero las pantallas parecen empeñadas en ocuparlo todo. El silencio necesita tiempo, pero siempre hay un sonido dispuesto a interrumpirlo. La libertad necesita la posibilidad de detenerse, dudar y elegir, pero nosotros hemos terminado por llamar libertad a la infinita disponibilidad de opciones que otros han organizado para nosotros.
Y en ese punto, la preocupación de Huxley adquiere una resonancia inesperada. En Un mundo feliz, su novela de 1932, el control social no depende únicamente de la prohibición y el castigo. También puede sostenerse mediante el placer, el entretenimiento y la satisfacción inmediata. Los individuos no necesitan sentirse encerrados si encuentran suficientes motivos para no desear salir.
La comparación no implica que una pantalla sea el soma de Huxley ni que toda forma de entretenimiento esconda una conspiración. La cuestión es más sutil y, por eso mismo, más inquietante: ¿qué ocurre cuando la distracción se vuelve permanente y la comodidad termina por parecernos más deseable que la libertad de enfrentarnos a aquello que nos incomoda?
Tal vez el encierro más eficaz no sea aquel que nos impide salir, sino aquel que consigue que olvidemos por qué querríamos hacerlo.
En ese caso, la ventana oscura no necesita cerrarse. Puede permanecer abierta durante las veinticuatro horas del día, mostrándonos un universo inagotable, mientras nosotros vamos perdiendo la costumbre de cruzar el umbral. La promesa de acceso ilimitado se convierte, paradójicamente, en una forma de inmovilidad. Siempre hay algo más que mirar, algo más que escuchar, algo más que comentar. Nunca terminamos de consumir el mundo que nos ofrecen y, por tanto, nunca parece llegar el momento de salir a encontrarnos con el mundo que tenemos delante.
Pero afuera, el mundo continúa sucediendo.
La calle sigue siendo ese lugar incómodo donde las cosas no siempre obedecen a nuestras expectativas. Allí los objetos conservan las huellas de quienes los hicieron, los usaron y los transformaron. Una silla no es solamente una silla: es también la memoria del árbol del que provino, el oficio de quien la construyó, el cuerpo que descansó sobre ella y las conversaciones que alguna vez sostuvo alrededor de una mesa. Un camino no es únicamente una superficie que permite desplazarse: es el rastro de quienes lo abrieron cuando todavía no existía, de quienes se atrevieron a caminar sin garantías y de quienes, al hacerlo, modificaron el paisaje para los que vendrían después.
El mundo material guarda una memoria que no siempre sabemos leer. Para reconocerla es necesario abandonar, aunque sea por un momento, la distancia segura desde la que observamos las cosas y entrar en relación con ellas. Tocar, escuchar, preguntar, equivocarse. Permitir que la experiencia nos contradiga.
Quizá eso significaba, en el fondo, abrir las puertas de la percepción: no conseguir una visión extraordinaria del mundo, sino abandonar la comodidad de nuestras visiones ordinarias. Descubrir que lo familiar puede ser extraño, que aquello que damos por sentado está lleno de preguntas y que la realidad no se agota en la imagen que tenemos de ella.
Blake nos invitaba a sospechar de los límites de nuestra percepción. Huxley nos recordó que esos límites pueden ser más estrechos de lo que suponemos. Nuestra época añade una pregunta que ninguno de los dos pudo formular en los términos actuales: ¿qué sucede cuando los filtros que organizan nuestra mirada dejan de ser solamente los de nuestra propia conciencia y pasan a estar mediados, cada vez más, por sistemas que compiten por nuestra atención?
Quizá la respuesta no consista en intentar percibirlo todo. Ni siquiera sería posible. Necesitamos seleccionar, interpretar, olvidar y detenernos. El asunto es quién participa en esa selección, con qué propósitos y hasta qué punto conservamos la capacidad de reconocer y cuestionarla.
No se trata de recuperar una percepción absolutamente pura, como si pudiéramos despojarnos de nuestra historia y mirar el mundo desde ningún lugar. Se trata de no confundir los marcos que organizan nuestra mirada con la totalidad de lo existente. De recordar que la ventana es apenas una abertura y que ningún paisaje, por extraordinario que sea, cabe por completo en ella.
Existen hombres y mujeres que no se conformaron con mirar por la ventana. Algunos abrieron las puertas; otros, sencillamente, las derribaron. Se atrevieron a poner en duda las verdades heredadas, a desafiar los límites de su época y a imaginar formas distintas de habitar el mundo. No todos fueron sabios, ni todos estuvieron en lo cierto. Muchos pagaron un precio por su atrevimiento; otros terminaron construyendo nuevas puertas para que nadie pudiera entrar sin su permiso. Porque la historia también está llena de libertadores que, una vez instalados en el poder, descubrieron las ventajas de cerrar con llave.
Sin embargo, algo de su gesto permanece. Cada vez que alguien se atreve a preguntar por qué las cosas son como son, cada vez que una persona desconfía de una respuesta demasiado cómoda o se niega a aceptar que el mundo termina donde comienza la pantalla, vuelve a abrirse una pequeña grieta en el muro.
No necesitamos convertirnos en enemigos de la tecnología ni salir a lanzar teléfonos contra los muros para recuperar el derecho a mirar. Sería una solución demasiado sencilla para un problema tan antiguo como la tentación humana de delegar en otros el esfuerzo de pensar. Tal vez se trate, más bien, de aprender a reconocer la diferencia entre una herramienta que amplía nuestras posibilidades y una que termina por decidir cuáles de ellas debemos ejercer.
La cuestión no es si debemos abandonar las ventanas, sino si todavía somos capaces de encontrar las puertas.
¿Dónde está la puerta? ¿Dónde hemos dejado la llave? ¿En qué momento comenzamos a confundir el mundo con su representación y la experiencia con el relato que alguien nos entrega de ella?
Quizá la puerta esté allí donde termina la distracción y comienza la pregunta. En el libro que cerramos para conversar con alguien, en el paseo que emprendemos sin consultar el teléfono, en la mirada que sostenemos sin necesidad de registrarla, en la decisión de escuchar una historia completa sin apresurarnos a buscar otra. Tal vez esté en la plaza, en el bosque, en el aula, en la conversación con un desconocido o en ese silencio incómodo que aparece cuando apagamos todos los dispositivos y descubrimos que, de pronto, tenemos que hacernos compañía.
La llave, por su parte, quizá no sea un objeto perdido, sino una disposición del espíritu: la voluntad de recuperar nuestra curiosidad, de sospechar de lo que parece evidente y de aceptar que conocer el mundo implica exponernos a su incertidumbre. Abrir la puerta no garantiza encontrar la verdad, pero al menos nos devuelve la posibilidad de tropezar con algo que no estábamos buscando.
Y el camino para escapar de tanta distracción tal vez no consista en huir del mundo digital, sino en recuperar la capacidad de abandonarlo cuando sea necesario. En aprender a cerrar una ventana sin sentir que nos estamos perdiendo algo y a abrir una puerta sin exigirle al mundo que se parezca a nuestras expectativas.
Al fin y al cabo, las puertas están ahí. Seguimos teniendo algunas en nuestras casas, aunque muchas veces las usamos apenas para recibir un paquete o salir a comprar algo que vimos anunciado en la pantalla. Lo que quizá hemos perdido es el hábito de cruzarlas sin saber exactamente qué vamos a encontrar al otro lado.
Vuelvo entonces a Blake, a Huxley y a esa vieja aspiración de ensanchar los límites de la percepción. Pienso en la paradoja de una época que ha puesto el universo al alcance de los dedos, pero que parece necesitar cada vez más intermediarios para decirnos qué significa lo que vemos. Tenemos acceso a una cantidad de información que habría resultado inimaginable para nuestros antepasados y, sin embargo, la abundancia no nos ha librado de la ceguera. A veces, incluso, parece alimentarla.
Quizá la tarea de nuestro tiempo no consista en abrir más ventanas, sino en aprender a mirar sus marcos. En preguntarnos quién los construyó, qué dejan por fuera y por qué hemos llegado a sentirnos tan cómodos mirando el mundo desde ellos.
Porque la ventana digital puede ser transparente en apariencia y oscura en sus consecuencias: no necesariamente por lo que oculta, sino por la facilidad con que nos hace olvidar que estamos mirando a través de algo. Su mayor triunfo sería conseguir que ya no distinguiéramos entre la realidad y la versión de la realidad que nos ofrece; que termináramos habitando el marco sin recordar el paisaje.
Entonces regreso a la pregunta inicial: ¿dónde está la puerta?
Quizá no se encuentre en algún lugar remoto ni detrás de una tecnología más avanzada. Quizá esté justo ahí, al alcance de nuestra mano, en el instante en que dejamos de deslizar el dedo sobre el cristal, levantamos la mirada y advertimos que el mundo no ha dejado de existir fuera de la pantalla.
Afuera alguien canta, un pájaro cruza el cielo, un desconocido camina con sus propias preguntas y el viento mueve las hojas de un árbol sin solicitar nuestra atención. Ninguna de esas cosas necesita aparecer en nuestro dispositivo para ser real. Ninguna requiere nuestra aprobación para continuar sucediendo.
Y, sin embargo, aquí seguimos, mirando.
Me pregunto si Blake habría imaginado que algún día tendríamos el mundo al alcance de los dedos y necesitaríamos una pantalla para decidir dónde mirar. Me pregunto si Huxley habría reconocido en esa abundancia de estímulos una nueva forma de administrar nuestros límites, no ya mediante la prohibición de ver, sino mediante la oferta incesante de cosas que mirar.
No tengo una respuesta definitiva. Sospecho, más bien, que la pregunta apenas comienza a abrirse.
Porque tal vez la infinitud de la que hablaba Blake no consiste en verlo todo, sino en conservar la capacidad de descubrir algo que nuestros filtros no habían previsto. Y quizá la libertad empiece cuando dejamos de confundir la posibilidad de mirar con la obligación de permanecer mirando.
Pensemos por un instante, que la pantalla se apaga. En el cristal oscuro aparece nuestro propio rostro, superpuesto al paisaje que apenas alcanzamos a distinguir detrás de él, no sabemos si estamos mirando hacia afuera o si, después de tanto tiempo, hemos terminado por mirarnos desde adentro.
La habitación parece extraña. No porque algo haya cambiado de lugar, sino porque, al desaparecer las imágenes, vuelven a hacerse visibles las cosas que siempre estuvieron allí, aguardando nuestra atención. El silencio recupera sus dimensiones, los objetos parecen reclamar su historia y el mundo, ese que habíamos dejado en suspenso mientras mirábamos por la ventana, vuelve a presentarse sin notificaciones ni promesas de entretenimiento.
Entonces aparece la puerta. No sabemos qué hay del otro lado, ni si encontraremos algo extraordinario o si simplemente nos espera la calle con sus afanes, sus incertidumbres y sus pequeñas maravillas. Quizá esa sea, precisamente, la condición de toda experiencia verdadera: no saber de antemano qué nos sucederá al atravesar el umbral. Abrirla exige abandonar por un momento la seguridad de las imágenes conocidas, aceptar que la realidad puede contradecirnos y que el otro, con su presencia irreductible, no cabe en ninguna de nuestras pantallas. Hay que levantarse, acercarse, poner la mano sobre el picaporte y hacer ese pequeño gesto que ninguna tecnología puede realizar en nuestro lugar: decidir salir al encuentro de lo que existe.
Quizá las puertas de la percepción comiencen a abrirse justo ahí, cuando dejamos de preguntarnos qué más podemos ver y nos atrevemos a descubrir qué nos falta por experimentar. Afuera no nos espera necesariamente la verdad, ni una revelación capaz de ordenar todas nuestras incertidumbres. Nos espera algo menos espectacular y, por eso mismo, más valioso: el mundo sin garantías, la vida sin filtros suficientes para domesticarla, la posibilidad de encontrarnos con aquello que no habíamos imaginado.
Blake nos dejó la invitación; Huxley, la sospecha de que nuestra mirada siempre está condicionada. A nosotros nos corresponde decidir qué hacemos con ambas.
Tal vez no se trate de renunciar a las ventanas, sino de impedir que nos hagan olvidar las puertas. Y cuando por fin las atravesemos, quizá descubramos que el mundo no necesitaba que lo miráramos más, sino que estuviéramos dispuestos a comparecer ante él. Porque una cosa es contemplar la vida desde la seguridad de un reflejo y otra, muy distinta, aceptar la aventura de vivirla.
La puerta está abierta. Lo que todavía no sabemos es si nos atreveremos a cruzarla o si, antes de dar el primer paso, buscaremos en la pantalla una imagen que nos explique qué vamos a encontrar al otro lado.
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