El querido viejo que se volvió semilla.
Desde siempre, percibí a Piero como un querido viejo. No solamente por esa manera suya de caminar despacio, con el aire de quien parecía llevar consigo muchos años, sino porque había en él algo más extraño y más hermoso: era un jovencito de largo aliento. Un hombre de sueños, de ínfulas, sí, pero no de esas ínfulas pequeñas con las que algunos intentan ponerse por encima de los demás, sino de las que sirven para encontrar el lugar que uno ocupa en el mundo y, una vez encontrado, procurar habitarlo con dignidad. Y Piero supo cuál era el suyo.
Lo más genuino que me nace decir es que siempre nos trató bien.
Puede parecer una afirmación sencilla, incluso ingenua, pero no lo es. En estos tiempos en que pareciera que la música puede decir cualquier cosa y que un artista puede permitirse cualquier gesto en nombre de la fama, recuerdo que hubo una generación de cantantes que entendía su oficio de otra manera. Artistas que parecían saber que cantar también era una forma de responsabilidad.
Piero fue uno de ellos.
Me trató bien con sus canciones, trató bien a mi país y a mi generación. Y, sobre todo, me regaló una canción profunda para aprender a tratar bien a mi padre.
Mi viejo no fue solamente una canción. Fue, para muchos de nosotros, una manera de mirar hacia atrás y descubrir que aquel hombre que parecía invencible también caminaba con sus propias nostalgias, sus cansancios, sus silencios y sus sueños.
Después llegó Soy pan, soy paz, soy más, y entonces comprendí que la canción podía ser también una declaración de principios: que somos algo más que aquello que nos ocurre; que todavía podemos ser pan en medio del hambre, paz en medio del ruido y algo más cuando el mundo insiste en decirnos que debemos ser menos.
Quizás por eso hoy no siento que Piero muera.
Hoy, 7 de octubre de 2026, Piero nace de nuevo.
Porque hay hombres cuya muerte pertenece al calendario, pero cuya vida se sale de él.
La semilla que sembró durante ochenta y un años —con esa profundidad, con esa persistencia y, sobre todo, con esa rara capacidad de ser coherente con aquello que cantaba— no desaparece.
Una semilla no muere cuando cae: siempre entraña algo nuevo. Y quizá eso sea la música: una manera de quedarse sin quedarse. Una forma de ausentarse del cuerpo para seguir habitando la memoria de otros.
Cuando empecé a hacer canciones, Piero se vino a vivir a la canción de mis recuerdos y, desde entonces, habita allí: en la cadencia de un la mayor o en algún lugar de la memoria de mi pueblo. Cada vez que canto, aparece con su guitarra, sus palabras y esas armonías que yo apenas comenzaba a descubrir en la mía.
Soy una canción dentro de su canción.
Piero cantaba como si conociera de cerca nuestras pequeñas geografías.
Recuerdo Sinfonía inconclusa en la mar. Hoy la escucho de otra manera, tal vez porque ciertas canciones no se comprenden hasta que la vida nos concede la edad necesaria para escucharlas.
Hay canciones que esperan.
Esperan que uno sea padre.
Esperan que uno cargue a un hijo.
Esperan que uno descubra que la vida consiste, en buena medida, en entregar mensajes de belleza y de luz a quienes vienen detrás, intentando contrarrestar aquellos otros mensajes que la existencia, de vez en cuando, se empeña en enviarnos y que no son de nuestro agrado.
Entonces aquella sinfonía deja de ser solamente una canción: se convierte en encargo y en herencia.
En una botella lanzada al mar con la esperanza de que alguien, algún día, encuentre dentro de ella una palabra que le sirva para continuar.
Tal vez eso hizo Piero durante tantos años: lanzó palabras al mar y las fuimos encontrando.
Algunas llegaron a nuestros padres.
Otras llegaron a nosotros.
Otras, quizá, llegarán a nuestros hijos.
Por eso hoy no quiero despedirlo.
Las despedidas son demasiado pequeñas para ciertos hombres. Prefiero agradecerle.
Gracias, Piero, por haber cantado sin avergonzarte de la ternura.
Gracias por haber entendido que una canción podía hablar de un padre sin convertirlo en estatua; que podía hablar de paz sin convertirla en consigna; que podía hablar de nosotros sin olvidarse de los otros.
Gracias por tratar bien a quienes te escuchamos.
Gracias por tratar bien a mi generación.
Gracias por haber dejado canciones que no solamente sonaban: sembraban.
Y que sigan ofrendando luz tus cantos.
Que la siembra continúe.
Gracias, Piero.
Gracias, Piero.
Carlos Andrés Restrepo Espinosa

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