jueves, 8 de octubre de 2026

PIERO


El querido viejo que se volvió semilla.

Desde siempre, percibí a Piero como un querido viejo. No solamente por esa manera suya de caminar despacio, con el aire de quien parecía llevar consigo muchos años, sino porque había en él algo más extraño y más hermoso: era un jovencito de largo aliento. Un hombre de sueños, de ínfulas, sí, pero no de esas ínfulas pequeñas con las que algunos intentan ponerse por encima de los demás, sino de las que sirven para encontrar el lugar que uno ocupa en el mundo y, una vez encontrado, procurar habitarlo con dignidad. Y Piero supo cuál era el suyo.

Lo más genuino que me nace decir es que siempre nos trató bien.

Puede parecer una afirmación sencilla, incluso ingenua, pero no lo es. En estos tiempos en que pareciera que la música puede decir cualquier cosa y que un artista puede permitirse cualquier gesto en nombre de la fama, recuerdo que hubo una generación de cantantes que entendía su oficio de otra manera. Artistas que parecían saber que cantar también era una forma de responsabilidad.

Piero fue uno de ellos.

Me trató bien con sus canciones, trató bien a mi país y a mi generación. Y, sobre todo, me regaló una canción profunda para aprender a tratar bien a mi padre.

Mi viejo no fue solamente una canción. Fue, para muchos de nosotros, una manera de mirar hacia atrás y descubrir que aquel hombre que parecía invencible también caminaba con sus propias nostalgias, sus cansancios, sus silencios y sus sueños.

Después llegó Soy pan, soy paz, soy más, y entonces comprendí que la canción podía ser también una declaración de principios: que somos algo más que aquello que nos ocurre; que todavía podemos ser pan en medio del hambre, paz en medio del ruido y algo más cuando el mundo insiste en decirnos que debemos ser menos.

Quizás por eso hoy no siento que Piero muera.

Hoy, 7 de octubre de 2026, Piero nace de nuevo.

Porque hay hombres cuya muerte pertenece al calendario, pero cuya vida se sale de él.

La semilla que sembró durante ochenta y un años —con esa profundidad, con esa persistencia y, sobre todo, con esa rara capacidad de ser coherente con aquello que cantaba— no desaparece.

Una semilla no muere cuando cae: siempre entraña algo nuevo. Y quizá eso sea la música: una manera de quedarse sin quedarse. Una forma de ausentarse del cuerpo para seguir habitando la memoria de otros.

Cuando empecé a hacer canciones, Piero se vino a vivir a la canción de mis recuerdos y, desde entonces, habita allí: en la cadencia de un la mayor o en algún lugar de la memoria de mi pueblo. Cada vez que canto, aparece con su guitarra, sus palabras y esas armonías que yo apenas comenzaba a descubrir en la mía.

Soy una canción dentro de su canción.

Piero cantaba como si conociera de cerca nuestras pequeñas geografías.

Recuerdo Sinfonía inconclusa en la mar. Hoy la escucho de otra manera, tal vez porque ciertas canciones no se comprenden hasta que la vida nos concede la edad necesaria para escucharlas.

Hay canciones que esperan.

Esperan que uno sea padre.

Esperan que uno cargue a un hijo.

Esperan que uno descubra que la vida consiste, en buena medida, en entregar mensajes de belleza y de luz a quienes vienen detrás, intentando contrarrestar aquellos otros mensajes que la existencia, de vez en cuando, se empeña en enviarnos y que no son de nuestro agrado.

Entonces aquella sinfonía deja de ser solamente una canción: se convierte en encargo y en herencia.

En una botella lanzada al mar con la esperanza de que alguien, algún día, encuentre dentro de ella una palabra que le sirva para continuar.

Tal vez eso hizo Piero durante tantos años: lanzó palabras al mar y las fuimos encontrando.

Algunas llegaron a nuestros padres.

Otras llegaron a nosotros.

Otras, quizá, llegarán a nuestros hijos.

Por eso hoy no quiero despedirlo.

Las despedidas son demasiado pequeñas para ciertos hombres. Prefiero agradecerle.

Gracias, Piero, por haber cantado sin avergonzarte de la ternura.

Gracias por haber entendido que una canción podía hablar de un padre sin convertirlo en estatua; que podía hablar de paz sin convertirla en consigna; que podía hablar de nosotros sin olvidarse de los otros.

Gracias por tratar bien a quienes te escuchamos.

Gracias por tratar bien a mi generación.

Gracias por haber dejado canciones que no solamente sonaban: sembraban.

Y que sigan ofrendando luz tus cantos.

Que la siembra continúe.

Gracias, Piero.

Gracias, Piero.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa 

EL SILENCIO DE HULK



Es conocido ya por mis amigos y cercanos mi interés por los comic y las series de televisión, desde las comedias de situación hasta las de ficción o melodramas que pulularon  en las pantallas de los televisores en blanco y negro, donde aprendí en reflejos monocromáticos que mas allá existían otros mundos a todo color.


Por estos días me reencontré una comedia a la que le había perdido el interés en su momento, The King of Queens, entretenida, con un buen elenco, pero una vez más no me enganchó, pero pude darme cuenta que en su elenco estaba Lou Ferrigno, actuando como él mismo, al ver su figura estalló en mí el recuerdo como un gruñido.


Hay recuerdos que regresan disfrazados de ruido. A veces basta con escuchar unas pocas notas de un piano, ver una carretera polvorienta en la pantalla o recordar el color de una vieja revista para que vuelva una época completa, mi evocación ahora estaba en el local de “Niño” ese era el apodo, muy apropiado para aquel hombre de cabellos blancos que alquilaba bicicletas y revistas de historietas, recordé los ejemplares que pasaban de mano en mano, la esperaba paciente  para que otro terminara de leer para poder continuar una historia. en aquel local había intercambio, préstamo y espera. 


Había incluso una pequeña pedagogía de la paciencia que hoy resulta casi arqueológica. No había internet. No había teléfonos celulares. La televisión, aunque ya existía, tampoco habitaba necesariamente todas las casas. 


Para encontrar una historia había que salir a buscarla y mientras la buscábamos, aprendíamos sin saberlo algo que hoy parece extraordinario: esperar. Quizás por eso algunas imágenes de aquella infancia permanecen con una nitidez que no tienen muchas de las imágenes que hemos visto después. 


Decía que hay recuerdos que aparecen en forma de ruido, y en este caso al identificar  a Lou Ferrigno, escuché el gruñido del hombre Increíble  y empecé a recordar como se hace con las cosas que pertenecen a la infancia: mezclando escenas, sonidos, colores y sensaciones hasta convertirlos en una memoria que ya no distingue del todo entre lo que ocurrió y lo que nosotros hemos agregado con los años. 


El cómic lo recuerdo como el increíble Hulk, bastaba con abrir una revista, para encontrar explosiones, golpes, edificios que se derrumban, vehículos que vuelan por los aires, gruñidos y sonidos escritos con letras enormes: ¡CRASH!, ¡BOOM!, ¡GRRR! Hulk era casi una onomatopeya con músculos. Y, sin embargo, cuando aquel personaje saltó de las páginas a la televisión ocurrió algo curioso: perdió buena parte de ese ruido. 


El Hulk televisivo de Lou Ferrigno podía romper una puerta, levantar un automóvil, lanzar un objeto contra una pared y hacer temblar una habitación, pero había algo que no hacía: hablar. Durante la serie, que se emitió entre 1977 y 1982, el gigante verde no necesitaba un discurso. Su lenguaje era corporal. Sus palabras eran gruñidos. Y ni siquiera esos gruñidos pertenecían a la voz de Ferrigno: Ted Cassidy, el inolvidable Lurch de The Addams Family, puso voz al Hulk durante buena parte de la serie, y posteriormente lo hizo Charles Napier.


Visto ahora desde la distancia, me resulta fascinante. Porque Hulk podría ser el personaje más ruidoso de la televisión y, al mismo tiempo, ser el más silencioso. Quizás allí comienza mi verdadera memoria de la serie. No en el estruendo, si en el silencio. 


Porque después de cada transformación quedaba David Banner, un hombre que en silencio caminaba. Eso es todo. Un hombre con una pequeña maleta, una carretera interminable, una vida que parecía no pertenecerle del todo y esa especie de tristeza que solamente tienen quienes están buscando algo que todavía no saben nombrar. 


Entonces aparecía aquella música, no una fanfarria heroica, no una música triunfal, no era el anuncio de que el monstruo héroe había ganado. Solo era un piano melancólico sonando: The Lonely Man, de Joe Harnell, y David Banner seguía caminando. 

Ahora, muchos años después, como músico, me pregunto si aquella escena no fue una de mis primeras lecciones de estética. Porque el niño que veía a Hulk romperlo todo quizá no estaba aprendiendo sobre la fuerza. Estaba aprendiendo sobre lo que queda después de la fuerza. 


Aquella serie pudo haber terminado cada capítulo con una celebración del poder, después de todo, allí estaba el gigante: verde, enorme, furioso, capaz de convertir la ira en una fuerza física descomunal. Pero no. Terminaba con un hombre solo. Un hombre que caminaba. Y un piano que parecía preguntarle, sin palabras, qué iba a hacer ahora con todo aquello que llevaba dentro. 


Quizás por eso hoy como músico me interesa tanto el silencio, no como ausencia de sonido, sino como posibilidad de escucha. He llegado a pensar que una de las grandes dificultades de nuestro tiempo no es que nos falte música, sino que nos sobra sonido. Hay tanta polución acústica, tanto residuo sonoro, tanta necesidad de llenar cada espacio con alguna cosa que suene, que hemos terminado confundiendo la presencia del sonido con la presencia de la música. 


No quisiera entrar aquí en la vieja discusión sobre qué es música y qué no lo es. Esa discusión puede prolongarse indefinidamente y seguramente seguirá siendo necesaria. Tampoco quiero convertirme en un policía de los sonidos, como si existiera una aduana estética donde alguien pudiera decidir qué sonido tiene derecho a entrar en el territorio de la música. Me interesa otra cosa. Me interesa preguntarme qué ocurre cuando ya no somos capaces de escuchar aquello que aparece entre los sonidos. Porque quizá el problema no sea solamente la contaminación acústica. Quizá exista también una contaminación de la escucha.


Hemos llenado tanto el mundo de estímulos que hemos comenzado a llamar música a cualquier cosa que consiga mantener nuestra atención durante unos segundos y mientras tanto, el silencio desaparece. Desaparece de las calles, de las aulas, de las conversaciones, de los conciertos, incluso de nosotros mismos. Por eso, desde hace algún tiempo, el silencio ha comenzado a aparecer en mi manera de pensar la enseñanza musical. No como un descanso entre actividades, ni como una pausa administrativa antes de comenzar la verdadera clase, sino como un territorio pedagógico. 


Primero el silencio, después la escucha, luego el descubrimiento. Porque cuando todo suena, nada termina de revelarse. El silencio permite que el otro aparezca, permite escuchar al estudiante que todavía no sabe cómo decir algo,  permite escuchar el cuerpo antes del movimiento, escuchar el espacio antes de ocuparlo, escuchar un instrumento antes de tocarlo. Permite incluso escuchar aquello que no sabíamos que estábamos escuchando. 


En este punto vuelvo a Hulk, porque aquella criatura que parecía hecha para el estruendo terminó enseñándome, sin proponérselo, algo sobre el silencio. La cultura popular tiene esas pequeñas trampas. Uno cree que está mirando una serie de televisión y, muchos años después, descubre que aquella serie estaba mirándolo a uno. Uno cree que está escuchando una melodía triste al final de un capítulo y no sabe que esa melodía se quedará escondida en algún lugar de la memoria, esperando décadas para regresar. Uno cree que recuerda a Hulk. Pero quizá recuerda a David Banner. O, más exactamente, recuerda a un hombre que después de haberse convertido en monstruo vuelve a ser hombre y continúa caminando. 


Tal vez esa sea la verdadera tragedia de Hulk: no que pueda transformarse en una bestia, sino que tenga que vivir intentando no hacerlo. Y aquí aparece una paradoja que me interesa particularmente. La ira es ruidosa. El desespero es ruidoso. La violencia es ruidosa. Pero la conciencia que intenta contenerlos puede ser silenciosa. Hay un momento, antes del golpe, en que todavía existe una posibilidad, un instante diminuto en el que podemos decidir. 


Quizás el silencio habite precisamente allí. No en la ausencia de la rabia, sino en ese espacio interior que aparece antes de convertirla en acción. Por eso el silencio no es necesariamente paz, a veces es vigilancia, contención. pensamiento. o simplemente la posibilidad de no responder inmediatamente. Y quizá allí se encuentre una de las grandes lecciones que aquella serie dejó, sin saberlo, en algunos de nosotros: no todo en la vida se resuelve con gruñidos. 


Ahora pienso en aquel niño frente al televisor. No sabía nada de acústica, ni de pedagogía, ni de contaminación sonora. No sabía que algún día se convertiría en músico y comenzaría a preguntarse por el silencio. Solo veía a un hombre verde romper cosas. Y luego veía a otro hombre, triste y silencioso, caminar por una carretera mientras un piano lo acompañaba. 


Quizás el niño no entendía la diferencia, pero la escuchaba y tal vez eso era suficiente. Porque, después de tantos años, todavía puedo escuchar aquel piano. y detrás del piano, casi imperceptible, puedo escuchar algo más: el silencio de un hombre tratando de no convertirse en monstruo. Y acaso también el silencio de un niño que, frente a la pantalla, comenzaba a descubrir que escuchar no consiste únicamente en oír lo que suena. A veces consiste en aprender a escuchar lo que queda cuando todo ha dejado de sonar. 


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


PIERO

El querido viejo que se volvió semilla. Desde siempre, percibí a Piero como un querido viejo. No solamente por esa manera suya de caminar de...