viernes, 3 de noviembre de 2023

Y DOLOS

Yo creí que era esplendente, el brillo traslucía en sus ideas, le celebrábamos todo,

sus flatulencias eran recibidas con gratitud, decía: -miren aquí y todos mirábamos,

decía: -miren allá, y seguíamos sus larguiruchas señales. Era nuestro ídolo, todo

lo que tocaba se volvía verde esperanza, era el profeta del Umwelt y otras

cuestiones que no entendíamos, pero dado su entusiasmo lo aceptábamos como

fieles seguidores. Ahora todo es decepción. Ese es el inconveniente con la

idolatría, los ídolos se rompen, pelan el cobre, se caen de su pedestal y no hay

remiendo que les devuelva su gracia.


Todo lo que decía lo asentíamos con vehemencia, era nuestro modelo, nos

enseñó el amor por la naturaleza, señalaba las estrellas y nos convenció de ser

una leve brizna en el infinito, éramos nada ante su sapiencia, pequeños ante su

arrogancia. Pero los ídolos se despedazan, y cuando la fe ciega desaparece se

hacen añicos, es justo y necesario que así sea.


En instantes de nuestras vidas tenemos referentes, influencias buenas,

generosas, en apariencia sensatas, pero cuando pasa el tiempo y corre el velo de

nuestra mirada entendemos su desacierto, sus incoherencias. Está bien, todos

tenemos derecho a cambiar, el malo puede convertirse en bueno, el príncipe en un

sapo, la princesa en una bruja y la bruja en un murciélago, en fin, cada uno verá

que hace con su metamorfosis, cómo se ocupa de su alquimia íntima.


Ya no quedan modelos que nos inspiren, solo presiento una multitud de sombras

atávicas revolviéndose en el fango de su hedonismo, evidenciando una

ostentación que se aleja de lo sagrado, prima el negocio sobre la cultura y la fatiga

estética sobre la emoción, y los que tienen voz tienen discursos adormecedores,

palabrerías rimbombantes, y risotadas inoportunas.


Vano fue el esfuerzo de seguir un ídolo, ahora liberado de tales herencias siento

que no debo lamentar haberlo perdido.

A estas alturas del relato ya no me importa si es alto, mira las estrellas o si es


diminuto cuál enano que cabe en una hendija de la decepción.


Ahora tengo mi propia mirada del mundo, reconozco que mucho de lo que en

algún momento me enseñó, define el ser con criterio y carácter que soy y que no

estoy dispuesto a perder, así los ídolos se vengan a menos y se disuelvan en el

polvo del desengaño, la enseñanza y la experiencia nos debe quedar con-sagrada

en el altar de nuestra gratitud, porque después de todo, ¿De qué sirve haber

aprendido, si no sabemos mirar con conmiseración a estas pobres almas

atribuladas que un día fueron tanto y ahora de tanto ser ya nada son?.

El ocaso es terrible. 


Carlos Andrés Restrepo Espinosa

miércoles, 13 de septiembre de 2023

SONATA


Dios creo al hombre y el hombre inventó el ruido y con éste, pobló la tierra de un batiburrillo tan estrepitoso que desde entonces no volvió a escuchar a Dios, porque Él habla en el silencio y el hombre no entiende ese lenguaje, por eso grita, estridula, vocifera, gruñe y en ocasiones canta. Una única y feliz época se prestó para el buen cantar, pero duró poco, en adelante todo fue estridencia, saturación, decibeles irrumpiendo las frecuencias sagradas; el solfeggio se volvió un mito y el niño solo ante el caos sigue cantando, como anunciaron Deleuze y Guattari en su complejo ritornelo.  Son un par de filósofos que me procuraron muchas canas cuando era un novicio estudiante de la estética, ahora puedo decir que los entendí viendo la película Gravity (2013) del director Alfonso Cuarón, justo cuando la protagonista se enfrenta al caos de la caída, en la radio de su cápsula un niño canta ¡Fantástico! Eso sí que es una agnición, entre más perdido éste el humano, entre más ruido tenga dentro de sí, con mayor razón tendrá que manifestarlo en el exterior.  Eso explica que un pueblo en torno a sus fiestas no tenga otro escenario que un tablado en el centro de la plaza en torno al ruido, a un volumen tal que ni el más remoto pensamiento de silencio tiene la oportunidad de manifestarse en esas tristes almas que de dicha beben, gritan y bailan sin encontrar una estrategia para evitar su propio caos.

Existe tanto ruido que no podemos permitirnos un segundo de silencio, la banda sonora de la cultura popular no llama a engaños, y que no se diga que estoy siendo clasista porque el mal gusto, además de la propensión de ofrecer eventos musicales desconociendo la relación entre el umbral de la audición y la presión sonora de la fuente de sonido, un ejercicio básico para entender el universo del decibelio, no escapan a eventos de alta curaduría intelectual nacidos del heno de Abraham y parodiados por estos pagos. En la última ocasión “yo vide una moza umbrosa despellejar el lomo de mis abuelos” en plena plaza de Bolívar y Parque de Reyes, con la anuencia y aplauso de sordos, sordas y sordes, porque con tanta rabia contra lo masculino, el yunque, el martillo y el estribo terminaron de yunca, martilla y estriba y la calle un cuadro de ezquizofonía digno de lo que “semos”.

Lo del ruido es tan tremendo que puedo escuchar el ruido que va profiriendo esta columna que escribo pasado el tiempo de la entrega, con la intención tal vez de solo escribir por escribir sin una idea en concreto, pienso en que la próxima vez puedo pedir que publiquen mi pagina en blanco y quizás así, sea más coherente con este intento de sordina.

Mis dedos sobre el teclado hacen mucho ruido y no me dejan apreciar el vértigo de esta caída constante, eso me recuerda a un personaje de Ray Bradbury, se llama Hollis, está cayendo en picada y antes de entrar en la atmosfera terrestre y volverse cenizas, se pregunta qué hacer para enmendar la mezquindad de sus actos. Hay mucho ruido en su mente y además está solo, lo único que anhela finalmente es que alguien lo vea cuando se vuelva una bola de fuego y en efecto, cuando ya no hay ruido, cuando no hay pensamientos, cuando el silencio por fin acalla al personaje, un niño que pasea con su mamá ve una estrella fugaz pasar por el polvoriento cielo de Illinois, y pide un deseo.

Toda una utopía pensar en el silencio como un camino espiritual, en algunos conventos se practica y algunas personas por cansancio o esnobismo, por preciados instantes callan, pero después hacen más ruido porque es más fácil unirse al feliz torbellino que asumir la responsabilidad de nuestro silencio íntimo.

Así, que me entrego al ruido, yo que soy todo corazón de mango del Sinú, aquí estoy gritando para que alguien en algún cielo polvoriento o potrero del planeta, entienda mi mensaje o al menos sepa que alguna vez existí.

 

Carlos Andrés Restrepo Espinosa

jueves, 10 de agosto de 2023

ACTO NÚMERO ÚNICO

Albeiro trabaja caminando, sube y baja las escalas que conducen al salón del segundo piso llevando en un charol metálico, almuerzos, postres, cafés, empanadas y sonrisas, otras variadas formas de felicidad que el restaurante de vieja data ofrece a una clientela que parece estancada en el tiempo, salvo una que otra vez en que una jovencita de atractivos contornos ingresa acompañando a un hombre que dada la juventud de su acompañante se ve mas viejo, que los demás viejos que estancados en el tiempo son atendidos por Albeiro.

Escritores, poetas, periodistas, bohemios, payasos y hasta mis tías y otras especies menos opulentas, pero que al ingresar al salón reciben un halo de intelectualidad casi místico, son atendidas por Albeiro que afanado sube y baja y en su frente que se extiende sin ton ni son por el resto de su cabeza, se reflejan las lámparas del cielo raso que como calderas parecen derretirle y va halando a su paso, servilletas de las mesas de confianza para secar el sudor de su generosa frente.

Al que madruga dizque Dios lo ayuda, pero el decir popular no aplica en la ciudad, aquí el que madruga encuentra todo cerrado y lo atracan mas rápido. Albeiro es estratega, conoce la ciudad y ha sabido esquivar sus pormenores, madruga lo suficiente para encontrar todo abierto y termina justo a tiempo para gozar del tiempo en familia y otros asuntos que no se alcanzan a ver desde mi mesa de comensal.

Hasta este punto del relato he omitido el nombre del restaurante y lo he referido como salón, dicha prudencia al no decir Salón Versalles tiene que ver con la consideración por el protagonista, no falta el lector sagaz que descubra cuál es el Albeiro en mención, así que para mantener a salvo su identidad en esta ficción, seguiré usando el termino salón, a secas.

Los kilómetros al día que recorre son todo un misterio, hay días de días, los martes son los más movidos, igual que los sábados y el resto de la semana, su trabajo debería estar entre los deportes de alto rendimiento, a lo largo de su vida le ha dado mas vueltas al mundo yendo y viniendo de la cocina al salón, que los pasos que dio la reina Isabel yendo de la cama al living (nótese el delicado homenaje a la cultura argentina con este sencillo comentario).

El lugar de trabajo tiene dos plantas, en la planta baja esta la panadería, la cocina y un salón a modo de cafetín, donde los aromas cálidos de la comida se mezclan con los perfumes y los afanes de los clientes. En la planta alta está el salón más amplio y aireado, goza de una galería con imágenes, placas y recortes de prensa en honor a su dueño y fundador. Estos dos ambientes son distintos, tienen sus propios habitantes, hay personas que, yendo toda la vida, nunca han subido, incluso se dice que hay personas que después de haberse sentado en el segundo piso a tomar un café, nunca más volvieron a bajar, se quedaron para siempre habitando el lugar, como si fueran parte del mobiliario.

Albeiro es un viajero entre estas dimensiones, lo hace de manera tan natural que el proceso de “desmolecularización” ni se le nota, en el casi pelo, tal vez un poquito, pero eso es nada con la vitalidad que ofrece al cliente con sus firmes zancadas inter dimensionales, ha llegado a un punto en que ni sube ni baja las escalas, si está en la cocina y un cliente lo requiere en la segunda planta basta un clic de sus dedos y se materializa al instante portando una jarra de café y una copa de helado ante los ojos del comensal, que asombrado le da una propina extra por su ágil servicio.

La experiencia y los años en el oficio le han permitido darse ciertas licencias, Albeiro es más que un hombre común y corriente que cumple con una función social, es más que un empleado que lleva a cabo una tarea, en realidad Albeiro es un actor, y actúa como mesero y cuando está en su trabajo más arduo del medio día, Albeiro recuerda que es un actor que funge ser mesero y cuando recuerda que es un actor al instante también recuerda que es un fantasma y desaparece en medio de las mesas, dejando caer al vacío, una jarra de metal y dos pocillos.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa


CATÁLOGO INCOMPLETO DE PREGUNTAS SIN RESPUESTAS

  Inventario de sonidos que nunca existieron, pero que alguna vez escuchamos.  Este es un inventario de sonidos que nunca existieron. Por e...