jueves, 8 de febrero de 2018

ENRIQUITO EL LAMPARERO


Por decreto emanado de alguna voluntad divina, el señor cura decidió acabar con las cerillas y Enriquito el lamparero se quedó sin su trabajo. En aquel entonces, el pueblo tenía más devotos del señor caído que los que cualquier santo futuro pudiera merecer. Las lucernas mantenían viva la llama de la esperanza para los habitantes de aquel terruño, quienes, convencidos de ser el pueblo elegido, nunca se preocuparon de su venida a menos, una caída tan progresiva que nadie se dio cuenta hasta que no hubo nada que hacer. 

Las cerillas de parafina eran traídas de la capital en guacales de madera y atesoradas en la sacristía, cada caja contenía mil unidades que eran vendidas a cincuenta centavos. Para evitar el incordio de la transacción en recintos sagrados y a fin de que Enriquito no se untara la mano con el dinero de Dios, se había dispuesto de una alcancía metálica en la que el devoto depositaba la moneda y sacaba la cerilla de un tarro, para ser entregada luego al lamparero quien se encargaba de encenderla; entretanto, el penitente se arrodillaba santiguando su frente, elevando los ojos y extendiendo los labios en un rictus de éxtasis susurrando las peticiones a la imagen inmóvil y lacerada, de ojos huidizos del Señor Caído.

El camerino se mantenía ardiente, un abrigador calor se conservada permitiendo a los frágiles rezanderos sentir alivio de sus dolencias de artritis, de vientos encajados en el cuerpo o de tirones musculares, de formas misteriosas se vale el señor para sanar a sus hijos. Después de media hora de estar en el lugar, el devoto sentía un alivio que guardaba en el silencio de su corazón. En aquel tiempo los milagros aún no se habían capitalizado y cualquier manifestación de sanación era natural, algo entre Dios y el penitente, un arreglo que no tenía ningún mediador, salvo para algunos, el lamparero, a quien le encargaban seguir encendiendo por ocho días consecutivos una cerilla, para mantener encendida la luz de la gratitud. 

Enriquito era un hombre de baja estatura, tenía una particular forma de afeitarse las patillas hasta las cienes, haciendo arco en las orejas, vestía de cachaco, usaba sombrero de fieltro que siempre llevaba sobre la frente. Al caminar arrastraba los pies por causa de los zapatos que siempre le quedaban grandes y las medias se le enrollaban sobre los tobillos blancos y esqueléticos. Todos los días llegaba antes del rosario y se disponía a cumplir con su oficio, limpiando los lampararios, retirando la esperma con la uña del dedo pulgar, que para tal menester la conservó siempre larga como herramienta eficaz en su labor.

Las llamitas se unían para simbolizar la luz que aquel pueblo construía cada día con sus acciones, no era solamente el producto de un fervor religioso, en efecto la iluminación estaba en la consciencia de los habitantes que se esmeraban en avivarla, se reflejaba en sus poetas, los artistas, en aquellos hombres con el don de la palabra que se destacaban tanto en el púlpito, como en el estrado, en el aula o en la mesa de un café. Era una comunidad brillante, esto no significaba que no tuviera sus eclipses y apagones repentinos, pero se tenía más claridad en los designios que definían sus acontecimientos, porque la luz, no solo era artificial, sino que obedecía a un fuego interior que desde la fundación se heredó por generaciones, sustentado en el brillo de sus ideas y pensamientos de avanzada que llevaron a sentir jubilo y orgullo por una comarca, que sin necesidad de ínfulas fue pionera en la industria y el comercio, cuna de pensadores, intelectuales y hombres de ciencia que expandieron su luz a otras geografías, a otras dimensiones.

Por temor a que el fuego provocara un incendio, la luz fue prohibida y las cerillas declaradas ilegales, pero las alcancías no, en la actualidad, estas hacen parte de un aparato eléctrico que al introducir una moneda enciende una simulación de velilla con una luz mortecina, que generalmente solo enciende después de echarle dos o más monedas.

Muchos años después de mi larga ausencia regresé al lugar de mis añoranzas, una frase de Milán Kundera da vueltas en mi cabeza: “Aquel que abandona su tierra no es feliz”, regreso pretendiendo darle razón al escritor checo, soy un forastero en mi propia tierra, no me reconozco en nadie, las miradas de las personas que encuentro a mi paso carecen del brillo al que estaba acostumbrado, los rostros de los hombres que languidecen sentados en el parque carecen de surcos de felicidad, da la impresión que el soplido que apagó las velas del templo fue tan fuerte que alcanzó la llama interna de sus habitantes.

Camino por la calle que conduce a la puerta del perdón, quiero entrar a esa mole de concreto que levantaron tras mi ausencia, me parece que veo caminar a mi lado a Enriquito, llevando de gancho a su hermana ciega “Mariíta”, atravesamos la puerta, me quedo contemplando su cara alargada y pálida mientras se pasea por la nave izquierda del templo, desaparece entre las columnas con esa gracia cinematográfica que tienen los fantasmas, un frío intenso me sobrecoge, así nos comunicamos los muertos, doy vuelta para salir del lugar, en un camerino frío y solitario reza una vieja desdentada mientras un grupo de turistas rubios y zanquilargos posan para una foto que no tendrá más memoria que la de un día de paseo en una pintoresca aldea cada vez venida a menos, con tantos distractores políticos y fachadas de colores que no ha podido darse cuenta de la oscuridad en la que está viviendo. 




CARLOS ANDRES RESTREPO ESPINOSA


jueves, 18 de enero de 2018

DE SONATAS Y MUCHACHAS CON OJOS DE PAPEL


BREVE COMENTARIO A TRES PARTES 
(INTRO-MELODIA-CADENCIA)

En un cuasi honesto intento por hacer a la luz del texto de Mijail Bajtin: "Épica y Novela; Acerca de la metodología del análisis literario", un ejercicio de crítica sobre una novela a mi antojo y advertido de que debía saber seleccionar una novela que si fuera novela, de un autor que si fuera autor, con un análisis que si anduviera por los terrenos del fundamento, dando cuenta elocuente de la teoría de géneros que plantea la novela y como los reestructura y como en sí misma es un género inacabado hecha de géneros acabados, así es que para hacer caso a mi antojo y no renunciar a mi juicio o a la coherencia de mi búsqueda que no gira en torno a la novela, pero intenta encontrar los nexos perdidos a veces negados de la novelística en la canción, me escurro por este texto que cito in extenso y espero llegar a una cadencia en lo posible digna de oídos de papel.

"...No sabemos nada acerca de las hipotéticas canciones primarias que precedieron a la formación de las epopeyas y a la creación de la tradición épica del género, y que eran canciones sobre contemporáneos y eco directo de acontecimientos recién ocurridos.
Por eso solo podemos suponer como eran las canciones primarias de los aedos o las cantinelas. y no tenemos ningún motivo para pensar que se pareciesen más a las canciones épicas tardías (conocidas por nosotros) que por ejemplo, a nuestros folletines populares o a los chastushki..." (Bajtin, 1997)

Mi primer personaje se llama Pózdnyshev y va en un tren, escucha la conversación de los otros compañeros de vagón que gira en torno al amor, el matrimonio y el divorcio, él guarda silencio, viaja solo, es un hombre celoso. mató a su mujer.

Mi segundo personaje es una muchacha que tiene la voz de gorrión, su corazón es de tiza, tiene los pies pequeños, mandada a callar por quien la amaba, sus ojos son de papel.
los dos están atravesados por la tragedia, la literatura ha hecho lo propio en sus respectivos devenires, estos personajes los nombro yo, pero son creación de unos autores que no tiene relación entre sí, pero que sí se relacionan con el mundo que representan, son autores, son ellos en la nueva coordenada de valores y son el resultado de las palabras que significan a sus personajes, para hacer justicia a ambos sus historias se hallan en contacto con los elementos del presente imperfecto, de su presente imperfecto, este aspecto me apetece y voy divagar un poco entre sus relaciones dialogísticas.

El señor Pózdnyshev es creación de Tolstoi, podría decirse que el autor aquí conversa con el mismo, tiene una dialogo directo con su tiempo, con su noción del amor, aunque en ocasiones parezca demasiado silencioso, el autor se esconde en su personaje para decir abiertamente que esta celoso porque su mujer Sofía se encapricho de la música de Tanéyev, su personaje va más allá y justifica el asesinato de su compañera por un asunto puramente sexual, esas leyes del sexo que regían su relación  fueron la causa de la muerte.

Esta posición de autor hace posible la aparición de la imagen del autor en el campo de la representación, se plantea aquí un importante dato de la superación de la distancia épica argumenta Bajtin, por su cuenta Tolstoi se sirve de la composición homónima de Beethoven para escribir su novela, pero esto no tiene nada que ver con Kreutzer, en apariencia.
La muchacha de pequeños pies que aguarda silente que me ocupe de ella es quizás la composición más importante de Luis Alberto Espinetta, la escribió a los 19 años, cuando era casi un niño, una canción de amor infantil, ella es como un papel en el que su enamorado quiere hacer los trazos son su crayón, su piel es para rayar, no es muy claro si hacer un dibujo o trazar los marcajes de la propiedad privada sobre ese ser, pues construir un castillo en su vientre implicaría establecer una construcción para que nadie más entre, para que nada salga, también puede ser el albergue de un hijo, atar y callar, perder el color robado por aquel personaje que hace de cantante y que se aleja del compositor quien sin ser ningún héroe, hace posible que en el amor se fijen esos pequeños detalles que hacen posible la guerra, el odio a muerte.

Las ideologías, las normas sociales y políticas están presentes en las canciones por sublimes que sean las formas poéticas que las constituyen, entrañan una trampa mortal, no hay mejor afrodisiaco que el sentir poder sobre alguien decía Sade, no hay mayor placer que dibujar al otro al antojo de la imagen del autor, un acto de vanidad en sí mismo.
A Tolstoi le censuraron su Sonata a kreutzer, fue considerado un pervertido sexual y un desvirtuador de la moral, pero su personaje quedo a salvo para implorar el perdón por sus actos a los demás pasajeros que viajan en el tren.

Cuando Espinetta escribe la canción para su novia Cristina y se la canta, a los pocos días ello lo deja, el hombre que da el paso de la soledad al canto termina solo, pero la muchacha que se quedó hasta el alba en la niñez, se quedó por siempre en su vida.
Tener pechos de miel, casi le cuesta también la censura, pero es tal la liturgia que el autor hace del personaje que se olvida que es una canción, en verdad es una muchacha con vida independiente, está preparada para perder su color mientras duerme, ella sabe que tiene el estatus de lo novelesco, no necesita ser explicada, finalmente sus ojos no están blindados.


Carlos Andrés Restrepo

miércoles, 17 de enero de 2018

CELINA PLANCHABA LOS MARTES


Celina planchaba los martes, al comienzo lo hacía por placer, luego por deber y al final por necesidad, con los años se volvió una profesional del ramo; en el pueblo varias mujeres se dedicaban al oficio de planchar ropa ajena, generalmente este oficio venía acompañado de lavada, ese era el caso de Celina, su profesión fue el de lavandera y como derivado del oficio, planchar fue su segunda labor.

Los encargos de ropa generalmente eran de personas pudientes que trataban de evitar la molestia de quitar la mugre de sus prendas, de ancianos solos, seminaristas y curas. La recepción se hacia los domingos en la tarde, a partir de las dos empezaban a llegar los petates blancos que iba amontonando en el corredor de la casa, si alguno de los clientes no era puntual, ella con un gesto gruñón los despachaba hasta la semana siguiente.

El proceso se iniciaba el domingo en la tarde dejando la ropa blanca en remojo en una ponchera inmensa que llenaba con agua y cascaras de huevo, según ella, ese era el secreto para despercudir las albas que generalmente llegaban negras de mugre, - ¿qué será lo que hacen los seminaristas? -  se preguntaba mientras iba echando una a una las prendas para el remojo celestial que las dejaría inmaculadas para un nuevo uso. Los lunes desde muy temprano y después de regar las matas de su jardín, se dirigía al lavadero ubicado en el patio de la casa que quedaba en la parte baja, allí se disponía a estregar por horas vaciando con una coca plástica agua del tanque sin lamentos de fatiga, en su lugar cantaba los sones que un transistor mal sintonizado en la emisora Radio Santa Barbara le iba regalando entre servicios sociales y comerciales de jabón la jirafa.

Celina lavaba los lunes y se apresuraba a hacerlo en las mañanas, porque en las tardes mientras la ropa se secaba en las cuerdas tendidas como un laberinto en su patio, ella se iba para el cementerio a visitar a sus muertos, les rezaba y les llevaba flores. Un pequeño llamado Simón Colorado y de quien ella había sido su nana, solía acompañarla en esa tradición, por culto a los muertos y sobre todo por los helados de leche y coco que vendían justo a la salida del cementerio.

El martes planchaba todo el día, no iba a misa, a las cinco de la tarde cuando empezaba el sereno se confinaba a ver sus telenovelas en un televisor que tardaba media hora en dar imagen, ya le había cogido la maña, así que lo encendía y se ocupaba en otros oficios para no desesperar ante la pantalla  que iniciaba con un punto de luz en el centro, y paulatinamente se iba haciendo grande hasta invadir todo el recuadro para luego dar paso a una imagen lluviosa que se había acostumbrado a ver imaginando a los personajes. Mientras escuchaba la televisión remendaba las prendas que le llegaban rotas o descocidas, era incapaz de entregarla si no hacia el trabajo completo y aunque esto no representaba un incremento en el pago igual lo hacía, para que el mundo funcione de manera coherente, las personas deben ir con la ropa impecable, planchada y sin roto alguno”, era su máxima.

Pero regresemos al oficio del martes, la mesa para aplanchar estaba ubicada en el comedor de la casa,  comedor en el que no comía nadie, porque en la cocina había una mesita con una banca de madera que le había robado los comensales, así que el comedor pasó a ser un mueble sin uso, en cambio el rincón de la mesa de planchado lo era todo, quedaba justo frente a un enchambranado azul que daba la vista al patio y a su jardín de flores exóticas y domésticas, levantadas con piecitos de matas de otros jardines, conseguidas haciendo visitas y al descuido de la dueña de casa, porque las matas que mejor prenden son las robadas.

La mesa de planchado tenía la altura justa para Celina, para abreviar en su descripción diré que es una mujer de baja estatura, pero no pequeña. La mesa estaba forrada en una ruana a cuadros negros y blancos que le servía de aislante de la madera y sobre esta una sábana blanca,  planchaba con esmero cada prenda, en el extremo derecho de la  mesa tenía dispuesto un soporte metálico para la plancha, y a su izquierda una botella de refresco con una tapa de caucho con cabeza metálica llena de perforaciones, por donde salía el agua que constantemente iba rociando sobre la ropa, al pasar la plancha caliente sobre la tela húmeda esta se quejaba emitiendo un sonido agudo como quien chista pidiendo silencio: chissss, se escuchaba constantemente mientras se levantaba un tufillo característico como a pan horneado, así iban desapareciendo las arrugas y cada prenda quedaba doblada con una precisión y exquisitez que daba pena desdoblarla para usarla.

Cuando Celina plancha se olvida del mundo, sus pensamientos se detienen en las arrugas de las camisas y con deleite desliza la plancha para verlas desaparecer, si alguna se resiste rocía la prenda y en dirección contraria regresa la plancha hasta imponer su orden, al final cuando queda doblada en absoluta perfección, sonríe victoriosa, como si con aquella acción hubiera contribuido a mejorar el mundo.

La mesa del comedor encontró otro uso, en esta va poniendo una sobre otra y en hileras, las camisas, pantalones, medias y demás prendas, que luego pondrá en los talegos de tela para empezar a entregarlos al día siguiente a sus dueños; con el fin de evitar confusiones, ella misma había ideado un sistema, con unas cuantas puntadas bordó de manera discreta entre las costuras la letra inicial del nombre del dueño, así tenía control de las prendas evitando incomodos reclamos.

Algunas personas no le pagaban por el trabajo, cuando se encontraba en la calle con sus deudores contoneándose con sus sotanas impecables, ella miraba para otro lado y en su mente les maldecía, porque no era una mujer de malas palabras, pero sí de pensamientos letales.

El oficio se vino abajo con la llegada de las lavadoras automáticas, sin embargo, por lealtad algunos clientes siguieron buscando a Celina para que les arreglara la ropa, quien siguió con su oficio hasta que la salud se lo permitió.

De impecable presentación, muy decente y muy digna, Celina era de esas personas que honraron a padre y madre, a la patria y a Dios, nunca le hizo daño a nadie, fiel servidora, gentil vecina, cascarrabias porque fue de la generación que defendió su dignidad con gruñido y oración, tuvo miedos pero nunca a estar sola, vivió feliz en su caserón que habitó y supo mantener en pie con la fuerza de su corazón y la terquedad de sus manos, nunca imaginó que al final sería derribado para hacer unas cuantas casuchas de mal gusto, amontonadas y sin corredores mágicos en los que entra la luz y sale convertida en vida.
De vez en cuando se le ve pasar por la calle, sonríe, se llena de compasión por los perros callejeros, se fuma un cigarrillo piel roja sin filtro, toma un tintico y se sienta en una banca del parque, estriba en sus recuerdos en la tarde de un domingo ruidoso y desorientado, viendo con cierto desdén como las personas pasan con sus camisas arrugadas y los pantalones rotos.


CARLOS ANDRES RESTREPO ESPINOSA 

jueves, 23 de noviembre de 2017

VENDAVAL

Un vendaval sacude los árboles, la lluvia cae en oleadas, llueve de abajo hacia arriba, y de arriba hacia los lados, el agua empieza a subir por los andenes, en cada trueno un grupo de muchachos a mi lado lanzan carcajadas burlonas, pretenden con sus risotadas ocultar el pánico que tienen, caen rayos, los truenos son profundos, cómo si vinieran del fondo de la tierra, todo se estremece.  Por momentos amaina, pero es como si el viento tomara impulso para arreciar con más fuerza, no parece furioso, parece un loco despiadado acabando con todo lo que está en pie, la gente corre de un lado a otro, lo hacen por hacer parte del remolino, pues no hay a dónde ir, los truenos ahora parecen venir de adentro de mi corazón, palpita, se asusta, del alto cielo caen piedras de cristal, rompen los parabrisas de los coches, rasgan las telas de las marquesinas, a un metro de distancia no se puede ver, los muchachos ahora guardan silencio, sus rostros arrepentidos miran con espanto.

Hago un inventario de sonidos, cual el trueno más profundo, cual el temperamental, cual el tímido, les asigno edades, cuatrocientos años, mil seiscientos, un mes, una semana, ¿hay truenos recién nacidos?  ¿tienen padre o madre? ¿cuándo nacen mueren de inmediato? ¿puede un trueno atemorizar con su estrépito en varias oportunidades?
¿La lluvia que cae, sube y cuando cae recuerda el vértigo de la primera caída?

Un olor a alcantarilla pulula, las calles son ríos por los que pasan navegando zapatos, chaquetas, gorras, carros, cascos y paraguas abiertos girando con su mástil hacia arriba, objetos varios, decorativos, que van jugando entre los remolinos de agua negra cómo un calidoscopio, desde mi ubicación privilegiada siento todo, escucho un constante ruido ondulante, presiento las caídas, desgarres, deshojes, el derribamiento de la ciudad, aunque el ojo por momentos se extravía, al oído nada se le escapa.

Puedo adivinar lo que le va a pasar a la señora que quedó atrapada dentro del carro, me mira desde la ventanilla que limpia con la manga de su suéter, ella va a morir, me mira con esperanza, yo también voy a morir y la miro con decepción, un rayo cae sobre el techo de la cafetería dónde me resguardo, una cortina de humo invade el recinto, el techo se incendia, el agua aviva las flamas , ahora llueven gotas incandescentes, abruma el calor, me acomodo en mi asiento, me maravillo con todo lo que veo, yo soy tormenta en la tormenta, soy agua y fuego, los muchachos huyeron por salvarse de las llamas , cayeron en una zanja y se ahogaron, sus gritos no sirvieron de nada.

Inmóvil entre el fuego y el agua que cada vez sube más y cae menos, cierro los ojos y me entrego al deleite del claro oscuro, del cálido y frío, en la oquedad de mi mirada se alza una serpiente que se muerde la cola, ingenuo creo ser uno entre todas las cosas, al segundo me desvanezco en la inconsistencia de la nada. 

Carlos Andrés Restrepo E.

Medellín 19 de septiembre de 2017

sábado, 18 de noviembre de 2017

CONJURO

No mirar, quedarse en quietud,

no decir nada, para qué mal gastar las palabras.
evadir el espejo humeante que te dice que eres sombra aquí y allá,
No seguir los pasos de nadie,
no incurrir en el deseo de perpetuar la noche, ni el amor.
No tocar las fechas, los cuerpos ni los recuerdos.
dejar ir lo ido, no aprehender lo que vuela,
no embalsamar lo que aun late.
no tomar café después de las cuatro de la tarde,
besar solo los labios, lo demás se puede prescindir.
no acostumbrase al verano,
no comer demasiados hongos si no hay cerveza al alcance.
rezar un ave maría solo por el placer de hacerlo a una mujer
no hay mas dios que valga la pena.
lavar las manos después de pagar lo que sea.
no opinar sobre palomas en vuelo, ni políticos ni artistas famosos.
no tirar piedras al rio, pueden regresar saltando felices hacia ti.
no esperar, mejor salir en busca, vivir inquieto.
vivir a pulmón libre.
no esperar la muerte con mucha seriedad
reír ante lo inevitable, que es finalmente un chiste.
Carlos Andrés Restrepo
Medellín 12 de noviembre de 2017




sábado, 11 de noviembre de 2017

RELATO DE SIMÓN COLORADO


Nací un once de mayo, yo no recuerdo nada, lo sé porque me lo dijeron, a lo mejor no he nacido y he vivido todos estos años engañado, muchas de las cosas en las que creo no las he visto, por eso trato de ser discreto. Desde niño me están diciendo que soy un artista y no he podido saber de qué se trata eso, no hallo nada extraordinario en mis actos y sin embargo he recibido en varias ocasiones aplausos, me angustia pensar que tal vez no los merecía, peor aún pretender que los merezco.

Un día quise ser famoso y me empeñe mucho en conseguirlo, no dormía por estar ocupando mis actos en ser notado, llegué a poner sobre mi cabeza una flecha indicando que abajo estaba yo, en las noches utilicé luces reflectivas para que la oscuridad no opacara las ínfulas de mi presencia, para entonces yo no sabía nada, tampoco ahora, pero la ignorancia era más notoria. Tiempo después descubrí que ser famoso no es gran cosa, es una forma de esclavitud y no hubiera resistido un solo día, en cambio disfruto de ser reconocido por mi gente, recibir un saludo desde la distancia con un movimiento de mano, que el señor que me vende las verduras sepa mi nombre, eso sí que es un éxito.

Supe por cuentos de comadres que tuve un parto difícil,  por causa del mal uso del fórceps, me hicieron una herida en la frente que me provocó una parálisis del tercer par craneal, al médico que hizo tal proeza le decían asawín, era lo único que recetaba, tengo la sospecha de que aquel apodo lo inventó mi mamá en venganza por el daño provocado a su primogénito, las madres son como fieras cuidando su cría y la mía no mordía pero si fue y ha sido mordaz.

Cuando estaba en la escuela primaria me cité a una pelea con un compañero, la única que tuve en la vida, la gané y eso que yo era un enclenque, tomé por el cuello al otro, lo estaba ahorcando, tuvieron que intervenir otros niños; conservo en la memoria las pecas de su cara enrojecidas, sus venas brotadas, sus ojos como un vidrio cuando se fragmenta, mi rabia y mi incapacidad de detenerme. Aquel día me marco para siempre, el otro alegó haber ganado la pelea, yo me avergüenzo de que así no hubiera sido.

Ese año despertó el volcán del Nevado del Ruiz, y en una noche borró de tajo a Armero y sufrí a los nueve años la agonía y muerte de Omaira cómo si hubiera sido la propia. Ya de niño y eso sí lo recuerdo, no me lo contaron, era sensible y sentía en carne propia el dolor del mundo, llegué a creer con tanto miedo aprendido que lo del volcán era resultado de mi pelea y busqué al compañero de la pelea y le di un abrazo, desde ese tiempo soy un abrasador compulsivo, hasta en una oportunidad me despedí de abrazo de un señor que me robó en el centro de la ciudad.

Luego fue el disparate de querer llegar a ser alguien, de niño las cosas eran más sencillas, cantaba y elevaba cometas corriendo por las calles, y de pronto llegó la música. El primer instrumento que tuve fue un tambor hecho con un tarro de galletas, Miguel, de quien fui su nieto adoptivo, lo fabricó para mí y de un palo de escoba labró las baquetas, tan ta ta tan, redoblaba por el corredor de la casa, ta que te tan, por mi calle empedrara, cuando era hermosa y bien habitada, tan tara tan tara tan tan tan, y a cada golpe se asomaba un vecino y chistaba: a mi paso se unían otros niños simulando con las manos la trompeta, mi hermana chocando las palmas de las manos cantaba chis chis emulando los platillos y el juego de niños era una fiesta, Gunter Grass se hubiera sido de aquí también habría tenido su tambor de hojalata, las mismas historias ocurren en todos los lugares.

El ruido disminuyó y el tambor terminó de matero junto a una bacinilla de peltre, los vecinos se unieron para demandarle a mis padres me fuera decomisado el ofensivo instrumento, se acercaban las novenas de aguinaldo y no querían soportar más ruido, sólo se aceptaban las panderetas hechas con tapas de gaseosa, tambores no, terminantemente prohibido.

Para compensar la decisión que me dejaba sin instrumento, mi abuelo  se manifestó desde el más allá, lo hizo a través de una dulzaina alemana, los muertos saben cuándo regresar con su misericordia, él supo que ese día llegaría, así que dispuso antes de morir del instrumento de viento para que llegara a mí a través de mi madre que la tuvo en custodia hasta que yo tuviera la edad de merecerlo, seguro para que  cuidara bien de aquel legado, lo más probable es que haya sido para que no perdiera el interés en la música, así que en lugar del tan tan tan, ahora me pasaba los días sonando el do sol sol la sol si do. 

Lo que soy se lo debo a mis muertos, creo en ellos, en lo que me dicen, en sus voces que se erigen en la literatura, la música, en la filosofía, en la oralidad, en el lenguaje cotidiano que nos inventa. Nunca he sido relevante, ni famoso, ni guerrero, ni un artista, tiré abajo la flecha que me señalaba y en su lugar puse un signo gigante de interrogación y de pregunta en pregunta he ido encontrando mis respectivos silencios como respuesta.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa





domingo, 15 de octubre de 2017

DE CRONOTOPOS

Alguien ha visto un cronotopo por aquí?, ¿Este cronotopo a quien se le cayó?
¿qué es un cronotopo?, ¿una especie de bicho de tierra?  Como su nombre lo indica, es algo que tiene que ver con la esencia de las relaciones temporales y espaciales que se dan en la literatura, me dice una compañera, muy bonito, le respondo mientras me tomo un café y le busco el cronotopo a todo lo que me topo, vea pues, en que lío me he metido y yo que soy soluble en todo; inquieto me arrojo a la búsqueda de lo indisoluble del espacio y del tiempo, entendiendo que es en la categoría y en la forma de la literatura donde debe estribar mi enfoque.

Debo reconocer humildemente que la primera vez que escuche del bicho ese que llaman cronotopo fue en el salón de clase, ahora que soy grande y hago una maestría por puro placer, (en mi vida casi todo lo hago por puro placer, hasta sufrir), sufro con toda la vehemencia que puedo, me arrastro por insondables trechos de abandono habitando un tiempo y espacio que no existen más que en las pasajeras lágrimas que a veces decoran la mueca triste y desencajada de mi llanto, tengo un privado solariego donde me regodeo de ser un hombre sólo y triste, sospecho  que puede ser que haya creado un cronotopo de la tristeza, pero que va, es imposible, porque para eso se necesita ser capaz de llegarle con las palabras, aunque sea a los talones de la imagen y yo de cronotopos esta es la hora en que no sé nada.

Tengo entendido que Macóndo es el cronotopo de la obra de García Márquez; a Onetti le correspondió Santamaría, el cronotopo lo crearon ellos, pero es el lector quien termina dándole vida al leerlos, es decir, que el cronotopo termina siendo ese lugar que determina en la imaginación todas las posibilidades de que sea cierto lo que tengo de lo que leí; termino con la ciudad entera metida en la cabeza, con todas su coordenadas, calles, desvíos, parques y construcciones en ocasiones más nítidas y claras que las de la ciudad en que vivo.

Pero resulta que el asunto se vuelve complejo porque cronotopo es más que la ciudad, que el espacio, que el tiempo, que los marcajes que definen un territorio literario; hay cronotopos de todo, según el texto, las formas del tiempo y del cronotopo en la novela que debí leer para aleccionarme en el tema y que terminó ocasionando en mi quemaduras de tercer orden complejo; así es que entre el cronotopo del amor que se deriva del encuentro, el de la guerra, el del naufragio, el del mundo ajeno, el de la aventura, el del repente y precisamente, me encuentro con el cronotopo del camino, una dupla compleja; encuentro y camino.

Me universalizo en este motivo, las funciones de estos dos,  tienen una fuerte presencia en casi todas las obras y para no seguir entre las ramas y darle un poco a la idea fundacional de este texto de dar cuenta del cronotopo en una novela que tuviera a bien leer o en mis haberes de lector por puro placer y que me cae como anillo al dedo,“El Libro de los Placeres Prohibidos” de Federico Andahazi, me adentro en la búsqueda del cronotopo perdido, en actitud cronotopística, o cronotopoyetica, sea cual sea el término que le confiera más estatus a estas letras, me voy adentrando en el tema de esta novela, que al parecer no tiene ni pisca de herencia griega, pero que buena si está, como Ulva, la Madre de todas las putas del Monasterio de las Adoratrices de la sagrada canasta, un burdel extravagante y lujurioso ubicado a orillas del Rhin y del cual voy a intentar dar cuenta.

La novela transcurre en tres lugares de manera simultánea, voy a decir que el cronotopo del encuentro es el que hace aquí su trabajo, múltiples encuentros públicos se dan cita, los unos en el burdel, los otros ante un tribunal y el tercero el encuentro de Gutenberg con su preciado invento: la imprenta; los destinos de los personajes de esta novela se enfrentan al encuentro, los unos con la muerte, aquellos con el placer, los otros con la cárcel.

Si bien ya lo dije en los párrafos anteriores, es bueno insistir en la relación entre el cronotopo del encuentro y el del camino, pues aparentemente los personajes en cuestión no tienen nada en común y hacen sus vida de manera independiente pero el camino termina encontrándolos.

Gutenberg enfrenta ante el tribunal los cargos por plagio y copia ilegal de Biblias; es el peor estafador que recuerde el Imperio Romano Germánico, Zelda es la bella prostituta a la que en el primer capítulo desuellan viva, (este es el primero de una serie de asesinatos que ocurrirán en el monasterio) y el tercer personaje que hace su recorrido es el Fiscal que acusa a Gutenberg, un clérigo también copista llamado Sigfrido de Maguntia; aquí el cronotopo del encuentro tiene la función compositiva de la intriga y el motivo que completa en este caso es la pérdida,  todos terminan perdiendo, no hay ganador al final, cuando coincidan en la historia cada uno habrá perdido su camino.

Pero quiero regresar al encuentro; hay en el fondo de esta historia un papel fundamental a través de los ritos religiosos, el cronotopo del encuentro tiene una significación muy profunda, pues las tres historias convergen en motivos meramente religiosos y las convicciones que mueven a sus protagonista los ponen en contacto entre ellos, quizás sin saberlo, pero con la certeza de que más allá de la metáfora una historia soporta a la otra, cada personaje es sucedáneo, muy a pesar de lo que crea el lector.

La naturaleza no es cíclica en la vida de Gutenberg, pero a pesar de los desmanes de su aventura el encuentro le trae a este héroe la compensación del amor:

(…)"Al ver a su futura esposa, Johannes reconsidero sus resientes pensamientos: la soledad, su vida de anacoreta en las ruinas de San Arbogasto, las noches de insomnio, la tenebrosa compañía de los ladrones muertos; nada en este mundo podría ser más horroroso que aquella entidad indefinible disfrazada de mujer.
Nada, salvó la miseria. Sólo cuando hubo considerado esta última certidumbre, el novio avanzo hacia Ennelin, se inclinó ante sus pies y declaró:
-Soy el hombre más feliz del mundo” (…)

Un puente en común quizás con “Cándido” de Voltaire; se puede precisar en esta desdichada situación del personaje, pues ante semejante monstruosidad de mujer que le deparaba el futuro, sólo algo le confortaba, era rica y la dote ofrecida por su padre le alcanzaría para llevar a cabo su empresa de construir la primera imprenta, "la satisfacción sigue a la pasión cuando ya no es posible desde el punto de vista biológico" concluye el narrador de la historia ante este evento.

El "de repente" (otra forma del cronotopo) aparece y es entonces cuando todos los personajes se encuentran; la casualidad hace que coincidan, de repente, las Adoratrices tienden una trampa al asesino y este cae, ellas lo apresan, lo llevan al tabernáculo de la Diosa Babilónica Ishtar, donde sin quitarle la casulla negra que cubría su cabeza le brindan todos los placeres que hombre jamás había recibido sobre la tierra.

Johannes Gutenberg, es dejado en libertad pero de repente se queda pobre, su invento no le trajo beneficio alguno, termina viviendo de la caridad y tras muchas penurias el Arzobispo Adolfo de Nassau le otorga el título de caballero y le da una canasta de frutas, (mucho en comparación a la indigencia).

Las adoratrices de la Sagrada canasta simultáneamente vuelven a abrir las puertas para el servicio de clérigos, nobles, políticos y demás personas prestantes de la sociedad Germánica.

Precisamente por esos días Sigfrido de Maguntia desapareció sin dejar rastro; un dato que considero importante de hacer mención: cuando las adoratrices le quitan la casulla al asesino, descubren que el asesino es el copista Maguntia; el mismo que persiguió hasta el final tanto a Gutenbergcomo a las adoratrices ahora moría de placer entre las bocas abrasadoras de las enardecidas devotas, su cuerpo sirvió de pergamino sobre cuya superficie Ulva la puta Madre escribe uno de los más bellos ejemplares del libro de los placeres prohibidos, el destino le deparo convertirse en el preciado rollo que en vida quiso destruir.


Un final pragmático que hace que los acontecimientos se den y los personajes encuentren su lugar definitivo, cada uno a su manera constituye desde la obscenidad hasta la virtud el desenlace de una sola vida, de un solo lugar y de un tiempo que no alcanza a disolverse; pues los tipos que dieron origen a sus historias fueron impregnados por el sudor y la sangre que la pasión por la vida los llenó de muerte.

CARLOS ANDRÉS RESTREPO E