jueves, 23 de noviembre de 2017

VENDAVAL

Un vendaval sacude los árboles, la lluvia cae en oleadas, llueve de abajo hacia arriba, y de arriba hacia los lados, el agua empieza a subir por los andenes, en cada trueno un grupo de muchachos a mi lado lanzan carcajadas burlonas, pretenden con sus risotadas ocultar el pánico que tienen, caen rayos, los truenos son profundos, cómo si vinieran del fondo de la tierra, todo se estremece.  Por momentos amaina, pero es como si el viento tomara impulso para arreciar con más fuerza, no parece furioso, parece un loco despiadado acabando con todo lo que está en pie, la gente corre de un lado a otro, lo hacen por hacer parte del remolino, pues no hay a dónde ir, los truenos ahora parecen venir de adentro de mi corazón, palpita, se asusta, del alto cielo caen piedras de cristal, rompen los parabrisas de los coches, rasgan las telas de las marquesinas, a un metro de distancia no se puede ver, los muchachos ahora guardan silencio, sus rostros arrepentidos miran con espanto.

Hago un inventario de sonidos, cual el trueno más profundo, cual el temperamental, cual el tímido, les asigno edades, cuatrocientos años, mil seiscientos, un mes, una semana, ¿hay truenos recién nacidos?  ¿tienen padre o madre? ¿cuándo nacen mueren de inmediato? ¿puede un trueno atemorizar con su estrépito en varias oportunidades?
¿La lluvia que cae, sube y cuando cae recuerda el vértigo de la primera caída?

Un olor a alcantarilla pulula, las calles son ríos por los que pasan navegando zapatos, chaquetas, gorras, carros, cascos y paraguas abiertos girando con su mástil hacia arriba, objetos varios, decorativos, que van jugando entre los remolinos de agua negra cómo un calidoscopio, desde mi ubicación privilegiada siento todo, escucho un constante ruido ondulante, presiento las caídas, desgarres, deshojes, el derribamiento de la ciudad, aunque el ojo por momentos se extravía, al oído nada se le escapa.

Puedo adivinar lo que le va a pasar a la señora que quedó atrapada dentro del carro, me mira desde la ventanilla que limpia con la manga de su suéter, ella va a morir, me mira con esperanza, yo también voy a morir y la miro con decepción, un rayo cae sobre el techo de la cafetería dónde me resguardo, una cortina de humo invade el recinto, el techo se incendia, el agua aviva las flamas , ahora llueven gotas incandescentes, abruma el calor, me acomodo en mi asiento, me maravillo con todo lo que veo, yo soy tormenta en la tormenta, soy agua y fuego, los muchachos huyeron por salvarse de las llamas , cayeron en una zanja y se ahogaron, sus gritos no sirvieron de nada.

Inmóvil entre el fuego y el agua que cada vez sube más y cae menos, cierro los ojos y me entrego al deleite del claro oscuro, del cálido y frío, en la oquedad de mi mirada se alza una serpiente que se muerde la cola, ingenuo creo ser uno entre todas las cosas, al segundo me desvanezco en la inconsistencia de la nada. 

Carlos Andrés Restrepo E.

Medellín 19 de septiembre de 2017

sábado, 18 de noviembre de 2017

CONJURO

No mirar, quedarse en quietud,

no decir nada, para qué mal gastar las palabras.
evadir el espejo humeante que te dice que eres sombra aquí y allá,
No seguir los pasos de nadie,
no incurrir en el deseo de perpetuar la noche, ni el amor.
No tocar las fechas, los cuerpos ni los recuerdos.
dejar ir lo ido, no aprehender lo que vuela,
no embalsamar lo que aun late.
no tomar café después de las cuatro de la tarde,
besar solo los labios, lo demás se puede prescindir.
no acostumbrase al verano,
no comer demasiados hongos si no hay cerveza al alcance.
rezar un ave maría solo por el placer de hacerlo a una mujer
no hay mas dios que valga la pena.
lavar las manos después de pagar lo que sea.
no opinar sobre palomas en vuelo, ni políticos ni artistas famosos.
no tirar piedras al rio, pueden regresar saltando felices hacia ti.
no esperar, mejor salir en busca, vivir inquieto.
vivir a pulmón libre.
no esperar la muerte con mucha seriedad
reír ante lo inevitable, que es finalmente un chiste.
Carlos Andrés Restrepo
Medellín 12 de noviembre de 2017




sábado, 11 de noviembre de 2017

RELATO DE SIMÓN COLORADO


Nací un once de mayo, yo no recuerdo nada, lo sé porque me lo dijeron, a lo mejor no he nacido y he vivido todos estos años engañado, muchas de las cosas en las que creo no las he visto, por eso trato de ser discreto. Desde niño me están diciendo que soy un artista y no he podido saber de qué se trata eso, no hallo nada extraordinario en mis actos y sin embargo he recibido en varias ocasiones aplausos, me angustia pensar que tal vez no los merecía, peor aún pretender que los merezco.

Un día quise ser famoso y me empeñe mucho en conseguirlo, no dormía por estar ocupando mis actos en ser notado, llegué a poner sobre mi cabeza una flecha indicando que abajo estaba yo, en las noches utilicé luces reflectivas para que la oscuridad no opacara las ínfulas de mi presencia, para entonces yo no sabía nada, tampoco ahora, pero la ignorancia era más notoria. Tiempo después descubrí que ser famoso no es gran cosa, es una forma de esclavitud y no hubiera resistido un solo día, en cambio disfruto de ser reconocido por mi gente, recibir un saludo desde la distancia con un movimiento de mano, que el señor que me vende las verduras sepa mi nombre, eso sí que es un éxito.

Supe por cuentos de comadres que tuve un parto difícil,  por causa del mal uso del fórceps, me hicieron una herida en la frente que me provocó una parálisis del tercer par craneal, al médico que hizo tal proeza le decían asawín, era lo único que recetaba, tengo la sospecha de que aquel apodo lo inventó mi mamá en venganza por el daño provocado a su primogénito, las madres son como fieras cuidando su cría y la mía no mordía pero si fue y ha sido mordaz.

Cuando estaba en la escuela primaria me cité a una pelea con un compañero, la única que tuve en la vida, la gané y eso que yo era un enclenque, tomé por el cuello al otro, lo estaba ahorcando, tuvieron que intervenir otros niños; conservo en la memoria las pecas de su cara enrojecidas, sus venas brotadas, sus ojos como un vidrio cuando se fragmenta, mi rabia y mi incapacidad de detenerme. Aquel día me marco para siempre, el otro alegó haber ganado la pelea, yo me avergüenzo de que así no hubiera sido.

Ese año despertó el volcán del Nevado del Ruiz, y en una noche borró de tajo a Armero y sufrí a los nueve años la agonía y muerte de Omaira cómo si hubiera sido la propia. Ya de niño y eso sí lo recuerdo, no me lo contaron, era sensible y sentía en carne propia el dolor del mundo, llegué a creer con tanto miedo aprendido que lo del volcán era resultado de mi pelea y busqué al compañero de la pelea y le di un abrazo, desde ese tiempo soy un abrasador compulsivo, hasta en una oportunidad me despedí de abrazo de un señor que me robó en el centro de la ciudad.

Luego fue el disparate de querer llegar a ser alguien, de niño las cosas eran más sencillas, cantaba y elevaba cometas corriendo por las calles, y de pronto llegó la música. El primer instrumento que tuve fue un tambor hecho con un tarro de galletas, Miguel, de quien fui su nieto adoptivo, lo fabricó para mí y de un palo de escoba labró las baquetas, tan ta ta tan, redoblaba por el corredor de la casa, ta que te tan, por mi calle empedrara, cuando era hermosa y bien habitada, tan tara tan tara tan tan tan, y a cada golpe se asomaba un vecino y chistaba: a mi paso se unían otros niños simulando con las manos la trompeta, mi hermana chocando las palmas de las manos cantaba chis chis emulando los platillos y el juego de niños era una fiesta, Gunter Grass se hubiera sido de aquí también habría tenido su tambor de hojalata, las mismas historias ocurren en todos los lugares.

El ruido disminuyó y el tambor terminó de matero junto a una bacinilla de peltre, los vecinos se unieron para demandarle a mis padres me fuera decomisado el ofensivo instrumento, se acercaban las novenas de aguinaldo y no querían soportar más ruido, sólo se aceptaban las panderetas hechas con tapas de gaseosa, tambores no, terminantemente prohibido.

Para compensar la decisión que me dejaba sin instrumento, mi abuelo  se manifestó desde el más allá, lo hizo a través de una dulzaina alemana, los muertos saben cuándo regresar con su misericordia, él supo que ese día llegaría, así que dispuso antes de morir del instrumento de viento para que llegara a mí a través de mi madre que la tuvo en custodia hasta que yo tuviera la edad de merecerlo, seguro para que  cuidara bien de aquel legado, lo más probable es que haya sido para que no perdiera el interés en la música, así que en lugar del tan tan tan, ahora me pasaba los días sonando el do sol sol la sol si do. 

Lo que soy se lo debo a mis muertos, creo en ellos, en lo que me dicen, en sus voces que se erigen en la literatura, la música, en la filosofía, en la oralidad, en el lenguaje cotidiano que nos inventa. Nunca he sido relevante, ni famoso, ni guerrero, ni un artista, tiré abajo la flecha que me señalaba y en su lugar puse un signo gigante de interrogación y de pregunta en pregunta he ido encontrando mis respectivos silencios como respuesta.

Carlos Andrés Restrepo Espinosa





domingo, 15 de octubre de 2017

DE CRONOTOPOS

Alguien ha visto un cronotopo por aquí?, ¿Este cronotopo a quien se le cayó?
¿qué es un cronotopo?, ¿una especie de bicho de tierra?  Como su nombre lo indica, es algo que tiene que ver con la esencia de las relaciones temporales y espaciales que se dan en la literatura, me dice una compañera, muy bonito, le respondo mientras me tomo un café y le busco el cronotopo a todo lo que me topo, vea pues, en que lío me he metido y yo que soy soluble en todo; inquieto me arrojo a la búsqueda de lo indisoluble del espacio y del tiempo, entendiendo que es en la categoría y en la forma de la literatura donde debe estribar mi enfoque.

Debo reconocer humildemente que la primera vez que escuche del bicho ese que llaman cronotopo fue en el salón de clase, ahora que soy grande y hago una maestría por puro placer, (en mi vida casi todo lo hago por puro placer, hasta sufrir), sufro con toda la vehemencia que puedo, me arrastro por insondables trechos de abandono habitando un tiempo y espacio que no existen más que en las pasajeras lágrimas que a veces decoran la mueca triste y desencajada de mi llanto, tengo un privado solariego donde me regodeo de ser un hombre sólo y triste, sospecho  que puede ser que haya creado un cronotopo de la tristeza, pero que va, es imposible, porque para eso se necesita ser capaz de llegarle con las palabras, aunque sea a los talones de la imagen y yo de cronotopos esta es la hora en que no sé nada.

Tengo entendido que Macóndo es el cronotopo de la obra de García Márquez; a Onetti le correspondió Santamaría, el cronotopo lo crearon ellos, pero es el lector quien termina dándole vida al leerlos, es decir, que el cronotopo termina siendo ese lugar que determina en la imaginación todas las posibilidades de que sea cierto lo que tengo de lo que leí; termino con la ciudad entera metida en la cabeza, con todas su coordenadas, calles, desvíos, parques y construcciones en ocasiones más nítidas y claras que las de la ciudad en que vivo.

Pero resulta que el asunto se vuelve complejo porque cronotopo es más que la ciudad, que el espacio, que el tiempo, que los marcajes que definen un territorio literario; hay cronotopos de todo, según el texto, las formas del tiempo y del cronotopo en la novela que debí leer para aleccionarme en el tema y que terminó ocasionando en mi quemaduras de tercer orden complejo; así es que entre el cronotopo del amor que se deriva del encuentro, el de la guerra, el del naufragio, el del mundo ajeno, el de la aventura, el del repente y precisamente, me encuentro con el cronotopo del camino, una dupla compleja; encuentro y camino.

Me universalizo en este motivo, las funciones de estos dos,  tienen una fuerte presencia en casi todas las obras y para no seguir entre las ramas y darle un poco a la idea fundacional de este texto de dar cuenta del cronotopo en una novela que tuviera a bien leer o en mis haberes de lector por puro placer y que me cae como anillo al dedo,“El Libro de los Placeres Prohibidos” de Federico Andahazi, me adentro en la búsqueda del cronotopo perdido, en actitud cronotopística, o cronotopoyetica, sea cual sea el término que le confiera más estatus a estas letras, me voy adentrando en el tema de esta novela, que al parecer no tiene ni pisca de herencia griega, pero que buena si está, como Ulva, la Madre de todas las putas del Monasterio de las Adoratrices de la sagrada canasta, un burdel extravagante y lujurioso ubicado a orillas del Rhin y del cual voy a intentar dar cuenta.

La novela transcurre en tres lugares de manera simultánea, voy a decir que el cronotopo del encuentro es el que hace aquí su trabajo, múltiples encuentros públicos se dan cita, los unos en el burdel, los otros ante un tribunal y el tercero el encuentro de Gutenberg con su preciado invento: la imprenta; los destinos de los personajes de esta novela se enfrentan al encuentro, los unos con la muerte, aquellos con el placer, los otros con la cárcel.

Si bien ya lo dije en los párrafos anteriores, es bueno insistir en la relación entre el cronotopo del encuentro y el del camino, pues aparentemente los personajes en cuestión no tienen nada en común y hacen sus vida de manera independiente pero el camino termina encontrándolos.

Gutenberg enfrenta ante el tribunal los cargos por plagio y copia ilegal de Biblias; es el peor estafador que recuerde el Imperio Romano Germánico, Zelda es la bella prostituta a la que en el primer capítulo desuellan viva, (este es el primero de una serie de asesinatos que ocurrirán en el monasterio) y el tercer personaje que hace su recorrido es el Fiscal que acusa a Gutenberg, un clérigo también copista llamado Sigfrido de Maguntia; aquí el cronotopo del encuentro tiene la función compositiva de la intriga y el motivo que completa en este caso es la pérdida,  todos terminan perdiendo, no hay ganador al final, cuando coincidan en la historia cada uno habrá perdido su camino.

Pero quiero regresar al encuentro; hay en el fondo de esta historia un papel fundamental a través de los ritos religiosos, el cronotopo del encuentro tiene una significación muy profunda, pues las tres historias convergen en motivos meramente religiosos y las convicciones que mueven a sus protagonista los ponen en contacto entre ellos, quizás sin saberlo, pero con la certeza de que más allá de la metáfora una historia soporta a la otra, cada personaje es sucedáneo, muy a pesar de lo que crea el lector.

La naturaleza no es cíclica en la vida de Gutenberg, pero a pesar de los desmanes de su aventura el encuentro le trae a este héroe la compensación del amor:

(…)"Al ver a su futura esposa, Johannes reconsidero sus resientes pensamientos: la soledad, su vida de anacoreta en las ruinas de San Arbogasto, las noches de insomnio, la tenebrosa compañía de los ladrones muertos; nada en este mundo podría ser más horroroso que aquella entidad indefinible disfrazada de mujer.
Nada, salvó la miseria. Sólo cuando hubo considerado esta última certidumbre, el novio avanzo hacia Ennelin, se inclinó ante sus pies y declaró:
-Soy el hombre más feliz del mundo” (…)

Un puente en común quizás con “Cándido” de Voltaire; se puede precisar en esta desdichada situación del personaje, pues ante semejante monstruosidad de mujer que le deparaba el futuro, sólo algo le confortaba, era rica y la dote ofrecida por su padre le alcanzaría para llevar a cabo su empresa de construir la primera imprenta, "la satisfacción sigue a la pasión cuando ya no es posible desde el punto de vista biológico" concluye el narrador de la historia ante este evento.

El "de repente" (otra forma del cronotopo) aparece y es entonces cuando todos los personajes se encuentran; la casualidad hace que coincidan, de repente, las Adoratrices tienden una trampa al asesino y este cae, ellas lo apresan, lo llevan al tabernáculo de la Diosa Babilónica Ishtar, donde sin quitarle la casulla negra que cubría su cabeza le brindan todos los placeres que hombre jamás había recibido sobre la tierra.

Johannes Gutenberg, es dejado en libertad pero de repente se queda pobre, su invento no le trajo beneficio alguno, termina viviendo de la caridad y tras muchas penurias el Arzobispo Adolfo de Nassau le otorga el título de caballero y le da una canasta de frutas, (mucho en comparación a la indigencia).

Las adoratrices de la Sagrada canasta simultáneamente vuelven a abrir las puertas para el servicio de clérigos, nobles, políticos y demás personas prestantes de la sociedad Germánica.

Precisamente por esos días Sigfrido de Maguntia desapareció sin dejar rastro; un dato que considero importante de hacer mención: cuando las adoratrices le quitan la casulla al asesino, descubren que el asesino es el copista Maguntia; el mismo que persiguió hasta el final tanto a Gutenbergcomo a las adoratrices ahora moría de placer entre las bocas abrasadoras de las enardecidas devotas, su cuerpo sirvió de pergamino sobre cuya superficie Ulva la puta Madre escribe uno de los más bellos ejemplares del libro de los placeres prohibidos, el destino le deparo convertirse en el preciado rollo que en vida quiso destruir.


Un final pragmático que hace que los acontecimientos se den y los personajes encuentren su lugar definitivo, cada uno a su manera constituye desde la obscenidad hasta la virtud el desenlace de una sola vida, de un solo lugar y de un tiempo que no alcanza a disolverse; pues los tipos que dieron origen a sus historias fueron impregnados por el sudor y la sangre que la pasión por la vida los llenó de muerte.

CARLOS ANDRÉS RESTREPO E

lunes, 9 de octubre de 2017

DE DON GREGORIO Y OTRAS CUESTIONES

HACE TREINTA Y PICO DE AÑOS A DON GREGORIO MARTINEZ
LE ROBARON LA CUCHARITA Y NO SE QUÉ MAS

Machirungo saca yucas le decían, campesino de Viena…   De bien adentro de Boyacá, tan adentro que para llegar a él había que seguir una instrucción bastante compleja, pero a buen entendedor las palabras le bastan y hasta le sobran, un par de gestos de más y adentrado en el sendero la misma vía lo encamina a uno, pero !ay! y ¿si la palma ya no está? y ¿si la palma la cortaron o si se amarchitó después de tanto floreo?,
-Compadre, busted por qué escribe tan enredado, vea que la gente no entiende, ya se metió con una canción que ni es de aquí, y desvió el cuento -Pues así no macito le digo: palma es palma aquí o en Cafarnaúm, que esas no tienen sino corazón pal sufrimiento y d´eso estamos untados todos, y deje hablar y no interrumpa que apenas me estoy entonando-
Como le iba diciendo, porque yo en esas cosas me entiendo;  dizque un muchacho muy buen mozo y afanado por conocer al autor de un cuento de un Sebastián y unas princesas, que estaba como medio mocho,
-¿el Sebastián estaba mocho compadre?,  No me joda, el cuento; el cuento estaba incompleto-   
Y en la curiosidad de saber cómo terminaba la historia del Sebastián y para hacerle una representación radial, pues el muchacho de esta historia como que tenía la maña de investigador y p´a nutrir su acervo popular, que a bien la irían calando con el paso del tiempo tales intereses, se dió a la búsqueda de un señor Gregorio que vivía en la vereda´ e  Velandia del Municipio de Saboya y que le había hecho llegar el cuento en una hojita porque no había más, y las de plátano que si abundaban, pues no le servían de a mucho para la escritura.

-Como flojongo el cometario compadre, mejor siga con la chachara-
Pues el mozo llego hasta Saboya entrado en ajanes, porque la gente que va de la capital al pueblo es así, ansina sea del mismo campo, pero naide sabía en Saboyá donde vivía Don Gregorio, pero sus mañas se traen los coterráneos y su dirección le dieron:

“abajito de Saboya hay un ramal que parte hacia el lado del rio, a mano derecha yendo de aquí pa´ bajo, parte por ahí, baje al rio y sigue, que ahí no hay mas extravíos hasta un sitio que se llama la Palma, después de la palma queda arriba otro sitio llamado el cruce donde quedan dos caminos, uno que va para monterusi y otro que va para tronco negro, hasta ahí le sé decir”
Tal parece que el muy jodido se las arregló preguntando y así llegó a un rancho de dos piecitas hecho de tapia pisada y paja;  paja la que echaron ese día después de que se presentó el mozo: -soy Jorge  y vengo por el resto del cuento que me quedó debiendo-, garlaron como el diablo manda, porque Dios solo acompaña rosarios, se hicieron visita y el señor Gregorio no resultó ser tan señor, era un muchacho humilde casi llegando a los treinta, apuntalado en dos muletas, porque se había tropezado con una bala por ahí en el camino, como le viene pasando a media humanidad desde hace rato en este país.


Yo no soy de por aquí
Yo vengo el lao el carrizo
Machirungo saca yucas
Hasta la tierra que piso.

Así se le presento Gregorio que de cantas estaba bien afilado, para hacerle saber al joven que aunque no tuvo mucha escuela, al verbo no le hacia el feo.

Eso si, después de la conversa entró el aján y había que volver a Chiquinquirá porque “Canta el pueblo”, el programa Radial del curioso visitante,  tenía que salir al aire y es ahí que hablan de papas y de huevos tibios, y no están ni tibios que el aján se acaba y se quedan.

¿Oiga compadre, y esta historia es verdad o invento suyo?, pues yo no le sostengo nada, pero que los huevos tibios hacen quitar el aján, lo hacen quitar.
Y ahí mismo se pusieron a entrarle a lo de las papas y el huevo, y como todo huevo requiere su sal, para tal menester entró a  circular una cucharita bien particular, misma a la que el Joven Jorge le rayó el ojo, y más cuando supo que era tallada en un hueso de canilla de res por el mismo Gregorio, más entusiasmo le puso y siendo su turno de echar la sal y revolver el huevo, se la llevó al mascadero y la relamió para dejarla limpiecita y  lo que le había bailado al ojo se le salió en la lengua:
Don Gregorio yo le robo la cucharita porque ésta se va conmigo y se la fue empacando con otras tres papas y un huevito de más.
A lo que Gregorio no tuvo más que asentir porque cómo le va  hacer tal desaíre a una visita tan respetable, ni mala gente que juera, y canillas de res es lo que sobra.
Pues, como dicen por ahí que lo que viene por agua viene mojado, parece que a los quince días al mochilero se le alzaron con los papeles, la cucharita y otras cositas de las que no quiso acordarse, sin saber el paradero de la cucharita ni qué oficios nuevos estaba teniendo, solo le quedo la rabia postrimera al robo y bailándole en la sesera un estribillo: la cucharita se me perdió.  Así fue naciendo una canción que terminaría siendo tarareada, cantada, silbada, mascullada, convirtiéndose casi en un himno, pues a todos en este país de ladrones alguna vez nos ha pasado un cacho.

Compadre, y entonces ¿qué pasó con Don Gregorio, sí se la repuso por otra igual?
-y para qué si igual se la iban a robar-
De la historia quedó la canción y eso sonaba hasta por los codos de los colombianos, eso la pedían en radio Furatena como en radio colibrí, en ondas de la montaña como en Cartago y titiribí, esa canción ya no era de un mochilero sino patrimonio de los oyentes, y así el mochilero empezó a ser más conocido y famoso.

Como que le convino la robada de la cucharita, sino se la roban no hay canción, pues mire le digo, que es más importante una cuchara perdida que el señor que las hacía, que sigue vivito y renguiando y que la historia lo hizo viejo desde que era joven.
Del mochilero dicen que todavía canta y encanta, que le sonrió la buena ventura, que de la cucharita vinieron mas canciones, ficciones y funciones y que anda por ahí ya más cuidadoso no vaya y le roben otras chucherías de su mochila.
Y a Gregorio  le quedó la contentura de ser popularizado en una canción, pero eso no sirvió de mucho porque con eso no se compran papas ni huevos pa tibiar…

Compadre este cuento me dejó como alelado, pero dígame ¿quién se lo contó?, -se le cuenta el milagro pero no el santo; así este sea de Somondoco-
Bueno, después de todo no estuvo tan enredado el cuento, yo le tengo perecita a busté con esa forma  rebuscada de narrar, eso le pone tiros de aquí, dichos de allá, a veces muy rococó y otras muy chachachá, pero la verdad esta vez si le entendí.
Vea compadre como todo lo que nace de la cultura popular, eso se hace pa´ despistar.

Carlos Andrés Restrepo





martes, 19 de septiembre de 2017

ENCUENTROS




Pidió un yogurt, le miré los pies, ella reparó mi cabello y luego puso la mirada un poco más debajo de la pretina de mí pantalón, no tuvo recato, yo sentí una punzada; giró de nuevo y pregunto qué tan bajo en grasa era el producto que tenía en sus manos mientras lo agitaba ingenuamente, y yo seguía con mi punzada en el mismo lugar y en creciente fragor.

Eligió uno de frutos rojos, al pagar no miró a la tendera, volvió de nuevo su mirada hacia mí, pero esta vez hizo como que no era conmigo y eso me dolió en el alma, esperaba que su mirada volviera sobre algún punto estratégico de mi geografía, que se yo, algún peñón por ahí que antes no hubiera advertido, pero no, una vez más fui víctima del coqueteo callejero que no conduce a nada. El único consuelo que me queda es que al alejarse pude verle de nuevo sus pies de paquidermo y para tranquilizarme dije en voz alta como para que solo yo me escuchara: ¡Jum ¡de la pisada que me salve.

La conocí en un viaje entre Copacabana y la Paz, en cierta parte del camino hay que descender del bus y hacer parte del trayecto en balsa por el lago Titicaca, al tomar el pequeño barco me tocó compartir con ella el retablo que quedaba para tomar asiento, sonreí y me sonrió, sus ojos se agigantaron en la oscuridad y los míos echaron chispas, mi respiración cambio su pesado ritmo de altura y galopó la sangre como fuego por el carril izquierdo de mi arteria principal. Un encanto de mujer, me habló en portugués y le entendí todo, me sorprendió mi inteligencia, casi aplaudo mi capacidad de entender su lengua de manera tan fluida; esa su lengua deliciosa, que navegante de su boca anunciaba en cada frase oleadas de ebriedad, que viva el gigante del sur me digo, encontré mi amor, pienso en cómo le cambia la vida a uno, alejarme tanto para encontrar lo que siempre estuvo cerca. Mientras la embarcación surca el inmenso lago, ella con su voz, da una mortal singladura en mi corazón, canta para mí en voz baja, tan baja como para que solo yo la escuche una canción de chico buarque que dice: Ah si ya perdimos noción de la hora, cuéntame ahora con qué cara debo seguir.

Al llegar a La Paz, el bus nos dejó a las puertas de un cementerio, eran las tres de la mañana, el ambiente tenía un perfume de mango maduro, ella me convido a su hostal, era eso o amanecer recostado en un mausoleo, así que accedí. El tipo de recepción me miró con desprecio cuando escuchó mi acento de jericoano y eso que hablé en portugués para no levantar sospechas, fuimos hasta su cuarto, me dió un beso en la mejilla, quedamos en vernos al día siguiente para tomar un café, cerró la puerta y nunca más la volví a ver.

Profe su clase me gusta mucho, lo dijo con esa obscenidad que acoge todo lo que se dice a los dieciocho años, - que bueno - le respondí -, y ¿qué te gusta del tema que estamos trabajando? -, - usted Profe, usted-.

Procuré evadir la incomodidad recogiendo apresuradamente los libros que aún estaban sobre el escritorio, a los sesenta años es muy factible que ese comentario hiciera mella, pero no sucumbir ante tal despropósito era lo mínimo que podría hacer, no por asuntos éticos, sino por causas peléticas de esas que se tornan peludas, y es que yo conozco mi corazón más que cualquier mujer y para dolores los que tengo en la rodilla me bastan.

El tema de moda era el amor líquido de Bauman que algún profesor ocurrente trajo a la universidad y ahora todos para sentirse intelectuales lo traían a colación: Bauman y su modernidad líquida, Bauman y su amor líquido, Bauman y su iliquidez, buen tipo ese Zygmunt, le digo a la estudiante cuando me pregunta: ¿porqué se perdió el vínculo en las relaciones actuales?, y ¿porqué ya nadie quiere comprometerse y el para siempre se disuelve en el presente constante?, yo le digo que eso es pura superstición, que se deje de teorizar y que ame sin métodos, la mitad de la vida queremos ser libres y la otra fingimos que lo somos. Le recomendé leer a Ayn Rand, le dije que había sido una de las mujeres más inteligentes he influyentes del siglo XX y que por eso nadie la conoce y sus ojos brillaron y me entregó un chocolate y me dijo - Profe usted me llena, no hay otro hombre que desee más en la vida que a usted - y yo le creí, se que soy un encanto, pero igual perdió la materia.

Estaba sentado frente al mostrador de la tienda de Narigón tomando sirope con bizcocho, cuando una delicada mano se posó en mi hombro - ¿puedo acompañarlo?- Sin esperar la respuesta acercó una silla y se sentó a mi lado, pidió un jugo de Mora, tenía un suéter rojo y un lazo blanco en la cabeza, no llevaba los lentes de siempre, las pecas en sus mejillas se me antojaron más notorias, - ¿qué haremos hoy? - preguntó cómo para entrar en confianza y dentro de mi saltó el gentil hombre y el animal de costumbres en franca lid. Digamos que ella abandono el jugo y yo él sirope y coincidimos en un merlot con cierto toque empireumático, me contó de su novio idiota, leyó un poema de su inspiración, la escuché atento pretendiendo encontrar algún error para ponerme por encima de ella, pero su escritura era buena, no encontré que decirle, acepte su compañía hasta mi casa.

Cuando el bus frenó perdió el equilibrio y se vino sobre mí, - disculpe - me dijo, - pierda cuidado, estoy acostumbrado a que las mujeres se me abalancen de esa manera -, sonríó y dijo que le encantaban los tipos con buen sentido del humor a lo que le sugerí intrépido sin perder la oportunidad, que se soltara de la barra, para que tuviera un resto de vida muy divertida.

Es usted todo un Don Juan, una curva permitió que esta vez se viniera sobre mi con tal sutileza que pude percibir su olor y sentir el roce de sus largas pestañas en mi mejilla, casémonos le dije, sonriendo dijo si, que seriamos muy felices. Dicho esto, anunció su parada y en la siguiente esquina se apeó del bus. Yo continué mi recorrido volviendo a la lectura de Bauman con un gesto sonriente.

Carlos Andrés Restrepo E









lunes, 4 de septiembre de 2017

EL DIABLO


- Silvio - (por decir cualquier nombre) - éntrate para la casa, te tengo muy dicho que no te me relaciones con esos diablos -, se escuchaba la socarrona voz de una mamá tras asomar su cabeza por el postigo de la ventana y acto seguido volviendo a esconderla como hace una tortuga en su caparazón.

Afuera su hijo departía con el diablo. Que gusto haber sido ese muchachito que tuvo el privilegio de jugar con semejante personaje, los juegos en la calle a lo sumo eran capar cometas, jugar al arroyuelo con un trompo, quemar papeletas, jugar a los protagonistas de las películas vistas en el cinema del pueblo, chutar pelota y como en las calles estaba prohibida la diversión, había que ir a las mangas cercanas a pasar las tardes, unas veces al plan de Juan de dios, o a la manga de los Rendón o a la cancha del volga.

En aquellos tiempos habían ciertas variables como ir al río a bañarse y de regreso traer guayabas, pescar briolas en las quebradas, apostar carreras, las niñas jugaban mamacita con ollitas de plástico y tacitas de peltre, y los niños más audaces al tintín corre corre.

Pero jugar con el diablo, pocos se dieron ese gusto. El diablo era otro niño, de lo más común, de tez morena, zanquilargo, de buenos modales, este diablito no era más diablo por viejo, sino por inquieto, coleccionaba atardeceres, él no elevaba cometas, se elevaba en las cometas pues les ponía fragmentos de sus sueños, eran las más raras y exóticas de la cuadra, también fabricaba pirinolas con cera y las adornaba con chochos; este diablito carajito poseía un estrépito de inquietud en sus modales, era obediente, pero hacía lo que le daba la gana, honraba a padre y madre a la vez que fabricaba para sí una honradez inherente solo a su sueño, ser dueño de sí mismo.

Un hermano mayor porque el diablo no está solo en la vida, y familia tiene, le había enseñado la alquimia de transformar el barro, dicen que este diablo moldeaba figuras con arcilla, esos eran sus juguetes, que también terminaban adornando repisas y pesebres.  Hacer hombrecillos con barro es un pasatiempo milenario, hasta algún dios por ahí le dio por lo mismo y su creación le cogió ventaja y todavía sigue por ahí haciendo de las suyas, este diablo fue más cuidadoso dejó inmóviles sus creaciones, como debe ser.

Algunos niños hicieron caso omiso a sus madres y se hicieron muy amiguitos del diablo, así que se dedicaron a hacer diabluras, fue la mejor niñez que pudieron tener, conocieron de sus pueblos más que sus calles, se adentraron en los portales que la imaginación les abría y viajaban por tiempos sin tiempo en otros mundos sin pasarse de la cuadra, trascendieron los universos que reinan tras las ventanas, debajo de los sótanos, escudriñaron las montañas, atisbaron duendes, domaron los vientos con cometas de colores, exploraron los matices de la tarde y pintaron la tristeza de azul y la alegría de amarillo, el diablo era un artista de la felicidad de ser niño y toda ocurrencia era una fiesta

El diablo creció y fue llamado de otra manera, León (por no decir cualquier nombre) y se volvió un diablo hecho y derecho, justo, honrado, honorable, de una vida impecable, un diablo silencioso pero no taimado, supo poner en cintura y con vehemente actitud a quien se le pasara de la raya, quizás por eso aunque ya no es el diablo, cierto sino de desprecio social le sigue acompañando.

En el primer piso del edificio donde vivo en la ciudad, reside un señor muy simpático, el mismo se define como el abuelo – Hola soy el abuelo mucho gusto -, me saluda de repente cuando estoy atravesando la portería - oíste ¿vos quién sos que andas siempre con una guitarra y una muchacha bonita al lado? -, halagado le respondo que simplemente soy Andrés Restrepo, - yo soy también Restrepo, y ¿serás de Jericó? - tras mi respuesta positiva agregó - de niño viví en ese pueblo y mi mejor amigo fue el diablo si algún día lo ve dígale que saludos de Chuma (pongámosle Bernardo para ser justos), dígale también que un amigo como el nunca más tuve y que los mejores recuerdos siguen correteando las calles del pueblo donde fui un niño feliz -.

La última vez que estuve en el pueblo me encontré al diablo, andaba en su paseo matutino, me contó que estaba cumpliendo años, ya andaba en los noventa menos cinco, pero no los revela, parece de ochenta y cinco, se ve estupendo.

A su edad nunca fue rey del infierno ¿quién puede ser rey si está en el infierno? La vida de este diablo como la de cualquier hombrecito hecho de barro, ha sido de cal y de arena (por seguirle la fábula al material de esta construcción). En esta aldea tan santa hacerle un sano homenaje al diablo se me antoja justo, este diablo tiene en su cabeza la historia de su pueblo y de su gente, sabe quién es quién, los sabe a todos de memoria, él es más institución que cualquiera de las que se pregonan memorables, cívicas e inmarcesibles, es más culto y más sabio que los que figuran en los anaqueles de la historia oficial, de un exquisito gusto por la música, excelente conversador, este diablo es la memoria viva de todo eso que somos y no sabemos, de todo eso que sabemos y no somos.

Quisiera yo de niño haber sido su amigo, eso sí, me queda decir con orgullo que soy sobrino del diablo.


CARLOS ANDRES RESTREPO ESPINOSA