miércoles, 21 de octubre de 2015

DE DOCENCIA INDECENCIA Y DECADENCIA


Las virtudes de la identidad.

Siempre he sido un improvisador, el vértigo de lo inesperado me resulta valioso, preparar implica desconfiar, predisponer el resultado, confío más en el albedrío del devenir causal (¿casual?), la infinidad de variables que se abren con solo decir: había una vez...

El viejo disparate del diario de campo, de la planeación, siempre me intimidaron, supongo que pasar por alto estos pormenores metodológicos hacen de mi un profesor mediocre; la mediocridad es un asunto que me despierta una gran inquietud, la palabra se la escuche por primera vez al profesor de física del colegio, él nos decía mediocres cuando no hacíamos bien una tarea, yo no sabía que era ser mediocre, cuando eso, la mediocridad no existía en mi lenguaje, por tanto no existía en la vida ( en mi vida), desde entonces me he preguntado si la educación creo la mediocridad, o si la mediocridad fue arrastrando a la educación a crear alumnos como nosotros, y en ese orden de ideas: ¿dónde quedaba el profesor? 

Siento que no fui educado de la manera adecuada para manejar por ejemplo el tono de mi voz, ese detalle me ha ocasionado momentos incómodos, tampoco tuve una  iniciación temprana en unas prácticas sensibles y delicadas respecto a los derechos y libertades de los otros, esto me ha llevado a ser en ocasiones intolerante y altisonante, y lo que más me enfada, ser contradictorio; la coherencia debería ser una de las inclinaciones de la educación, pero no hay un modelo que enseñe a vivir y creo que ya debería haber un currículo al respecto, no digo que la escuela tiene la responsabilidad completa de la formación, pero si la iglesia y el estado intervienen, deberían los educadores, los intelectuales, los filósofos, salir al paso y hacer lo suyo a tiempo; aún seguimos a la espera de una educación que nos forme en valores, respeto y reconocimiento en el otro, una educación en la libertad de elección de pensamiento, dudo que se consolide, mientras tanto seguiremos yendo a estudiar.

La educación de la que fui víctima no arrojó en mi mucha riqueza espiritual, sino religiosa, hasta el día de hoy la religión ha sido un lastre que me ha privado de una vida plena y disfrutable por estar sintiéndome culpable de lo que hago y responsable de lo que digo, como si me fuera a caer un rayo si me doy un beso con una mujer extra, o me tomo un trago de más; ser ateo es un buen deseo, pero es muy difícil, la culpa es la peor enseñanza que he recibido y lo más cruel es que el doctorado se hace en la primaria con refuerzo en la casa y en el colegio.

Con el paso del tiempo terminé siendo profesor, trato de hacer bien mi trabajo, me esmero en no enseñar nada, me ocupo, eso sí, de no parecerme a los profesores que tuve en mi formación, de algunos conservo gratitud y buenas confrontaciones, de la mayoría, ni de sus nombres me acuerdo, tengo por estrategia no enseñar, me ocupo en ser un provocador de rabias, malestar, inquietudes y una que otra pregunta, cada uno verá  que recursos busca para responder,  digo que no soy  mediocre, si la enseñanza se ha especializado en producir mediocridad, tendría que decir que a duras penas soy un profesor, en esta Colombia donde la educación es la cenicienta del cuento, ¿con qué ínfulas podría yo permitirme semejante apelativo? .

La educación dejó de ser una responsabilidad con la sociedad y se volvió el lema de los políticos inescrupulosos, como si educarnos fuera su favor y no una responsabilidad con el pueblo, así la educación terminó siendo un proyecto que invierte más en publicidad y en frases de cajón para promocionar  al político de turno y sus fantasías de poder, que en investigación, participación y creación de cultura de intercambio de saberes, al fin de cuentas terminamos convencidos de ser los más educados, sin darnos cuenta de que somos los más maleducados.

En realidad  he sido más un ocioso,  de eso pueden dar cuenta mis  amigos que son pocos y bastante desocupados, pues no es bueno rodearse de gente parecida a uno mismo.

Más turista que investigador, reconozco que primero conocí el río Hudson que el Orinoco, doy fe de haber surcado el Amazonas, pero me avergüenzan singladuras más profundas que quedan pendientes, reconozco que me falta mucho para ser Latinoamericano, que en ocasiones he sentido vergüenza de ser Colombiano; como aquella vez en la frontera del Perú con Bolivia, en la que fui tildado de guerrillero y de narcotraficante, no me creyeron que era músico, pero fue sencillo, lo resolví con cincuenta dólares, a veces de nada sirve ser honesto.

Soy todo corazón, pero vivo infartado, aquellos con los que me hice me descalifican, imaginen ¿cómo será cuando llegue a ser alguien en la vida?

El gran complejo Colombiano es que nos devastamos entre nosotros y no alcanzamos a surcar las fronteras, pero lo más lamentable es, que mientras estamos aquí, perdiendo el tiempo en reflexiones, otros están ganando terreno y no con la mejor propuesta.

Yo soy Jara, Violeta, Facundo y Fecundo, Gallinazo y Silvio, soy Alí Primera y Compáy Segundo, soy azúcar y amargura, soy pan y ojalá más, soy Mercedes y Collazos, soy Anapoima  y Liverpool, soy Condorito y Mafalda, ya fui a Machu Pichu, y navegue el Titicaca, me bañe en el Tarapoto entre delfines rosados, tome la línea Q del metro rumbo a Queens, surqué el Atlántico hasta Yucatán y bebí tequila hasta ver cangrejos azules en Cozumel, tome chicha con los Wuitotos, biche con músicos del Chocó, aguardiente con mis tíos, vino con las monjitas, whisky con algún petulante (ya dije que era muy ocioso) y vodka en algún coctel al que no fui invitado y aun así, no consigo ser pagano, un pagado feliz que encuentra a sus dioses tras la libación, por el contrario, me asalta el arrepentimiento, la culpa, que vergüenza, uno a estas alturas en que no debería creeren nada, creyendo en esas tonterías.

Estas peripecias han dado a mi magín unos rasgos de identidad particulares, después de todo, esas manías con las que me identifico y me van definiendo deben ser lo que implica ser colombiano, aunque sigo sin aceptar el prototipo del mal hablado y desfachatado que se ha configurado del típico habitante de esta patria, pero hay que insistir en el inventario de lo que se es para llegar de lo singular a lo plural: soy pueblo y retreta, música y silencio, flor de azahar, soy memoria y al mismo tiempo olvido, si no tengo un territorio que siento mío, no tengo nada, si no me duele el país, no existe el sur, si no reconocemos el norte, no existe el mundo, si no nos ganamos figurar como Latinoamericanos con todo eso que podemos ser, con todo lo que alguna vez fuimos, con la capacidad de reconocer todo aquello que nunca lograremos ser.


Carlos Andrés Restrepo Espinosa
Músico Indecente y Docente