Enseres de familia y gusto
heredado
Este texto nace de una charla
de café en Medellín, donde el humo del tinto se mezcla con debates sobre arte y
consumo, y un recuerdo familiar irrumpe como un bodegón mal colgado. Inspirado
en las paredes de mi casa —esos altares laicos de buen gusto impuesto—, explora
cómo la sociedad de consumo democratiza no solo el placer, sino también el
desacuerdo estético. Con ecos de Pardo, Benjamin y Canclini, y el mantra paisa
de fondo, defendiendo que en el derecho al mal gusto late la verdadera
singularidad cultural: la nuestra, vulgar y vital.
De bodegones, el Divino
Rostro, Juanes y otros enseres
En mi casa, el que pinta y
ordena es mi papá, que sabe de pinturas y moldes. Desde pequeño se preciaba de
tener buen gusto, una herencia maldita de sus hermanos mayores. Por eso, en
casa las cosas están siempre en su lugar correcto, cumpliendo su función vital:
desde las tazas en el locero, pasando por los botones de colores en el frasco
bocón, hasta el mantel bordado con encajes en su respectivo domingo, y el Señor
Crucificado, sostenido en el aire sin clavos porque ya bastan los de la cruz.
En una ocasión, frente a un
bodegón que mi mamá compró a un vendedor callejero, soltó: «Definitivamente, la
modernidad puso el mal gusto al alcance de todos». Supongo que parafraseaba a
alguien. Lo cierto es que mi mamá, buena esposa por más de cincuenta años,
retiró el cuadro y lo mandó al sótano, junto a la Virgen María, el Sagrado
Corazón de Jesús y un retrato de Gardel. Allí, en su destino absoluto, se
aseguró de que no dañará más la salud estética de la casa.
El argumento de mi padre era
tajante: esas cosas no eran arte ni lo representaban. Se reconoce el gusto de
una persona por el tipo de cuadros que cuelga en las paredes. Para dar valor a
lo absurdo estaban los museos y las anticuarias. Para él es imposible pensar
que una lámina reproducida en serie, solo porque le pareciera a alguien, fuera
una obra de arte. Una pared no merece ser hendida por un clavo si el colgajo es
una baratija.
Cuento estas intimidades
familiares porque fue lo primero que me vino a la mente en una charla de café
con un amigo. Pasamos de chismes cotidianos a lecturas en curso o al último
capítulo de Los Simpson, y surgió la pregunta por los efectos de la
sociedad de consumo en las dimensiones éticas y estéticas del arte. Salí al
paso aclarando que la única dimensión de la que tengo referencia es La
dimensión desconocida, esa serie de TV que vi de niño entre asombro y
espanto. Mi contertulio me invitó a la gravedad del tema, y no me quedó más
remedio que arriesgarme. Así llegó lo de la familia.
Arriesgando una conjetura,
diré que uno de esos efectos es haber convertido la obra de arte en artículo de
consumo y la emoción en representación teatral. Ya no importa qué tan bueno sea
quien canta, sino con quién se acuesta la cantante; la banalización de lo uno,
convertida en diversa y justificada por la inclusión, el derecho, la libertad
de pensar... y de obligar a otros a pensar igual.
Para darle un punto académico
a esta disertación, se me antoja citar a José Luis Pardo en su ensayo: Sobre
los espacios pintar, escribir, pensar. Allí explora esos territorios
oscuros donde ya no pasa nada: una lámpara nocturna que no se apaga para que el
lector eventual halle la página donde su personaje preferido le siga llenando
de emociones. Ahora, tanta luz eléctrica nos priva de ese feliz encuentro. Me
pregunto si no es tan terrible ser un producto: el cine nos regaló a Chaplin,
Cantinflas, Laurel y Hardy, y hasta El cuarto verde de
Truffaut, con todos sus cameos posibles. Después de todo, no son solo productos
—y sé que me contradigo—. Que podamos consumir arte en sus variadas
manifestaciones contemporáneas no es tan malo; es solo un efecto. Si
Shakespeare estuviera vivo, seguro trabajaría para Netflix, y Yago posaría para
Christian Dior.
El asunto es que terminamos
pensando en efectos como si fueran daños, en transgresiones. Eso reformula la
idea: la sociedad de consumo permite la democracia de las posibilidades, un
abanico que se abre hasta para el derecho al mal gusto. Llenar la casa de
cuadros comprados en un andén —copias del original o bosquejos de aficionados—,
tomar licor barato, escuchar a Juanes y llorar a pulmón «Ama la tierra en que
naciste», y exaltar el «parce» como mantra paisa que nos singulariza.
Incluso en eso ordinario, que
revela las fisuras del mundo posmoderno, asoman destellos de optimismo.
Probablemente una emoción naciente atraviese La dimensión desconocida,
y un niño cante ante el caos. Supongo que parafraseo a alguien: también heredé
otros enseres de mi papá.
Al final, el bodegón exiliado en el sótano y el «parce» entonado a grito pelado
no son sino ecos de una misma herencia: la nuestra, mestiza y rebelde, donde el
buen gusto de mi padre choca con la libertad vulgar del consumo. Como dice
García Canclini, en América Latina el arte híbrido prospera en esas tensiones,
entre lo sacro y lo callejero, lo original y la copia masiva. No hay dimensión
desconocida que no sea, al cabo, la de nuestro propio hogar —un lugar donde el
mal gusto, paradójicamente, nos hace humanos.
Carlos Andrés Restrepo
Espinosa
