viernes, 4 de diciembre de 2015

EL CUARTO



Dentro de su cuerpo no tenia donde vivir, se dijo mientras observaba a la mujer que de manera parsimoniosa iba cubriendo su desnudes, ajeno al delirio recién vivido en el abismo de aquella carne, no por omisión sino por buscar esa claridad que de nada sirve, se dijo así mismo que jamás volvería a verla.
La había conocido una noche cantando en un bar, siempre le llamaron la atención las cantantes y siempre fueron estas la que más laceraron su alma, lo poco que sobrevivía a las quemaduras de tercer grado en las batallas que solía librar entre las sabanas, lo remataba un canto susurrado en su oreja mientras los grillos dejaban de hacer lo propio y los vestigios de un nuevo día destellaban por las hendijas del calabozo que tenían por cuarto.
Su amor se prolongó más allá del medio día, no comieron, el vino abundaba,  el frenesí arreciaba en sus bocas hambrientas de sexo, se despedazaban, libaban sus sexos como abejas, sentían los pinchazos del delirio atravesar sus lenguas, la piel sucumbía en ardores y se acercaban tanto que por momentos era difícil saber quién era quien, una sola respiración ocurría y al final un grito desgarrador que los unía en el paroxismo de la dicha, soltaban al unísono una carcajada demente que era escuchada por los vecinos como un mensaje del infierno.
Así vivieron un tiempo sin memoria, sin medida, el desenfado en la piel, la ropa jamás volvió a interferir en la caricia, desde que entraron al cuarto de aquella pensión de buena muerte, no volvieron a vestirse, el ambiente estaba cargado del olor característico que dejan la juntura de dos cuerpos, se respiraba un dulzor acido, el sudor y el olor a guardado que tienen los cuartos viejos terminaban siendo uno solo.
Por un instante en aquel interior no entro la vida, los amantes hicieron una vida independiente, ni el sol, ni el aire viciado de magnolias y ramajes verdes logró atravesar las hendijas de la puerta, respiraron sus propios alientos de vida, los vahos alicorados pulularon en el recinto, las sabanas no ocultaron los mapas de humedad y sobre sus dobleces imaginaron montañas por las que resbalaron de nuevo en danzas de jadeos excitantes, magistrales, estaban a punto de encontrar el clímax superior, el estallido final y lo consiguieron, murieron al final por tres días.
Al amanecer del lunes se despertó de un sobresalto, la cabeza le daba vueltas, miro a su costado y allí aún dormía la mujer que había conocido el fin de semana, se levantó tomó su ropa y se vistió de nuevo, pero no supo a donde ir, se sentó frente a la cama y contempló aquel cuerpo desnudo, sabiendo que afuera lo esperaba su vida, decidió quedarse para ver con sus propios ojos el despertar de la joven a la que se le había adelantado en la resurrección.
¿Entiendes eso? has muerto y fuiste más feliz de lo que en vida, pensó, y volvió a desnudarse y se metió en la cama decidido a no salir jamás de aquel espacio, había encontrado su lugar en el mundo, se recostó y rápido volvió a quedarse dormido.
Sintió un ligero movimiento que lo sacó del confortable sueño, la mujer se estiraba para contestar el teléfono; era su novia, le reprochaba haber estado ausente tanto tiempo, a pesar del afán propio que la situación indicaba, ella  empezó a ponerse de nuevo su ropa , fue en ese momento en que él se dio cuenta que dentro de su cuerpo no tenia donde vivir, observó a la mujer vestirse de manera parsimoniosa, vio como fue cubriendo su desnudes y ajeno al delirio recién vivido en el abismo de aquella carne, no por omisión sino por buscar esa claridad que de nada sirve, se dijo así mismo que jamás volvería a verla.

CARLOS ANDRÉS RESTREPO ESPINOSA