martes, 2 de mayo de 2017

ESPIRITU LIBRE




Dizque hizo arte Pop, Op (tical) y arte conceptual, al mismo tiempo en que lo hacían en Europa, para ello utilizó los materiales más inconsistentes, latas, tornillos, armas en desuso, resortes, palas, picas, tubos; hasta un bollo le parecía hermoso, lo hubiera perfumado porque por fortuna nunca pensó como el político ese, su vida es decir su obra estaba compuesta de objetos, era un “objetologo”. Se me antoja decirlo así aunque el definía a esa manía de acumular chécheres como arte objetual, intención que se valida no en la obra sino en su condición de ser artista, sus obras más representativas son “el argonauta” y “el virrey”, “Arbolarma”, “el chatarrodonte” “el jardín” hecho con armas blancas decomisadas en Pereira y quien sabe cuántas mas, pues no era de los que hace arte para vender, debe ser por eso que nunca fue nadie aunque lo fue todo, condición de los que saben hacer, nunca llegan a figurar.
Vivió como le dio la gana en el principito una casa que tuvo en la Florida, zona rural próxima a Pereira, hace poco retornó a la nada, era un hombrecillo extraño, huraño pero rodeado de gente, ermitaño pero montaba en Jet, vagabundo pero pasaba largas temporadas inmóvil, todo un personaje de cuento, de cabello blanco y ensortijado que se unía a una barba blanca como de profeta; solía llevar calada una boina vasca, lo recuerdo de camisa y un chaleco, pantalones tipo jean, zapatos deportivos y una mochila terciada en su hombro izquierdo. Su forma de vida incomodaba a muchos en su pueblo natal, donde vivió hasta los ocho años, cuando su familia liberal tuvo que huir de aquella comarca conservadora, pero en Pereira se destacó como uno de los artistas más influyentes e importantes de la ciudad, yo diría que del país.

Este extraordinario personaje me simpatizaba, no fui su amigo, me llevaba años luz, y para ser amigo de una persona así se requiere de mucha estructura mental, sin embargo cuando venía de visita no faltaba el saludo y el abrazo.
Cuando publicó su novela coclí coclí al que lo ví lo ví, me regaló un ejemplar autografiado, cuando se cansaba de su ostracismo se aparecía por el pueblo, siempre iba a nuestra casa y se sentaba en la silla de peluquería que usaba mi abuelo Josepe, miraba el guadual de enfrente del corredor y decía que esa era la silla del pensamiento, se quedaba en silencio y alguna vez una lagrima furtiva rodó por su mejilla para ir a perderse en su enmarañada barba blanca, con el tiempo tuvimos que guardar la silla porque todo el que se sentaba en ella terminaba gimoteando.

En una de sus visitas al pueblo propuso hacer una escultura con tubos viejos del acueducto y herramientas en desuso del municipio, él mismo eligió el lugar donde quería erigir su creación, en una colina sobre la planta de tratamiento del agua dio vida a su “chatarrodonte”, una mezcla de dinosaurio con transformers, un animal silencioso que abre sus fauces de lata como clamando por agua a los dioses de la montaña para digerirla con su costillar de picas y tubo madre del acueducto municipal.

Un dìa estábamos conversando en la esquina de casa blanca cuando pasó León Valencia arrastrando su humanidad, con una sucia cobija terciada al hombro como la capa de un superhéroe, luego de saludarlo se volteó y susurrado me dijo: ahí va el único espíritu libre de este pueblo, en ese momento no entendí que quería decir, algún día lo entendería.
Es probable que muchos lectores con todas las pistas que he dado todavía no sepan de quien estoy hablando, pues es de hombres el olvido y el desdeño una cualidad muy nuestra, no lo voy a decir, pero dejaré que se haga visible en la siguiente anécdota de la misma manera en que de repente aparecía por Jericó abrazando y saludando a todo el que se encontraba.
Haciendo el trámite para pedir la visa a Estados Unidos, mientras esperaba a ser llamado por el cónsul para la entrevista, crucé saludo que luego se tornó en conversación con el vecino de fila, un señor muy dicharachero que había venido desde Pereira y estando los dos en las mismas, nos entregamos al deleite de la conversa. Yo en estado de alerta, porque el señor hablaba sin parar y a un volumen muy generoso y no me dejaba escuchar el llamado que iban haciendo por los altoparlantes, el caso es que cuando mencione Jericó el señor dijo Martin, yo le respondí al que lo vi lo vi y se abalanzó sobre mí, me dio un abrazo emocionado por conocer a un coterráneo del artista que más admiraba en el mundo. Al final escuché mi llamado, me despedí y salí huyendo un poco adolorido de los  enérgicos abrazos que el ilustre admirador de Martin Alonso Abad me había brindado en su honor.

Tres meses después cuando estaba tomando un barco rumbo a las Bahamas (todavía no me la creo), vi como un turista enfundado en bermudas, playera, gafas oscuras y gorra de niño explorador abría sus brazos y se venía hacia mí con todo el peso de su abrazo gritando - Jericoano le tengo un regalo -, después de dejarme sin aire, sacó de su bolso un librillo con el título de “Monumentpsiquicia”, el último libro que había publicado Martin; agradecí el regalo y en el viaje le pagué “escondidijo” a peso a los abrazos de mi nuevo amigo.  Durante mi estadía en el norte leí el cuento de Martín, y aunque es toda una mamadera de gallo objetual con todos aquellos convidados de piedra, hay que reconocer que se adelantó a los creadores de la película una noche en el museo.

Martin vivió como un niño, actuaba con frescura, hablaba de manera muy ocurrente, pero pensaba muy bien lo que decía, su forma de vida para mi es una inspiración, tras su partida se va el último espíritu libre de mi pueblo, eso lo entiendo ahora perfectamente.

CODA
Es muy bello el paraje donde está ubicado el “chatarrodonte”, estando allí ilusioné un parque de esculturas objatuales de varios artistas, en conmemoración de Martín, ojala alguien con influencias lea esto y le entusisme.


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