sábado, 13 de agosto de 2016

CUANDO NOS AMABAMOS

Cuando nos quisimos tan alto como la torre de la Iglesia, la cabeza se nos llenaba de golondrinas y sus aleteos retumbaban en las cúpulas en las que los hierbajos veraneaban por puro capricho de las aves y sus picotazos y la virgen se desvanecía en medio de enjambres de abejorros para mortificación del Padre Luis Romeu.

Cuando nos quisimos tan ancho como la distancia entre la soledad y la oculta nos sentábamos a ver llover en la distancia y contábamos cuando chisporroteaba el relámpago hasta que el trueno llegaba y así sabíamos cuán lejos estaba la tormenta, al sentir las primeras gotas salíamos corriendo por la manga de los pomos con la mano puesta sobre la coronilla para que no nos cayera un rayo en la cabeza.

Cuando nos amamos con la ilusión intacta, no importaba que los cuerpos anduvieran en lo oscuro y en la cama comíamos y también nos alimentábamos, nos buscábamos en la esquina para darnos todos los días el primer beso, no habían planes y todo resultaba, no habían resultados y todo nos transformaba.

Cuando nos quisimos de dientes para afuera y de boca para adentro, nunca imaginamos que haríamos después, quizás por eso no me quiero preguntar qué andarás haciendo ahora, si hay cansancio o desazón, si  duermes al lado izquierdo de otro cuerpo, supongo que como yo, ya agotaste lo alto y lo ancho de tu amor y la desilusión te abrió los ojos y tus labios no volvieron a saber de primeros besos en ninguna boca.


Cuando nos amamos y éramos una promesa para los demás, cuando en cualquier rincón hacíamos luz, cuando eso pasaba nos estábamos consumiendo en esa llama irremediable que nos dio tanta dicha y al mismo tiempo nos devoró para siempre, con todas las instancias en que nos amamos.

Carlos Andrés Restrepo

jueves, 4 de agosto de 2016

METRO, CANTIDAD DE VIDAS





Vivir en la ciudad es tener a cada instante un motivo para sacar el cascarrabias a flote, vivir de mal humor es la condición a la que cada mañana te arrastran las dinámicas de lo urbano; esas dimensiones que para muchos son naturales y en las que se mueven como pez en el agua para mí todavía siguen siendo motivo de mortificación. 

Al comienzo traté de hacer un examen personal de que tan melindroso podría ser y si era mi nivel de intolerancia el que me estaba convirtiendo cada mañana en un sujeto amargado y no en aquel mechudo feliz que silbaba mientras iba al colegio por la manga del hogar Juvenil entre matas de mora  y de mortiño; allá en los tiempos de pueblerino cuando tenía la idea de que la educación era un camino de oportunidades, luego del examen minucioso pude constatar que aún siendo honesto y reconociendo mis propias carencias y mis escasos conocimientos; vivo en una ciudad muy maleducada, todos tienen el chip puesto al revés, lo indebido aquí es debido y lo normal es anormal, no hay civismo, no se respeta la vida, los autobuses aceleran cuando ven que el peatón está cruzando por la cebra, otros peatones cruzan las calles entre los carros, el que va a pie es el que tiene que tener retrovisor, poner estacionarias y marcar el pare, además apearse del bus  en pleno movimiento, mi lugar preferido para ver el mundo al revés es el metro, desde que entras te advierte una voz ramplona mal articulada y con acento de gamín local que advierte que no se deben descuidar las pertenencias, seguido a esto una sarta de instrucciones de todo eso que no se debe hacer y tácitamente todos ignoran.

Cada mañana empieza así mi calvario cuando tomo el metro en la estación más cercana a mi casa, en efecto es una maravilla descubrir el poco tiempo que tardo en llegar al trabajo usando este medio de transporte; que cada vez se va tornando en el único de la ciudad, es toda una aventura ingresar al sistema, los torniquetes son pocos, las estaciones diminutas, pensadas para un pueblo, justo a lado y lado de las puertas de acceso al vagón siempre hay dos personas obstaculizando el paso lo que deja solo un reducido paso  para qué el que está adentro salga y el que está afuera que en este momento soy yo, no alcance a ingresar y deba rabiar y esperar el siguiente vagón en el que se repetirá la misma historia.

Inicialmente vi que eran ciudadanos de mal aspecto los que usaban este lugar para hacer el recorrido, ese maldito lugar común que llaman área de las puertas y en el que todos quieren vivir, he podido constatar que es el lugar preferido de los jóvenes bachilleres que pagan su servicio militar parados en el área de las puertas, las señoras cargadas de bolsas, bolsos y bolsitas, hacen su visita en el área de las puertas, los muchachos  de chompa que llevan las capotas sobre sus aceitosos cabellos de ángel; chatean en el área de las puertas, los altos ejecutivos vendedores de biblias, los campesinos con sus cajas  cargadas de revuelto, los estudiantes con sus lecturas previas al parcial, los perdidos con su cara de espanto, los vivos con sus uñas largas, el turista con su cámara alerta de algo pictórico, todos en un batiburrillo de olores y brazos levantados buscando asirse de una barra que no existe, por tanto tras cada remesón  del vagón los unos se abrazan a los otros en ese frenesí que los lugares comunes nos permite padecer.
Justo esta mañana tuve una epifanía que me ha permitido ir entendiendo un poco el comportamiento de los ciudadanos de este promontorio de ruinas y bibliotecas públicas; dadas las incomodidades que me ofrecen los viajes en el tren, aprendí a viajar sin darme cuenta, por un descuido en la práctica de este ejercicio noté que el vagón iba casi vacío, muchos lugares para sentarse estaban libres y sin embargo en cada una de las puertas habían dos personas a lado y lado haciendo su labor de obstaculizar la salida y entrada de uno que otro pasajero y entonces me surgió una posible explicación; los usuarios de este sistema lo hacen como un rezago cultural del transporte en chiva o camión escalera; esos coloridos vehículos que sirven como medio de transporte en muchos pueblos, estos vehículos en lugar de ventanillas tienen unos travesaños de hierro que permiten que entre el viento, el agua y el paisaje, no tienen puertas y en ellos las personas viajan amontonadas compartiendo espacio con gallinas, marranos, bultos de cuido y cajas con mercado, además suelen llevar pasajeros en el capacete, colgados de atrás, de los lados, un ayudante que hace la veces de cobrador se desplaza de manera acrobática entre las galerías de bancas que son unos tablones incómodos y generalmente forrados en una simulación de cuero de color rojo soportado con tachuelas en forma de estrella. 

Lo vi con mucha claridad, lo que tenemos aquí es nostalgia de pueblo, ¿quién no anheló en la vida ser ayudante de bus o de camión escalera, colgarse de la puerta, apearse del vehículo cada vez que un nuevo pasajero llegara a su destino para darle paso y luego volver a entrar al artefacto y conservar la posición exquisita de ir en la puerta?

Está en la sangre, también he visto en el metro que los pasajeros imitan esto, entran y salen de manera amable para permitir la salida, pero vuelven a ubicarse en el mismo lugar, pese a que por los parlantes voces ora robóticas en español y en inglés local insisten en despejar el área de las puertas, como si eso tuviera un significado concreto para los usuarios.

El metro en la cuidad es una chiva con seis vagones, en la que las puertas estorban, deberían quitarlas, me digo como parroquiano de esta cultura, ¡sí! que las quiten y permitan que las personas salga correteando detrás del metro y logren subirse en pleno movimiento y desciendan a su gusto sin que el tren se detenga, eso optimizaría el tiempo de servicio y agilizaría la duración en plataforma, de todos modos ya se está haciendo algo parecido; la puerta se abre sin que el tren pare su marcha, ese sistema es muy bueno, hace que todos trastabillemos al salir y a empellones los otros entren, sería muy bello en esta ciudad de innovaciones un metro sin puertas y pintado de colores, eso sí que sería cultura sigo pensando mientras busco como salir  entre la calle de honor que los cívicos ciudadanos me ofrecen a la salida del vagón y sus delicados insultos cuando les digo por mi cuenta que dejar salir  es entrar más fácil, recibiendo a cambio su insulto y la recomendación de: si es que no le gusta coja taxi, pero ese tema es peor, así que dejemos ahí que se me acabó el espacio para esta columna.



Carlos Andrés Restrepo Espinosa