lunes, 28 de septiembre de 2015

CUENTO

Sacerdocio 

Los menesteres de su oficio lo llevaron a asumir cierta postura que en principio reñía un poco con su forma de ser, sin embargo fue tal la aplicación a la norma auto impuesta que terminó siendo todo lo contrario a la noción que el mismo tenía de si.
Los demás veían a un sujeto de mal carácter de ceño fruncido, de aspecto reservado, con la mirada puesta en lo alto de las cosas comunes, pero el en realidad era un hombre sencillo, amable y dócil, de fácil acceso, sonriente y de buena postura, atento a todo y de buena conversa, sólo que esta personalidad sólo era accesible a el mismo en sus soliloquios vespertinos. 

Nutría su rampante soledad con sermones que improvisaba mientras observaba su entorno, mirar para el era ocurrir entre las cosas, a medida que transitaba iba haciendo como esa voz invisible que aparece en ciertas películas, la narración de todo lo que iba aconteciendo, como si el no hiciera parte, pero necesitara hacerle saber a alguien más que todo aquello que no era suyo, podría cambiarlo a su antojo según la forma le viniera en gana de nombrarlo.

Los demás por su cuenta terminaron ignorando sus formas de socializar, si es que se le podría llamar así a esa combinación de manes hiperquineticos y palabras bodrias que le terminaron por definir y signar como un personaje extraño.

A los 38 años de edad en la hora tercia del día de su celebración se fumó el último cigarrillo de la cajetilla que había iniciado al comienzo de la jornada, tomó  un sorbo del café que estaba ya frío en el pocillo sin oreja y allí mismo en el rescoldo negro de la bebida apago la colilla, se levantó del taburete, camino en dirección al cuarto de baño, desenfundó la correa de cuero que un amigo de otros tiempos le había heredado, con un diestro latigazo la ensarto en el tubo del baño, retiro de la sandalia su pie derecho y lo puso en el borde de la tasa sanitaria, se empinó un poco para alcanzar la ojiva que hacia un ángulo estrechó para su testuz, y con esfuerzo la introdujo en su cuello, pensó en que debía apurarse, no quería ser sorprendido antes de terminar su empresa y pasar una vez más por tonto ante los ojos de dios, respiro profundo y dio un salto. No volvió a pensar en nada más.